'Más falso que el rey Baltasar'

Si hay algo que define con precisión quirúrgica la perplejidad política andaluza en el arranque de 2026, es contemplar al presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, convertido en un auténtico rey Baltasar a la sevillana: el mismo que, apenas horas antes de embetunarse la cara para la cabalgata, había protagonizado el clásico dontancredo de la política regional permitiendo sin pestañear que un consorcio vasco, con participación incluso de un gobierno autonómico foráneo, se metiera hasta la cocina en Ayesa, una de nuestras joyas industriales, mientras que el Gobierno andaluz miraba al tendido, sin articular un solo movimiento estratégico, para evitar la fuga de una de nuestras pocas empresas de ingeniería con ramificaciones globales.
Y ahí estábamos todos, viendo cómo quien debería ser un gestor serio de la cosa pública acaba en una carroza -literalmente- embadurnado de betún, interpretando el papel que históricamente representa a un rey negro. ¿Ironía? No: “Blackface” puro y duro, o lo que es lo mismo, la práctica racista que consiste en que un blanco se pinte el rostro para representar a una persona negra, algo condenado expresamente por expertos culturales y activistas como un gesto colonial, racista y de suprema falta de respeto.
El contexto social cuenta, y que el presidente de todos los andaluces termine protagonizando un estereotipo racista, en una de las fechas más señaladas del año, no es precisamente una broma cultural inocua; es un recordatorio de que la sensibilidad social no figura en la agenda de Juanma
Pero qué ironía más suculenta: en una tierra como Andalucía, donde hay miles de trabajadores y trabajadoras de piel no blanca (desde los invernaderos que sostienen nuestra economía agrícola hasta los puestos de venta ambulante que dan vida a nuestros paseos costeros), el espectáculo de un rey Baltasar blanquísimo y embetunado fue recibido con gritos de “Pedro Sánchez hijo de puta”. ¡Claro! ¿Qué va a importar el simbolismo racial cuando lo importante es la tradición y de paso darle caña al presidente del Gobierno? Pues no: lo que para algunos es tradición, para muchos otros es una cartilla invisible de la exclusión que nunca se actualizó. El contexto social cuenta, y que el presidente de todos los andaluces termine protagonizando un estereotipo racista, en una de las fechas más señaladas del año, no es precisamente una broma cultural inocua; es un recordatorio de que la sensibilidad social no figura en la agenda de Juanma (ni a lo que se ve, tampoco en la del Ateneo de Sevilla, entidad organizadora de la cabalgata hispalense).
Y mientras el Baltasar de pacotilla desfilaba entre aplausos y abucheos -pocos para sus “merecimientos”- (“¡Sanidad pública!” gritaban algunos en Sevilla), el verdadero drama andaluz seguía su curso fuera de la cabalgata: la sanidad pública aprendiendo a sobrevivir en la UCI, listas de espera interminables y debates presupuestarios en los que se acusa al propio gobierno andaluz de blindar un modelo que supuestamente debilita el sistema público. Dependencia y educación tampoco ganan el premio al mejor disfraz: sobran malas noticias para los que dependen de cuidados, escuelas robustas y hospitales dignos.
¿Y ahora qué? Que el rey de la fiesta real se quite el maquillaje y regrese a La Moncloa -perdón, a San Telmo-, porque lo que Andalucía necesita no es que su presidente se disfrace de Baltasar, sino que sea capaz de gestionar esta tierra con sensibilidad racial, con visión industrial y con respeto por el bien común.
Aquí no caben ni las excusas de “tradición” ni los maquillajes de postal navideña: lo que los andaluces exigen es menos performance art y más políticas que protejan lo público -desde el tejido tecnológico hasta la dignidad humana- sin recurrir a estereotipos indignantes que, en pleno 2026, deberían estar enterrados bajo toneladas de sentido común.
La Andalucía de 2026 no quiere reyes embetunados, quiere gobernantes que no pinten de negro la realidad de servicios públicos ya de por sí deteriorados. Y si Juanma Moreno aspira a que su “reinado” quede en los libros de nuestra historia autonómica, tendrá que hacer algo más útil que pintarrajearse la cara: tendría que haber demostrado que sabe gestionar sin provocar indignación ni en la cabalgata ni en la vida diaria de sus ciudadanos. Y eso, amigos, ya es pedir demasiado para alguien que sigue viendo política como una cabalgata de gestos vacíos en lugar de como una gestión seria y competente por el bien de todos.

















