Artículo de opinión por Agustín Martínez

'Sin luz en el salón equivocado'

Política - Agustín Martínez - Jueves, 5 de Febrero de 2026
Agustín Martínez nos sitúa frente a un espejo incómodo, el que representan los cortes de luz que sufren desde hace años algunos barrios de la capital y la respuesta política frente a este problema. Un extraordinaria reflexión que te recomendamos.
Velas sobre una estufa.
IndeGranada
Velas sobre una estufa.

En Granada llevamos años normalizando lo intolerable. Los cortes de luz reiterados en la zona norte, en el área metropolitana y en distintos puntos de la provincia no son una anomalía sobrevenida ni un fenómeno imprevisible: son la consecuencia directa de la dejadez institucional, la irresponsabilidad empresarial y una jerarquía política que solo reacciona cuando el problema deja de afectar a “los de siempre”.

Durante años, los apagones masivos y constantes en la zona norte han sido tratados por nuestros representantes institucionales como una molestia menor, casi como un ruido de fondo asumible. Familias que pierden alimentos, electrodomésticos quemados, personas mayores atrapadas sin ascensor, niños haciendo deberes a la luz de una vela y pequeños negocios condenados a pérdidas constantes. Todo eso no ha merecido ni mesas técnicas, ni declaraciones solemnes, ni urgencias institucionales. Hasta ahora.

Ha tenido que empezar a fallar el suministro en zonas de la capital que no figuran en el mapa de la exclusión, para que la alcaldesa se haya dignado a pedir la convocatoria de la mesa sobre los cortes de luz

Ha tenido que empezar a fallar el suministro en zonas de la capital que no figuran en el mapa de la exclusión, para que la alcaldesa de Granada se haya dignado a pedir la convocatoria de la mesa sobre los cortes de luz. No cuando el problema era estructural, crónico y concentrado en barrios vulnerables, sino cuando el apagón ha cruzado una frontera social invisible pero muy real. Ahí, de pronto, el asunto se vuelve “prioritario”.

Mientras tanto, en el área metropolitana y en la provincia, la situación no es mejor. Municipios enteros sufren interrupciones constantes del suministro sin que la Diputación provincial haya ejercido el liderazgo que le corresponde. Silencio administrativo, falta de presión política y una pasividad clamorosa ante una vulneración evidente de derechos básicos. Conviene recordar que gobernar no es mirar para otro lado esperando que el problema no salte al titular equivocado.

Y en el centro de este despropósito está ENDESA -una compañía, otrora pública y ahora italiana, por obra y gracia de José María Aznar- que ha perfeccionado hasta el delirio el arte de no tener nunca la culpa

Y en el centro de este despropósito está ENDESA -una compañía, otrora pública y ahora italiana, por obra y gracia de José María Aznar- que ha perfeccionado hasta el delirio el arte de no tener nunca la culpa. Da igual que los cortes se repitan, que las subidas y bajadas de tensión arrasen con instalaciones privadas o que se acumulen las reclamaciones: la respuesta es siempre la misma. La responsabilidad es difusa, ajena, técnica, inasible. Y cuando, en el improbable caso, se concede alguna indemnización, el resultado roza el insulto: cantidades ridículas tras meses de trámites kafkianos que no compensan ni el daño material ni el desgaste emocional.

Pero sería injusto -y cómodo- cargar toda la responsabilidad sobre la eléctrica. La Agencia de Vivienda y Rehabilitación de Andalucía (AVRA), dependiente de la Junta de Andalucía y propietaria de unas 3.000 viviendas en la zona norte, lleva años incumpliendo sus obligaciones más elementales. Su dejación de funciones ha contribuido decisivamente a cronificar el problema en el epicentro del conflicto. Viviendas públicas sin control alguno, sin, inversiones suficientes, sin adecuación de infraestructuras, sin una gestión seria que proteja tanto a los residentes como al conjunto del sistema. Lo público, abandonado a su suerte.

Lo que ocurre con los cortes de luz en Granada no es solo un problema técnico, social, incluso de seguridad ciudadana: es un espejo incómodo que refleja cómo funcionan las prioridades políticas. Qué barrios importan, qué vecinos cuentan y a partir de qué código postal se considera que la oscuridad es inaceptable. La electricidad no es un lujo, es un derecho básico. Y su ausencia reiterada, tolerada durante años, es una forma más de desigualdad estructural.

Ahora que el problema ha salido de los márgenes, convendría no limitarse a gestos tardíos ni a reuniones de escaparate. Hace falta exigir responsabilidades, invertir donde se ha mirado hacia otro lado y dejar claro que vivir con luz no puede depender nunca de dónde vivas ni de cuánto incomodes al poder cuando se va. Porque la verdadera vergüenza no es que se vaya la luz. Es que solo nos alarme cuando se apaga en el salón equivocado.

Agustín Martínez.