Campaña Inagra contenedor marrón.
Artículo de Opinión

'No decaer nunca, luchar'

Ciudadanía - Paco Vigueras - Martes, 18 de Julio de 2023
Paco Vigueras, periodista y portavoz de la Asociación Granadina Verdad, Justicia y Reparación, recuerda la cruel represión franquista, fríamente calculada, en este artículo en el que anima a no decaer en la defensa de la Memoria Democrática.
Portada de la Prisión Provincial de Granada.
VJR
Portada de la Prisión Provincial de Granada.

No decaer nunca, luchar. Fueron las últimas palabras del pediatra Rafael García Duarte, antes de ser fusilado. Encarcelado por los golpistas en la antigua prisión de Granada, García Duarte tuvo la entereza de escribir una carta de despedida a su mujer, que ha llegado hasta nosotros:

“Carmen adorada e hijos de mi vida. Después de un día horrible de sufrimiento, nos traen a la cárcel y, sin una declaración ni una pregunta, ni consentirme que hable con nadie, nos comunican a la una y media de la mañana que nos van a matar a los 25, cobardemente. Si mi vida va en beneficio de España, bien dada está. Tu y mis hijos, carne y vida míos, recibir todo el amor y toda la pasión que os tengo. No muero porque mi alma queda con vosotros y durará siempre en vuestra compañía”

“Procurar que mis hijos honren mi nombre. También os pido que no guardéis rencor, como tampoco se lo guardo yo, al que pueda ser causante de ello. Yo los perdono y vosotros también. Tengo fe en un Dios grande, pero no de la religión que administran los hombres. Si hay castigo o pena, él se la demande. Creo que fui bueno y mi religión la traduje en amar a mi prójimo y hacer el bien

“Muero entero, con el ánimo firme y decidido a apechar con mi suerte. La vida es así. Un hombre no tiene importancia en la historia de la Humanidad. A mis padres y hermanos, que los adoro, todo mi cariño en el último momento. Quedas libre y sin compromisos para abrirte camino como tú quieras. Y no tengo que decirte cómo quedas comprometida a cuidarlos. Miles de besos, muchos besos. Suerte. Arriba el espíritu. No decaer nunca, luchar”.

En la madrugada del 11 de septiembre de 1936, el insigne pediatra fue trasladado desde la cárcel para ser fusilado en la tapia del cementerio. Aquella fue una de las tantas sacas de presos que se repetían todas las noches, provocando el pánico en el recinto penitenciario, convertido por los golpistas en campo de concentración y exterminio de rojos

En la madrugada del 11 de septiembre de 1936, el insigne pediatra fue trasladado desde la cárcel para ser fusilado en la tapia del cementerio. Aquella fue una de las tantas sacas de presos que se repetían todas las noches, provocando el pánico en el recinto penitenciario, convertido por los golpistas en campo de concentración y exterminio de rojos. Los internos asistían aterrorizados a este rito macabro, cuando el carcelero leía la lista de los que iban a ser fusilados. Y esa noche, Rafael García Duarte y 24 compañeros más, escucharon sus nombres. Para el resto de los presos, seguía la incertidumbre y la angustia. De momento se habían salvado, pero sus nombres podrían estar en la lista de la siguiente noche.

El camión de la muerte atravesó la Gran Vía, giró a la izquierda hacia Plaza Nueva y después a la derecha para subir por la cuesta de Gomérez. En el silencio de la madrugada, los vecinos escuchaban estremecidos el rugido de los motores y el lamento de los que, minutos después, serían vilmente ejecutados. Y en el camino de subida al cementerio, varios testigos nos dejaron su testimonio para que este episodio espeluznante nunca pueda ser negado.

 Imágenes de archivo del acto de homenaje en la tapia del cementerio de Granada y en el Memorial a las Víctimas. 

El periodista Robert Neville, cronista del New York Herald Tribune, que se alojaba en el Hotel Washington Irving, lo vio todo:

Hoy, cuatro de nosotros jugábamos al bridge en una habitación de la segunda planta del hotel cuando pasaron dos camiones. Desde abajo habría parecido que todos los hombres en aquellos enormes camiones fuesen soldados, pero hoy los vimos desde arriba y observamos que en el centro de cada camión había un grupo de paisanos”.

“El camino que pasa delante del Hotel Washington Irving va al cementerio. No va a otro sitio. Hoy, los camiones subieron con aquellos paisanos. En cinco minutos oímos los disparos. Cinco minutos después, bajaron los camiones y esta vez no había paisanos. Aquellos soldados eran el pelotón y aquellos paisanos iban a ser fusilados”.  

Por su parte, la escritora estadounidense Helen Nicholson, que aquellos días residía en la colina de la Alhambra, en una casa conocida como Villa Paulina, sintió tanto estupor que decidió contarlo en su libro Muerte en la madrugada. Su testimonio es, si cabe, más importante, pues Nicholson era simpatizante de los franquistas y, a partir de lo que vio, denunció aquel régimen de terror:

“Desde hacía bastante tiempo, las ejecuciones habían ido aumentando a un ritmo que alarmaba y asqueaba a toda le gente ponderada. El guardián del cementerio, que tenía una pequeña y modesta familia de veintitrés hijos, nada menos, le rogó a mi yerno que le encontrara algún sitio donde su esposa, y sus doce hijos más pequeños, que todavía vivían con ellos, pudiesen recogerse. Su casa en la portería -situada en la misma entrada del cementerio- les resultaba intolerable. No podían evitar oír los tiros y a veces otros sonidos -los lamentos y quejíos de los agonizantes- que hacían de su vida una pesadilla, y temía el efecto que pudiesen producir en sus niños más pequeños”.  

Maravillas, hermana del vicecónsul británico Willian Davenhill, también nos dejó su testimonio sobre los camiones de la muerte que, cargados de víctimas, atravesaban el bosque de la Alhambra y pasaban justo delante del viceconsulado, camino del paredón. Un día, se atrevió a mirar cautelosamente por una ventana y exclamó, presa de pánico: “Fue horrible. En cada camión había veinte o treinta hombres y mujeres, amontonados unos sobre otros, atados como cerdos para el matadero. Diez minutos después, oímos los disparos en el cementerio, como los oíamos cada madrugada, y supimos que, una vez más, todo había terminado”.

De 1936 a 1956,  los franquistas estuvieron 20 años fusilando sin piedad. Acabaron con la vida de alcaldes y concejales, sindicalistas y trabajadores, maestros y estudiantes, lo mejor de la sociedad granadina

De 1936 a 1956, los franquistas estuvieron 20 años fusilando sin piedad. Acabaron con la vida de alcaldes y concejales, sindicalistas y trabajadores, maestros y estudiantes, lo mejor de la sociedad granadina. Sobre el fanatismo que alcanzó la represión franquista, nos dan una idea las cartas escritas por el abogado José María Bérriz, simpatizante de los golpistas, que ha rescatado el investigador Tito Martínez. En ellas, Bérriz justifica el desprecio que los sublevados sentían hacia los defensores de la legalidad republicana. Sus cartas demuestran que la represión en Granada fue fríamente calculada: 

“El camino es vencer o morir, matando granujas… El ejército quiere extirpar la raíz de esa mala hierba que se comía España y creo que lo va a conseguir. Funcionan día y noche los juzgados militares y las penas son severísimas… Siguen los fusilamientos. Directivos de sindicatos, dirigentes, maestros y mediquillos de pueblo caen por docenas. La ciudad animada…”. 

En 1948, Gerald Brenan pudo ver, con sus propios ojos, el resultado de la masacre. Subió al cementerio, escaló las altas tapias y encontró una visión dantesca: “en el osario se amontonaban los restos de centenares  de fusilados y en cuyos cráneos, en muchos casos, se podían observar los agujeros de los tiros de gracia”. Ian Gibson nos recuerda estos testimonios en sus memorias tituladas Un carmen en Granada. Siguiendo los pasos de Brenan, el biógrafo lorquiano subió al cementerio en 1966 y nos dice: “El paredón donde se llevaron a cabo los fusilamientos estaba todavía intacto. Lo visité muchas veces y se veían aún algunos impactos de bala. Un día, un farmacéutico me dijo que había subido allí con su pequeño hijo en brazos para que presenciara cómo morían los enemigos de España. Me lo dijo como si fuera la cosa más normal del mundo. Me sentí enfermo”.

Y esto es lo que la derecha extrema y la extrema derecha pretenden ocultar, cuando nos amenazan con derogar la Ley de Memoria Democrática, pero no lo van a conseguir. El movimiento memorialista se ha unido, más que nunca, para pedir verdad, justicia y reparación

Y esto es lo que la derecha extrema y la extrema derecha pretenden ocultar, cuando nos amenazan con derogar la Ley de Memoria Democrática, pero no lo van a conseguir. El movimiento memorialista se ha unido, más que nunca, para pedir verdad, justicia y reparación. El arco de entrada de la antigua prisión provincial, con el escudo de la República, ha sido declarado lugar de memoria histórica, y allí nos concentramos todos los años para rendir homenaje a los héroes de la resistencia antifranquista. Asimismo, en el cementerio, una Placa y un Memorial recuerdan a los 4.000 fusilados en la tapia. El gobierno municipal del Partido Popular nos arrancó hasta cinco placas, colocadas por los familiares, en un intento de borrar la memoria. Pero el 5 de octubre de 2012, con el apoyo de un gobierno progresista en la Junta de Andalucía, pusimos la placa oficial y definitiva para mantener informados a los caminantes. La placa dice así: “A las víctimas del franquismo, asesinadas en esta tapia por defender la legalidad democrática”. Sin duda, el mayor éxito para el movimiento memorialista granadino. Y por todo ello, seguimos el ejemplo del pediatra Rafael García Duarte y hacemos nuestras sus últimas palabras: “No decaer nunca, luchar”.  

Imagen de archivo de uno de los actos en homenaje a las víctimas del franquismo en la antigua prisión provincial. 
Paco Vigueras, es periodista y portavoz de la Asociación Granadina Verdad, Justicia y Reparación.
Las fotografías que ilustran el artículo de opinión han sido facilitadas por el autor.