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El terror y la dictadura. Seis razones para seguir luchando

Blog - Foro de la Memoria - Jacqueline López Ligero y José María Azuaga Rico - Sábado, 25 de Julio de 2020
Excepcional trabajo que te ofrecemos de Jacqueline López Ligero y José María Azuaga Rico con las reseñas de seis personas que merecían ser rescatadas del anonimato con el objetivo, según sus autores, no solo de homenajear a las víctimas y desvelar la crueldad de la dictadura, sino de reivindicar y seguir luchando por el cumplimiento de los principios de Verdad, Justicia, Reparación y Garantías de que nunca más se repita. Esta es la historia de Soledad Amate Rodríguez y Andrés Melián Suárez; Enriqueta Arellano; Manuel Jiménez Melgares; Carmen Díaz García y Vicente Castillo Muñoz.
Antiguo Cuartel de la Guardia Civil de Motril, en la Plaza de la Aurora.
ARMH 14 de abril
Antiguo Cuartel de la Guardia Civil de Motril, en la Plaza de la Aurora.
Llama la atención que algo tan necesario para el progreso democrático de un país, como es el desarrollo de la memoria histórica, siga siendo cuestionado en España. Buena parte de los herederos y beneficiarios de la dictadura franquista insultan, amenazan y cuestionan los planteamientos y posiciones del movimiento memorialista, entre cuyos objetivos se encuentra el de desvelar y dar a conocer el contexto de los hechos que se produjeron en nuestro país tras el golpe militar fascista y las circunstancias de la represión durante la dictadura.

Se oponen a algo que forma parte esencial de la cultura y de la civilización, la Historia, y acusan al colectivo memorialista de una visión parcial de los hechos. Pero una simple comparativa de los textos elaborados por quienes están vinculados al franquismo, con el relato construido por el movimiento memorialista permite ver fácilmente dónde hay ocultamiento, visiones sesgadas y manipulación de la realidad.

En esa línea se encuentran también algunos historiadores que, con posturas equidistantes, acaban legitimando al régimen de Franco. Porque no fue lo mismo el franquismo que el antifranquismo. Si se les equipara, se fortalece al primero.

Nuestra aportación es la de seis microbiografías, las de unas personas que han vivido en el anonimato, pero cuyas vidas merece la pena rescatar para poder reconstruir la Historia de una forma más completa, para conocer mejor ese tiempo.

Recordemos lo que nos enseñaba Bertolt Brecht en sus Preguntas de un obrero que lee (“¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? En los libros aparecen los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?...”).

Esas vidas tienen el denominador común de haber sufrido de una forma brutal el régimen de Franco. Conviene conocerlas, como las de una inmensidad de españolas y españoles cuyo sufrimiento pone de manifiesto de forma muy clara en qué consistió el franquismo, hasta dónde llegó, qué fue capaz de hacer.

En el título hablamos de seis razones para seguir luchando porque nuestro objetivo no es solo homenajear a las víctimas y desvelar la crueldad de la dictadura, sino reivindicar y seguir luchando por el cumplimiento de los principios de Verdad, Justicia, Reparación y Garantías de No Repetición.
  • Soledad Amate Rodríguez y Andrés Melián Suárez

Soledad Amate llegaba a un sitio que le resultaba muy familiar cuando se presentó en el cuartel de la Guardia Civil de Motril.

Soledad Amate Rodríguez y Andrés Melián Suárez

Situado a poca distancia del centro de la ciudad, el caserón había sido un lugar temido por los motrileños que militaban en favor de la causa obrera. Un centro de represión, como tantos cuarteles del cuerpo llamado benemérito. Algunos señalarían que la Guardia Civil se limitó siempre al cumplimiento de las órdenes que le transmitían sus superiores, que actuaba de acuerdo con el mandato del poder constituido. De hecho, durante la guerra de España, fueron muchos los que permanecieron junto al Gobierno de la República, y más de una vez su lealtad al poder legítimo les costó la vida. Pero otros obedecieron a los sublevados y aplicaron la represión más severa. Y todo ello sin perder de vista que cumplir las órdenes de los superiores puede suponer también cometer las mayores atrocidades.

Soledad Amate, embarazada entonces de su cuarta hija, sabía bien cómo era aquel edificio, y tenía conocidos en el mismo. La desaparición de Andrés, su marido, le había hecho pensar que se debía a que los guerrilleros lo habían secuestrado. No en balde, ese año de 1947 era de auge en la actividad del maquis de la zona

Soledad Amate, embarazada entonces de su cuarta hija, sabía bien cómo era aquel edificio, y tenía conocidos en el mismo. La desaparición de Andrés, su marido, le había hecho pensar que se debía a que los guerrilleros lo habían secuestrado. No en balde, ese año de 1947 era de auge en la actividad del maquis de la zona.

Durante tres días había esperado la llegada de una petición de rescate que, al no producirse, la llevó a acudir a la Guardia Civil.

Declaró que desde el 12 de noviembre de 1947 faltaba de su domicilio, pero no le dieron información alguna. Soledad había vivido en el cuartel varios años, pues era hija del guardia Antonio Amate Fernández.

Cuando salió del edificio, una vecina le dijo que Andrés había estado allí. Otro hombre le señaló que lo vio acompañado por dos miembros de la “brigadilla” y, otro, que la noche de su desaparición vio salir del edificio tres mulos, que iban cargados y tapados con unas mantas, de las que solo sobresalían unos pies colgando.

El guardia civil Antonio Amate Fernández, padre de Soledad.

Soledad nunca obtuvo confirmación de la suerte que corrió su marido. En 1950, se llegó a trasladar a Canarias, tierra natal de Andrés, esperando encontrarlo, pero sin éxito. Trabajó limpiando unas oficinas; su jornada comenzaba a las 5 de la mañana, y acabó regresando a Motril después de año y medio de búsqueda infructuosa.

Animada por unos familiares que vivían allí, en 1954 se trasladó a Mallorca, para reiniciar su vida, con sus cuatro hijas. Y trabajó para sacarlas adelante hasta que, “ya colocadas”, como ella decía, es decir, con la vida encauzada, Soledad se vino abajo: se derrumbó, no pudo aguantar más, y sus temores y la añoranza por su esposo afloraron con intensidad. Siempre esperó que apareciese, llorando cada vez que hablaba de él, con grandes dificultades, por ello, para unirse a otros hombres. Intentó que en Motril documentasen lo ocurrido con “su Andrés”, pero los testigos enmudecían por miedo. Hasta 1985 no consiguió el certificado de viudedad. Murió con 76 años.

Andrés Melián Suárez había sido un dirigente sindical en su pueblo canario de Bañaderos. Le llamaban Andrés “el Fino”, y era un joven bromista, alegre y solidario. Tocaba la guitarra y sabía cantar las isas canarias. El triunfo del golpe de Estado en las islas le condujo a servir obligado en las filas rebeldes. Pero, cuando pudo, ya en la península, desertó.

Pasó al servicio de la República y, durante una estancia en la localidad almeriense de Berja, conoció a Soledad Amate Rodríguez, que se encontraba en la casa de unos familiares. Andrés trabajaba en el área de propaganda, y con un camión pasaba películas en los frentes. Se casaron el 9 de enero de 1938.

Andrés era buscado por los vencedores, tras el fin de la guerra. Cuando había peligro, se escondía en un habitáculo que prepararon dentro de un armario. Con el tiempo, Soledad comentaría a sus hijas que, pese a todo, fueron unos días muy felices

Andrés era buscado por los vencedores, tras el fin de la guerra. Cuando había peligro, se escondía en un habitáculo que prepararon dentro de un armario. Con el tiempo, Soledad comentaría a sus hijas que, pese a todo, fueron unos días muy felices.

Antonio Amate fue a buscar a su hija: quería llevársela, pero sin su marido, al que creía casado en Canarias. Discutieron, y Antonio Amate acabó aceptando la relación. Había llegado a ponerse en contacto con el párroco de Bañaderos para confirmar el estado civil de Andrés.

Tras la guerra, pasaron a residir en Motril y el guardia Amate, que residía en el cuartel, se convertiría en protector de Andrés. Consiguió simular que había cumplido condena en el campo de concentración de Benalúa de Guadix, una antigua fábrica de pasta de esparto para papel, ahora convertida en centro de tortura y ejecución. Andrés nunca pisó ese campo.

En cambio, reclamado por desertor, fue trasladado al del castillo del risco de San Francisco, en Las Palmas de Gran Canaria, una antigua fortaleza, construida para defender a la isla de los ataques de piratas como Drake, o de otras armadas extranjeras, y que ahora era empleada como centro de represión. Condenado a muerte, la gestión de su madre logró que el obispo Pildain intercediera en su favor y consiguiese la conmutación. Aunque lo condenaron a 20 años, en 1943 volvía a encontrarse con su familia en Motril.

Residían en el molino de San Francisco, comprado por Antonio Amate, a las afueras de la ciudad, y llevaban una vida tranquila. Pero el guardia Antonio Amate fallecía en marzo de 1946, y Andrés perdía a su protector.

El 12 de noviembre de ese mismo año, Soledad veía por última vez a Andrés. El día 20 fue víctima de un fusilamiento extrajudicial en las proximidades de La Herradura. Con él, ejecutaron a su amigo José Antonio Sáez Castilla, a Antonio Ruiz López “el Santo”, a Manuel Rodríguez Martín “Pinchín”, y a Miguel Arellano Pérez “Barrancones”. Fueron enterrados en el cementerio de ese mismo pueblo

Alentados por los éxitos aliados en la Segunda Guerra Mundial, un grupo de motrileños había reorganizado el Partido Comunista en 1945. Andrés se había unido a ellos. Las reglas de la clandestinidad impedían que Soledad tuviera conocimiento alguno de las actividades de su esposo. Solo con el tiempo ataría cabos, recordando que un maestro llamado Manuel Rubiño González, que iba al molino a dar clases a su hija mayor, se quedaba a hablar con Andrés, quien al finalizar la molienda del día, solía ir en bicicleta a la ciudad para reunirse con sus amigos, según decía, pero también para participar en la organización secreta.

El 1 de agosto de 1947, la Guardia Civil asesinaba a Manuel Rubiño. También a Juana Correa, su esposa, que estaba embarazada, y a otras nueve personas, tras ser detenidas y sometidas a espantosas torturas. Se los habían llevado del cuartel al castillo de Carchuna, otra fortaleza para defender la costa de la piratería, construida en tiempos de Carlos III. Seguramente los trasladaron allí para que el vecindario no oyera los gritos de dolor de los detenidos.

El 12 de noviembre de ese mismo año, Soledad veía por última vez a Andrés. El día 20 fue víctima de un fusilamiento extrajudicial en las proximidades de La Herradura. Con él, ejecutaron a su amigo José Antonio Sáez Castilla, a Antonio Ruiz López “el Santo”, a Manuel Rodríguez Martín “Pinchín”, y a Miguel Arellano Pérez “Barrancones”. Fueron enterrados en el cementerio de ese mismo pueblo.

La vida de Soledad sería desde entonces mucho más dura, y a las dificultades materiales se le uniría la angustia de no saber lo que había pasado con su marido. Quienes lo sabían, conocedores de su desesperación, se negaron a decírselo. El régimen de Franco estaba dispuesto a crear, de forma permanente, esa ansiedad en los familiares de sus víctimas.

  • Enriqueta Arellano

En plena guerra de España, el 19 de enero de 1937, un grupo de jóvenes de Almuñécar representaba en el Cinema Ascaso, de la vecina localidad de Motril[1], la obra de teatro Arriba los pobres del mundo, de Jacinto Sánchez. Formaban parte del cuadro artístico de la Juventud Libertaria de Almuñécar, en cuyo Ayuntamiento también se escenificó.

La obra era resultado de la colaboración entre distintas corrientes del movimiento obrero, tantas veces enfrentadas. Aunque era la Juventud Libertaria la que promovía la representación, entre los actores aficionados se encontraba alguna joven socialista

La obra era resultado de la colaboración entre distintas corrientes del movimiento obrero, tantas veces enfrentadas. Aunque era la Juventud Libertaria la que promovía la representación, entre los actores aficionados se encontraba alguna joven socialista. Y también se ponía de manifiesto la labor cultural que se estaba llevando a cabo en la España leal, como medio de concienciación a través de la expresión artística. No en balde, Arriba los pobres del mundo, que había sufrido la censura poco antes de las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular, estaba comprometida con los valores del conocido como teatro proletario.

La joven a quien nos referimos era Enriqueta Arellano, a cuya hermana, María Teresa, pudimos entrevistar y nos contó sus recuerdos.

La familia vivía en la zona de San Cristóbal, que hoy está integrada en el casco urbano, junto a una concurrida playa. En los años 30 no había sido absorbida aún por el desarrollo urbanístico que, además, hizo retroceder seriamente los sembrados de subtropicales que prosperaban junto al río Seco, que muere en esa playa. Aún permanecen las vegas de Almuñécar, especialmente la de río Verde, a levante de la población, y confieren a la ciudad un intenso verdor que, con el azul de su mar y el blanco de su caserío, dejan una imagen indeleble en el recuerdo de quienes la han podido contemplar.

Enriqueta Arellano, en una imagen cedida por su hermana, María Teresa.

Ese era el entorno de la familia Arellano, cuyo padre trabajaba como arrendatario en las tierras de otra persona. María Teresa recordaba a su hermana como una chica de hábitos templados, estudiosa y culta, cuya maestra decía que era muy inteligente, aficionada a la escritura, sobre todo en prosa, pero con algún que otro poema. De esto último era muy entusiasta la misma María Teresa. Una joven, Enriqueta, aficionada al paseo, y que de vez en cuando se acercaba a la ciudad para ir al cine acompañada de alguna amiga.

María Teresa recordaba a su hermana como una chica de hábitos templados, estudiosa y culta, cuya maestra decía que era muy inteligente, aficionada a la escritura, sobre todo en prosa, pero con algún que otro poema. 

La guerra había decantado el compromiso de buena parte de la juventud española, y Enriqueta actuó como una militante moderada, volcada en el terreno cultural. Su hermana recordaba que en el Ayuntamiento de Almuñécar actuó en una representación teatral y también en una comedia en pro de la Cruz Roja.

Era enemiga de la violencia en la retaguardia. En Almuñécar hubo 11 o 12 víctimas de derechas, todas ellas asesinadas durante la segunda semana de agosto de 1936, salvo un caso del que no queda claro lo que ocurrió con él: había desaparecido y algunos consideran que fue asesinado, pero no existe unanimidad a este respecto. Y en la localidad hubo una importante resistencia de los defensores de la República a la hora de aplicar esa violencia: parte de las víctimas las llevó a cabo un grupo procedente de Málaga, y el que quedaran limitadas a cinco días, del 13 al 17 de agosto, es una prueba de esa contención. Al igual que el alcalde, Francisco Casas del Castillo, Enriqueta Arellano se habría distinguido en esos esfuerzos. Sus convicciones socialistas estaban arraigadas, y deseaba sacarlas adelante con el diálogo y el respeto a las distintas opiniones y a la libertad personal; era contraria a los atropellos que se producían en territorio republicano y aconsejaba a los que querían empuñar las armas que combatieran en los frentes de batalla.

Tuvo intervenciones públicas en la localidad, donde mostró una gran capacidad oratoria, emocionando a la gente, que llegaba a llorar cuando la oía.

Como en otras localidades fieles a la República, algunos vecinos de derechas, creyéndose en peligro, marcharon a la sierra, y Enriqueta fue encargada por José Rivas, presidente de la Juventud Socialista, de interrogar a los familiares de los huidos, preguntándoles cómo se había ido. Su hermana afirmaba lo siguiente:

“Es que una mujer tenía más delicadeza para hablarle a otras mujeres, sin herirlas. Yo no estuve presente, la acompañé, pero no entré, y no sé lo que les diría, pero no creo que insultara nadie, porque ella era muy educada y hablaba a la gente con educación”.

En los momentos finales del periodo republicano, ante la inminente entrada de las fuerzas sublevadas, cuando se está produciendo la huida de decenas de miles de personas de las provincias de Málaga y Granada en dirección a Almería, acosados por el bombardeo aéreo y desde el mar, el padre de las hermanas Arellano decidió llevarlas al campo. Tenían la opción de unirse a la desordenada huida, pero el padre pensó que la vida de su hija no corría peligro, y que el tipo de actividad que había tenido, tan enemiga de la violencia, no podía conducirla, en modo alguno, a la muerte.

A Enriqueta la detuvo uno de los hombres que se dedicaban a pelar al cero a las mujeres consideradas contrarias a las tropas golpistas. La localizó en el campo, y Enriqueta estuvo detenida entre tres y seis días. Y , finalmente, fue asesinada el 27 de febrero de 1937; tenía 22 años

Pero, como ocurría tras la caída de una localidad, las fuerzas sublevadas procedían con un inusitado terror. A Enriqueta la detuvo uno de los hombres que se dedicaban a pelar al cero a las mujeres consideradas contrarias a las tropas golpistas. La localizó en el campo, y Enriqueta estuvo detenida entre tres y seis días. Durante ellos, su madre acudió para llevarle el desayuno, pero no le permitieron pasar: “Por favor, dejadme que le lleve a mi niña el café”, decía la madre. Y, finalmente, fue asesinada el 27 de febrero de 1937; tenía 22 años.

Algunos vecinos afirman que previamente fue violada por sus asesinos. Su hermana Teresa también lo oyó:

“Nunca nos han dicho la realidad. Cuando me lo han insinuado o cuando me dicen algo de mi hermana, me vuelvo loca, me baja la tensión, me pongo a morirme. Por lo que dicen, la violaron y se divirtieron con ella. Era una chiquilla maravillosa, muy honrada, muy honesta, que no se había ni desnudado delante de nadie, ni de mí, que vivíamos en la misma habitación, cada una en su cama. Era de mucha educación, criada a la antigua, llamando a nuestros padres de usted, criada de una manera diferente a como ahora se cría la gente”.

La familia de Enriqueta continuó siendo víctima de la represión, manifestada con otras formas. No le dijeron lo que había sido de su hija, y permanecieron cuatro años sin poder confirmar cuál había sido su suerte. Las autoridades franquistas, en otro despliegue de crueldad, se negaban a realizar algo tan fácil como era comunicar de alguna manera a una familia lo que había sido de su hija, para ahorrarle la angustiosa incertidumbre en que vivía.

Tachados de rojos, encontraron además graves dificultades laborales. María Teresa no pudo estudiar, como era su deseo, por falta de medios económicos. Intentó colocarse en una farmacia, pero no pudo, porque le dijeron al dueño que era una roja. A lo único que pudo dedicarse fue a coser

Tachados de rojos, encontraron además graves dificultades laborales. María Teresa no pudo estudiar, como era su deseo, por falta de medios económicos. Intentó colocarse en una farmacia, pero no pudo, porque le dijeron al dueño que era una roja. A lo único que pudo dedicarse fue a coser. “A mi padre ya no le daban trabajo”, nos decía. La fábrica en que trabajaba fue cerrada y, si lo llamaban de algún sitio, decían que era un rojo y lo echaban. También perdieron las tierras que laboraban en San Cristóbal: “Nos las quitaron, y las vendieron los dueños. Eran a renta. Éramos arrendatarios. Que, si no hubiera estallado la guerra, esas tierras pertenecerían a mi padre por antigüedad”.

La familia se fue a Argentina en 1954, y María Teresa estuvo allí 5 años. Cuando la entrevistamos en Almuñécar, vivía en una humilde casa del casco antiguo, procedente, como buena parte del mismo, de la red de construcciones de la época romana, posiblemente almacenes para los salazones que luego serían exportados, y que los vecinos adaptaron como viviendas. Era miembro activo de una asociación cultural de su pueblo, a la que aportaba su poesía, y no manifestaba resentimiento: su voz se expresaba serena, pero sin olvidar el dolor[2].

  • Manuel Jiménez Melgares

Cuando murió Manuel Jiménez Melgares, la agrupación guerrillera a la que pertenecía estaba en sus momentos finales. Era el 29 de noviembre de 1951, y solo dos meses antes, el jefe de la misma había sido capturado por la Guardia Civil, prestándose a colaborar con ella con la promesa, luego incumplida, de salvar la vida a cambio de la entrega de sus compañeros.

Pero a Manuel no lo llegó a entregar. Cuando se produce su muerte, la operación estaba en marcha, y quienes habían sido sus compañeros más cercanos, algunos de ellos del mismo pueblo, se encontraban a punto de ser puestos en manos del enemigo para acabar ante un pelotón de fusilamiento. Manuel había perdido el contacto con ellos.

Manuel Jiménez Melgares y Araceli España Jiménez, en una instantánea cedida por Laura Jiménez Ramos.

Salió corriendo, se dirigió a un puerto de montaña que quiso atravesar, pero habían dispuesto un amplio dispositivo y el guerrillero acabó cercado, pues en su huida se tropezó con otros guardias. Le dieron el alto, y disparó con una pistola automática, pero también le tiraron a él, hiriéndole en las piernas; todavía intentó huir, demostrando una gran vitalidad, según manifestaba el suboficial que dirigió la operación, hasta que volvieron a dispararle, dándole muerte

Fue en su tierra natal donde lo localizaron. El informe de la Guardia Civil hablaba de un hombre aislado en medio de la sierra que, viéndose sorprendido, intentó escapar. Salió corriendo, se dirigió a un puerto de montaña que quiso atravesar, pero habían dispuesto un amplio dispositivo y el guerrillero acabó cercado, pues en su huida se tropezó con otros guardias. Le dieron el alto, y disparó con una pistola automática, pero también le tiraron a él, hiriéndole en las piernas; todavía intentó huir, demostrando una gran vitalidad, según manifestaba el suboficial que dirigió la operación, hasta que volvieron a dispararle, dándole muerte.

Pero las declaraciones de los guardias no expresaban en momento alguno que Manuel Jiménez se había hecho estallar una granada que llevaba consigo. Nos lo manifestaron las fuentes orales que hemos consultado, y así consta en el informe de autopsia que se le hizo por dos médicos del pueblo malagueño de Torrox, José Ruiz Hernández y Dioscórides López Sacristán, conocido en el pueblo como “don Dios”. Sin descartar los disparos, ambos se hacían eco de los daños causados por la explosión de la bomba. Todo ello nos hace pensar en la posibilidad de que los guardias pretendieran alguna condecoración, como las que aparecen en el documento titulado Relación de los servicios más destacados de bandolerismo realizados por la fuerza del Cuerpo, también conocido como Medallero. Es posible que sus superiores conocieran las reales circunstancias de la muerte y decidieran no otorgarles una importante recompensa, como las que aparecen en esa documentación.

Manuel tenía 41 años y lo enterraron en una fosa común del cementerio de Torrox: “En el Patio civil, mano derecha de la entrada, con la cabeza dirección Norte, y a unos treinta centímetros de la pared Norte, con sus correspondientes indumentarias”. Hasta la primera década del 2000, no supieron sus hijos el punto exacto de su ubicación. Fue en el marco de unas jornadas de recuperación de la memoria histórica que organizó el Ayuntamiento de Torrox en 2008 y que tuvieron su continuidad durante los dos años siguientes.

El antiguo cuartel de la Guardia Civil de Torrox, convertido en centro de unas jornadas de memoria histórica. Imagen de 2008.

Manuel era un luchador veterano. Si seguimos lo que contaban de él los guardias, antes de la guerra era miembro del Partido Comunista. Respecto a su militancia en la guerra, el informe policial es contradictorio: por un lado afirma que se afilió a la FAI y, por otro, que presidió la célula del PCE en el Barranco de Güi, el anejo de Torrox donde vivía. Fue miliciano, y llegó a teniente, siendo detenido tras la contienda. Lo pusieron en libertad en octubre de 1940.

A partir de 1944 se ponía en marcha en la comarca malagueña de la Axarquía, donde se encuentra el término de Torrox, un movimiento guerrillero antifranquista, que irá aumentando durante los años siguientes, no solo en cuanto a las personas que se integraron en el mismo, sino también respecto a la red, mucho mayor que el maquis, de colaboradores o enlaces. Manuel era uno de ellos. Su hija Laura recuerda que los abastecía de alimentos.

Pero las declaraciones de los guardias no expresaban en momento alguno que Manuel Jiménez se había hecho estallar una granada que llevaba consigo. Nos lo manifestaron las fuentes orales que hemos consultado, y así consta en el informe de autopsia que se le hizo por dos médicos del pueblo malagueño de Torrox

Un vecino fascista lo vigilaba desde su casa, y pudo comprobar que los guerrilleros acudían a la de Manuel, así que lo delató y fueron a detenerlo el 29 de junio de 1946. Pidió permiso para cambiarse el calzado, pero golpeó a los guardias y consiguió escapar. Estuvo durante una semana escondido en una cueva, antes de que llegaran los guerrilleros a recogerlo. Su hija Laura le llevaba la comida.

A los quince días de su marcha a la guerrilla, su mujer, Araceli España Jiménez, que estaba enferma, se suicidó. El guerrillero tardó en saberlo, por lo que no se presentó en el entierro; los guardias y los regulares habían cercado la zona para capturarlo. Solo lo supo cuando vio a sus hijos vestidos de negro.

A Manuel, conocido como “el Terrible” en su pueblo, lo llamarán “Luis” en la guerrilla, esperando que el empleo de seudónimos dificultara la identificación de los maquis por sus perseguidores. Sus compañeros recordaban su eficacia como tirador.

La familia del guerrillero sufriría la dura represión de los franquistas. Los guardias maltrataron al hijo para que les dijera el paradero de Manuel.

A Antonio Jiménez Navas, padre de Manuel, lo detuvieron y murió en la cárcel; al parecer, él mismo se provocó la muerte. Poco antes había denunciado que el 17 de marzo de 1948 unos guardias y unos soldados habían robado en su casa dinero y unos pendientes de oro, entre otros objetos[3].

Antonio Jiménez Melgares, hermano de Manuel, que ya había sido maltratado con anterioridad, se dirigió un día al pueblo con el objetivo reparar una herramienta de labor. Interceptado por la Guardia Civil, fue llevado al cuartel, donde los distintos testimonios indican que sufrió un durísimo apaleamiento. Lo dejaron marchar, pero era tal su estado que acabó muriendo ese mismo día, cuando volvía a su casa, y su cadáver apareció en el campo. Era el 11 de octubre de 1948.

Antonio Jiménez Melgares, en una imagen cedida por Laura Jiménez Ramos.

Antonio Jiménez Melgares dejó seis hijos, el mayor de ocho años. La viuda, Dolores Ramos Ruiz, preguntó en el cuartel, y le respondieron que había estado allí pero que ya se había ido, y que seguramente ya se encontraría en su domicilio. Como no lo encontró, volvió al cuartel ese mismo día y la despidieron con malos modos y con la amenaza de encarcelarla. Estuvo exigiendo justicia, a voces, en la plaza del pueblo, y la gente comentaba que se había vuelto loca. Un guardia le dijo que tuviera cuidado con lo que decía, y le reconoció que habían causado la muerte de su marido porque era enlace de la guerrilla

Antonio Jiménez Melgares dejó seis hijos, el mayor de ocho años. La viuda, Dolores Ramos Ruiz, preguntó en el cuartel, y le respondieron que había estado allí pero que ya se había ido, y que seguramente ya se encontraría en su domicilio. Como no lo encontró, volvió al cuartel ese mismo día y la despidieron con malos modos y con la amenaza de encarcelarla. Estuvo exigiendo justicia, a voces, en la plaza del pueblo, y la gente comentaba que se había vuelto loca. Un guardia le dijo que tuviera cuidado con lo que decía, y le reconoció que habían causado la muerte de su marido porque era enlace de la guerrilla. Esto último lo niegan los familiares que hemos entrevistado. Dolores llegó a poner una denuncia en el juzgado militar, que no tuvo efecto. También se presentó ante el gobernador civil de Málaga para pedir lo mismo. La colocó en una institución benéfica y acabó emigrando a Cataluña. En Sabadell entraba a trabajar a las cinco de la mañana, fregando suelos y limpiando despachos, y así sacó adelante a sus hijos[4].

Hasta el párroco del pueblo protestó por el asesinato. Don Bartolomé Payeras Llinás mantenía una actitud crítica hacia la actuación de los franquistas en distintos aspectos, entre ellos la brutalidad represiva que sufrían tanto las familias de los guerrilleros como otros vecinos más o menos implicados en la actividad antifranquista.

El 15 de enero de 1950, la Guardia Civil ejecutaba, sin juicio previo, a otras cuatro personas del mismo anejo de Güí, entre ellos dos familiares del guerrillero: Manuel Melgares Ruiz y su hijo Manuel Melgares Camacho. Las otras víctimas también estaban emparentadas con otros maquis: Antonio Sánchez Ramos y Ángel Arrebola Ruiz; a este último, además, le quemaron la casa[5]. Así, se ponía de manifiesto una vez más la disposición del régimen de Franco a castigar con la máxima violencia a los familiares de los quienes protagonizaban la resistencia armada[6].

  • Carmen Díaz García

Cuando rememoraba sus primeros pasos como militante comunista, a la mente de Carmen Díaz llegaban los recuerdos de la dirección del PCE a los comienzos de la Segunda República, que se alojaba en su casa cuando acudía a Cartagena.

La frecuente presencia de la troika formada por Adame, Bullejos y Trilla en esta ciudad se debía a que era una de las principales bases de la Armada española, y el partido deseaba estar atento a lo que ocurría en el interior de la misma e incluso ejercer alguna influencia en ella.

Carmen Díaz, en una imagen cedida por su familia.

Carmen Díaz adquirió conciencia social a partir de su preocupación por los parados, los sueldos de miseria y el hambre. Participó en las luchas sociales que se dieron en su ciudad y, ya en la guerra, trabajó en distintas fábricas y talleres, en sustitución de los hombres que estaban en el frente

Carmen Díaz, cuyo hermano ya era militante, adquirió conciencia social a partir de su preocupación por los parados, los sueldos de miseria y el hambre. Su familia acabó por unirse también al PCE y ella, primero como miembro de las Juventudes Comunistas, luego de la JSU y por último del partido, participó en las luchas sociales que se dieron en su ciudad y, ya en la guerra, trabajó en distintas fábricas y talleres, en sustitución de los hombres que estaban en el frente. Recordaba que los cinco días que tardaban en descargarse los barcos de carbón, con las mujeres se convertían en tres. Posteriormente, el PCE la destinó a fortalecer la actuación de las mujeres antifascistas.

El fin de la guerra le sorprendió en Alicante. Su compañero era Matías Martínez Palau, secretario general del partido en Cartagena y del Comité Provincial murciano. Sobre él contaba lo siguiente:

“Era un hombre honrado y cuando llegó a Alicante, como no estaba el resto de la dirección del partido, no quiso irse. Era el último barco que salía de Alicante. Él tenía diez plazas que había conseguido para dirigentes del partido de Murcia, pero resulta que al no estar todos él dijo que no se iba, que lo que fuera de los otros sería de él”.

A Carmen, que también había formado parte del Comité Provincial, la internaron en un campo de concentración de Alicante, y cuando pudo salir en libertad se dedicó a llevar comida a los presos. Se trasladó a Murcia y, luego, a Valencia, donde volvió a ser detenida. La golpearon, dejándole el cuerpo amoratado, y le pusieron corrientes eléctricas en las muñecas, junto a otra detenida, de la que recordaba su nombre, Evangelina:

“Cuando a mí me cogieron en Valencia, allí te trituraban. Y cuando un día nos cogieron y nos bajaron a los sótanos aponernos las corrientes y todo, dije: ´´bueno, despídete, Carmen, que te matan, es que ahora te matan``. Bueno, pues salimos de allí”.

La policía le propuso ponerla en libertad a cambio de que trabajara para ella: organizaría al PCE para luego entregar a sus camaradas, pero se negó. Era tal la gravedad de su estado de salud que la excarcelaron. Ella llegó a leer lo que escribió el médico forense: que la liberaran, “para que termine su vida en la calle”.

Decidió no presentarse en el consejo de guerra que había de juzgarla, por lo que fue declarada en rebeldía.

Se trasladó a Sevilla, y en 1944 o 1945 fue detenida de nuevo. Golpeada y narcotizada, no consiguieron que hablara y, tras recobrar la libertad, se reintegró a la actividad clandestina. En ese tiempo conoció a quien sería su compañero, Enrique Arroyo Lozano, otro militante comunista, natural del pueblo granadino de Salar.

Enrique Arroyo Lozano, en imagen cecida por su familia.

Carmen actuó con la organización del PCE en la fábrica de CASA (Construcciones Aeronáuticas Sociedad Anónima) y posteriormente en otras ciudades andaluzas, como Córdoba, donde escapó de una caída, Málaga y Granada. Fue destinada a trabajar en contacto con la guerrilla, y logró ponerse en contacto con ella después de trasladarse a Salar, uno de los principales puntos de apoyo del maquis, y de donde se habían incorporado más hombres de toda la provincia de Granada.

Estuvo casi un mes con la guerrilla. Recordaba su difícil situación, y que tenían necesidad de un médico, al que llegaron a enviar. En alguna ocasión estuvieron a punto de capturarla:

“Allí había una vigilancia tremenda, que estuvimos reunidos con la Agrupación… y no nos cogieron aquella noche porque no llevaban perros… pasaron por al lado nuestro, casi, y teníamos al grupo cerca… cuando vimos que venía la Guardia Civil, no veas, ni respirábamos… pasaron sin darse cuenta”.

La militancia de Carmen constituye un amplio repertorio de actuaciones audaces para zafarse de la represión, tanto por parte de ella como de sus compañeros. Las recordaba con frecuencia, pues no en balde le habían supuesto salvar la vida, la integridad física o la libertad.

En una ocasión quisieron castigarla en la cárcel porque se había enfrentado con una catequista que quería justificar el fusilamiento de la mujer de un guerrillero. Alegaba que si se mataba a alguien era porque Dios lo había predestinado y porque algo habría hecho. Carmen protestó con rabia, la catequista la denunció, y tanto esta como los carceleros volvieron para descubrirla, formando a todas las presas. Carmen, con el apoyo de las demás reclusas, se peinó de otra forma, se pintó los labios y los ojos, y no lograron identificarla.

Carmen Díaz, en imagen proporcionada por su familia.

En Murcia la seguía un piquete de falangistas, y ella se dirigió al Gobierno Civil. Cuando entró, lo único que hizo fue preguntar por el horario de oficina. Al salir, ya se había marchado. Años más tarde hizo algo parecido. La encargaron de ponerse en contacto con unos detenidos en la cárcel de Granada, entre ellos Ricardo Beneyto Sapena, al que fusilaron en 1956. Cuando acudió, se dio cuenta de que la policía secreta la estaba siguiendo, y a punto de capturarla. Carmen era consciente del peligro que corría en caso de ser interrogada en el cuartel de Las Palmas. Su estratagema consistió en dirigirse personalmente al director de la prisión para solicitarle permiso para una nueva visita para el día siguiente, alegando que venía del Norte y que deseaba volver a ver a su hermano, con el que solo había podido hablar cinco minutos. Fueron tales sus dotes de convicción que el director le concedió el permiso, y sus perseguidores creyeron que volvería. Carmen aprovechó el tiempo que había ganado para quitarse de en medio. También sabía negar con firmeza las acusaciones en los careos.

Enérgica y decidida, Carmen fue de las pocas mujeres que jugaron un papel dirigente en la resistencia antifranquista de posguerra, tanto en lo que se refiere a la oposición política como a la guerrilla, en la que no llegó a integrarse pero con la que tuvo contacto desempeñando esa función

Su compañero, Enrique Arroyo Lozano, fue acusado erróneamente de delator, lo que supuso un gran sufrimiento para ambos. A Carmen le ordenaron que rompiera la relación con él, lo que hizo, y se encontraron casualmente en Barcelona, donde se pudo aclarar la situación de Enrique y reanudar la relación.

Enérgica y decidida, Carmen fue de las pocas mujeres que jugaron un papel dirigente en la resistencia antifranquista de posguerra, tanto en lo que se refiere a la oposición política como a la guerrilla, en la que no llegó a integrarse pero con la que tuvo contacto desempeñando esa función.

Y no dejó de luchar, pese al sufrimiento que el franquismo le ocasionó a ella y a los suyos[7].

  • Vicente Castillo Muñoz

Vicente Castillo siempre conservó huellas de la tortura. Cicatrices en las muñecas, marcas en los labios, como observaba cuando se miraba a un espejo, rastros de las quemaduras que le hicieron con cigarrillos y encendedores, señales del daño que le ocasionaron con los puños y con la fusta. Le ha pasado a muchos antifranquistas, que han guardado ese recordatorio del terror sufrido, y que a la vejez les ha empeorado su estado de salud.

El día de la Virgen de la Merced, instituida por el franquismo como patrona de las prisiones, permitían a los presos recibir la visita de sus hijos. En la imagen cedida por Gemma Guillermo Castillo, Vicente Castillo con sus hijos.

Cuando cayó en mayo de 1949, lo interrogaron en el cuartel de Las Palmas, sede de la comandancia granadina de la Guardia Civil, enclavado en un barrio tranquilo y elegante, que contrastaba con el complejo cuartelero, el centro de tortura más temido por el antifranquismo granadino.

Y había caído en manos del capitán Rafael Caballero Ocaña, el jefe de la brigadilla, del que un oficial de la Guardia Civil, compañero suyo, señalaba que el día que no mataba a alguien no estaba tranquilo, y que sentado en la parte de atrás de su coche decía que el conductor, también guardia, tenía un buen tiro en la nuca. El mayor representante de la represión contra la resistencia de posguerra en la provincia, con numerosos casos de tortura y ejecuciones extrajudiciales sobre sus espaldas

Y había caído en manos del capitán Rafael Caballero Ocaña, el jefe de la brigadilla, del que un oficial de la Guardia Civil, compañero suyo, señalaba que el día que no mataba a alguien no estaba tranquilo, y que sentado en la parte de atrás de su coche decía que el conductor, también guardia, tenía un buen tiro en la nuca. El mayor representante de la represión contra la resistencia de posguerra en la provincia, con numerosos casos de tortura y ejecuciones extrajudiciales sobre sus espaldas. Seguramente un psicópata, del que el franquismo se sirvió para sus objetivos de terror.

Vicente tenía un pasado de combatiente libertario. Miembro de la CNT desde antes de la guerra, era natural de Órgiva, y el golpe de Estado lo vivió en Granada, donde triunfó con rapidez entre el 20 y el 23 de julio de 1936. Pudo escapar a la zona republicana en enero de 1937 e ingresó en la 147 Brigada Mixta, en la que alcanzó el grado de teniente. Actuó en los frentes de Jaén y Granada, y al finalizar de la guerra estuvo unos meses huido en la montaña, hasta que se trasladó a Granada, donde fue detenido y condenado a 10 años de cárcel, saliendo en 1941.

Entre otras prisiones, estuvo internado en la de Granada. Recordaba el hacinamiento que se vivía en ella: señalaba que se construyó para 200 o 300 presos (parece que para 500), pero superaba los 5000. También la alimentación defectuosa, basada en verduras que ni siquiera lavaban previamente. Asimismo, las sacas de presos para ser fusilados junto al cementerio de la ciudad. E, igualmente, el adoctrinamiento forzoso que sufrían los reclusos, a manos de fanáticos católicos, que se sentían como peces en el agua con el franquismo.

Entrada al antiguo Cuartel de Las Palmas de la Guardia civil, en la capital granadina, lugar de tortura en el franquismo.

En 1943 se reintegraba a la militancia, uniéndose al Movimiento Libertario, denominación de la estructura formada por la CNT, la FAI y las Juventudes Libertarias. Uno de sus primeros trabajos fue formar un grupo de lectura con unos jóvenes del barrio de San Matías. Les proporcionaba libros que consideraba que contenían planteamientos democráticos, como lo de Stefan Zweig o Pearl S. Buck, así como otros que circulaban de forma clandestina. Algunos de esos jóvenes participarían más tarde en la actividad antifranquista.

En 1943 se reintegraba a la militancia, uniéndose al Movimiento Libertario, denominación de la estructura formada por la CNT, la FAI y las Juventudes Libertarias. Uno de sus primeros trabajos fue formar un grupo de lectura con unos jóvenes del barrio de San Matías. Les proporcionaba libros que consideraba que contenían planteamientos democráticos, como lo de Stefan Zweig o Pearl S. Buck, así como otros que circulaban de forma clandestina.

En la ciudad de Granada, la CNT, que había sido la mayor organización de la izquierda durante algunas etapas de la República, recogió esa tradición, al menos en parte, y se extendió con cierta fuerza durante la posguerra. Aunque el miedo a la represión frenaba muchos impulsos, los libertarios tuvieron una intensa vida orgánica, y una de sus tareas fue la de ayudar a los presos, consiguiendo, mediante la falsificación de documentos y otras estratagemas, la libertad y huida de algunos.

Apoyaron a las guerrillas, como la formada por los hermanos Quero, pero tuvieron algunas desavenencias con ellos: consideraban que la guerrilla pretendía dirigir toda la actuación  de la clandestinidad libertaria, incluida aquella no practicaba la lucha armada, lo que les parecía inaceptable[8].

Una serie de factores les llevaron a cambiar de estrategia y a optar por un tipo de lucha distinto, renunciando a la actividad guerrillera. Estaban en consonancia con el sector posibilista de la CNT, mayoritario en el interior de España, pero minoritario en el exilio, al contrario que la fracción ortodoxa. El primero cambió esa estrategia en 1947, mientras que el otro mantuvo su opción por la guerrilla hasta 1951.

En Granada, los libertarios habían llegado a la conclusión de que la guerrilla no tenía futuro, que suponía una intensa militarización de la sociedad, con el consiguiente incremento de la represión, lo que impedía la creación de estructuras sindicales clandestinas de la CNT, como era el deseo de Vicente Castillo y de sus compañeros.

Sabían, además, que había guerrilleros que deseaban abandonar esa lucha y escapar al exilio y, tras la caída del último de los hermanos Quero, en abril de 1947, pusieron en marcha una red de evasión que permitió salvar la vida no solo a guerrilleros sino también a otros miembros de la resistencia. Huirían a la Francia metropolitana o al Marruecos francés.

En la puesta en marcha de la red de fuga derrocharon imaginación y corrieron un fuerte riesgo, consiguiendo la salida al extranjero de varios guerrilleros, no solo libertarios. Entre los que pudieron escapar se encontraban Juan Francisco Medina García “Yatero” y su grupo, en diciembre de 1947, Rafael Romero Román, y Juan Garrido Donaire “Ollafría”, y otros cuatro hombres vinculados a él. Y no se trataba solo de guerrilleros, pues otros antifranquistas que estaban en peligro también fueron ayudados a salir de España

Su actuación chocaba con la del Partido Comunista, que mantuvo el apoyo a la lucha guerrillera hasta 1951-52 y que era contrario a que sus miembros la abandonaran. Dejar la guerrilla estaba castigado con la pena de muerte. Y este sería un elemento más de fricción entre los libertarios y el PCE.

En la puesta en marcha de la red de fuga derrocharon imaginación y corrieron un fuerte riesgo, consiguiendo la salida al extranjero de varios guerrilleros, no solo libertarios. Entre los que pudieron escapar se encontraban Juan Francisco Medina García “Yatero” y su grupo, en diciembre de 1947, Rafael Romero Román, y Juan Garrido Donaire “Ollafría”, y otros cuatro hombres vinculados a él. Y no se trataba solo de guerrilleros, pues otros antifranquistas que estaban en peligro también fueron ayudados a salir de España. Como José Guerrero Ortega “Pepe Caba”, un topo, pues estuvo casi nueve años escondido en una casa sin recibir la luz del sol.

A la altura de 1949, los miembros de esa red acusaban un intenso desgaste emocional. El testimonio de Castillo es bien explícito:

“Estábamos agotados, los nervios destrozados, una continua zozobra e inquietud del peligro continuado al que estábamos expuestos cada día y, sobre todo, desde hacía dos años, nos causaba una presión difícil de resistir por muy equilibrado que estuviera el sistema nervioso”.

Fue por esas fechas cuando un chivatazo posibilitó la detención de Vicente Castillo en el barrio granadino del Realejo. La Guardia Civil conocía, además, dónde escondían los libertarios a otros cinco guerrilleros que también pretendían sacar de España[9]. Tras una primera sesión de tortura, condujeron a Vicente a ese lugar el fatídico 26 de mayo de 1949. Lo arrojaron delante de la vivienda y se entabló un tiroteo, con él en medio, y en el que resultó herido. Dos guerrilleros fueron muertos por los guardias o se suicidaron, y otros tres fueron detenidos y ejecutados después sin haber sido sometidos a juicio[10].

Vicente Castillo, en una imagen proporcionada por Gemma Guillermo Castillo.

Varios detenidos fueron torturados, y con Vicente Castillo siguieron ensañándose: pese a que lo internaron en un hospital para curarlo de sus heridas, guardias y policías se presentaban allí para interrogarlo y proseguir el suplicio.

Lo atormentaron impidiendo que bebiera agua: como recuerdan otros detenidos, el de la sed persistente es uno de los peores martirios. Con las esposas le dañaron las muñecas y se negaron a curarlas, solo le daban de comer cuando se acordaban, no le permitieron mudarse de ropa en dos meses, las palizas fueron continuas, e hicieron simulacros de llevarlo al campo para fusilarlo. Durante cinco días y seis noches, lo tuvieron atado a una argolla de las que había en los pesebres de los caballos

Castillo acabó nombrando a algunos de los militantes clandestinos. Esperaba que, conocedores de que estaba en manos de los torturadores, esos activistas se habrían quitado de en medio. Pero el que hubiera hablado hizo que algunos de sus compañeros lo considerasen un traidor. El dolor moral se iba a unir al sufrimiento físico.

Lo atormentaron impidiendo que bebiera agua: como recuerdan otros detenidos, el de la sed persistente es uno de los peores martirios. Con las esposas le dañaron las muñecas y se negaron a curarlas, solo le daban de comer cuando se acordaban, no le permitieron mudarse de ropa en dos meses, las palizas fueron continuas, e hicieron simulacros de llevarlo al campo para fusilarlo. Durante cinco días y seis noches, lo tuvieron atado a una argolla de las que había en los pesebres de los caballos. Esto le obligaba a permanecer de pie y, si lo vencía el sueño, un fuerte tirón lo despertaba. Desde allí oía a otros detenidos lamentarse y llorar. Castillo intentó suicidarse, pero no llegó a llevarlo a cabo.

Hubo más casos de ejecuciones extrajudiciales y la caída afectó a numerosos puntos de Andalucía: Cádiz, Álora, Cazalla de la Sierra y Jerez de la Frontera. Alcanzó a la dirección libertaria de la región, con la muerte a manos de la Guardia Civil del secretario general Antonio González Tagua y de otros tres militantes el 29 de mayo de 1950 en los jardines del hotel Cristina de Algeciras cuando se preparaban para huir en barco a Tánger. A Vicente Castillo lo juzgaron en Granada en abril de 1950, con otras 20 personas. Lo condenaron a 30 años de reclusión mayor.

Su actuación fue la de una persona desprendida, generosa e idealista, que lo arriesgó todo a sabiendas de que le esperaba lo peor si caía en manos del franquismo[11].


  • Una primera versión de este trabajo fue publicada en VV. AA.: Los exiliados del franquismo. Las voces de los sin voz. Fundación Salvador Seguí, 2020. Y, parte del mismo, en el número 100 de la revista Libre Pensamiento, otoño de 2019.

[1] Cuando escribimos estas líneas, aún está en pie, aunque cerrado y amenazando ruina. Se trata del Coliseo Viñas, en la céntrica calle Nueva. Durante el periodo republicano de la guerra fue renombrado como Cinema Ascaso en honor del combatiente anarquista que perdió la vida en Barcelona enfrentándose al golpe de Estado, el 20 de julio de 1936.

[2] Elaborado sobre todo a partir de la entrevista que le hicimos a María Teresa Arellano en Almuñécar el 06-07-88.

[3] Archivo de la antigua Capitanía General de Granada, causa 352/48, legajo 668/20.

[4] Entrevista con María Jiménez Ramos, El Morche, 21-09-88. Archivo de la antigua Capitanía General de Granada, causa 743/48, legajo 596/35.

[5] Entrevista con María Melgares Camacho, Güí, 05-09-88, causa 124/50, legajo 606/12.

[6] Este trabajo ha sido elaborado, además, a partir de la entrevista con Laura Jiménez España, El Morche, 05-06-19, y de la causa judicial 1107/51, legajo 701/19 (muerte de Manuel Jiménez Melgares). Todas ellas las causas las encontramos en el archivo de la antigua Capitanía General de Granada. En el archivo del maquis de la Dirección General de la Guardia Civil pudimos consultar el expediente del guerrillero.

[7] Elaborado a partir de las declaraciones de Carmen Díaz García a Tomasa Cuevas, recogidas en el libro de esta Mujeres en la resistencia, y de la entrevista que le hicimos el 24-11-91 en su casa de Esplugas de Llobregat.

[8] Algo parecido consideraban algunos militantes libertarios, aunque en este punto no hay unanimidad, que ocurrió con la actuación de la FAI durante la Segunda República, que habría pretendido dirigir la actuación de la CNT.

[9] Se trataba de Milesio Pérez Jiménez, José Sánchez Porras, José García Pimentel y de los hermanos Gabriel y José Martín Montero. Procedían de la Agrupación Guerrillera de Granada, de hegemonía comunista. Con ellos estaba otro hombre de cuya identidad solo sabemos que era conocido como Paco “Ballarcas”. Igualmente, preparaban la salida de otros dos guerrilleros que no se encontraban en ese edificio: Antonio Rivas Rodríguez y Luis Gómez Martín. El escondite era el número 1 de la calle Paz, donde Castillo tenía realquilado un taller para fabricar caramelos, y también lo utilizaban como lugar de reuniones del Movimiento Libertario granadino. En otra planta vivía el matrimonio formado por Manuela Vizcaíno Alarcón y José Aguacil Carranza, con su hijo Ricardo. El hermano de Manuela, también llamado Ricardo, formaba parte asimismo del Movimiento Libertario y era uno de los máximos responsables de la red de evasión.

[10] Quienes perdieron la vida en calle la Paz eran José Sánchez Porras y Gabriel Martín Montero. Los ejecutados sin juicio previo, Milesio Pérez Jiménez, José García Pimentel y José Martín Montero.

[11] Elaborado sobre todo a partir de Recuerdos y vivencias, memorias inéditas de Vicente Castillo Muñoz, con el que tuvimos una conversación telefónica en octubre de 1996. Asimismo entrevistamos a Ricardo Vizcaíno Muñoz en Granada, en julio de 1993 y en febrero de 1994. También hemos consultado la causa judicial 486/49, legajo 628/6 (archivo de la antigua Capitanía General de Granada).

Jacqueline López Ligero pertenece a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica 14 de Abril, Costa de Granada
José María Azuaga Rico es historiador
Este es un espacio para el recuerdo y el homenaje a las víctimas del franquismo.

Para que nunca se olvide. Para que nunca se repita. 

En colaboración con  y las asociaciones memorialistas de la provincia de Granada. 

Puedes consultar los reportajes de la primera temporada del Foro de la Memoria en los siguientes enlaces:

 

Imagen de Jacqueline López Ligero y José María Azuaga Rico

Jacqueline López Ligero, miembro de ARMH 14 de Abril, Costa de
Granada.
José María Azuaga Rico, historiador.