'¿Quo Vadis Andalucía?'

La política andaluza vuelve a ser escenario de un fenómeno que desafía el sentido común democrático: la hegemonía electoral de un Partido Popular que gobierna desde hace siete años con resultados objetivos francamente pobres en indicadores socioeconómicos y que, aun así, no sólo mantiene intacta su popularidad, sino que se sitúa al borde de lograr nuevamente la mayoría absoluta en la próxima cita con las urnas. Esta foto -capturada en la última encuesta de Andalucía Información -es un espejo que debería inquietar a cualquier ciudadano preocupado por el progreso social de esta comunidad autónoma.
Según el sondeo de Social Data publicado el 17 de febrero de 2026, el PP-A liderado por Juanma Moreno obtendría alrededor del 42,7% de los votos, lo que se traduciría en una horquilla de 53 a 57 escaños en el Parlamento andaluz, acercándose mucho a la mayoría absoluta -fijada en 55 diputados- sin necesidad de depender de la ultraderecha para gobernar.
Este liderazgo aparente contrasta con una realidad que difícilmente puede ser caracterizada como un “modelo de éxito”. Siete años de gobiernos de Moreno han dejado a Andalucía a la cola de las comunidades autónomas españolas en términos de riqueza y PIB; a la cabeza de las tasas de desempleo y pobreza; y con sistemas públicos esenciales -sanidad, dependencia y educación- que siguen arrastrando retrasos estructurales, colapsos periódicos y serias amenazas de privatización. La sanidad pública, que debería ser un derecho básico garantizado, continúa sufriendo listas de espera insoportables y carencia de personal; los servicios de dependencia están saturados y a menudo inaccesibles; y los colegios, lejos de ser motores de igualdad de oportunidades, conviven con la precariedad en infraestructuras y ratios de alumnado que impiden una enseñanza de calidad.
¿Cómo es posible, entonces, que un gobierno con semejantes problemas no solo no sufra castigo electoral, sino que además consolide su posición como fuerza dominante? La respuesta no puede limitarse a un balance de gestión; hay que analizar la dinámica política y social que ha favorecido la consolidación de la marca personal de Juanma Moreno.
La narrativa del “orden frente al caos” ha calado: mejor un gestor que promete estabilidad (aunque a menudo no la entregue) que gobiernos vistos como ineficaces o conflictivos
Moreno ha logrado algo que muchos considerarían paradójico: ha convertido su liderazgo en un ancla de estabilidad emocional para un electorado cansado de crisis y volatilidad política, aunque los resultados objetivos de su gestión dejen mucho que desear. La narrativa del “orden frente al caos” ha calado: mejor un gestor que promete estabilidad (aunque a menudo no la entregue) que gobiernos vistos como ineficaces o conflictivos. Esta percepción tiene una clara dimensión emocional más que racional, pero es poderosa en tiempos de incertidumbre.
A esta narrativa se suma, sin duda, una fragmentación crónica de las fuerzas de izquierda andaluzas, que han sido incapaces de articular un frente común sólido que convierta su porcentaje de votos en una alternativa real de gobierno. El PSOE, a pesar de la designación de la número dos del Gobierno de España como candidata a presidir la Junta, no ha conseguido frenar la tendencia descendente de su base electoral que según la encuesta, se situaría en torno al 19,4 % -con entre 24 y 27 escaños- muy lejos de acercarse al PP y apenas por delante de VOX.
Este desplome socialista no se explica únicamente por cuestiones internas del PSOE, sino también por un contexto más amplio: el discurso de la izquierda en Andalucía lleva años fragmentado, dividido y sin una estrategia clara de unificación
Este desplome socialista no se explica únicamente por cuestiones internas del PSOE, sino también por un contexto más amplio: el discurso de la izquierda en Andalucía lleva años fragmentado, dividido y sin una estrategia clara de unificación. Las coaliciones y alianzas -desde Adelante Andalucía a Por Andalucía y otros espacios minoritarios- han competido por un mismo electorado sin construir un proyecto colectivo que trascienda las siglas. Esta dispersión no sólo diluye el impacto electoral, sino que impide capitalizar un rechazo real a las políticas del gobierno regional. Si la izquierda hubiera sido capaz de unificarse, aunque fuera temporalmente bajo un pacto estratégico, probablemente gozaríamos de un mapa electoral muy distinto en el que el voto progresista no se diluyese en múltiples casillas.
Mientras tanto, la ultraderecha de VOX sigue avanzando, acercándose peligrosamente al PSOE y amenazando con arrebatarle posiciones clave en varias provincias. El sondeo pronostica a VOX con alrededor del 17,6% de los votos y entre 20 y 23 escaños, prácticamente a dos o tres escaños de distancia del PSOE. En provincias como Cádiz, Córdoba, Sevilla o Granada, VOX podría incluso superar al PSOE y consolidarse como segunda fuerza local, un escenario que hace apenas unos años parecía impensable.
No es un detalle menor: el ascenso de la ultraderecha no refleja un mero fenómeno coyuntural, sino una reconfiguración del espacio político andaluz, donde una parte significativa del electorado parece gravitar hacia propuestas identitarias, antiestablishment y de contestación a los partidos tradicionales -incluido el PSOE-. Este crecimiento responde, en parte, al vacío que ha dejado la izquierda moderada y socialdemócrata: sin un discurso claro ni una presencia fuerte en el debate público, la derecha radical ha capitalizado el descontento social y la frustración ciudadana.
Al mismo tiempo, el PP-A encarna la lógica de “mal menor”, lo que le ha permitido a Moreno mantener la cohesión de su espacio electoral, aunque muchas de las políticas públicas de su propio gobierno reflejen, en la práctica, un giro hacia la derecha más dura en temas como inmigración, seguridad, educación o sanidad.
Frente a esta dinámica, el PSOE y la izquierda siguen atrapados en una encrucijada autodestructiva: critican la gestión del PP, pero no construyen una narrativa alternativa creíble ni una alianza estratégica que aglutine su base social
Frente a esta dinámica, el PSOE y la izquierda siguen atrapados en una encrucijada autodestructiva: critican la gestión del PP, pero no construyen una narrativa alternativa creíble ni una alianza estratégica que aglutine su base social. Las luchas internas, la competencia entre formaciones y la incapacidad para hablar con una sola voz han convertido a la izquierda en un actor menor en la política andaluza, malgastando unos votos que, de estar mejor organizados, podrían traducirse en una proporción mucho mayor de escaños y en una alternativa viable de gobierno.
Así las cosas, el escenario político que dibuja la encuesta -el dominio del PP con Moreno como eje central, la caída del PSOE, el auge de VOX y la irrelevancia de las otras izquierdas- no es solo el resultado de una geografía del voto, sino de una configuración estratégica donde la derecha ha sabido consolidarse políticamente mientras la izquierda se hunde en su propia fragmentación.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad andaluza no es solo quién gana en las encuestas, sino qué modelo de sociedad estamos dispuestos a aceptar: uno donde la gestión pública se mida más por la percepción emocional que por los resultados reales en bienestar social; donde los partidos de izquierda renuncien a un proyecto colectivo sólido; y donde la ultraderecha capitalice el descontento sin ofrecer soluciones reales a los problemas estructurales que afronta Andalucía. La respuesta a esa pregunta definirá, en buena medida, el futuro político y social de esta comunidad durante la próxima década.


































