Artículo de Opinión

'En memoria de Heinz Chez: una muerte para legitimar otra'

Política - Federico Zurita - Sábado, 27 de Diciembre de 2025
Federico Zurita Martínez dedica este artículo a Heinz Chez, ejecutado el 2 de marzo de 1974, el mismo día que Salvador Puig Antich.
Detalle de la portada de El Caso del 9 de marzo de 1974, que abría con las ejecuciones de Puig Antich y Heinz Chez
Detalle de la portada de El Caso del 9 de marzo de 1974, que abría con las ejecuciones de Puig Antich y Heinz Chez

La “gracia” de que los reos fueran ejecutados por garrote vil -un artilugio que fractura las vértebras cervicales- en lugar de por la horca, fue un regalo de cumpleaños que Fernando VII, el “rey felón” y tatarabuelo de Juan de Borbón (padre del emérito), concedió a su esposa, la reina María Josefa Amalia de Sajonia.

La II República abolió la pena de muerte para causas civiles, pero el 1 de abril de 1939 ya “cautivo y desarmado el Ejército Rojo” se restableció en todo el territorio nacional y  el garrote vil volvió a ser utilizado como método de ejecución para la población no militar. 

Se sabe que desde 1948 hasta el 2 de marzo de 1974, al menos 31 personas fueron ejecutadas en España mediante ese instrumento medieval. Ese día se llevaron a cabo las dos últimas ejecuciones por ese ominoso procedimiento: Salvador Puig Antich en Barcelona, y Heinz Chez -en realidad Georg Michael Welzel- en Tarragona. Detalle importante esta confusión porque hizo ilocalizable a Chez durante muchos años. 

Puig Antich fue condenado a la pena capital por el régimen franquista tras ser acusado de disparar contra un agente de la policía y causarle la muerte durante una refriega en el portal de un edificio

Puig Antich fue condenado a la pena capital por el régimen franquista tras ser acusado de disparar contra un agente de la policía y causarle la muerte durante una refriega en el portal de un edificio. Sin embargo, nunca se pudo demostrar que la bala que acabó con la vida del policía procediera del arma que portaba Antich. Sí está asumido que la condena a muerte y la ejecución de Antich tuvieron un fuerte componente de represalia por el atentado que meses antes acabó con la vida del entonces Presidente del Gobierno, Almirante Luis Carrero Blanco.

Georg Michael Welzel (el verdadero nombre de Heinz Chez) fue condenado a muerte por haber matado a un guardia civil y herido gravemente a otro

Georg Michael Welzel (el verdadero nombre de Heinz Chez) fue condenado a muerte por haber matado a un guardia civil y herido gravemente a otro. 

Un grupo numeroso de intelectuales solicitó a Franco la conmutación de la pena de muerte de Antich, pero curiosamente esa solicitud de conmutación no incluyó a Welzel. Obviamente no prosperó la petición de clemencia. 

Antich pertenecía a un grupo anarquista, minoritario por tanto, y la reacción de la izquierda -todavía en la clandestinidad- ante su condena y ejecución fue tibia. Con Heinz Chez no hubo ni tan siquiera esa reacción tibia.

Chez fue, en la práctica, una figura instrumental, utilizada por el régimen para restar visibilidad y perfil político al caso Puig Antich. 

Portada de El Caso del 9 de marzo de 1974 en la que informaba de las ejecuciones. 

Tuvo Heinz mala suerte con el abogado que le tocó de oficio. Este no se tomó muchas molestias con el caso y la noche antes de la ejecución se fue a cenar mariscos con su esposa. Sus colegas le suplicaban que “hiciera algo”, pero él les contestó que ya no se podía hacer nada.

Y tuvo además Heinz mala fortuna con el verdugo que le tocó en suerte, porque era su primera actuación y además el garrote ya obsoleto, no funcionaba bien. 

Sin poste al que poner el corbatín -abrazadera metálica semicircular, que se colocaba alrededor del cuello del reo- la ejecución se hizo muy difícil. Los funcionarios, desconcertados y sin saber muy bien qué hacer, tuvieron que inmovilizar a Heinz sujetándole como mal podían por los brazos y las piernas. 

Cuando el verdugo empezó a accionar el torniquete, en vez de triturar las cervicales, le hizo una herida profunda en el cuello y Heinz empezó a sangrar profusamente, pero no murió. Intentaba zafarse y se aferraba a la vida con desesperación.

La sala donde se estaba llevando a cabo la ejecución, era una habitación mínima, lo que ponía las cosas aún más complicadas. 

El verdugo muy nervioso, falló dos veces y no daba “pie con bola”. Ya fuera de sí, le dijo a uno de los policías que sacara la pistola y le diera un tiro a Welzel

El verdugo muy nervioso, falló dos veces y no daba “pie con bola”. Ya fuera de sí, le dijo a uno de los policías que sacara la pistola y le diera un tiro a Welzel. El comandante responsable de la ejecución le dio un bofetón a uno de los funcionarios con el objetivo de sacarlo de la reacción histérica que sufrió, al tiempo que le espetaba un “no tienes cojones”. 

Fue por la impericia y la falta de experiencia del verdugo, por lo que finalmente acabaron matando a Heinz por estrangulamiento, y no por la rápida rotura de las cervicales que el garrote provoca.

Por todo eso, la ejecución de Heinz se prolongó hasta casi media hora. Un suplicio espantoso. 

Tras la ejecución, los funcionarios y el mismo verdugo salieron de la prisión y no había allí más que el camión que habitualmente llevaba la fruta y la verdura, esta vez listo para cargar el féretro con el cuerpo de Welzel. Rápidamente lo enterraron en una fosa común.

También resultó sobrecogedora la soledad que Heinz (Welzel) padeció hasta el momento de su ejecución: en un país extraño para él, sin familiares y con un español muy precario, se enfrentó a sus últimas horas con la única compañía de un padre jesuita y dos funcionarios con los que jugó al parchís. 

La confusión con su nombre y su condición de apátrida hizo que su familia lo diera por desaparecido, y abandonara su búsqueda. Pero a principios de los 90, un periodista, Raul M Riebenbauer, obsesionado con el caso, localizó a su familia en Alemania. Walter tenía madre, dos hermanos, pareja y tres hijos. Y estos vinieron al cementerio de Tarragona a depositar flores en ese trozo de tierra, una tristísima fosa común en definitiva. 

En fin, para llorar amargamente.

Desde aquella época siempre he sentido mucha pena por Heinz Chez, tan ignorado por todos y por todo. Una revista de la época que se llamaba “El Caso” solo recogía noticias de crímenes y asesinatos, y se decía jocosamente que si se estrujaba un ejemplar de “El Caso”, salía sangre.  

El nueve de marzo de 1974, una semana después de ser ejecutados, “El Caso” traía en portada las fotos de Puig Antich y Michael Welzel

El nueve de marzo de 1974, una semana después de ser ejecutados, “El Caso” traía en portada las fotos de Puig Antich y Michael Welzel. Lo recuerdo perfectamente y me impresionó de tal manera que casi 52 años después estoy escribiendo estas líneas.

En un documental mitad escalofriante mitad deslumbrante, llamado “Queridísimos verdugos”, Basilio Martín Patino reúne a tres de los cuatro últimos verdugos que quedaron en España, y estos durante hora y media hablan con orgullo de su horrible profesión. El documental se convierte en una crónica impagable sobre la España de la época. 

Uno de esos verdugos, Antonio López Sierra, fue el que ejecutó a Puig Antich. El verdugo que ejecutó a Michael Welzel se llamaba José Monero Renomo y pertenecía a la Audiencia de Sevilla. Fue de Sevilla a Tarragona escoltado por dos policías en un Dodge de la época y en un viaje sin paradas. En el maletero llevó el garrote. 

Si el título del documental ya es puro humor negro, la dedicatoria del mismo es sencilla y profunda: un plano de un cielo abierto en un día soleado por el que vuela una paloma blanca, “en memoria de tanto dolor”. 

Sutil y sensible Martín Patino.