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12.880 KILOS DE PÓLVORA DERRIBARON MEDIA CARRERA DEL DARRO

Juan Real, el polvorista que no voló la Alhambra de milagro

Cultura - Gabriel Pozo Felguera - Domingo, 15 de Mayo de 2022
Puede que conocieras este suceso, pero seguro que no con el aporte de datos, documentos gráficos y testimonios con los que nos lo cuenta con su habitual maestría Gabriel Pozo Felguera. No te pierdas este pasaje de la historia poco conocida o que permanecía oculta de Granada.
Grabado francés del siglo XVIII donde se ven perfectamente las edificaciones del molino, corral y almacén al pie del Tajo. También aparece el primitivo puente de las Chirimías.
Grabado francés del siglo XVIII donde se ven perfectamente las edificaciones del molino, corral y almacén al pie del Tajo. También aparece el primitivo puente de las Chirimías.
  • El dueño de la industria acusó a un capitán de haberle pegado fuego a su almacén la madrugada del 18 de febrero de 1590

  • Los dos socios molineros fueron encarcelados por Felipe II por no cumplir con el contrato de suministro de pólvora, en tanto se dedicaban a traficar con ella

Se llamaba Juan Real. Era uno de los dos grandes fabricantes de pólvora de Granada a finales del XVI. La explosión de al menos 12.880 kilos de pólvora negra en su molino y almacén del Darro estuvieron cerca de volar la Alhambra en 1590, causaron daños que todavía perduran. La tremenda explosión derribó parte de la iglesia de San Pedro, el Convento de Zafra y medio barrio. Se dijo que hubo muchas víctimas y enterrados bajo los escombros. Se procesó al que presuntamente encendió la mecha. Las cartas entre el corregidor de entonces, Alonso de Cárdenas, y Felipe II dan pistas, pero también silencian lo que pasó de verdad. Lo perentorio era recuperar pronto la actividad del molino de pólvora para hacer frente a la amenaza berberisca en las costas del Mediterráneo. A pesar de ser el mayor accidente pirotécnico de Granada, un velo tapó el asunto inmediatamente, nunca se supo el número de muertos que provocó. Pero quedaron rastros documentales de aquel tremendo suceso que vamos a repasar en este artículo.

Las principales acequias que entraban agua a Granada contaron en tiempos musulmanes con infinidad de molinos y batanes para mover sus rodeznos. En el reinado de Felipe II se empieza a experimentar una progresiva transformación de algunos de los molinos de pan en molinos trituradores de azufre, salitre y carbón para hacer la afamada pólvora negra granadina. El monopolio de la corona había abierto la mano para que entrase la iniciativa privada a participar en el negocio; aproximadamente un 30% de la pólvora que se utilizaba en los destacamentos que defendían las costas de corsarios y berberiscos era fabricada en los molinos de Granada. En la segunda mitad del siglo XVI se mencionan varios molinos de polvoristas trabajando en las acequias, además de la Real Fábrica de El Fargue, dependiente del alcaide de la Alhambra.

Copia del cuadro de Juan de Sabis (1636) en el ángulo inferior derecho aparece el molino reconstruido y unos almacenes. La torrecilla de las seis ventanas era la casa de las Chirimías. MUSEO CASA DE LOS TIROS

El punto muy aproximado de su ubicación era el inicio de la actual calle Recogidas, casi lindero con la Puerta del Rastro (inicios de Mesones)

Francisco Trujillo y Juan Real eran los dos polvoristas más potentes de Granada al comienzo de la década de 1580. Del primero de ellos han quedado algunos restos documentales para conocer su trayectoria empresarial; su familia era propietaria desde 1505 del Molino del Naranjo, un trapiche de harina instalado sobre la acequia de Jaragüí Alto. El punto muy aproximado de su ubicación era el inicio de la actual calle Recogidas, casi lindero con la Puerta del Rastro (inicios de Mesones). El lugar era atravesado por la acequia del Jaragüí, que tenía (y tiene todavía) su tomadero en una presa que hay en el Darro un poco por debajo de Plaza Nueva; discurría el agua por la margen derecha hasta bifurcarse el ramal principal por Puentezuelas y otro menor por la calle San Antón, bajo el convento de las monjas de ese nombre. Regaba el pago del Jaragüí Alto, un campo que empezaba a partir de las últimas casas (por debajo de Puentezuelas) y se extendía hasta prácticamente lo que hoy es el Camino de Ronda.

Licencia dada por el Concejo de Granada a F. Trujillo el 9 de julio de 1572 para reconvertir el Molino del Naranjo en fábrica de pólvora, al lado mismo de la puerta del Rastro. AHMGR.

En aquella acequia (después llamada del Darro y Sancti Spiritu) y en ese punto tan céntrico decidió Francisco Trujillo transformar su molino de pan del Naranjo en una fábrica de pólvora negra. Corría el año 1572 cuando el Ayuntamiento le concedió licencia de obra. El polvorista elevó el nivel de la acequia, de manera que empezaron a entrar humedades a las casas de sus vecinos. El Juzgado de Aguas de Granada no tardó mucho en empezar a recibir denuncias vecinales por aquellos daños; el Archivo Histórico Municipal nos da cuenta de algunas de ellas: el jurado de aguas Diego Lucas ya procede contra Francisco Trujillo en 1573 por inundarle sus casas; al año siguiente, Juana de Balboa, viuda de un comerciante, le denuncia por inundarle también su casa situada al lado de la Alhóndiga, solicitando restituir el nivel anterior de la acequia; a la avalancha de denuncias contra el fabricante de pólvoras se sumó la comunidad del Convento de San Antón, porque las humedades estaban dañando las paredes del convento y su iglesia. El pleito de las monjas contra Trujillo se prolongó hasta el año 1582; no sabemos si finalmente acabó cerrando este molino o no, pero hay indicios de que unos años más tarde tenía otro molino a pleno funcionamiento en la acequia Gorda, en un punto indeterminado cercano a la posterior fábrica El Capitán.

El molino de pólvora y su almacén trasero coincidieron con el solar de la casa del centro de la imagen, tomada a finales del siglo XIX. A la izquierda se ve la construcción de la cordelería que hubo bajo el hotel Reuma. A. CARLOS SÁNCHEZ

Sobre el molino de pólvora de Juan Real no conocemos tantos problemas con los vecinos. Lo tenía situado sobre la acequia Romayla del Darro, por debajo del Carmen de Santa Engracia, más o menos en el hueco y ensanche que propiciaba el Tajo de San Pedro. En su origen también había sido molino de harina. Pero el boyante negocio de explosivos lo había reconvertido en fábrica de pólvora. Se componía del molino y una casa aneja que hacía las veces de almacén.

Potentes suministradores de la Corona

En el año 1584, Juan Real y Francisco Trujillo empezaron a trabajar de manera mancomunada como asentistas de la Corona. Suscribieron con la capitanía general del Reino y Costa de Granada un contrato para suministrar pólvora de arcabuz en grandes cantidades; repito que la situación en el Mediterráneo estaba tensa y la pólvora de Granada tenía fama de ser más potente que las fabricadas en Málaga, Murcia y Sevilla. Era de uso preferente para arcabuces.

Se les pagarían 84 reales por quintal, obligándoseles a que utilizaran el salitre de las minas de la comarca de Baza-María (especialmente Benamaurel)

El contrato lo suscribieron por dos años, comprometiéndose los polvoristas a fabricar 800 quintales (36.800 kg.). Se les pagarían 84 reales por quintal, obligándoseles a que utilizaran el salitre de las minas de la comarca de Baza-María (especialmente Benamaurel); cada cuatrimestre debería entregar 113 quintales; serían sometidos a inspecciones por parte de funcionarios públicos.

Lo de las inspecciones lo imponía Felipe II para evitar la fabricación fraudulenta y suministro ilegal a otras zonas y particulares. Incluso se dieron casos de venta de pólvora granadina a otros países. Aun así, se llegó al verano de 1586 y el consorcio Real-Trujillo no habían cumplido con el contrato. Se les demostró que se dedicaban más a la venta ilegal de pólvora que a fabricar para la Capitanía de la Costa. El alcalde mayor, Francisco de Carvajal, y el capitán de rentas Bernardino de Villalta, fueron los encargados de inspeccionar los almacenes de ambos polvoristas. Entre los dos asentistas no tenían a esa fecha ni siquiera 60 quintales de pólvora. Los inspectores calcularon que habían fabricado en los años 1584-86 más de 2.000 quintales y se habían dedicado a traficar ilegalmente, a precios muy superiores a como se la compraba el Rey. Los vecinos declararon que veían salir cada día decenas de sacos de pólvora de sus almacenes; incluso los vigilantes de puertas de la muralla identificaban perfectamente los que pertenecían a uno y otro molino: la marca de fábrica de Trujillo era una granada sobre un castillo; la de Real, una flor de lis negra sobre la arpillera o cuba.

Felipe II ordenó procesar y encarcelar a los dos. Más la confiscación de sus bienes. En su defensa arguyeron que actuaban fraudulentamente debido a que la Corona pagaba tarde y mal

Felipe II ordenó procesar y encarcelar a los dos. Más la confiscación de sus bienes. En su defensa arguyeron que actuaban fraudulentamente debido a que la Corona pagaba tarde y mal. Capitanía buscó otros polvoristas para que les sustituyeran, pero sólo un tercero ofrecía cierta capacidad (Parece que se referían al ubicado en el Horno del Espadero). Al final, el Rey no tuvo más remedio que dejar en suspenso las penas contra los polvoristas y volver a echarse en sus brazos. Los arcabuces y cañones de los militares estaban sin cargas; los turcos arreciaban su amenaza en las costas, los espías de Argel avisaron que preparaban una armada con veinte barcos a saquear España; inmediatamente se reclutaron otros 700 infantes en el Reino de Granada para reforzar la costa. Y se necesitaba mucha más pólvora.

En 1589, Felipe II volvió a suscribir un nuevo contrato con ambos polvoristas. En esta ocasión les subió el precio a 88 reales por quintal, para que no tuviesen la tentación de desviarla al contrabando. Se elevó la cantidad del contrato a 1.200 quintales para los años 89-91. Pero en esta ocasión se decidió extremar la vigilancia e inspecciones de los dos molinos, se dio órdenes a las puertas de la ciudad para que no saliera pólvora de Granada. Y si entre los dos producían excedentes, se los venderían de modo preferente al Rey. Se insistía en que la calidad de la pólvora producida con aguas del Darro y productos de este Reino era la mejor.

A principios de 1590 estaban ambos molinos a plena producción de la mejor pólvora negra

A principios de 1590 estaban ambos molinos a plena producción de la mejor pólvora negra. Vigilados estrechamente por personal al servicio del corregidor Alonso de Cárdenas y de la Real Chancillería. Alonso de Cárdenas no sólo era el corregidor (alcalde entre 1588-91) de la ciudad, también recaía en su persona una especie de corregiduría militar de todo el Reino.

Hasta que el día 18 de febrero, de madrugada, ocurrió el gran desastre en el que nadie había pensado: el molino y almacén de Juan Real, en el Tajo de San Pedro, volaron por los aires. Uno de los mayores accidentes que había sufrido Granada hasta entonces.

La carta de Alonso de Cárdenas

Aquel mismo 18 de febrero de 1590, el Corregidor de Granada, Alonso de Cárdenas, escribió de manera precipitada una carta al rey Felipe II en la que daba cuenta de un retraso más en la entrega de pólvora por los dos contratistas de Granada. Especialmente por el gravísimo hecho ocurrido en el molino-almacén del polvorista Juan Real.

Carta de Alonso de Cárdenas a Felipe II dando cuenta de la explosión del molino de pólvora. En el sobre figura la anotación del secretario del Rey pidiendo una investigación para saber los daños. A. G. SIMANCAS

El texto empieza recordando todas las veces que en el año 1589 había inspeccionado y presionado al molinero para que cumpliese con las entregas de pólvora contratada. Hasta que empieza a contar la explosión que había acabado con la partida de pólvora pendiente de enviar a los puertos. Y destruido el molino. También había derribado los edificios más cercanos en la Carrera del Darro, causado importantes daños en la Alhambra y se habían registrado unos cuantos muertos y desaparecidos, según las primeras impresiones.

Según denuncia presentada por Juan Real, entre las dos y las tres de la mañana se había registrado la explosión de su fábrica de pólvora: …”Y hoy, día de la fecha, entre las dos y las tres horas después de la media noche, ha sucedido que Juan Real, uno de los polvoristas, acudió a pedir justicia diciendo que en una casa nueva que ha labrado, junto al molino de la pólvora, que tiene en el río Darro en esta ciudad, le habían pegado fuego estando embarazada con ella y que no se habitaba ni entraba en ella si no era para sacarla. Y estando en esto dio la dicha casa y pólvora un grandísimo rumor y estruendo que se llevó la dicha pólvora y con las centellas quemó el molino que estaba junto a ella, y más de doscientos quintales de pólvora. Derribó muchas casas del contorno y parte del muro de esta ciudad donde estaba arrimada desbarató otras. Han muerto muchas gentes y otras que están, a lo que se entiende, debajo de tierra. Ha sido en esta ciudad caso de admiración. Este polvorista querelló del capitán Bernardino de Villalta y de todos sus deudos y parientes y de los que pareciesen culpados, diciendo que porque pretendían impedirle la labor de la casa en que estaba la pólvora que se ha quemado y le proseguía en ella, le habían amenazado que le habían de pegar fuego, de que se ha recibido cierta información, y por ella parece estar culpado, y el dicho capitán, y un sobrino suyo y una hermana suya están presos y a recaudo. Y se van haciendo informaciones, y mandó prender y secuestrar bienes y se van prosiguiendo en la causa con mucho cuidado y diligencia e inteligencia para saber la verdad. De lo que me pareció dar cuenta a Vuestra Magestad… Granada, 18 de febrero de 1590”. [La trascripción la he adaptado un poco al castellano actual]

La comunicación del Corregidor de Granada partió de la ciudad el 20 de febrero; fue despachada al Rey pocos días más tarde, en Madrid, por su secretario Andrés de Prada. Éste alto funcionario anotó la respuesta de Felipe II en el sobre de la carta: “Don Alonso de Cárdenas, ponga cuidado y diligencia en averiguar la verdad y avise particularmente de lo que hallare ante la acción cierta del daño que se ha hecho, y de las personas que padecieron”.

Segunda comunicación del Corregidor de Granada a Felipe II, de 12 de abril de 1590, en la que dedica sólo unas líneas a valorar en 6.000 ducados los daños materiales; pensaba recaudarlos mediante un impuesto especial. No habla de daños personales. A. G. SIMANCAS.

No conocemos el contenido exacto de la carta que Felipe II envió a Alonso de Cárdenas unos días después. Sabemos que existió una comunicación desde Madrid con fecha 10 de marzo de 1590, pero no su contenido. En la siguiente misiva desde Granada se hace mención a ella. No podemos saber con mayor exactitud la valoración de los daños en vidas humanas y en edificios, ya que la respuesta del alcalde de 12 de abril de 1590 solamente cifra en 6.000 ducados la cuantía de los desperfectos; no contiene ni una sola mención a los daños personales. No obstante, 6.000 ducados fue una cantidad muy importante, que iba a recaudar mediante un impuesto especial a la población. La segunda carta de Alonso de Cárdenas está compuesta por doce hojas; solamente en la primera dedica unas líneas a hablar de la explosión del molino y las negociaciones con Francisco Trujillo para que incrementase su producción de pólvora; el resto son una enumeración de la pólvora que hace falta enviar a los puestos de vigilancia costera. Es decir, pasa de puntillas por lo del accidente y se centra en la urgencia de restituir lo más pronto posible el suministro de pólvora al haberse quedado Juan Real sin fábrica junto al Tajo de San Pedro.

Conclusiones del carteo Cárdenas-Felipe II

El nombre del polvorista. La correspondencia entre el corregidor Alonso de Cárdenas y Felipe II son los únicos documentos conservados por los que podemos conocer con exactitud el nombre del polvorista que explotaba el negocio: Juan Real.

Fecha y hora de la explosión. Deja claramente especificado que ocurrió entre las dos y las tres de la noche del día 18 de febrero de 1590.

Ubicación del molino. Estaba junto al Darro, concretamente utilizando la fuerza motriz de la Acequia Romayla. Da a entender que el almacén de la pólvora y el molino estaban juntos, ya que el incendio se llevó los dos edificios por delante. Por otras referencias, sospechamos que la ubicación estaba frente al espolón que sustenta la Iglesia de San Pedro. Los edificios que sufrieron más destrozos fueron esta iglesia, a la que se le derrumbó parte de la torre y sacristía, y el Convento de Santa Catalina de Zafra. También se derrumbó parte de un tramo de muralla junto al Darro y las casas que había pegadas a ella.

En esta fotografía de 1885 se aprecian perfectamente varias casas y la iglesia montadas sobre restos de la muralla nazarita; las reconstruyeron tras la explosión de 1590. A. C. S.

Cantidad de pólvora de la explosión. En un balance de la producción que tenía almacenada “oficialmente” para la Corona se dice que había guardados 280 quintales de pólvora negra (unos 12.880 kilos). Aunque siempre se sospechaba que eran muchos más, debido a la continua fabricación fraudulenta que mantenía en su negocio.

Muertos y daños. En la denuncia del polvorista deja claro que ha habido muchos muertos y otros más que podrían yacer debajo de los escombros. También denunció que había muchos edificios derribados. Pero en las siguientes misivas, el Corregidor no especifica y sólo cifra en 6.000 ducados los desperfectos.

Causa de la explosión. La pólvora negra era muy inestable, de forma que solía incendiarse por diversas causas. El fabricante Juan Real acusó claramente al capitán Bernardino de Villalta de haberle pegado fuego, debido a las desavenencias que mantenían con anterioridad, incluso mencionó haber amenazado con pegarle fuego a su molino. Por los días previos a la explosión había habido temporales en Granada, con desbordamientos de ríos e inundaciones en la Vega. Henríquez de Jorquera, cronista y testigo del hecho, menciona una enorme tormenta el 6 de febrero de 1590, pero no dice una sola palabra de esta tremenda explosión. ¿Olvido, censura?

Esquema del molino de pólvora de Villafeliche, con rodezno movido por el agua de una acequia y tres martillos trituradores.

Silencio oficial. El silencio más absoluto rodeó aquel suceso, sus causas y sus consecuencias. Para empezar, el presidente de la Real Chancillería decidió largarse de Granada el 24 de febrero en dirección a Roma. El arzobispo Pedro de Castro continuó preocupado porque la torre que se levantaba en la Catedral amenazaba con caerse. No obstante, quedó constancia de la explosión en las actas del cabildo catedralicio. Por desgracia, las actas del concejo municipal de aquella fecha no se han conservado. Los únicos documentos que nos han quedado del hecho son las cartas antes mencionadas cruzadas entre Alonso de Cárdenas y Felipe II, y un poema de Vicente Espinel que por entonces estaba en Granada . Este poema da pistas de lo tremenda que debió ser la explosión. A estos documentos debemos sumar los informes de daños que elaboraron aquel mismo día el arquitecto de la Alhambra, Juan de la Vega, y el del arquitecto del Arzobispado, Ambrosio de Vico, encargado de valorar los daños en la iglesia de San Pedro.

Nulo recorrido judicial del caso. Lo inmediato fue encarcelar al capitán Bernardo de Villalta y a su familia. Se abrió un proceso judicial que tampoco ha dejado rastros en los archivos. Pero debió quedar en papel mojado, ya que Juan Real estaba fabricando pólvora un año después. En realidad, era lo que apremiaba a la Corona y al gobernador militar del Reino de Granada. Los berberiscos estaban desembarcando en las playas.

Al acabar la guerra de las Alpujarras, Bernardino de Villalta aparece al servicio de la Real Chancillería, nombrado por Pedro de Castro, como cobrador de rentas reales

¿Quién era Bernardino de Villalta? He mencionado anteriormente este nombre al referirme a los inspectores de los molinos de pólvora. Era originario de Guadix, sobrino del arabista y lexicógrafo Diego de Guadix (1550-1605); pertenecía, por tanto, a una familia linajuda accitana. En 1569, Bernardino de Villalta ostentaba el cargo de capitán; hizo la guerra contra los moriscos al lado de Juan de Austria; se le menciona con importante papel en las batallas de Galera y de Laroles (Mármol Carvajal, en su Historia de la Rebelión de los Moriscos). Se le adjudica la esclavización y venta de los moriscos de Laroles. Incluso Pedro Antonio de Alarcón, como paisano suyo que fue, lo utiliza como personaje destacado en la defensa de La Peza (El carbonero alcalde).

Al acabar la guerra de las Alpujarras, Bernardino de Villalta aparece al servicio de la Real Chancillería, nombrado por Pedro de Castro, como cobrador de rentas reales. Es probable que continuase trabajando en 1590 en puestos de la administración real; debió presionar, e incluso amenazar y chantajear al polvorista Juan Real hasta el punto que éste decidió culparlo de la explosión de su molino.

A partir de 1591, una vez reconstruido el molino del Tajo y recuperada la producción de pólvora, no vuelve a aparecer el nombre de Bernardino de Villalta enredado en el pleito del incendio. No debió tener mucho más recorrido el asunto. Conocemos que un pariente cercano suyo, Francisco de Villalta Dávalos, fue corregidor de Guadix en 1606 (así figura en una placa en la fachada de su ayuntamiento); y descendientes suyos, Francisco y Cristóbal de Villalta, ocuparon cargos de oidor en la Real Chancillería y alcaide del Priorato de San Juan, respectivamente. Bernardino de Villalta debió vivir en la zona del Realejo, ya que tuvo panteón funerario en la desaparecida parroquia de Santa Escolástica.

Los daños causados por la explosión

Varias son las fuentes que nos han dado noticia de la explosión de 1590. La primera es la ya comentada, contenida en la correspondencia del corregidor Alonso de Cárdenas con el rey Felipe II. A partir de la denuncia del polvorista queda claro que los daños debieron ser cuantiosos por su expresión de que “han muerto muchas gentes y otras que están debajo de tierra”. Pero no se precisó el número.

La segunda información sobre la magnitud de la tragedia nos la proporcionó el arquitecto del Arzobispado y constructor de la Catedral

La segunda información sobre la magnitud de la tragedia nos la proporcionó el arquitecto del Arzobispado y constructor de la Catedral. Hizo de veedor de los daños ocasionados en la iglesia de San Pedro. Ambrosio de Vico dejó claro que se había derrumbado parte de la torre y la sacristía, que estaban en construcción. La torre fue reconstruida por Maeda en los años 1592-3; la sacristía fue cambiada al cornero contrario, con entrada por la Carrera del Darro. Aún hoy se aprecia la costura de la obra nueva de arriba abajo en la línea de ventanas.

También quedaron referencias a daños en casas de los edificios en la Carrera del Darro. El que más sufrió fue el Convento de Santa Catalina de Zafra, que se derrumbó en parte y sus monjas hubieron de ser rescatadas de entre los escombros. Las obras de la Real Chancillería, que estaban en el remate de fachada, también se vieron algo afectadas. De los demás palacios de esa acera nada sabemos. En cambio, la Casa de Castril, con su hermosa portada, no sufrió ningún daño; quizás se debió a que la iglesia de San Pedro hizo de pantalla protectora.

El monumento sufrió considerables daños, equiparables al mayor de los terremotos que ha podido sufrir Granada a lo largo de su historia

En la vertiente izquierda del Darro el único edificio que hay es la Alhambra. El monumento sufrió considerables daños, equiparables al mayor de los terremotos que ha podido sufrir Granada a lo largo de su historia. Sobre todo, porque fue secundada por un incendio. Se conocen con todo detalle los daños causados por la explosión de las 12 toneladas de pólvora, gracias al informe que elaboró su arquitecto Juan de la Vega. Murallas, torres y palacios más pegados a la cara Norte fueron estremecidos; el daño más importante lo sufrió la torre de Comares, que quedó rajada desde entonces. Sin embargo, la torre más cercana es la del Homenaje y no se tienen noticias de daños de consideración. Se cayó la sala de los mocárabes. Volaron todas las ventanas, las cristaleras, las solerías, etc., etc. Hubo que multiplicar las obras para reparar y consolidar los daños de la ciudadela. En el libro de cuentas de la Alhambra quedaron reflejados la infinidad de alarifes, ladrilleros, carpinteros, herreros, cristaleros que estuvieron trabajando en sus reparaciones durante los siguientes años. El montante presupuestario destinado a aquellas reparaciones se duplicó durante el trienio 1590-93, hasta sumar casi 12 millones de maravedíes, según las cuentas del administrador Gaspar de León.

Las reparaciones de las casas particulares de la Carrera del Darro son de suponer que fueron similares de las de la Alhambra, pues Alonso de Cárdenas informó a Felipe II que ascendían a unos 6.000 ducados (un ducado equivalía a unos 375 maravedíes, aproximadamente).

Grabado del poeta y religioso Vicente Espinel.

A falta de más información concreta, también podemos leer entre líneas del poema de Espinel los daños y la sensación que causó la explosión en Granada y sus alrededores. Vicente Espinel era un sacerdote y poeta al que aquel suceso cogió casualmente en Granada. Tras ver y vivir de cerca el escenario, compuso la siguiente crónica en verso (que no pudo publicar hasta trece años más tarde):

¿Quién no tembló al ver una rabiosa

ira del suelo, y aun quizá de arriba,

amenaza a los hombres espantosa?

rompe y asuela, y al romper derriba

de la pólvora el ronco trueno el muro,

en que la miserable casa estriba.

Vuelan maderos sobre el aire oscuro

Sobre el humoso remolino, y vueltos

del grave golpe, arrebatado y duro;

a cuáles dejan en su sangre envueltos

entre los brazos de la esposa amada,

a cuáles del trancón los miembros sueltos.

Húndense casas al temblar Granada;

vela sonaba en la Alhambra, vela,

traición (toca a rebato) hay ordenada;

disparan todos, huye el mozo y vuela;

el viejo corre, la parida enfalda

el niño, y lleva en brazos la hijuela.

huye, esparcido el oro por la espalda,

la doncelluela en lo demás desnuda;

que a nadie mueve el nácar y esmeralda.

Un confuso alarido ¡Ayuda!, ¡Ayuda!

suena de gritos, nadie a nadie llama,

que no hay quien por salvarse al otro acuda,

crece la sorda y tragadora llama;

traspasa a Darro, y de un horrible estruendo,

pasó al molino, y dio la nueva Alhama;

piedras de nuevo, y leños esparciendo,

que amenazaban la soberbia cumbre,

y a trechos van las torres combatiendo.

Bajan vigas de inmensa pesadumbre,

ladrillo y planchas por el aire vago,

y espesos globos de violenta lumbre.

Y en la Alhambra hacen tal estrago,

que las reales casas, cual Numancia,

de fuego y humo parecieron lago.

Del Rey Chiquito la encantada estancia

de alabastro, azul y oro, inestimable,

cayó como del dueño la arrogancia.

mas, qué mucho, si el trueno incomportable,

parte asoló la del gran Monarca,

del gran Machuca fábrica admirable,

veense los rayos en toda la comarca…

El Tajo de San Pedro ya era tajo en 1590

Lo más sorprendente de aquella explosión fue que apenas causó desprendimientos en la pared del Tajo de San Pedro. Antes de que acabase el año 1590 ya estaba reconstruida la acequia Romayla y puesto en marcha el molino de pólvora.

En el grabado de Joris Hoefnagel (1564) se ve perfectamente conformado el Tajo de San Pedro, un poco menos avanzado que en la actualidad.

Hay que recordar, una vez más, que el Tajo de San Pedro existía ya para el año 1520, cuando se mandó hacer una presa para evitar que el Darro socavara la ladera. Incluso en 1564, cuando Hoefnagel pintó su grabado, el hueco estaba ya muy avanzado. Hay tesis que sostienen que en realidad el Tajo estaba ya allí cuando los romanos empezaron a levantar la base de lo que después sería la Alhambra; es probable que su origen sea una cantera de extracción de oro a cielo abierto de época imperial, similar a la Hoya de la Campana (Cenes).

Ni siquiera la muralla perimetral que separa el bosque de la Alhambra del río se derrumbó con la explosión de 1590

Ni siquiera la muralla perimetral que separa el bosque de la Alhambra del río se derrumbó con la explosión de 1590. La cerca del bosque fue construida en 1526. Habrá que esperar hasta la crecida del cauce del 10 de enero 1601 para que avance un poco el Tajo y caiga el muro al cauce. El hundimiento se achacó, además de a las acometidas del río y las humedades de la acequia Romayla, al exceso de riegos del bosque con las acequias superiores, a pie de muralla. Aquel hundimiento enzarzó al Concejo (Ayuntamiento) y a la Alcaldía de la Alhambra en un pleito en la Real Chancillería. Ambas partes se echaban las culpas de los desprendimientos. Nunca llegaron a ponerse de acuerdo ni recayó sentencia condenatoria en ninguna de las dos partes. Se decidió hacer un murete de contención para evitar que se acercaran las aguas y se dio continuidad a la acequia de Santa Ana mediante la construcción de un acueducto de madera, ligeramente por debajo de donde estuvo el molino siniestrado. El acueducto de ladrillo actual data del siglo XIX. 

Pintura de Juan de Sabis de 1636 se ve perfectamente la acequia de madera. En 1788 todavía era de tablazón y en 1804 ya aparece la actual acequia de ladrillo

En el pleito salió a relucir la posibilidad de que la causa originaria de la curva del Tajo la estaba provocando el espolón de tierra sobre el que se asentó una mezquita y ahora estaba la iglesia de San Pedro

Al menos la lectura del pleito de 1601 nos arroja la curiosidad de conocer que la cerca encerraba la crianza de ciervos y otros animales de caza, para los que sembraban madroños y otros arbustos que los alimentasen. En el pleito salió a relucir la posibilidad de que la causa originaria de la curva del Tajo la estaba provocando el espolón de tierra sobre el que se asentó una mezquita y ahora estaba la iglesia de San Pedro. Era un saliente artificial creado sobre la base de la muralla que discurría cerrando la Carrera del Darro hasta la puerta de Guadix, al inicio de la Cuesta del Chapiz.

Tras algunos desprendimientos del siglo XIX, un munícipe de la Revolución Gloriosa (1868), llamado Antonio Muñoz, propuso enderezar el cauce del Darro entre los puentes del Aljibillo y Santa Ana. Para ello había que derribar la iglesia de San Pedro y todas las casas que la preceden en esa acera. Lo curioso es que el Ayuntamiento aprobó esta descabellada propuesta y la remitió al gobierno de la Nación.

Rápida reconstrucción de los daños

La parte del muro de la ciudad o tramo de muralla caída fue rehecha muy pronto por el arzobispo Pedro de Castro, que se afanaba en preparar un buen acceso para el punto de atracción en que se estaba convirtiendo el Sacro Monte de los hallazgos plúmbeos. En 1596 había encargado a su arquitecto, Ambrosio de Vico, el dibujo de su famosa Plataforma (plasmada en metal en 1613 por Heylan). Cuando Vico acabó el dibujo de su plano debía estar ya acabada la reconstrucción de los daños causados por la explosión de unos cuantos años antes. Delineó rehecha la torre de San Pedro, la fachada del Convento de Zafra y los demás edificios derribados en el barrio de San Pedro. Incluso dibujó completa la muralla del bosque de la Alhambra y una casa que parece el nuevo molino de pólvora reconstruido junto al Tajo de San Pedro.

Las avenidas periódicas del Darro en los últimos cuatro siglos han causado algunos daños, como el derribo de muros, el puente de las Chirimías, pero no han erosionado de manera alarmante el Tajo

Las avenidas periódicas del Darro en los últimos cuatro siglos han causado algunos daños, como el derribo de muros, el puente de las Chirimías, pero no han erosionado de manera alarmante el Tajo, formado por materiales muy resistentes del conglomerado alhambreño. Aun así, el desmoronamiento es pequeño pero constante. Ni siquiera la gran inundación de 1835, que llegó a formar una represa en la Carrera del Darro, le causó daños de importancia. Al igual que con la avenida del 13 de mayo de 1887; esto hizo que se empezara a hablar de la necesidad de desviar el río mediante un túnel hacia el Genil, en la curva del Teatino. En cambio, el 23 de febrero de 1892 sí se desprendió una nueva terrera de la parte superior que dejó colgada la pared casi en ángulo vertical. Desde entonces no ha habido caídas de importancia.

Cauce despejado del Darro hacia 1910-20. Todavía perduraba la trasera de la edificación al comienzo del acueducto de Santa Ana, por donde estuvo el molino de Juan Real. AHMGR.
En esta postal de 1950 estaba en pie el molino-tienda.
En esta foto de 1977 ya no quedaban restos de la casa donde estuvo el molino de pólvora. AHMGR.
Actualmente, la espesa vegetación tapa la iglesia de San Pedro y las torres de la Alhambra.

La actividad molinera sobre esta parte de la acequia Romayla ha continuado activa hasta mediados del siglo XX. Si bien, ya no como molino de pólvora. Hasta el año 1967 hubo construida una casa más o menos en el mismo lugar que ocupó el siniestrado molino de Juan Real. En sus últimos tiempos fue panadería y colmado. El lugar nunca ha sido excavado por arqueólogos; los fosos de triturado solían ser de una sola pieza de piedra de Sierra Elvira. Próximamente van a tener oportunidad de comprobarlo con motivo de las obras del Proyecto de Paseo Romayla. Es previsible que hagan excavaciones arqueológicas en el solar.

Quizás aparezcan restos de aquel molino polvorista de Juan Real, que estuvo a punto de borrar del mapa buena parte de la Alhambra.

 

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