'Tratamiento anticaspa'

En 1985, el Senado de Estados Unidos se reunió. El Parents Music Resource Center —la derecha religiosa— llegó con listas, cortes de video, una certeza moral inquebrantable y un veredicto: la música popular es peligrosa y sus letras corrompen a la juventud. El gobierno debía intervenir. Frank Zappa en el banquillo advirtió que su sistema de calificación era una puerta trasera hacia la censura. «Es como tratar la caspa con una decapitación», señaló. Y dejó una cosa clara: la libertad de expresión no existe para proteger el discurso que nos gusta, sino el que no nos gusta.
En cambio, el filósofo José Antonio Marina ha expresado: «Todas las personas son respetables. Las opiniones no».
La “respetable” dueña del PP, Isabel Díaz Ayuso, ha enviado a Israel a un consejero para abrir una colaboración en ciberseguridad con empresas y el Ejecutivo de Netanyahu. Gobierno que Ayuso sigue calificando de «demócrata» y no de genocida como afirman los datos: si el 7 de octubre de 2023 Hamás asesinó a 31 niños israelíes, dos años después Israel ha asesinado o mutilado a 64.000 niños y niñas palestinos. Su última flatulencia, propia de su ardor religioso, la ha llevado a proponer, horas después de que el Gobierno y la Junta de Andalucía acordasen un homenaje de Estado a las víctimas de Adamuz, la celebración de un funeral en la catedral de Madrid.
La lengua que hablamos es un latín que, a fuerza de manosearlo la soldadesca destinada en la Hispania romanizada, terminó convirtiéndolo en un romance que Berceo empujó hacia el castellano. Y este doble bastardeo de las palabras es triple si tomamos en cuenta la primitiva versión del indoeuropeo que fue la lengua romana en su nacimiento, y cuádruple si recordamos el barniz de griego que trae esta lengua.
El trastoque de conceptos, por lo tanto, viene de lejos y lo que en latín fue blanco en castellano puede haber pasado a ser negro. Pero si nos ponemos de acuerdo en pensar que un buen día nació nuestro idioma con una acepción clara e indiscutible de cada palabra que todos compartían, tampoco nos libramos del problema porque la tercera vez que alguien usó el término lo hizo de un modo en que creó una connotación —subjetiva, personal— que al aceptarla otros se convirtió en una denotación —objetiva, común—.
Como la palabra ‘expresión’ empezó a perder vigor semántico —por desgaste— porque ya nadie recordaba al pronunciarla que se trata de una liberación irreprimible de presión, una incontinencia humana tan vieja como mear, las cuerdas vocales se olvidaron de sentir en sus carnes que tal incontinencia era fruto de una libertad innata (que no se elige), y que algunos incluso estarían más cómodos si no se utilizase.
Fue entonces cuando la llegada de la liberación de las conciencias que proclamaron la Revolución francesa y la Constitución norteamericana, obligó a acompañar la palabra con un guardián que asegurara su eficacia y la hicieron aparecer con el vocablo ‘”libertad”. Fue un tino político que, no obstante, era etimológicamente un bocadillo de pan con pan —’bocadillo de tontos’, lo llaman—, o algo así como proclamar un derecho de alivio de aguas mayores.
Pero más de dos siglos de nuevos manoseos y de mucho cachondeo, han conseguido hacer del feliz hallazgo una falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda. Y como es ya mucho reconocer en estos tiempos que la palabra “libertad” tampoco tiene la garra que tuvo ni goza del respeto de los hablantes, ahora en vez de cambiar de término se busca el ponerse de acuerdo en cómo llenarlo con algo en lo que todos coincidamos, es decir, lo que es un idioma, un inmenso acuerdo. Lo malo es que quienes tienen que protagonizar la conciliación ven claramente que el contenido les puede cambiar la vida y optan deliberadamente por el desacuerdo del mismo modo que se elige no legislar sobre tantas cosas para no darlas por existentes ni admisibles, o para hacer de ello el coño de la Bernarda. O como argumentaría Martínez Almeida, alcalde de Madrid: «Seremos fascistas, pero sabemos gobernar». Así, Madrid tendrá su propia Feria de Sevilla y durará un mes: se podrán alquilar trajes de flamenca para vivir la «experiencia completa»
La libertad de expresión en sí ha sufrido todo ese proceso natural y donde dije “digo” digo “Diego”, o Felipe, o Josemari, o Emepunto o Pedro (ah, te recuerdo lo de derogar la Ley Mordaza). Libertad es autonomía completa y ahora resulta que los juristas reconocen que un derecho se toma y una libertad la concede el Estado —y ya lo dijo el camarada Engels: «Cuando sea posible hablar de libertad, el Estado como tal dejará de existir»—. Por lo tanto si “libertad” acompaña a “expresión” el ensanchamiento vale también. Pero es natural, ya se ve.
Antes “luego” significaba “ahora”, por eso decimos “desde luego” para afirmar algo con rotundidad.
Ah, y desde luego que todos sabemos lo que es la libertad de expresión.
Menos algunos partidos políticos, periodistas y medios de ¿comunicación?


















