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Artículo de opinión

En Europa la Banca nunca pierde (II)

Política - Javier Terriente Quesada - Domingo, 31 de Mayo de 2020
Javier Terriente Quesada nos ofrece la segunda entrega de la serie dedicada a la Unión Europea, con un artículo en el que repasa las políticas económicas, sin olvidar puertas giratorias, grupos de presión y paraísos fiscales.
Símbolo del euro.
ecb.europa.eu
Símbolo del euro.

Al margen de los discursos electorales o de consumo interno, las diferencias entre conservadores y socialdemócratas, que a veces adquieren la forma de agrias disputas entre federalistas (europeístas) y confederados (euroescépticos), es sólo una verdad a medias. Ambas corrientes acordaron, justo cuando la UE se ampliaba a 28 miembros (reducida ahora a 27, con la salida de Reino Unido el 31 de enero de 2020), la reducción de las Perspectivas Financieras 2007-2013 desde el 1´27% al 1% del PIB comunitario. Con esa decisión, asestaron un duro golpe a las políticas de cohesión social e igualdad, medioambientales, empleo, justicia, cultura y bienestar social. Una tendencia que se prolongó en el Quinto Marco Financiero Plurianual de 2014-2020, y, previsiblemente, también, aunque con las correcciones obligadas por la creación de un Fondo de Recuperación por la pandemia, en el Sexto Marco Financiero Plurianual de 2021- 2027.

"No hemos hablado de las Perspectivas Financieras, pero hemos logrado un acuerdo emocional", dijo el ex canciller alemán Schröder

Aun hasta hoy suenan como un eco reconocible, las palabras del ex canciller alemán G. Schröder en la Cumbre Europea de Hampton Court (27 de octubre de 2005), en un alarde de frivolidad: “No hemos hablado de las Perspectivas Financieras, pero hemos logrado un acuerdo emocional”. Romántico. Inmediatamente después, se convertiría en presidente de Gazpron, el gigante petrolero ruso, de cuya mano comen la clases parasitarias que esquilman ese país, en un caso descarnado de manual de puertas giratorias entre la política y la empresa privada.

Conservadores y socialistas, también estuvieron de acuerdo en sortear el no francés y holandés al Tratado de Constitución para Europa, cuya ratificación estaba condicionaba por la regla de la unanimidad entre los estados miembros.

El hallazgo genial fue encontrar un truco de trilero para evitar la anulación del proceso reiniciándolo con otro formato: trasladar, por la ventana de atrás, al Tratado de Lisboa (1 de enero de 2009), el núcleo duro del Tratado, la Parte III sobre “la organización del mercado interior y las políticas de la Unión” y la Parte IV sobre “los procedimientos de revisión”. Visto y no visto.

Se consagró así, mediante el  procedimiento espurio de contravenir sus propios decisiones, la prevalencia de las legislaciones y de las prácticas nacionales sobre el derecho comunitario, en materias esenciales como la armonización fiscal, seguridad social, mercado de trabajo, políticas sociales y Carta de Derechos. Todo un monumento a la incoherencia, que ha causado un daño irreparable a la credibilidad de los dirigentes comunitarios y a la causa europeísta.

¿Quién presidía aquella Comisión, y tomó decisiones que aún perduran? Durao Barroso, expresidente del gobierno portugués, justamente cuestionado por su papel de anfitrión del Trío de las Azores (Bush, Blair y Aznar), preludio de la guerra de Irak, iniciada el 20 de marzo de 2003.

¿Y quiénes formaron parte de aquella Comisión, de forma destacada? Una colección de Comisarios, que a duras penas superaron el examen de la Eurocámara: bien por incompetencia: Stavros Dimas (Medio Ambiente), inadecuación al puesto: Laszló Kovács (Fiscalidad), imputación judicial: Dalia Grybauskaité (Presupuesto), conflicto de intereses: Neelie Kroes (Competencia), Mariann Fischer (Agricultura), y por ultra conservadorismo: Benita Ferrero (Relaciones exteriores). No hay que olvidar al ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Berlusconi, el eximio Rocco Buttiglioni, cesado por sus opiniones homófobas. ¿Estaba capacitada esa Comisión para tomar decisiones fundamentales para la democracia europea? Evidentemente, no. Pero sí, para imponer un manual de ajustes austericidas dictadas por la acción combinada del BCE, el FMI, y la banca europea.

La composición de la actual Comisión, con la presidente Ursula von der Leyen al frente, cómo no, alemana, representa como sus antecesoras una sabia combinación entre política y negocios

La composición de la actual Comisión, con la presidenta Ursula von der Leyen al frente, cómo no, alemana, representa como sus antecesoras una sabia combinación entre política y negocios. Por ejemplo, la de los ex presidentes Jacques Santer (1995 a 1999) y Jean- Claude Juncker (2014 a 2019), procedentes de la Banca de Luxemburgo, una banca nacional de un país diminuto, agigantado por la gestión de capitales oscuros. No muy lejos, Helmut Khol, utilizaría la rampa de la banca luxemburguesa para lanzarse a la cancillería alemana entre 1982 y 1998.

Ursula von der Leyen, ante el pleno del Parlamento Europeo que votó la nueva Comisión, en noviembre de 2019. Foto: Parlamento Europeo

Tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la Reunificación, más bien absorción, precipitada de la República Democrática de Alemania Oriental por la Alemania federal, y su expansión hacia el Este en 1990, la nueva Alemania contrajo una deuda descomunal, financiada por el BCE y otros bancos europeos. Un hecho histórico que ha supuesto el trasvase de ingentes recursos y ahorros desde los países del Sur a la nueva Alemania, convirtiéndola en una gran potencia mundial y al resto en un tren de vagones depauperados.   

Conviene recordar aquellos acontecimientos, puesto que Alemania, junto Austria, Holanda, Irlanda y Suecia, se opuso, hasta ahora mismo, a la concesión de subvenciones compartidas y sin intereses (eurobonos), para paliar las perdidas terribles del Coronavirus en España e Italia, es decir, a la mutualización de la deuda pública entre los países de la UE, con cargo a fondos europeos, para respaldar la emisión masiva de eurobonos. Aclarar: subvenciones, no créditos, una distinción fundamental.

Sin embargo, la opción preferente de ese grupo consistió en la concesión exclusiva de prestamos a bajo interés, reembolsables, y con condiciones, y no subvenciones, utilizando, entre otros, el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), de infausto memoria desde  su intervención en la gran crisis bancaria de 2008. Deutsche Bank dixit, Europa calla.

Finalmente, la Comisión, en base a las propuestas del eje franco-alemán, que incluirían medidas de España e Italia, se mostró dispuesta a poner en marcha un Plan de recuperación económica híbrido

Finalmente, la Comisión, en base a las propuestas del eje franco-alemán, que incluirían medidas de España e Italia, se mostró dispuesta a poner en marcha un Plan de recuperación económica híbrido. Un Plan que libraría unas cantidades ingentes de dinero, en forma de subvenciones y de préstamos, con una letra pequeña que no se debe obviar. Una vez más, no parece sorprender que el eje franco-alemán determine las decisiones de la UE, convirtiéndola en un escenario político secundario, y relegue a actores de reparto al resto de Estados, en decisiones trascendentales.

La letra pequeña del Plan, consistiría en vincular los desembolsos del fondo al credo intocable del neoliberalismo clásico: competitividad, productividad y estabilidad. El viejo sistema, como los viejos rockeros, nunca muere.

Pese a todo, se pondrán en circulación unos 2 billones de euros, movilizados por 750.000 mll, de los cuales, 500.000, corresponderían a subsidios a fondo perdido y 250.000, a préstamos. España recibiría 77.000 millones en subsidios y 63.000 en préstamos.

Las vías de financiación de estos fondos procederían de varios gravámenes e impuestos: sobre las emisiones de carbono, impuestos fronterizos para que los productos europeos no jueguen en desventaja con terceros países, la implantación de una tasa digital (descafeinada), gravámenes sobre el plástico, e impuestos a las grandes corporaciones (casi simbólica). Cambiar algo para que nada cambie.

Si en algún momento se pensó que la crisis desencadenada por el Covid-19 provocaría un cambio sistémico de largo aliento, una modificación sustancial de la correlación de los sectores económicos que configuran el sistema-mundo, ese horizonte se ha disipado. Se lo ha comido el lobo feroz de las grandes corporaciones transnacionales.

Europa no es un cielo inalcanzable. La dogmática europeísta lleva, a veces, a confundir la crítica a la Comisión con una profanación de las tablas de la ley de los padres fundadores de la Patria europea, a sus símbolos, su bandera y sus héroes. Ha nacido una nueva religión laica, ultra europeísta, intolerante con las críticas progresistas, pero, en cambio, de una debilidad alarmante ante el verdadero peligro a la unidad europea, el que significa el avance de los populismos, disfrazados de nacionalismos, chovinismos y valores patrios.

Esa Europa que tanto se exalta, sigue actuando como un actor secundario en un escenario internacional dominado por las relaciones de amor/odio entre EEUU y China, y no deja de ser un mercado subordinado a los intereses de Alemania.

Y, por otro lado, está horadada de agujeros negros. Por un lado, Suiza, Gibraltar, Mónaco, Liechtenstein, Islas del Canal Jersey y Guernsey, Luxemburgo y Andorra, forman una cadena de paraísos fiscales que ocultan flujos irregulares de las empresas y de la banca, e ingentes sumas de dinero en metálico de procedencias y destinos dudosos. Además, una multitud de lobbys empresariales, representando a un sin fin de intereses corporativos, determinan la agenda de la UE y remodelan las leyes y decisiones de la Comisión.

Esta Europa no es la que proclama la historia oficial, envuelta en incienso y mirra

Es la época dorada de los lobbys, caso, por ejemplo, de la Mesa Redonda Europea de Industriales (ERT), y otras similares, del comercio, la alimentación, la madera, el textil...y otros sectores. Aproximadamente, unos 25.000 lobystas registrados, circulan por los pasillos de Bruselas. Muchos de ellos participan en pie de igualdad con los altos funcionarios en las reuniones de las Comisiones, donde se dirimen las leyes que afectan a sus sectores o a sus grupos de intereses. Esta Europa no es la que proclama la historia oficial, envuelta de incienso y mirra.

Lo urgente, es desmontar los mitos que la elevan a los altares y librar una tarea democrática urgente: revertir un sistema político piramidal, con una Comisión con funciones ejecutivas en la cima, un Consejo de Presidentes y jefes de Estado relegado a tareas subsidiarias y un Parlamento con escasas competencias legislativas. Y sin demora, diseñar un nuevo modelo alternativo, un Plan Estratégico de salida de esta crisis.  

Javier Terriente Quesada es militante de izquierda y activo participante en la lucha por las libertades y la democracia.