Artículo de Opinión

'2026: la tarea permanente del socialismo democrático'

Política - Jorge Ibáñez - Martes, 6 de Enero de 2026
Jorge Ibáñez, secretario general de JSA Granada, firma este artículo de opinión sobre el papel y los retos del socialismo.
Foto de un mitin de Pedro Sánchez en Andalucía.
Eugenia Morago/PSOE
Foto de un mitin de Pedro Sánchez en Andalucía.

Comenzar un nuevo año siempre invita a mirar atrás, pero sobre todo obliga a preguntarse hacia dónde vamos. 2026 llega en un momento decisivo, no por la ausencia de problemas, sino por la magnitud de los retos que tenemos por delante. En este contexto, el socialismo democrático vuelve a situarse en el centro del debate político, no como una reliquia del pasado, sino como una fuerza plenamente vigente y necesaria para el presente.

El socialismo no es una consigna ni una etiqueta ideológica vacía. Es una forma de entender la sociedad y una herramienta para corregir desigualdades

El socialismo no es una consigna ni una etiqueta ideológica vacía. Es una forma de entender la sociedad y una herramienta para corregir desigualdades. Nació para responder a la injusticia y ha sabido evolucionar sin perder su esencia: la defensa de la dignidad de la mayoría social. Esa capacidad de adaptación, sin renuncia a los principios, es lo que ha permitido al socialismo seguir siendo relevante generación tras generación.

Hoy las desigualdades ya no siempre se expresan de forma visible. No se limitan a fábricas o jornadas interminables, sino que aparecen en la precariedad laboral persistente, en la dificultad para acceder a una vivienda, en la imposibilidad de planificar un proyecto de vida o en la sensación creciente de que el futuro será peor que el presente. Esta es la nueva fractura social que interpela directamente al socialismo en 2026 y que exige respuestas políticas claras y valientes.

Nuestra generación no se enfrenta a un reto menor que el de quienes nos precedieron. Ellos construyeron la democracia; a nosotros nos corresponde ampliarla, profundizarla y defenderla. Defenderla no solo frente a quienes la atacan abiertamente, sino también frente a su vaciamiento silencioso: el desencanto, la desafección y la resignación. Cuando la política deja de ofrecer horizontes, otros ocupan ese espacio con discursos simples, autoritarios y excluyentes.

En este comienzo de 2026, el socialismo democrático gobierna España y lo hace con una responsabilidad que es, al mismo tiempo, una oportunidad histórica

En este comienzo de 2026, el socialismo democrático gobierna España y lo hace con una responsabilidad que es, al mismo tiempo, una oportunidad histórica. Gobernar no es únicamente gestionar bien -que es imprescindible-, sino demostrar que desde el poder se puede seguir ampliando derechos, reduciendo desigualdades y ofreciendo certidumbre a una mayoría social que confía en la política como instrumento de progreso. El hecho de gobernar confirma que el socialismo sigue siendo una fuerza útil, capaz de transformar la realidad desde las instituciones sin renunciar a su vocación transformadora.

Pero gobernar bien no basta si no se cuida aquello que lo hace posible. El socialismo no es solo un proyecto institucional: es, ante todo, un partido con raíces, con militancia y con una cultura política propia. La cultura de partido -el debate, la formación, la vida orgánica y el contacto permanente con la sociedad- no es un elemento accesorio, sino el corazón mismo del proyecto socialista. Sin partido no hay proyecto, y sin proyecto no hay transformación duradera.

Cuidar esa cultura significa entender que el socialismo no puede reducirse a una maquinaria electoral ni a un apéndice de la acción de gobierno. Debe seguir siendo un espacio vivo de participación, reflexión y compromiso colectivo, donde se construya comunidad política y se mantenga una identidad reconocible. Solo así las conquistas institucionales se consolidan y se convierten en avances compartidos y defendidos por la mayoría social.

El socialismo democrático siempre ha defendido que el progreso no puede medirse solo en términos económicos. Importa cómo se crece, cómo se reparte y, sobre todo, quién se queda atrás

El socialismo democrático siempre ha defendido que el progreso no puede medirse solo en términos económicos. Importa cómo se crece, cómo se reparte y, sobre todo, quién se queda atrás. Esa idea, formulada hace más de un siglo, sigue plenamente vigente hoy, aunque adopte nuevas formas: la transición ecológica justa, los derechos laborales en la economía digital, el acceso real a la vivienda, la educación como ascensor social y unos servicios públicos fuertes que garanticen igualdad de oportunidades.

Porque el socialismo no es una idea cómoda ni un recuerdo respetable: es una fuerza incómoda que nace para cambiar las cosas. No existe para administrar inercias ni para resignarse a lo posible, sino para ensanchar los límites de lo justo. Cada avance social que hoy damos por sentado fue, antes, una decisión valiente tomada contra la inercia, el miedo y los privilegios.

No somos herederos pasivos de una tradición centenaria; somos responsables activos de su continuidad

No somos herederos pasivos de una tradición centenaria; somos responsables activos de su continuidad. A nosotros nos corresponde decidir si el socialismo sigue siendo una herramienta viva de transformación o si se diluye en la rutina del poder. Y esa decisión no se toma en los libros de historia, sino en el presente, en cada política pública y en cada espacio de militancia.

Porque mientras haya desigualdad, habrá socialismo. Mientras haya futuro en disputa, habrá política. Y mientras exista una mayoría dispuesta a no resignarse, habrá razones para seguir avanzando.

2026 no es un punto de llegada. Es un momento para seguir construyendo.

 Jorge Ibáñez, secretario general de JSA Granada