artículo de opinión por eduardo Jiménez-Fernández, profesor titular de Teoría e Historia Económica de la UGR

¿Actúa Donald Trump por impulsos o siguiendo una lógica de poder?

Política - Eduardo Jiménez-Fernández - Domingo, 25 de Enero de 2026
La firma cualificada de Eduardo Jiménez-Fernández, profesor de Teoría e Historia Económica de la UGR, nos ayuda a comprender el contexto actual de notable complejidad e incertidumbre, con un excelente artículo.
Retrato de Donald Trump.
Vilkasss vía Pixabay.
Retrato de Donald Trump.

El comportamiento de Donald Trump, que podría modelizarse como una variable aleatoria que oscila entre retóricas conciliadoras y estrategias abiertamente confrontativas, no puede interpretarse exclusivamente como resultado de la improvisación, la falta de racionalidad o una vanidad desmedida. Más bien, este patrón aparentemente errático se inscribe en un contexto histórico caracterizado por la progresiva descomposición del orden internacional liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial y su sustitución por una lógica de poder duro, en la que Estados Unidos percibe que su hegemonía global se ve crecientemente limitada por la consolidación de potencias emergentes.

El crecimiento sostenido de la deuda pública y de los déficits estructurales, la persistencia de desequilibrios exteriores, la desaceleración de la productividad y la reducción progresiva del peso del dólar y, en menor medida, del euro, en las reservas y transacciones internacionales apuntan a un deterioro estructural de las economías occidentales

Tras la disolución de la Unión Soviética, la hegemonía estadounidense dio lugar a un sistema internacional unipolar que permitió a Occidente ejercer una influencia sin precedentes sobre los equilibrios económicos, políticos y estratégicos globales. Este dominio geopolítico fue acompañado por una transformación estructural de las economías occidentales, que, tras liderar la industrialización mundial en la posguerra, fueron cediendo progresivamente su sector manufacturero a terceros países. El resultado ha sido una creciente desindustrialización, sustituida por economías orientadas a la obtención de rentas y gestionadas en gran medida por grandes fondos de inversión norteamericanos y europeos.

Los indicadores socioeconómicos refuerzan esta lectura. El crecimiento sostenido de la deuda pública y de los déficits estructurales, la persistencia de desequilibrios exteriores, la desaceleración de la productividad y la reducción progresiva del peso del dólar y, en menor medida, del euro, en las reservas y transacciones internacionales apuntan a un deterioro estructural de las economías occidentales, con especial visibilidad en Estados Unidos, pero también en la Unión Europea. A ello se suman signos de sobreextensión geopolítica, rendimientos decrecientes del gasto militar, pérdida de liderazgo basado en el consenso entre aliados y una creciente polarización política que dificulta la adopción de reformas de largo alcance.

Este contexto económico ha ido acompañado de un aumento pronunciado de la desigualdad y de la concentración de capital, alimentando un descontento social cada vez más extendido. Para amplios sectores de la población, las élites económicas y financieras aparecen como las principales responsables de esta deriva, personificadas en figuras vinculadas al poder financiero transnacional, como Larry Fink, consejero delegado de BlackRock y presidente del Foro Económico Mundial, convertido para muchos en símbolo de la desconexión entre las élites globales y las condiciones materiales de vida de amplias capas de la población.

En este contexto, se perfilan dos modelos de poder que no encajan con la clásica división entre izquierda y derecha, pese a los intentos frecuentes por encuadrarlos en ese esquema

Para disponer de un marco interpretativo de la política internacional contemporánea es necesario reconocer que, en la actualidad, confluyen varios polos de influencia que tensionan las estructuras de poder global. Más allá del protagonismo de las potencias emergentes, se aprecia un patrón histórico en el que se intensifica la pugna entre élites que han moldeado durante décadas las dinámicas económicas y sociales. En este contexto, se perfilan dos modelos de poder que no encajan con la clásica división entre izquierda y derecha, pese a los intentos frecuentes por encuadrarlos en ese esquema.

Por un lado, se observa un modelo asociado a dinámicas globales de carácter corporativo y financiero, basado en redes de finanzas, tecnología y marcos regulatorios impulsados desde instancias supranacionales. En este enfoque, el Estado tiende a desempeñar un papel de gestor dentro de esas redes, con menor margen para ejercer una rectoría soberana tradicional, actuando más como ejecutor de directrices que trascienden sus fronteras. Por otro lado, emerge un modelo de corte nacional, que reivindica una mayor centralidad del Estado en la gestión de recursos y en la definición de políticas, con una postura más crítica frente a los mecanismos de coordinación supranacional y una atención prioritaria al control de sus fronteras, tanto en el plano territorial como en el tecnológico.

La estrategia asociada a Trump puede interpretarse como una política de “dominancia o declive”, orientada a maximizar la posición de poder todavía disponible de Estados Unidos antes de que esta se vea progresivamente erosionada por la inflación, el endeudamiento estructural, la pérdida gradual del papel del dólar como moneda de reserva y el ascenso de China como potencia competidora

Centrándonos en el segundo modelo, es en este contexto de declive occidental donde emergen liderazgos como Javier Milei, Jair Bolsonaro, Giorgia Meloni y el propio Donald Trump, no como anomalías externas al sistema, sino como productos endógenos del propio orden liberal y respuestas políticas a sus disfunciones acumuladas. Más que causas originarias de la crisis, estos liderazgos pueden interpretarse como síntomas de un malestar estructural generado por décadas de desindustrialización, precarización laboral y erosión de las expectativas materiales de amplios sectores sociales donde la distribución de la riqueza alcanza límites insoportables. La paradoja reside en que, aunque estos actores se presentan discursivamente como antagonistas de las élites responsables de este modelo, operan en gran medida dentro del mismo marco institucional, económico y financiero liberal que dicen cuestionar, reproduciendo muchas de sus lógicas fundamentales mientras canalizan el descontento social que dicho sistema ha generado.

Desde esta perspectiva, y retomando la cuestión central de este texto, la estrategia asociada a Trump puede interpretarse como una política de “dominancia o declive”, orientada a maximizar la posición de poder todavía disponible de Estados Unidos antes de que esta se vea progresivamente erosionada por la inflación, el endeudamiento estructural, la pérdida gradual del papel del dólar como moneda de reserva y el ascenso de China como potencia competidora. Sus amenazas, presiones sobre aliados y comportamientos coercitivos responden menos a impulsos personales que a una lógica estratégica de carácter defensivo, dirigida a asegurar recursos críticos, controlar rutas comerciales clave y preservar la primacía geopolítica y financiera estadounidense, especialmente en el hemisferio occidental, al tiempo que se distancia de aquellas estructuras supranacionales que hasta ahora habían sostenido lo que se consideraba un orden occidental.

Lejos de contener el declive relativo de Occidente, estas dinámicas pueden precipitarlo, al erosionar alianzas, debilitar la credibilidad de las instituciones internacionales y aumentar la inestabilidad económica y estratégica

Sin embargo, esta estrategia entraña riesgos sistémicos considerables. La sustitución del liderazgo sustentado en el modelo globalista por la coerción, y del multilateralismo por el cálculo de corto plazo, acelera la fragmentación del orden internacional y fomenta la formación de bloques geopolíticos alternativos. Lejos de contener el declive relativo de Occidente, estas dinámicas pueden precipitarlo, al erosionar alianzas, debilitar la credibilidad de las instituciones internacionales y aumentar la inestabilidad económica y estratégica.

En última instancia, este proceso se inserta en lo que la teoría histórica identifica como un momento populista recurrente, característico de periodos marcados por elevada desigualdad y crisis de legitimidad. Trump no habría creado este malestar, sino que sería su expresión política: una figura llamada a romper normas, desafiar consensos y canalizar la frustración de amplios sectores sociales que perciben el sistema como estructuralmente injusto. El desenlace de esta estrategia sigue abierto, pero sus consecuencias —tanto en caso de éxito como de fracaso— tendrán un impacto profundo sobre el futuro del orden internacional.

Eduardo Jiménez-Fernández es profesor titular del Departamento de Teoría e Historia Económica de la Universidad de Granada. Es Licenciado en Matemáticas por la Universidad Autónoma de Barcelona, Máster en Investigación Matemática y Doctor en Matemáticas por la Universidad Politécnica de Valencia, y Doctor en Economía por la Universidad Jaume I de Castellón.

Su investigaciones se centran en el estudio de las propiedades matemáticas de los métodos de medición y su aplicación a distintos ámbitos de la economía aplicada, entre ellos la pobreza, el sector agro-alimentario y la salud.