Artículo de Opinión por Fran Molina y Pablo Beltrán

Un bonito ataúd para la Vega

Política - Fran Molina y Pablo Beltrán - Jueves, 18 de Enero de 2018
Fran Molina, miembro de Salvemos la Vega y Pablo Beltrán, del Área de Medioambiente de IULV-CA, firman este artículo de opinión muy crítico con el Plan Especial de Ordenación de la Vega.
PLATAFORMA VEGA PINOS PUENTE

El pasado miércoles 19 de diciembre se celebró una jornada informativa sobre el Plan Especial de Ordenación de la Vega de Granada, organizada por la Consejería de Medio Ambiente “con objeto de dar a conocer el documento al conjunto de la ciudadanía y fomentar la participación pública en esta fase de tramitación del Plan”.

La metáfora que da título a este artículo fue usada en esta jornada por Juan Raya, coordinador de Salvemos la Vega, para describir dicho Plan. Una metáfora certera, porque la Vega de Granada se está muriendo. Se sigue muriendo a pesar de que por fin, después de tanto tiempo y gracias al trabajo insistente los activistas, una gran mayoría de granadinos ha tomado conciencia de la importancia histórica, cultural, económica y medio ambiental de un territorio como la Vega de Granada.

'Un bonito ataúd' es una metáfora certera, porque la Vega de Granada se está muriendo. Se sigue muriendo a pesar de que por fin, después de tanto tiempo y gracias al trabajo insistente los activistas, una gran mayoría de granadinos ha tomado conciencia de la importancia histórica, cultural, económica y medio ambiental de un territorio como la Vega de Granada

El problema sigue siendo el mismo del que muchos vienen advirtiendo desde hace más de tres décadas: el modelo económico especulativo basado en un urbanismo insostenible en todos sus aspectos: consume y fragmenta el territorio, produce desigualdades y favorece la acumulación de riqueza en manos de unos pocos mientras la mayoría se empobrece, y fomenta el individualismo, haciendo que se pierdan las relaciones sociales y los vínculos con el territorio y con quienes lo habitan. La crisis inmobiliaria que aún padecemos les dio la razón, lamentablemente.

Este modelo urbanístico se consolidó en nuestra ciudad hace unos veinte años con el desarrollo del Plan de Ordenación del Territorio de la Aglomeración Urbana de Granada, un Plan que proponía un crecimiento desmesurado, sobre todo de las poblaciones cercanas a la capital, zonificando el área metropolitana, es decir, proponiendo grandes extensiones de suelo con un solo uso, mayoritariamente residencial de muy baja densidad, y basando su movilidad en la construcción de grandes infraestructuras destinadas al vehículo privado.

Las consecuencias las hemos podido comprobar y las padecemos en la actualidad: desplazamientos kilométricos todos los días porque nuestro lugar de trabajo o estudio está muy alejado de nuestra vivienda, atascos que producen una tremenda pérdida de tiempo porque el transporte público es ineficaz, carreteras que se amplían pero que a los pocos meses se vuelven a saturar, grandes superficies comerciales que provocan el cierre del pequeño comercio o incluso el vaciamiento de otras grandes superficies… consecuencias que han convertido a Granada en una de las cinco ciudades más contaminadas del estado y entre las diez primeras con la tasa de paro más alta de España.

Por supuesto, la Vega de Granada ha sufrido también a causa de esta expansión descontrolada del suelo urbano. A la destrucción de patrimonio histórico y cultural (caminos, acequias, molinos o cortijos) se une la pérdida de biodiversidad por la transformación y fragmentación territorial antes citadas, y muchas de las tierras que se habían cultivado durante generaciones se han dejado baldías porque era más rentable especular con ellas que comerciar con sus productos. El panorama actual es desalentador, porque a las viviendas y urbanizaciones vacías se unen las parcelas abandonadas y la destrucción de un tejido productivo basado en la agricultura de la Vega que, si bien tuvo también momentos de crisis, al menos siempre ha permitido la ocupación de una gran mayoría de la población granadina.

A la destrucción de patrimonio histórico y cultural (caminos, acequias, molinos o cortijos) se une la pérdida de biodiversidad por la transformación y fragmentación territorial antes citadas, y muchas de las tierras que se habían cultivado durante generaciones se han dejado baldías porque era más rentable especular con ellas que comerciar con sus productos

Lo lógico para muchos sería aprender de los errores del pasado y proponer soluciones que eviten caer en ellos una vez más, pero no sólo no se está trabajando en este sentido, sino que se siguen realizando actuaciones que sabemos con toda seguridad que acarrearán exactamente los mismos problemas que ya se han descrito: urbanizaciones de cientos de viviendas en lugares donde ya existen cientos de viviendas vacías, polígonos industriales cercanos a otros que ni siquiera funcionan, desdoblamientos de carreteras en lugar de inversiones en transporte público…

Hasta que no se afronte una revisión del POTAUG que cambie radicalmente la gestión de nuestro territorio, recuperando la ciudad compleja que fomente el pequeño comercio, la movilidad peatonal o las relaciones sociales, entre otras muchas cuestiones, no seremos capaces de resolver los problemas que venimos arrastrando desde hace décadas y desarrollar una ciudad sostenible, justa e igualitaria. Y, por supuesto, una pieza fundamental para esto es la puesta en valor de la Vega de Granada, no sólo como bien patrimonial y ambiental, sino como activo económico en el que se podría basar gran parte de nuestro tejido productivo.

Está muy bien proponer, por ejemplo, la plantación de arbolado en el talud de una carretera para atenuar su impacto visual y acústico, pero lo que cabe preguntarse es si esa carretera, que fragmenta el ecosistema y destruye el patrimonio, debe de construirse o no, y más cuando existen alternativas mucho mejores desde todos los puntos de vista

El Plan de la Vega no afronta ninguna de las grandes cuestiones que se debaten, como ya hemos dicho, desde hace décadas, porque se circunscribe al POTAUG y admite su modelo desarrollista que sigue matando a la Vega, parcheándolo en algunos aspectos, sobre todo estéticos. Está muy bien proponer, por ejemplo, la plantación de arbolado en el talud de una carretera para atenuar su impacto visual y acústico, pero lo que cabe preguntarse es si esa carretera, que fragmenta el ecosistema y destruye el patrimonio, debe de construirse o no, y más cuando existen alternativas mucho mejores desde todos los puntos de vista. 

Y, sin duda, es momento de entender y aplicar la participación ciudadana como herramienta de diseño, desarrollo y gestión del territorio en general y de la Vega de Granada en particular. Los agricultores, regantes, emprendedores, industriales, colectivos ciudadanos, están pidiendo a gritos que se les tenga en cuenta, que se les consulte, que se les invite a participar, pero no sólo a alegar cuando un Plan ya está redactado, sino a trabajar mano a mano para que estos documentos respondan a las demandas y necesidades de todos, que no son más que las demandas y necesidades del propio territorio de la Vega.

Fran Molina, miembro de Salvemos la Vega, y Pablo Beltrán, del Área de Medioambiente de IULV-CA.