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Artículo por Federico Zurita

Ignacio Aldecoa, narrador de 'alma noble e incorruptible'

Cultura - Federico Zurita - Martes, 10 de Febrero de 2026
Federico Zurita nos sorprende con un homenaje a Ignacio Aldecoa, un maestro del cuento y de la novela.
Imagen de Ignacio Aldecoa del archivo familiar recogida por el Instituto Cervantes en un homenaje al escritor.
Instituto Cervantes
Imagen de Ignacio Aldecoa del archivo familiar recogida por el Instituto Cervantes en un homenaje al escritor.

Un clan prodigioso de poetas se reunió en 1927 en el Ateneo de Sevilla.  Iban a conmemorar el 300 aniversario de la muerte de un gigante de la poesía española: Luis de Góngora.

Esa pléyade de poetas pasaría después a llamarse Generación del 27 hoy ya mítica. Son Rafael Alberti, Luis Cernuda, García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén...

Tras la guerra civil unos vivirían la rotura interior que supone el exilio, otros el silencio; García Lorca es el que corrió peor suerte: sería fusilado en agosto de 1936. 

En los años cincuenta surgió otro estallido espléndido, esta vez de narradores que se emplearon en contar cómo era la España gris, herida y traumatizada de la posguerra

En los años cincuenta surgió otro estallido espléndido, esta vez de narradores que se emplearon en contar cómo era la España gris, herida y traumatizada de la posguerra. Entre ellos destacan Carmen Laforet, Alfonso Sastre, Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio,...y cómo no, el inmenso Ignacio Aldecoa.

Vivieron la guerra civil, siendo niños y alcanzaron su madurez narrativa en la década de los cincuenta y principios de los 60.

Su obra está muy influida por el neorrealismo italiano, en especial por el cine de Roberto Rossellini, Vittorio De Sica y Federico Fellini. 

En España, Surcos (1951), de José Antonio Nieves Conde, sería el film que mejor comparte esa misma mirada tierna, compasiva y descarnada sobre la vida de los derrotados, en clara sintonía tanto con los cineastas italianos como con los narradores españoles de los cincuenta. 

Contemplaron el mundo con una mirada marcada por el hambre, la miseria y el infortunio de la España en la que vivieron.  La dura vida cotidiana que sufren esas pobres gentes para las que "la vida es una espera de tercera clase" es para ellos la materia con la que escriben sus novelas-crónicas. 

Ignacio Aldecoa es indisciplinado, mal estudiante, vividor, irreverente, generoso y sarcástico. Con mucha profundidad interior y una tristeza que sabe disimular muy bien, le toma el pulso a la vida entre tabernas y cafés. 

Josefina Rodríguez (luego Josefina Aldecoa) recuerda "la inaceptable injusticia de nacer para morir" que apesadumbraba al escritor. 

Es un maestro tanto del cuento como de la novela, dos géneros muy diferentes y cada uno con su propia identidad y sus propias lógicas. 

Escribe casi ochenta cuentos y cuatro deslumbrantes novelas: El fulgor y la sangre, Con el viento solano, Gran sol y Parte de una historia. 

Corrían los principios de los 70, y el libro en el que estudiábamos lengua y literatura que se llamaba Senda, incluía uno de los cuentos de Aldecoa, En el kilómetro 400. Sencilla y honda historia de unos camioneros que transportan pescado desde el norte (probablemente Bilbao) a Madrid

Corrían los principios de los 70, y el libro en el que estudiábamos lengua y literatura que se llamaba Senda, incluía uno de los cuentos de Aldecoa, En el kilómetro 400. Sencilla y honda historia de unos camioneros que transportan pescado desde el norte (probablemente Bilbao) a Madrid. Aldecoa capta la atmósfera del interior de la cabina del camión. Empieza a llover y el conductor tiene que extremar las precauciones porque otro camión se ha accidentado más adelante y hay un herido grave. La trama transcurre de noche y me parecía que yo iba dentro de la cabina, que oía el golpeteo de la lluvia y los limpia parabrisas. 

Me atrapó la historia, la leía una y otra vez. Pudiera parecer cosa de poca importancia la conversación de dos camioneros (Anchorena y Luisón María) pero como bien decía León Felipe "vengo forzado a cantar cosas de poca importancia" que en realidad tienen mucha.

En otro cuento conmovedor, Caballo de pica, nos cuenta la historia de un torero fracasado, José Sánchez, "el trepa". Ya se lo dice el apoderado con una sinceridad cruel: "no sirves, Pepe".  Humillan a "el Trepa": "Vendes los huesos de tus muertos por un plato de lentejas". El Trepa, se justifica: "La necesidad Rodrigo". 

"Pepe el Trepa, de cincuenta y siete años, sin un clavel y sin amigos, se ahogaba. Daba patadas. Había risas. Daba patadas...Rodrigo protestó cuando era tarde. Al torero se le vidriaron los ojos, desorbitados, y de repente se aflojó. Los que le sostenían le soltaron. Cayó al suelo. La manzanilla dorada se confundía con la sangre de “el Trepa". La gamberrada de unos señoritos borrachos de la época, acaba en una tragedia. El final es tristísimo. 

El mundo del boxeo, deporte de pobres, hechiza a Aldecoa que lo estudia a fondo, largas visitas a gimnasios incluidas. 

Su magistral Young Sánchez, un cuento largo, tal vez más que una novela corta,  cuenta la vida de un mecánico, Paco, que trabaja en un taller y que por las tardes es boxeador amateur.  Young Sanchez pronto debutará en el boxeo profesional ante un contrincante muy curtido pero ya en el ocaso de su carrera. 

La crónica que hace en el cuento de la sociedad española de los 50 es sublime.

Cada una de sus cuatro novelas es un prodigio en sí misma. Por ellas desfilan un mosaico fascinante de personajes: boxeadores, toreros, guardias civiles, gitanos, pescadores... 

A mí me llegó particularmente Parte de una historia. En esta, unos extranjeros visitan una isla de Canarias (probablemente sea La Graciosa aunque no lo dice) y cuando al final parten de la isla ya de regreso a  su país, ni los lugareños son los mismos ni los extranjeros tampoco

A mí me llegó particularmente Parte de una historia. En esta, unos extranjeros visitan una isla de Canarias (probablemente sea La Graciosa aunque no lo dice) y cuando al final parten de la isla ya de regreso a  su país, ni los lugareños son los mismos ni los extranjeros tampoco. La relación que han mantenido los unos con los otros los ha cambiado a todos en sus adentros de manera indeleble. "Boby, esta mañana, a poco de amanecer, se ha acercado al cementerio para una última despedida y ha vuelto con los ojos enrojecidos, humillando a tierra el rostro fatigoso de emoción" 

Aldecoa muere prematuramente en 1969 a los 44 años de edad. Deja un legado que es una crónica impagable de aquella España.  El maestro Manuel Vicent escribió que Aldecoa "murió a mitad del talento". A ese sentimiento cabría añadir que, tal vez porque, como su Chico de Madrid, fue siempre un hombre "de alma noble e incorruptible".