'Los mejores discos de 2025. Parte II: 10-1'

Ya sí, por fin: aquí os dejo mi top 10 de discos de 2025. Por si alguien no ha leído la primera parte de esta lista, aquí la tenéis. Creo que todos estos discos son extraordinarios en más de un sentido, aunque, viendo de qué pie cojean la mayor parte de mis lectores, quizás haya quienes no vean tan claros los méritos del de cierta superestrella puertorriqueña. Mucha gente leyó mi crítica de LUX, donde expresaba mi frustración con la omnipresencia cultural de Rosalía y con cierta forma de adulación que me parecía inmerecida. Como explico más abajo, creo que el caso de Bad Bunny es muy diferente, y que es fundamental que entendamos esa diferencia para no caer en una veneración acrítica de lo underground y una demonización automática de lo mainstream, en espejo de eso que se critica al poptimismo. Como demostró el fenómeno BRAT el año pasado, es positivo para todos que haya propuestas mainstream con sustancia estética, y si además también tienen un mensaje político coherente y convincente, más todavía.
Más allá de estas diatribas, y antes de pasar al top 10 de LPs, quiero mencionar tres EPs que me he disfrutado mucho este año: en primer lugar, el fresquísimo, reflexivo y burlón PAPOTA, de Ca7riel y Paco Amoroso; en segundo, el disfrutón y genuino excurso por la salsa de Nathy Peluso, MALPORTADA; y por último, esa joya que es Economato textil, el debut con Humo Internacional del nuevo grupo a seguir del rock español, .bd.
Y por cierto, aquí os dejo también una playlist con mis canciones favoritas de este año. Me he limitado a una canción por artista, y se puede escuchar en orden o en aleatorio, como Rayuela. Espero que os guste. ¡Nos vemos en 2026!
10. YHWH Nailgun – 45 Pounds
La sacudida más violenta de este año la han dado YHWH Nailgun con su disco debut. En apenas diez canciones y 21 minutos, estos cuatro músicos afincados en Nueva York te zarandean y te apabullan hasta dejarte exhausto y ojiplático. Los feroces gritos de Zack Borzone, los afilados guitarrazos de Saguiv Rosenstock, las desconcertantes texturas sintéticas de Jack Tobias y, sobre todo, los salvajes y creativos rototoms del batería Sam Pickard te asaltan desde el primer instante hasta el último. La sensación que provoca su música, que combina el punk, el industrial y el noise desde la pura visceralidad, es una mezcla de aturdimiento y euforia. Esta sensación la alimentan las letras de Borzone, atravesadas por el conflicto entre una espiritualidad brutal y una sensualidad obscena, caníbal; así como la brevísima duración de los temas, que a menudo no llegan ni a los dos minutos. Al mismo tiempo, hay que decir que las canciones más redondas son las que se desarrollan un poco más: la caótica y bailable “Penetrator”, la compleja y brillante “Tear Pusher”, la paciente y abrumadora “Blackout” y sobre todo la adictiva y luminosa “Castrato Raw (Fullback)” constituyen las cimas del disco. No obstante, lo que realmente impresiona más de este LP es esa sensación que te queda al escucharlo del tirón de que te ha pasado por encima un huracán.
9. Lorena Álvarez – El poder sobre una misma
Lorena Álvarez se ha convertido en una de las cantautoras más admiradas de nuestro país. Esto no lo ha conseguido a través una discografía prolífica (apenas tres álbumes, alguna banda sonora y algún trabajo colaborativo desde que debutara en largo allá por 2012), sino más bien por el extremo cuidado puesto en cada uno de sus proyectos. Seis años después de su preciosa Colección de canciones sencillas, en este nuevo álbum la asturiana explora una profunda crisis personal detonada por una ruptura sentimental. El tracklist, perfectamente secuenciado, nos habla primero del enamoramiento (“Cuando el amor crece”) y del desamor, presentando el despecho con mucha ironía (“Increíble”), para después retratar con pavor el poder del deseo (“Una mirada oscura”), adentrarse en las profundidades existenciales de la crisis (“Los pensamientos”, “Se me daba cuidao”), pedir ayuda a fuerzas insondables (“Guíame”, “Rezo en secreto”) para distanciarse de sus propios anhelos (“Disolver el deseo”) y finalmente superar el bache con mucho humor (“El poder sobre una misma”). Las letras de todas estas canciones son, como es habitual en ella, brillantes, profundas desde la sencillez; la música es elegante y bonita, y aunque generalmente suene serena, sin apenas percusión, hay una gran diversidad de tonos emocionales, desde la solemnidad sombría de “Una mirada oscura” a la ligereza de “El poder sobre una misma”, pasando por el aire de ensoñación de “Cuando el amor crece”. De este modo, el altísimo nivel de todos los temas, junto con ese carácter de viaje emocional del tracklist, hacen del álbum otra maravilla más en la trayectoria de Álvarez. Si el precio a pagar por este nivelazo es que pase más de un lustro entre disco y disco, bienvenido sea.
8. Squid – Cowards
El tercer álbum de Squid es el que tiene menos canciones pegadizas de su carrera, y sin embargo es posible que sea el mejor. El quinteto originario de Brighton ha conseguido construir sus canciones, no ya sobre melodías adictivas o riffs repetitivos, sino sobre los desarrollos más ricos, complejos, diversos y sorprendentes de su carrera. Esto se nota especialmente en su uso de las cuerdas y los coros, más recurrente que en trabajos anteriores, amén de muy creativo: en cada corte aportan algo distinto, creando tonos emocionales diferentes. Por otro lado, hay que señalar también lo mucho que ha evolucionado Ollie Judge como cantante: mientras que antaño tendía a desgañitarse casi en cada canción, en consonancia con el vigor post-punk de su música por entonces, en la actualidad explora muchos más registros y consigue transmitir emociones más sutiles y complejas. A ello también ayudan unas letras cada vez más sutiles, que en este caso exploran nada menos que la maldad humana, con el equilibrio justo entre detalle y ambigüedad para no caer en el sensacionalismo ni tampoco resultar superficiales o abstractos. Versos como “The blood drips, drips faster than you can think” (“Crispy Skin”), “A flame could melt almost anything” (“Building 650”), o “You don't need a plan/Beauty is the devil's shade and I'm a god-fearing man” (“Fieldworks I”) se te graban a fuego no tanto porque tengan melodías pegadizas, sino porque insinúan una amenaza que te eriza la piel. Aunque la clave del éxito de Squid está en esa pulsión por redefinir su abordaje del proceso compositivo y su uso de las texturas con cada nuevo álbum, que les convierte en los mejores herederos de Radiohead de esta generación.
7. Clipse – Let God Sort Em Out
El retorno de Clipse ha sido perfecto. ¿Quién podía imaginar que un dúo tan de otra época podía volver a sacar disco dieciséis años después y bordarlo? Pues eso es exactamente lo que han hecho los hermanos Thornton, acompañados de nuevo, como en los viejos tiempos, por Pharrell Williams en la producción. Por supuesto, el contexto creado por el beef de Kendrick Lamar y Drake el año pasado les allanó el camino, al volver a poner la ética old school en el centro del discurso del hip hop. Aunque si este disco se ha convertido en el fenómeno del año en el mundo del rap no es solo porque encarne esos valores, sino también porque es una colección de canciones inigualable. Temas como “So Be It”, “Chains & Whips”, “Inglorious Bastards” o “M.T.B.T.T.F.” combinan una producción de altísimo nivel, tan robusta como creativa, con las rimas de dos veteranos que volvían con más hambre que nunca. Desde luego, nadie ha rimado nunca con tanta creatividad como ellos sobre el narcotráfico; pero, además, esta vez tenían ganas de marcha: han lanzado beef a todos aquellos que consideran falsos o vendidos, desde Kanye West hasta Travis Scott, Jim Jones y (por supuesto) Drake. Lo que es más, apoyan estas palabras con hechos: cuando la discográfica Def Jam intentó censurar la estrofa de Kendrick Lamar en “Chains & Whips” por sus tiritos a Drake, Clipse pagaron más de un millón de dólares para recuperar los derechos del disco y lanzarlo tal como estaba. Porque los Thornton, ante todo, son gente seria, hombres hechos y derechos que rondan ya los cincuenta, y así lo demuestran en canciones como “The Birds Don’t Sing”, sobre el duelo por la muerte de sus padres, o “By the Grace of God”, sobre su agradecimiento por escapar por los pelos de la cárcel. A estos dos, este año, nadie les ha podido toser.
6. Anna von Hausswolff – ICONOCLASTS
La espera por lo nuevo de Anna von Hausswolff ha sido larga, pero ha merecido la pena. La cantante, compositora y organista sueca nos ha dado su disco más accesible, más luminoso, sin traicionar en ningún momento el espíritu aventurero y experimental que hizo de Dead Magic (2018) tal descubrimiento. Gracias a una paleta sonora más amplia y diversa que nunca, y con un enorme protagonismo para los expresivos saxofones de Otis Sandsjö, von Hausswolff ha creado un sonido más expansivo, que se aleja de lo gótico en favor de algo que suena más a post-rock eufórico o, incluso, a jazz rock rabioso, con un generoso toque de art pop y hasta ocasionales guiños al pop puro. Su talento vocal sigue desplegándose tanto en los momentos más calmados como en los más intensos, y esta vez también se lanza a hacer duetos atrevidos e interesantes con Ethel Cain o Iggy Pop (aunque este segundo quizás sea el momento menos conseguido del álbum). Sobre todo, lo que ICONOCLASTS nos muestra es a una artista en pleno uso de sus facultades, empleando todos los registros a su alcance para construir canciones del nivel de “Facing Atlas”, “The Iconoclast”, “Stardust”, “Aging Young Women”, “Unconditional Love” o, sobre todo, esa barbaridad que es “Struggle with the Beast”, cuyo riff de saxofón te agarra y no te suelta durante casi nueve minutos. Del mismo modo, los más de setenta minutos que suma el tracklist te tienen enganchado a cada segundo: cada corte, incluyendo los instrumentales, es una nueva sorpresa, una parada más en un viaje inolvidable.
5. Bad Bunny – DeBÍ TiRAR MáS FOToS
Hace ya casi un año, nada menos que el 5 de enero, un día antes de Reyes, Bad Bunny lanzó su sexto álbum de estudio. La fecha me parecía muy poco propicia, pero el mayor artista de la música latina puede permitirse ese tipo de riesgos. El resultado habla por sí mismo. DeBÍ TiRAR MáS FOToS no solo ha sido su enésimo exitazo de ventas, sino que sobre todo se ha convertido en su mayor triunfo artístico. Esto en buena medida se debe a la ambición conceptual del álbum: se trata de una oda a Puerto Rico, su país, amenazado por la gentrificación, lastrado por su dependencia política de Estados Unidos, vaciado por el exilio de sus gentes. Este concepto tiene su reflejo en el aspecto musical: a lo largo de sus 17 canciones, todas ellas de un nivel excelente, se desgranan géneros puertorriqueños de ayer y de hoy, desde la salsa al jíbaro, pasando por la bomba, la plena y, por supuesto, el reggaetón. De este modo, Bad Bunny reivindica el género más dominante de la música hispanohablante de este siglo, el sonido latino por excelencia, como parte del patrimonio musical de su isla y, por extensión, de toda Latinoamérica, desmontando cualquier intento de desdeñarlo como “arte menor” o “baja cultura” y unificando a todo tipo de públicos en su disfrute. Por no hablar del éxito de canciones convertidas ya en auténticos himnos, como “NUEVAYoL”, “BAILE INoLVIDABLE” o “DtMF”. Todo ello lo convirtió al instante en un disco histórico para la música latina, a la altura de trabajos seminales como Siembra, Ojalá que llueva café o Tropicália ou panis et circencis. El paso de los meses solo lo confirmó: la fuerza de gravedad cultural del álbum ha sido incomparable durante todo el 2025, gracias en parte a esa residencia de 31 conciertos en su tierra, adecuadamente denominada “No me quiero ir de aquí”, y culminando en el anuncio de que Bad Bunny protagonizará el espectáculo del descanso de la Super Bowl, escenario que sin duda aprovechará para lanzar mensajes contra la racista política antiinmigración de Trump. Así pues, con DeBÍ TiRAR MáS FOToS, Benito Antonio Martínez Ocasio ha conseguido coronarse como algo más que un músico superventas: se ha asentado como un líder cultural para sus compatriotas y para todos los latinos.
4. Tropical Fuck Storm – Fairyland Codex
Mientras en EE.UU. mucha gente lleva una década llevándose las manos a la cabeza y preguntándose desesperada por el futuro del rock, en lugares como Australia no han dejado de surgir bandas talentosas que están llevando al género en nuevas direcciones. Es el caso de Tropical Fuck Storm, un cuarteto que une post-punk, blues rock y noise con un furioso toque psicodélico. En su cuarto álbum, el grupo ha llevado sus tendencias experimentales aún más lejos, al tiempo que han politizado más que nunca sus letras, para crear un retrato apocalíptico del mundo en el que vivimos. Canciones como “Fairyland Codex” retratan nuestra destrucción del planeta Tierra como un suicidio colectivo a cámara lenta, mientras que “Irukandji Syndrome” y “Joe Meek Will Inherit the Earth” contienen citas literales del Apocalipsis de San Juan, en medio de tormentas de ruido y electricidad capaces de ponernos los pelos de punta. Otros temas optan por un planteamiento más irónico y un sonido más animado, como “Teeth Marché”, cuya exploración del placer que genera el consumismo queda realzada por su delicioso groove, o “Dunning Krueger's Loser Cruiser”, con ese estribillo tan divertido en el que parodian la despreocupación de la clase media ante el sufrimiento social. Incluso son capaces de bordar una canción de amor: “Stepping on a Rake” es aún más bella y emocionante gracias a la sinceridad que desprende su tono abatido, dado lo deprimentes que son los temas que la rodean. Aunque quizás la mejor canción de todas sea “Bloodsport”. Su dinámico instrumental es una demostración del talento de todos y cada uno de los músicos de la banda, mientras que su letra nos advierte de forma sucinta de que “there's no safeword/when the bubble explodes”. Quizás se trate del disco más pesimista del año; sin embargo, no podrás dejar de volver a él.
3. billy woods – GOLLIWOG
Después de dos décadas de trabajo incansable en la oscuridad del underground, a billy woods le ha llegado el éxito en plena cuarentena, como un premio merecido a su forma de entender el hip hop, tan artesanal en la forma y tan pulida en el fondo. Por fortuna, esta mayor exposición pública no ha hecho que cambie sus planteamientos. Con GOLLIWOG, el rapero basado en Nueva York ha creado uno de sus discos más redondos y poderosos, un artefacto aterrador que te atrapa y no te suelta. Inspirado en el cine de terror, su lógica de pesadilla te va arrastrando por escenas tan escalofriantes como cotidianas, provocándote un profundo y pegajoso desasosiego. Porque, aunque a veces tome la forma del golliwog, esa especie de muñeco diabólico, el horror que acecha en cada rincón de este álbum no es algo sobrenatural: es el racismo, en toda su banalidad y su crudeza. woods disecciona sus múltiples manifestaciones, desde la huella psíquica de la deshumanización racista en “Maquiladoras” a la disfuncionalidad de los Estados nacidos de la descolonización en África en “BLK ZMBY”, con su precisión y profundidad habitual. Estas reflexiones se presentan sobre unas bases espeluznantes, opresivas, en general amorfas y mareantes (“Jumpscare”, “Dislocated”, “All These Worlds Are Yours”), aunque algunas consiguen incluso tener un punto pegadizo dentro de su oscuridad (“Misery”, “Born Alone”, “Lead Paint Test”). Estas bases, además, son obra de nada menos que dieciséis productores diferentes; la consistencia del sonido del álbum a pesar de la participación de tantos colaboradores es otra demostración más de la extraordinaria visión artística de woods, uno de los creadores más especiales y consistentes de la música actual, que no deja de superarse.
2. McKinley Dixon – Magic, Alive!
Decía Spinoza que nadie sabe lo que puede un cuerpo. Esto es verdad, porque en cierto sentido eso es algo que no se puede saber. Pero muchos han intentado, no ya saberlo, sino expresarlo, mostrarlo. Magic, Alive!, el quinto álbum del rapero de Virginia McKinley Dixon, es una demostración constante de lo que puede un cuerpo. Un cuerpo puede sentir el mayo júbilo (“We’re Outside, Rejoice!”) y la mayor pena (“Listen Gentle”). Un cuerpo puede recordar las palabras de sus ancestros (“F.F.O.L.”) y usarlas para proteger a los suyos con todas sus fuerzas (“All the Loved Ones (What Would We Do???)”). Un cuerpo puede fundir el calor, la violencia y el miedo que acompañan a la vida en el barrio en un solo sentimiento (“Run, Run, Run Pt. II”). Un cuerpo, en fin, puede morir; pero también, nos cuenta Dixon, puede invocar la magia para resucitar a los muertos (“Sugar Water”). Para entender esta afirmación hay que dejarse llevar por la lógica del disco, que no es lineal, sino poética; nada mejor para ello que escuchar esos instrumentales de jazz tocados en vivo, cuya vivacidad y energía incontenible tocan al oyente desde el principio, y que además van adquiriendo más intensidad con el paso de las canciones. Al llegar al clímax en “Magic, Alive!”, ya es evidente que Dixon nos está hablando en todo momento de su música: del poder que tiene esta para insuflarles vida a personas, lugares y momentos, para conectar a sus oyentes con todo ello, para hacer que otros sintamos lo que él siente. La convicción con la que recita sus palabras y la fuerza de las interpretaciones de los músicos, tan físicas y vívidas que casi podemos percibir el sudor en sus frentes, nos permiten sentir eso que transmiten con todo tu cuerpo. Y entonces lo sabes de otra forma, más profunda y completa que si leyeras el mejor tratado sobre el tema: he ahí el poder de un cuerpo.
1. Geese – Getting Killed/Cameron Winter – Heavy Metal
Al nombrar dos LPs como disco del año puede parecer que me estoy escaqueando, y más teniendo en cuenta que el segundo de ellos se lanzó en realidad en diciembre de 2024. Pero creo que lo más honesto al hablar sobre Geese y su monumental tercer álbum es empezar por el debut en solitario de su líder, Cameron Winter. Porque el fenómeno que ha llevado a que este cuarteto neoyorquino esté en boca de todo el mundo (al menos entre cierto tipo de público alternativo) se inicia con la progresiva toma de conciencia de que ese disco tiene algo especial. Pese a ser obra de un chaval de veintipocos años, las canciones de Winter tienen la fuerza y la hondura que esperarías de un veterano. Con sus peculiares arreglos, que parecen propios de un disco clásico de cantautor folk-rock, pero que luego tienen algo extraño, excéntrico, canciones como “Nausicaä (Love Will Be Revealed)”, “Love Takes Miles”, “Nina + Field of Cops” o “$0” se van revelando poco a poco como pequeñas joyas cargadas de sentimiento y de poesía. La lenta toma de conciencia de que estábamos ante una obra maestra hizo que la expectación se disparara cuando Geese anunciaron su disco. Y, desde luego, el cuarteto no decepcionó. Lejos tanto del sonido centrado en el piano de Heavy Metal como de la Americana posmoderna de 3D Country, el anterior LP del grupo, Getting Killed apuesta por construir y presentar sus canciones de la forma más caótica y oblicua posible. El mérito de la banda y de la producción de Kenny Beats está en que ese caos nutre la profundidad de las canciones, convirtiéndolas en artefactos vivos, que mutan a cada segundo. Así, “Trinidad”, con sus inesperadas explosiones de ruido y sus gritos de “THERE’S A BOMB IN MY CAR”, es la introducción idónea al LP. La forma en que “Islands of Men” se desenvuelve lentamente hace de su luminoso clímax un mayor triunfo. Los coros ensordecedores de “Getting Killed” transmiten la confusión y el mareo existencial sobre los que habla la letra. La bellísima y desoladora dupla de “Half Real” y “Au Pays Du Cocaine” es más poderosa gracias a esos arreglos que reflejan el turbulento desamor que aqueja a Winter. Todo esto culmina en un final apoteósico: primero viene “Taxes”, el mayor himno de la carrera del grupo, con ese último tramo celestial y coreable; y después “Long Island City Here I Come”, siete minutos cargados de convicción profética, una retahíla enfebrecida que exuda hambre de grandeza, una declaración de principios que busca (y encuentra) la trascendencia. Es justamente eso lo que ha separado a Geese de cualquier otro grupo de rock en 2025: esa forma tan explícita de declarar sus ambiciones, y la brillantez a la hora de cumplirlas.
Escucha el disco… y el otro disco
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