Lecciones cartesianas para ser metódico

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 22 de Agosto de 2021
Indegranada
 'Pienso, luego existo'. René Descartes

Existen algunas personas que no pueden vivir sin orden en sus vidas, y otras tantas que se desviven porque el desorden conviva con ellas. La mayoría silenciosa nos movemos por los carriles de en medio, a veces sometidos a periodos de extraordinario caos, a veces bien encarrilados en un ordenado y regular tranvía que transcurre por las vías correctas. La principal lección que deberían enseñarnos, desde infantes, es que ocasionalmente tienes capacidad para controlar y ordenar por donde quieres que transcurra tu vida, pero en un buen número de ocasiones careces totalmente de control hacía dónde vas. Lo habitual, con esfuerzo, voluntad, perseverancia, y una buena cantidad de suerte, es que ejerzas un frágil control que te permita ordenar hacía dónde quieres ir, sometido a variados e inesperados giros que te desordenan y te desvían del camino.

Además de filósofo, destacó como matemático; descubrió lo que se llamó las coordenadas cartesianas al observar una mosca en el techo y preguntarse cómo podría describir su posición desde varios puntos. Para que luego nos digan que quedarse pasmado observando algo no tiene su utilidad.

René Descartes fue un filósofo francés del siglo XVII al que no parecía gustarle mucho aquello que no pudiera controlar, estudiar, razonar o medir, y se esforzó por ofrecernos algunas lecciones que pudieran ayudarnos en el camino de encontrar un método, que en la medida de lo posible, nos ayudara a poner orden en el caos. No solo se sintió fascinado por aquello que podría aprender a través de la filosofía, sino por lo que era necesario desaprender, para dar lugar a explicaciones sobre la realidad que encajaran mejor con los descubrimientos de un nuevo tiempo que alumbraba la modernidad. Además de filósofo, destacó como matemático; descubrió lo que se llamó las coordenadas cartesianas al observar una mosca en el techo y preguntarse cómo podría describir su posición desde varios puntos. Para que luego nos digan que quedarse pasmado observando algo no tiene su utilidad. Y también hizo sus pinitos en biología o astronomía.

La curiosidad es la lección cero que deberíamos grabarnos a fuego en nuestra voluntad si queremos adquirir algo de método que ponga un timón a nuestras vidas. La curiosidad alimentada por una duda metódica que evite dos callejones sin salida del conocimiento humano; la credulidad, creyendo todo aquello que nos digan que es cierto, sin comprobar minuciosamente su veracidad, y su contrario, el escepticismo radical, que nos lleva a estancarnos o paralizarnos ante la aparente imposibilidad de creer que algo de lo que nos dicen es verosímil. Ambas direcciones han demostrado en la historia de la filosofía su esterilidad, y lo que es más importante, en la vida, donde nos jugamos mucho más. Y no necesitamos ser especialmente inteligentes, ni estar magistralmente dotados intelectualmente, para emplear la razón que todos poseemos, y ser capaces de enjuiciar adecuadamente cuándo debemos dar verosimilitud a algún conocimiento y cuándo debemos ser escépticos.

Cualquier educación que no permita ser crítico con los conocimientos, que prefiera la ignorancia, por tabús culturales o religiosos, u opte por el dogmatismo y el fanatismo, no es educación, es un cáncer que corroe todo aquello que nos permite ser más libres e iguales

Necesitamos, eso sí, aparte de la disposición y voluntad necesarias, las herramientas que nos proporciona una (buena) educación, que aleje los nubarrones de la ignorancia, y lo que es peor, del fanatismo. Una y otro, ignorancia y fanatismo, dos de los peores enemigos que nos podemos encontrar en la vida para adquirir un método que enderece nuestro camino. Cualquier educación que no permita ser crítico con los conocimientos, que prefiera la ignorancia, por tabús culturales o religiosos, u opte por el dogmatismo y el fanatismo, no es educación, es un cáncer que corroe todo aquello que nos permite ser más libres e iguales. En esta seria advertencia Descartes fue un precursor de los valores de la ilustración, y su lucha contra el fanatismo y la ignorancia que compartía. Hoy día los que pretenden que en la educación se establezcan vetos para evitar que nuestros niños y niñas crezcan libres de esas dos taras, la intolerancia y el fanatismo, son herederos  directos de aquellos que condenaban al filósofo francés por el atrevimiento de su pensamiento.

Profundicemos un poco más en las enseñanzas de Descartes, y que cada cual según el lado de la balanza que prefiera, más inclinada al orden metódico o al caos, decida qué aprovechar y qué llevar al baúl de ideas desechadas. Y recordemos que nada mejor que un poco de modestia y humildad, para seguir nuestra búsqueda, pues por mucho que creamos saber, en ocasiones, únicamente ampliamos el campo de nuestra ignorancia, o en las más certeras y sabias palabras de nuestro filósofo: Tan pronto como terminé de aprender lo necesario para ser considerado como persona docta, cambié enteramente de opinión porque eran tantos los errores y las dudas que a cada momento me asaltaban, que me parecía que instruyéndome no habría conseguido más que descubrir mi profunda ignorancia. Una cosa es la erudición, pretender saber mucho mecánicamente sobre algo, otra es la reflexión crítica sobre lo aprendido.

La intuición nos permite, un concepto anticuado, pero podemos actualizarlo con lo que hoy sabemos, adquirir ideas claras, aquellas que se manifiestan en nuestra presencia, y distintas, es decir, que no podemos confundirlas con otras que poseen otras características. A partir de ahí, es posible, usando la deducción y la lógica, encadenar las ideas claras y distintas unas a otras y sacar conclusiones

Dudar de todo, metódicamente, es el único camino a la verdad. Para examinar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas, al menos una vez en la vida, escribía René Descartes en “Principios de la filosofía”. Nada fastidiaba más a nuestro filósofo que aquellos que se lo creían todo porque lo decían antiguos textos que habíamos sacralizado, o aquellos que optaban por lo contrario, ese dudar de todo que nos llevaba a no creer en nada. Lo primero que debemos hacer es asumir que todos tenemos un lugar dónde refugiarnos de todo aquello que nos pueda desconcertar, y que no es algo especial, pues todo ser humano viene dotado de fábrica con un buen sentido, o lo que habitualmente llamamos razón. Básicamente, nos recomienda tratar de simplificar todo aquello que se nos presenta de forma demasiado oscura o compleja, y  a partir de ahí con intuición y deducción construir el armazón que necesitan nuestros razonamientos. Algo que con un poco de perspicacia es posible aplicar a muchas situaciones cotidianas que nos desbordan. La intuición nos permite, un concepto anticuado, pero podemos actualizarlo con lo que hoy sabemos, adquirir ideas claras, aquellas que se manifiestan en nuestra presencia, y distintas, es decir, que no podemos confundirlas con otras que poseen otras características. A partir de ahí, es posible, usando la deducción y la lógica, encadenar las ideas claras y distintas unas a otras y sacar conclusiones.

Muchos problemas que afrontamos no son sino puzles que debemos resolver con un poco de método; clasificando las piezas por parecidos, colores, formas, y luego ir poco a poco viendo cuáles encajan entre sí

Muchos problemas que afrontamos no son sino puzles que debemos resolver con un poco de método; clasificando las piezas por parecidos, colores, formas, y luego ir poco a poco viendo cuáles encajan entre sí. Iremos adquiriendo una mayor perspectiva de la imagen, hasta tal punto que en breve tiempo tendremos más clara la imagen final que estamos resolviendo. Primero hemos de convertir el problema en algo manejable, pieza a pieza, luego, ir viendo cuáles se relacionan entre sí, y  partir de ahí, ir encajándolas hasta obtener una perspectiva global que nos ayude a resolver el puzle. La misma mecánica que utilizamos para hacer un puzle, cartesiana, es posible utilizarla para analizar los problemas cotidianos que nos encontramos en nuestra vida; lo primero es simplificarlos, desgranarlos, analizarlos, e ir viendo qué problemas manejables podemos ir encajando y resolviendo, e ir adquiriendo una perspectiva más amplia, que nos permitirá avanzar en la resolución del problema principal.

Ya sabemos lo realista que pueden resultar algunos sueños o aún peor, y si, como sugiere como hipótesis, el pensador francés, ¿existiera un demonio que nos hace creer que dos más dos son cuatro, cuando en realidad son cinco?

Ahora bien, siguiendo con la filosofía cartesiana, tenemos aparentemente dos problemas que resolver; uno, la facilidad con la que los sentidos nos engañan, todos, incluida la vista, algo que la ciencia contemporánea ha ratificado. Y dos, qué sucede si en realidad estoy soñando. Ya sabemos lo realista que pueden resultar algunos sueños o aún peor, y si, como sugiere como hipótesis, el pensador francés, ¿existiera un demonio que nos hace creer que dos más dos son cuatro, cuando en realidad son cinco? Este llevar al extremo la duda en Descartes, es un ejercicio mental de su método, para buscar un clavo ardiendo al que agarrarnos, a la hora de encontrar una certeza indudable de la que partir,  ese Pienso, luego existo. Es decir, que podemos dudar de todo, salvo de existir mientras estamos pensando.  Hoy día es fácil burlarnos de este ejercicio mental, pero puede que lo tuviéramos algo más difícil, la burla, si conociéramos algo de física cuántica, y cómo algunos físicos con cierto prestigio académico han defendido que este universo puede solo ser una representación holográfica. Lo que no se diferencia en exceso de las paranoias de nuestro querido pensador.

Al igual que un triángulo no sería tal si sus ángulos interiores no sumaran 180 grados, un Dios, perfecto como lo es su idea, tendría que ser bueno, con lo cual tendríamos garantizado que la suma de dos más dos es cuatro, y que las ideas claras y distintas pueden ser el inicio, a través del ejercicio razonado de la deducción, de nuestros conocimientos. No hace falta decir que filósofos posteriores darían al traste con esta explicación

Quién sabe si Descartes, que recordemos solo pretendía encontrar una base para evitar cualquier escepticismo extremo, se complicó la vida en demasía, y dado que ese “pienso, luego existo”, no parece suficiente para servir de armazón principal para construir el edificio de nuestro conocimiento, dio un salto de fe, literalmente, y defendió que la mera idea de Dios demuestra su existencia. Al igual que un triángulo no sería tal si sus ángulos interiores no sumaran 180 grados, un Dios, perfecto como lo es su idea, tendría que ser bueno, con lo cual tendríamos garantizado que la suma de dos más dos es cuatro, y que las ideas claras y distintas pueden ser el inicio, a través del ejercicio razonado de la deducción, de nuestros conocimientos. No hace falta decir que filósofos posteriores darían al traste con esta explicación.

Y la lección más importante de todas: no hay peor error que juzgar las costumbres y morales ajenas presuponiendo que las nuestras son las únicas correctas y acertadas, pues esto solo lleva a una presuntuosa intolerancia; bueno es saber algo de las costumbres de otros pueblos para juzgar las del propio con mayor acierto, y no creer que todo lo que sea contrario a nuestras modas es ridículo y opuesto a la razón, como suelen hacer los que no han visto nada. Al conocer las diferentes costumbres Descartes llegó a una conclusión que tiene más vigencia hoy día, donde supuestamente hemos superado muchos prejuicios, que en el poco tolerante siglo XVII donde vivió:  De suerte que el mayor provecho que obtenía era que, viendo varias cosas que, a pesar de parecernos muy extravagantes y ridículas,  no dejan de ser  admitidas comúnmente y aprobadas por otros grandes pueblos, aprendía a no creer con demasiada firmeza en lo que solo el ejemplo y la costumbre me habían persuadido; y así me liberaba poco a poco de muchos errores que pueden ofuscar nuestra luz natural y tornarnos menos aptos para escuchar la voz de la razón. Palabras extraídas del “Discurso del método”, que nos muestran el camino a una metodología que debe ser el primer principio de cualquier idea clara y distinta sobre la que construir nuestras verdades y nuestros conocimientos; todo comienza por la tolerancia hacía las costumbres y creencias ajenas, y por no creerte el centro del universo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”