'Blonde', de Frank Ocean, cinco años después

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 25 de Agosto de 2021
'Blonde' - Frank Ocean.
Portada de Blonde, de Frank Ocean
Portada de Blonde, de Frank Ocean

La primera vez que pulsé play para escuchar Blonde, el por entonces esperadísimo segundo álbum de Frank Ocean, al cabo de unos pocos segundos pensé: “lo he descargado mal, esto se oye fatal”. Sonaba “Nikes” y el sonido enlentecido y bañado en eco de la batería y los sintes contrastaba de pronto con una voz agudísima, artificialmente modificada. No podía creer que esa fuera la introducción elegida por Frank para un disco que llevaba siendo pospuesto varios años y que algunos habíamos empezado a pensar que no llegaría nunca. Después, a mitad de la canción, Frank vuelve a su voz normal y se pone a medio rapear con ritmos extraños, idiosincráticos. No sé cuántas escuchas me llevó acostumbrarme a esta peculiar bienvenida al mundo de Blonde, pero sé que todo eso que en su momento me rechinó, hoy me hace sentir en casa.

El resultado: solo seis de las diecisiete pistas contienen percusión; la mayoría de las canciones no cuenta con un esqueleto rítmico en el que apoyarse. Recuerdo cuando meses después le pregunté a mi hermano, con quien tantas veces había escuchado Channel Orange, qué opinaba del disco: me dijo, desconcertado, que las canciones no parecían estar terminadas

Pensemos en el descaro, la osadía, la confianza en uno mismo que hay que tener para hacer algo así. O para cantar varias canciones con el solo acompañamiento de una guitarra, un teclado o un piano. Channel Orange (2012) había destacado por sus ricos arreglos y su uso de las texturas, además de por unas composiciones exquisitas y heterodoxas. De pronto esos arreglos parecieron estorbar a Frank, como si se hubiese dado cuenta de que sus canciones podían brillar más con menos elementos. El resultado: solo seis de las diecisiete pistas contienen percusión; la mayoría de las canciones no cuenta con un esqueleto rítmico en el que apoyarse. Recuerdo cuando meses después le pregunté a mi hermano, con quien tantas veces había escuchado Channel Orange, qué opinaba del disco: me dijo, desconcertado, que las canciones no parecían estar terminadas. Es perfectamente comprensible esa desorientación: no se me ocurre otro disco con este nivel de hype que haya optado por un minimalismo tan extremo.

Pero el pulso de este álbum no lo lleva la percusión, sino la brutal honestidad emocional que va desplegándose en sus letras. Desde la desarmante inocencia infantil de “Ivy” (“I thought that I was dreaming when you said you loved me”) a la madura renuncia de “Godspeed” (“Still, I'll always be there for you/How I do/I let go of my claim on you/It's a free world/You'll look down on where you came from sometimes/But you'll have this place to call home always”). A veces usa símiles casi ridículos (“I came to visit, 'cause you see me like a UFO/That's, like, never”, canta en “Self Control”), otras tira de metáforas muy abstractas (“There's a bull and a matador dueling in the sky/Inhale, in hell, there's heaven”, en “Solo”). Frank consigue condensar las profundas diferencias entre dos amantes en apenas tres poéticas líneas (“You dream of walls that hold us in prison/It's just a skull, least that's what they call it/And we're free to roam”, en “White Ferrari”) y expresar con elegancia todo su desprecio por alguien de su pasado (“Why your eyes well up?/Did you call me from a séance?/You are from my past life/Hope you're doin' well, bruh”, en “Nights”). En todos los casos, la ágil y profunda voz del de Nueva Orleans da el peso justo a sus palabras, usando distintos registros y efectos con maestría.

Pero Frank no solo es un compositor exquisito y un cantante extraordinario, que no es poca cosa. Antes decía que Blonde me hace sentir en casa, y esto no es simplemente una manera de hablar: Ocean comprende como pocos lo importante que es conseguir que la experiencia de escuchar un disco sea envolvente, que te atrape. Esta destreza suya es la clave que le permitió pasar de ser un cotizado compositor para otros artistas a ser admirado como uno de los mayores talentos musicales de su generación. Y aunque esto también sucede en Channel Orange, en ese caso el truco pasaba por situarnos en un espacio físico, un coche: escuchábamos conversaciones mientras sonaban lo intermitentes de fondo, oíamos cómo cambiaba la emisora de la radio y el disco acababa con alguien saliendo del vehículo y cerrando la puerta. En Blonde esto resulta más sutil y abstracto. La clave es la exquisita secuenciación, que hace que el disco fluya como un sueño: nos deslizamos entre tonos emocionales que se filtran de canción en canción. En Blonde no hay tanto conceptos como regiones del alma hechas sonido.

La lista de productores también es impresionante: James Blake, Jon Brion, Rostam Batmanglij, Pharrell Williams, Francis and the Lights... incluso Jonny Greenwood, de Radiohead, aporta unos arreglos de cuerda. Hasta los samples e interpolaciones son de algunos de los mejores artistas de todos los tiempos: The Beatles, Stevie Wonder, Elliott Smith, Gang of Four...

 
Quizás por esto las colaboraciones, aunque las hay y son importantes, quedan en un segundo plano. La voz de Beyoncé en los coros de “Pink + White”, la fantasmal y nunca confirmada presencia de Kendrick Lamar en “Skyline To”, el discreto papel de Yung Lean en “Self Control”, la conmovedora aportación de Kim Burrell al final de “Godspeed”... El único con un papel más central es André 3000, que protagoniza la breve pero poderosa “Solo (Reprise)”; el antiguo miembro de Outkast ya había aportado una estrofa memorable en “Pink Matter”, del anterior disco. La lista de productores también es impresionante: James Blake, Jon Brion, Rostam Batmanglij, Pharrell Williams, Francis and the Lights... incluso Jonny Greenwood, de Radiohead, aporta unos arreglos de cuerda. Hasta los samples e interpolaciones son de algunos de los mejores artistas de todos los tiempos: The Beatles, Stevie Wonder, Elliott Smith, Gang of Four... Pero nada de esto descentra el papel de Frank como director del proyecto y guía espiritual de los oyentes por la vasta geografía emocional del álbum.

Creo que, para comprender la profundidad de los sentimientos desplegados aquí, es imprescindible entender los aspectos logísticos del lanzamiento de Blonde. En 2009 Ocean había firmado un contrato con Def Jam Recordings, la legendaria discográfica fundada por Rick Rubin y Russell Simmons. Desde un principio el cantante se sintió incómodo en su relación con el sello, y lanzó su primer trabajo, la mixtape Nostalgia, Ultra (2011), de forma independiente. Pero el contrato que había firmado lo ataba a Def Jam, y esto obligó a Frank a jugar “una partida de ajedrez de siete años” para liberarse de esas restricciones. El jaque mate lo dio un día antes de lanzar Blonde: para poder completar sus obligaciones para con Def Jam, editó con dicha discográfica el álbum visual Endless, que pudo verse en streaming el 19 de agosto de 2020. Así, el 20 de agosto pudo lanzar Blonde en su propio sello, Boys Don't Cry. Al mismo tiempo, Frank compró los masters de sus discos a Def Jam, convirtiéndose en dueño de su propia música; algo que artistas del nivel de Kanye West o Taylor Swift han intentado imitar en vano. Blonde es, por tanto, el fruto de la larga lucha de Ocean por su propia libertad artística, y esto se nota en la música: la forma en que las emociones fluyen y se desbordan es un síntoma de esa liberación.

Pero en último término, como pasa con toda gran obra de arte, hay en el fondo de este disco algo inefable, imposible de explicar, que lo eleva. Para mí, eso que lo hace especial de forma incomprensible se plasma especialmente en la última canción, “Futura Free”. Frank medio rapea con una mezcla de chulería y vulnerabilidad sobre su vida, la fama, la música, sus proezas sexuales y la agresión que sufrió por parte de Chris Brown. Esta estrofa creada mediante libre asociación posiblemente sea el aspecto menos pulido, más crudo del disco; y quizás por eso mismo sea el momento más poderoso. Todo lo que hemos sentido durante casi una hora de escucha estalla cuando, mediada la canción, entra de pronto la batería; me es imposible aguantar las lágrimas cada vez que llega ese momento. Por si esto fuera poco, las entrevistas que siguen a los instantes de silencio tras el final de la canción, que siempre me han parecido algo aburridas e innecesarias, tienen ahora un mayor impacto que nunca: uno de las personas cuya voz oímos es el hermano de Frank, Ryan Breaux, que falleció el verano pasado en un accidente de tráfico. La melancolía que atraviesa el disco, y especialmente esta canción, adquiere un tinte trágico al pensar en esa pérdida.
 

Es imposible saber qué será de la carrera de Ocean en el futuro. El impacto y la influencia de su música, de su pelea por su libertad artística e incluso de su forma de tratar su orientación sexual son imposibles de exagerar. Sin embargo, como él mismo advierte en “Futura Free”: “I ain't on your schedule”, es decir, “no trabajo según tus tiempos”. La libertad que tanto le costó obtener supone que solo hace lo que le interesa, cuando le interesa, y si algo ha demostrado hasta ahora es que no le interesan en absoluto los ritmos de producción que impone la industria. Aunque nos ha deleitado con un número razonable de singles en estos cinco años, los rumores de la posible llegada de un LP se han quedado en nada. Hay razones para pensar que quizás estemos ante otro Fiona Apple: alguien que solo se deja ver cada cinco a diez años, nos deja otra obra maestra y vuelve a desaparecer. Poco importa: con Blonde, Frank Ocean trascendió y nos hizo trascender.  Conseguir eso una vez en la vida es más que suficiente.

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

Investigador en formación, trabaja en la Universidad de Granada. Le interesa hacer ciencia social comprometida, por lo que estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Además, milita en colectivos de la ciudad. En sus ratos libres, escribe sobre música pop. (Osuna, 1992).