VISITA CASUAL DEL 3 DE JULIO DE 1963

La madrugada que Churchill se bañó en pelota en la Fuente de las Batallas

Ciudadanía - Gabriel Pozo Felguera - Domingo, 16 de Abril de 2023
Gabriel Pozo Felguera relata un hecho insólito protagonizado por Sarah Churchill, hija de Winston Churchill, el más célebre político inglés del siglo XX, pero con su habitual maestría tira del hilo para aportar la visión oficial de aquella España franquista y lo que ocurrió, en una trama de censura, servicios secretos y de benevolencia con los extranjeros ricos, diferente al férreo control social, en un brillante reportaje que completa con un retrato descarnado de la actriz inglesa.
Sara y Audley, en 1962, tras contraer matrimonio en Londres.
Sara y Audley, en 1962, tras contraer matrimonio en Londres.
  • El marido de Sarah Churchill falleció en el hotel Alhambra Palace mientras ella se bajó, borracha, a continuar la juerga por el centro de la ciudad

  • La normativa sobre costumbres era tan restrictiva que se multaba a los hombres por ir en bañador por la calle y se criticaba a las mujeres desmangadas

¡Quién iba a pensar que aquella mujer que se bañaba en pelota en la Fuente de las Batallas era hija de Winston Churchill! El político inglés más famoso del siglo XX. Una extranjera de mediana edad, de cuerpo estilizado, con una tremenda borrachera y harta de pastillas se estaba dando un baño en la fuente más céntrica de Granada. Eran alrededor de las cinco de la mañana del día 3 de julio de 1963. No hacía demasiado calor por aquellos días, pero los transeúntes quedaron asombrados. Pronto apareció el único “guindilla” (policía local) que estaba de guardia aquella noche en el centro de la ciudad. La liaron en un trapo y consiguieron entender que era inglesa y se alojaba en el hotel Alhambra Palace. Allí la subieron en un taxi. Se llevó una tremenda sorpresa: su marido, un noble británico, acababa de morir de un infarto durante su breve ausencia.

Así es que a Sarah Churchill, la hija del todopoderoso primer ministro Winston Churchill, no le valió la excusa de que tenía mucho calor y deseaba refrescarse

El verano de 1963 no fue nada caluroso, más bien todo lo contrario. Fue el año más lluvioso hasta entonces, se habían registrado inundaciones y hundimientos de cuevas. La temperatura máxima alcanzada el día anterior, 2 de julio, fue de sólo 31,8 grados a las 15,10 horas; la temperatura mínima solía marcarse un rato después de la salida del sol, con 14,0 grados. Así es que a Sarah Churchill, la hija del todopoderoso primer ministro Winston Churchill, no le valió la excusa de que tenía mucho calor y deseaba refrescarse. Estaba casi amaneciendo cuando se metió en el estanque de la Fuente de las Batallas, ya que aquel día el sol salió a las 5,59 horas.

Ubicación anterior de la Fuente de las Batallas, más en el centro que la actualidad. Esta foto es de mediados los años 40, al poco de ser trasladada desde el Salón. Estaba más elevada que en la actualidad, con cuatro escalinatas en los puntos cardinales para subir hasta su estanque. Permaneció en este punto hasta que fue movida en los años 90 para construir el aparcamiento bajo ella. AHMG.

Pero como el policía local de zona no quiso incomodar a una turista, que entonces se comenzaban a cazar a lazo para que vinieran a dejar divisas, se la llevó hasta el puesto del Ayuntamiento, donde se encontraba el cabo de guardia. Y desde allí pidieron el taxi. Fueron bastantes los transeúntes que vieron la escena, ya que era hora de ir a trabajar; algunos siguieron al “guindilla” y a la mujer liada en un trapo y descalza. En la mano llevaba unos pantalones y una blusa que no consiguió enfundarse hasta entrar en la Casa Consistorial. (Se les llamaba guindillas a los guardias municipales por las franjas de color guinda que adornaban los pantalones en las costuras externas de las perneras).

De haber sido una española, quizás no hubiese tenido tanta suerte. La normativa era durísima para quienes infringiesen las buenas costumbres de la moral, a pesar de que la relajación por aquellos años con la llegada de las “suecas” a nuestras playas y la entrada de divisas

De haber sido una española, quizás no hubiese tenido tanta suerte. La normativa era durísima para quienes infringiesen las buenas costumbres de la moral, a pesar de la relajación por aquellos años con la llegada de las “suecas” a nuestras playas y la entrada de divisas. El gobernador civil había actualizado una circular a los ayuntamientos de la provincia obligando a todos a comportarse: los mayores de 14 años no podían salir a la calle en traje de baño, se limitarían al entorno cerrado de piscinas, ríos o junto a las playas; tampoco se podía ir en pantalón corto por calles o entrar a establecimientos públicos. No obedecer acarreaba una multa de cien pesetas, como le ocurrió aquel verano al turista alemán Henrich Adolf Haberman, que pasó una noche en el calabozo por negarse a pagar (Así lo recuerda José Luis Entrala en su libro de Anécdotas granadinas). También recuerda Entrala los muchos casos de acoso y persecución que protagonizaban los jóvenes si veían a una muchacha andar por la calle con una falta algo corta o ir desmangadas. Y no digamos ya si se intentaba entrar sin velo a las iglesias (en Italia todavía hay que hacerlo).

Pero la escena que se encontraron el taxista y el policía local les hizo olvidarse muy pronto de la presentación del pasaporte y la exigencia de la multa de veinte duros

Seguramente que Sarah Churchill no se habría librado de la sanción y multa cuando la llevaron a vestirse al hotel Alhambra Palace. Pero la escena que se encontraron el taxista y el policía local les hizo olvidarse muy pronto de la presentación del pasaporte y la exigencia de la multa de veinte duros. El panorama era trágico: varios médicos acababan de hacer todo lo posible por salvar la vida al esposo de Sarah, Lord Thomas Audley; llevaban más de una hora intentando revertir la dolencia cardíaca que se le presentó de improviso.

Llegados a Granada por casualidad

Los periódicos granadinos de entonces no pudieron contar toda la verdad de aquel oscuro suceso. El primero –el baño en la Fuente– fue cambiado por un paseo romántico por el bosque de la Alhambra. Pero lo más oscuro de todo fue la orden llegada desde Madrid de que se echara tierra al asunto, se llevara el cadáver del gentelmen a Málaga con toda rapidez y sin  practicarle autopsia ni mayor papeleo. La orden fue que se enterrara lo antes posible. Nada de  investigación policial de por medio. Solamente supieron algo del asunto quienes vieron a la mujer remojándose en la fuente elevada y el periodista José Acosta Medina, que debió pasar por allí camino de su radio, vio el asunto y dio la primicia mundial a través de una agencia.

La intención de la pareja era dirigirse directamente a su chalet de Marbella. Pero una inoportuna avería en el coche, muy cerca de Granada, hizo que se les echara la tarde encima. Decidieron hacer noche en Granada y se alojaron en el hotel Alhambra Palace

Retrocedamos un día en el calendario. El 2 de julio partieron desde Madrid el matrimonio formado por Sarah Churchill y Thomas Audley; lo hicieron en su coche. No llevaban casados ni tan siquiera un año. Audley era el tercer marido que tenía Sarah. Los dos rondaban los cincuenta años de edad.

La intención de la pareja era dirigirse directamente a su chalet de Marbella. Pero una inoportuna avería en el coche, muy cerca de Granada, hizo que se les echara la tarde encima. Decidieron hacer noche en Granada y se alojaron en el hotel Alhambra Palace. Eran una pareja más de turistas ingleses que venían a visitar la ciudad, nadie les asoció con el escritor inglés y famoso que era él ni con la actriz británico-americana que era ella. En los cines de Granada sólo había sido exhibida una de sus películas (Bodas reales, donde bailaba con Fred Astaire, 1951), pero hacía tanto tiempo que nadie podía asociarla. Sarah era muy conocida en Gran Bretaña por ser hija del primer ministro más famoso de lo que iba de siglo XX; medianamente conocida en EE UU, por ser actriz y por sus múltiples escándalos, detenciones y encarcelamientos. Pero en España era una más. Para abundar en su incógnito, su última y más reciente película como primera actriz (Serious Chage, Acusación infame, 1959) no había sido exhibida en Granada.

En 1951 protagonizó Bodas Reales con Fred Astaire. En 1949 la revista Life le dedicó su portada como actriz sobresaliente.

Allí bebieron champán y asistieron al espectáculo de aquella noche; el negocio empezaban a regentarlo Mariquilla (María Guardia) y su marido

El matrimonio cenó en el Palace. Después se mezclaron con un grupo de turistas belgas y se fueron en un taxi hasta la Piscina Neptuno. Allí bebieron champán y asistieron al espectáculo de aquella noche; el negocio empezaban a regentarlo Mariquilla (María Guardia) y su marido. Escucharon cantar a los Hermanos Rabay y conocieron el cuadro flamenco de Mariquilla. Cuando se cansaron de flamenco, Lord Audley mostró su deseo de conocer otros ambientes típicos y gitanos de Granada. Pidieron un taxi y se dirigieron a Plaza Nueva. El taxista, Cristóbal, contó más tarde que los llevó a un colmado de la Plaza de Cuchilleros, después a varias tascas más de la Carrera del Darro. Allí fueron probando sus vinos y sus tapas.

Cartel del espectáculo que ofrecían Mariquilla y Garrido, los empresarios que regentaban los jardines Neptuno el verano de 1963.

Finalmente, el taxista los llevó hasta el Sacromonte, donde la Cueva de la Rocío estaba en plena función. Palmearon lo que supieron en la zambra y continuaron bebiendo mezclados con el grupo de turistas que ocupaban las sillas de anea. Bien pasadas las cuatro y media de la mañana, el taxi los dejó en la puerta del hotel Palace. Él no aguantaba más, se fue a acostarse; ella dijo que no tenía sueño y deseaba dar un paseo. Dijo que se iba a pasear de madrugada por el bosque de la Alhambra. Hasta aquí la versión oficial de sus movimientos de aquella madrugada. Cuando regresó al hotel, su marido ya estaba muerto.

Pero la reconstrucción periodística de los hechos fue muy diferente. Sarah Churchill se había bajado con el taxista hasta el centro de la ciudad, donde todavía buscaba emociones más fuertes. Su siguiente aparición estelar fue subirse a la escalinata que tenía entonces la Fuente de las Batallas, desnudarse y meterse a darse un baño bajo los chorros

Pero la reconstrucción periodística de los hechos fue muy diferente. Sarah Churchill se había bajado con el taxista hasta el centro de la ciudad, donde todavía buscaba emociones más fuertes. Su siguiente aparición estelar fue subirse a la escalinata que tenía entonces la Fuente de las Batallas, desnudarse y meterse a darse un baño bajo los chorros. Seguramente quiso emular el baño de Anita Ekberg en La Dolce Vita, de Fellini (1960) en la Fontana de Trevi. Quienes la vieron nunca pudieron imaginar esta comparación porque aquella película no se pudo ver en los cines de Granada hasta el año 1980. La censura franquista la tuvo proscrita con pecaminosa.

Muerte del marido y huida de la actriz

Tras cubrirla con una tela, pasar por el Ayuntamiento y llevarla de regreso al hotel, empezó la verdadera tragedia de Sarah. Muy poco después de que ella se dejara a Lord Audley acostado, el hombre se sintió mal y llamó a recepción. Eran ya pasadas las 5,30 de la mañana.  En unos instantes llegó el médico del hotel (Salvador García González); el dolor torácico indicaba un ataque al corazón. Requirió la presencia de su colega Juan Antonio García Torres. Ambos médicos coincidieron que era un infarto. No se pudo hacer nada más, el inglés falleció en pocos minutos.

Foto que publicó un periódico de Málaga con Lord Audley recién fallecido en el hotel Alhambra Palace de Granada.

Sarah ya no le vio vivo. Sufrió un fuerte ataque de ansiedad. Todavía no se le había pasado del todo la borrachera. Y quizá el efecto de algún tipo de droga o pastillas para dormir, a las que era adicta. Inmediatamente fue avisado el vicecónsul británico en Granada, que precisamente vivía muy cerca, en la Cuesta del Caidero. Se llamaba Guillermo A. Savadge Davenhill. Obviamente, los médicos comunicaron el fallecimiento al juez de guardia (Genaro Espinosa Cabrera). El médico forense del juzgado, Doctor Ferrón Salas, no pudo hacer otra cosa que certificar la muerte de Audley por infarto agudo de miocardio. Nada más se hizo desde el punto de vista judicial, sólo certificar una muerte natural y autorizar la rápida salida del cadáver hacia Málaga. Es de suponer que la autoridad política de entonces (el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento) recibiría una llamada desde Madrid para que todo se cubriese de silencio.

Las llamadas telefónicas se sucedieron aquella madrugada con enorme rapidez entre Granada, Sevilla, Madrid y Londres. El vicecónsul granadino llamó a la embajada británica en Madrid y al cónsul británico de Sevilla

Las llamadas telefónicas se sucedieron aquella madrugada con enorme rapidez entre Granada, Sevilla, Madrid y Londres. El vicecónsul granadino llamó a la embajada británica en Madrid y al cónsul británico de Sevilla. Mr. Mackenzie, el cónsul general en Andalucía, llegó a Granada poco después del mediodía para hacerse cargo de todo y limar flecos y trabas burocráticas. A esas horas todo el mundo sabía que el fallecido era uno de los miembros más notables de la nobleza británica. Y ella, la hija díscola del premier Winston Churchill. Había que echar tierra sobre el asunto. Los servicios de inteligencia británicos echaron una mano y consiguieron que los hechos ocurridos en Granada con tan ilustre matrimonio pasasen casi desapercibidos en la prensa mundial. Solamente se publicó que Lord Audley había fallecido de un ataque al corazón cuando visitaba Granada. De los dos periódicos locales que había entonces, Ideal se conformó con publicar la versión oficial, escueta y aséptica; en cambio, el periódico falangista Patria buscó a personas que vivieron los hechos muy de cerca. A excepción del baño de Sarah en pelota en la Fuente de las Batallas y hablar de borrachera y drogas, todo lo demás fue reconstruido fielmente por sus reporteros.

Sarah, deambulando por las calles de Granada la mañana en que su marido murió en el hotel Palace. TORRES MOLINA/IDEAL

Sarah seguía presa de un fuerte ataque de nervios. A eso de las diez de la mañana, pidió un taxi y se fue a dar una vuelta al Llano de la Perdiz, donde permaneció una media hora. El taxista volvía a ser Cristóbal. Después le pidió que la bajara de nuevo a la ciudad, al lado de la Fuente donde se había bañado al amanecer. Estuvo un buen rato en el Bar Gálvez, en el Embovedado (actual edificio Montes Orientales). El camarero (Adolfo) le sirvió un par de copas de soda para intentar combatir su ansiedad. Cristóbal la subió de nuevo al hotel cuando dijo estar más tranquila. Era ya casi el mediodía.

Pero una hora después, nuevamente requirió la compañía del taxista. Era la una de la tarde cuando le pidió que la llevara a un bar de las afueras de la ciudad, donde pudiese beber y estar tranquila

Pero una hora después, nuevamente requirió la compañía del taxista. Era la una de la tarde cuando le pidió que la llevara a un bar de las afueras de la ciudad, donde pudiese beber y estar tranquila. El taxista la llevó al merendero Las Palmeras, en la Carretera de la Sierra. Allí estuvo sentada, prácticamente ausente, y bebiendo algo hasta las seis de la tarde. Cristóbal, a preguntas de los reporteros, resaltó que siempre estuvo sola, iba como enajenada, vestida con un pantalón oscuro, una camiseta cara, sin sujetador y descalza.

Al regresar de nuevo al Palace, el cónsul británico de Sevilla comprobó que estaba en una situación lamentable. Ordenó encerrarla en una habitación, con cuatro personas vigilándola para que no bebiera más ni hiciera alguna tontería

Al regresar de nuevo al Palace, el cónsul británico de Sevilla comprobó que estaba en una situación lamentable. Ordenó encerrarla en una habitación, con cuatro personas vigilándola para que no bebiera más ni hiciera alguna tontería. Los médicos le aplicaron tranquilizantes para que pudiese dormir. Entre tanto, el cónsul fue quien se encargó de ordenar el traslado del cadáver de Audley al Instituto Anatómico Forense para proceder a su preparación para el traslado. No le fue practicada la autopsia, solamente se le inyectaron productos conservantes para evitar su descomposición.

Noticia de Patria que recogía la llegada de Diana Churchill (derecha) para hacerse cargo de su hermana Sarah y trasladar el cadáver de su cuñado a Málaga.

Entretanto, se esperaba en Granada la llegada de la hermana menor de Sarah, Diana Churchilll, para que se hiciera cargo de su hermana y de la situación. Diana llegó a Granada a las 2 de la madrugada del día 4 de julio. Sarah ya había sido tranquilizada por un psiquiatra (doctor Molina de Haro) y se encontraba en mejores condiciones. La prensa dijo que ya estaba completamente lúcida. A primera hora de la tarde, cuando se tuvo preparada una caja especial para trasladar el cadáver, Sarah pidió reunirse con el personal del hotel Palace para darles las gracias y pedirles disculpas por las molestias que les había causado. Sarah y Diana abandonaron el hotel con gafas oscuras y un pañuelo que les recogía el pelo. Pasaron por el Instituto Anatómico Forense a recoger los restos mortales. Aquella misma tarde el Lord fue enterrado en el cementerio inglés de Málaga.

De escándalo en escándalo

Sarah fue la hija descarriada de Winston Churchil. Desde muy joven ya empezó a beber y a drogarse. Su vida transitó de escándalo en escándalo. Fue detenida y encarcelada infinidad de veces en Gran Bretaña y Estados Unidos. Hasta que en su madurez recaló en un chalé de Marbella y continuó con su costumbre de beber y no controlar sus acciones. Hasta que finalmente, el gobernador civil de Málaga le impuso una elevada multa y propuso su expulsión de la Costa del Sol durante varios años.

Con 21 años ya debutó como actriz en teatros de Londres. En 1937 ya apareció en su primera película. El cine y el teatro fueron sus ambientes a partir de entonces en el mundo anglosajón

Sarah nació el 7 de octubre de 1914 en el seno de una familia británica poderosa. Tercera del matrimonio del político Winston Churchill, la mayor de las féminas. Estudió varias ramas artísticas y en los mejores colegios privados de Inglaterra. Con sólo 10 años, se mudó a Dauwgnig Street porque su padre ya era ministro. Con 21 años ya debutó como actriz en teatros de Londres. En 1937 ya apareció en su primera película. El cine y el teatro fueron sus ambientes a partir de entonces en el mundo anglosajón.

Sarah Churchill fue detenida y encarcelada por la policía de Los Ángeles en 1958 por escándalo público.

Contrajo tres matrimonios. El primero, Vic Olivier; estuvo unida a él entre 1936 y 1945. Sus padres no vieron bien aquel matrimonio con un hombre que era 17 años más viejo que ella. El segundo matrimonio lo contrajo en 1949 con el fotógrafo Antony Beauchamp; con él permaneció hasta su muerte en 1957. Beauchamp falleció a consecuencia de sobredosis de drogas y alcohol. Por aquella época, Sarah había incrementado sus adicciones y, paralelamente, sus escándalos y encarcelamientos momentáneos. Finalmente, pareció sentar la cabeza al casarse con otro miembro de la nobleza británica, el Barón Audley (Thomas Touchet-Jesón). Con él incrementó sus visitas a la Costa del Sol.

1936, Primer matrimonio con Vic Oliver. 1952, segunda boda con Antony Beauchamp.

Sarah, cuando enviudó de su tercer marido, decidió no contraer nuevo matrimonio. Tuvo varios compañeros de vida más, el más estable el cantante italiano Lolo Nocho.

A partir de la muerte de Lord Audley, Sarah se retiró un tiempo a su chalet de Marbella. Solo unos meses más tarde volvió a las andadas con sus borracheras y abuso de las drogas

A partir de la muerte de Lord Audley, Sarah se retiró un tiempo a su chalet de Marbella. Solo unos meses más tarde volvió a las andadas con sus borracheras y abuso de las drogas. Si tan sólo dos meses antes de su visita a Granada ya fue multada por escándalos en Londres, dos  meses después de enviudar volvió a ser multada con 5.000 pesetas por el gobernador civil de Málaga –el granadino Ramón Castilla Pérez–, con la accesoria de expulsión de España. Los escándalos que montaba en su chalet El Capricho eran continuos. El 3 de septiembre salió con el coche, completamente borracha, y se estrelló contra la fachada de una fábrica de viguetas. La prensa malagueña solía recoger sus “travesuras”; la calificaban como “ilustre vecina y enemiga de Marbella”. Tras aquel cúmulo de escándalos, estuvo desaparecida unos años de la Costa del Sol. Volvió a regresar a mediados de los setenta. Falleció en 1982, a los 67 años de edad.

Sarah, en Roma 1964, recién enviudada y bailando con su nuevo amante Mauro del Becchio. A la derecha, el granadino Ramón Castilla, gobernador de Málaga que se cansó de ella y la expulsó de Marbella.