Paco de Lucía: Su obra, un sudor

Texto: Paco Espínola
Dicen que los flamencos no tienen biografía, que viven al día y que su momento es el presente, pero se sabe que Francisco Sánchez Gómez nació el 21 de diciembre de 1947 en Algeciras. Su padre, don Antonio, estaba especializado en ganarse la vida: era guitarrista pero vendía telas y tocaba la bandurria en bailes. Su madre, doña Lucía, se dedicaba a las infinitas tareas de la casa.
Don Antonio, cabeza de familia tan pobre como numerosa, poseía ese peculiar instinto de conservación que tienen los amantes de la música y quiso dar a sus hijos varones la por aquel entonces inútil enseñanza de la guitarra. De esa locura surgió Ramón como un gran acompañante de cantaores y Pepe como un buen cantaor. Solo Antonio dejó la guitarra por los idiomas. Paco empezó a estudiarla a los seis años.
—A mi padre se lo debo todo pues me obligó a tocar desde niño cuando uno no tiene capacidad para decidir lo que quiere ser en la vida y necesitas a alguien que te empuje y te señale el camino. Eso fue lo que él hizo, entre otras cosas porque no tenía dinero para mandarme a la escuela. Tuve que buscar trabajo y llevar un sueldo a la casa.
—¿El no haber ido a la escuela le produce complejos?
—Antes sí. Hay situaciones en las que echo de menos no tener cultura, elocuencia en una conversación, el estar al día de lo que sucede... Pero con los años te acostumbras a ser y admitir lo que eres. Cuando joven quieres ser un superhombre y, claro, de ahí nacen los complejos, los miedos y las timideces.
—¿Hay artes cuyo estímulo es el hambre?
—El hambre es siempre un gran estímulo, da madurez... lo sé por experiencia. Muchos artistas presumen de que a pesar del hambre han llegado a ser lo que son, y yo opino que gracias al hambre se consiguen muchas cosas porque el que nace con la barriga llena tiene menos estímulos.
A los 13 años Paco de Lucía viajó por primera vez a Norteamérica como tercer guitarrista de la Compañía del Ballet Clásico-español de José Greco. En aquella época cuando ponía las manos en la guitarra se las encontraba llenas de dedos del prójimo, sobre todo de Niño Ricardo, el guitarrista más brillante del momento e íntimo amigo de su padre. En Norteamérica conoce a Sabicas y a Mario Escudero que le aconsejan que busque su propia forma de tocar. El problema es que para unos el estilo es un modo complicado de decir las cosas más sencillas y para otros es muy modo muy simple de decir cosas complicadas. Paco es todavía un niño y el estilo no es un punto de partida sino un resultado y, sobre todo, afirma hoy, “es la personalidad del individuo”.
—¿Su imaginación se opone al sentido común?
—El sentido común se opone a tu capacidad intelectual y es limitado, la imaginación no, y de vez en cuando mi imaginación se opone a él. A veces lamento el no saber música, que es como desconocer la ciencia del arte, pero la inocencia, el desconocimiento, te hacen volar más alto o, por lo menos, te hacen volar y caer en sitios donde la razón no caería.
—Sabicas decía que en Estados Unidos hay más afición a la guitarra flamenca que en España.
—Sí, es verdad. Allí la gente tiene una gran educación musical y hay muchos jóvenes interesados por el flamenco, pero donde “se sabe” de verdad es en España.
Si el espíritu de creación representa la más alta forma del espíritu de contradicción, puesto que una nueva forma de arte contradice, forzosamente, a otra, la desobediencia será el único impulso de la juventud. La audacia y el heroísmo solo pueden expresarse desobedeciendo las costumbres y las viejas leyes. Veintinueve años después de aquel primer encuentro y, tras una relación tan respetuosa como llena de afecto, Paco de Lucía acudió a Nueva York para asistir a un homenaje a Sabicas. En una rueda de prensa, el viejo maestro, con su peculiar sorna, comentó sentencioso: «en la guitarra solo han evolucionado los dedos». Paco no se enfadó. «Yo estaba delante y me atacaba mientras yo le echaba flores porque era mi obligación. Sabicas estuvo sentado en la poltrona toda su vida y, aunque todavía tuviese fieles, de pronto vio que su manera de tocar ya no se hacía, no lo podía admitir porque eso sería afirmar que ya no valía lo que hacía. Es lógico que se justificara atacándome a mí».
El maestro tal vez no había comprendido que no hay precursores sino rezagados y que “el genio”, por más sorpresas que produzca, es puntual y que, cuando su hora suena, inmediatamente todos los relojes del mundo atrasan. En 1990 murió Sabicas. Paco debió pensar que la amistad es el único sentimiento que no pide explicaciones y, en Zyryab, su antepenúltimo disco, le dedicó «el tema más emotivo de todos», una taranta.
—¿El flamenco es patrimonio gitano?
—El gitano mantiene que lleva haciendo flamenco desde hace cinco siglos. Al margen de su dedicación y la convivencia con el flamenco, el gitano tiene una capacidad artística, una expresión y un temperamento únicos para el flamenco. Eso no significa que el payo no esté capacitado pues el que se cría y se relaciona con gitanos normalmente sale muy bueno: Antonio Chacón, el Niño Ricardo y muchos más. No, no es patrimonio de nadie, es patrimonio de quien lo hace desde que nace, esa música es así.
—¿Usted ha sufrido el racismo?
—Sí, sí. Hay quienes me han despreciado por ser “payo”.
—¿El dogmatismo impide la evolución del flamenco?
—En general, los flamencos son dogmáticos. Quizá es bueno aunque la evolución sea más lenta. No estoy de acuerdo con los puristas... no dejan que uno cante y toque como le dé la gana. Hacen una criba en la que si lo que tocas o la evolución que desarrollas está dentro del contexto, de la esencia del flamenco, te lo admiten tarde o temprano. De todas formas sin ellos todo el mundo se desmadraría y más en la época en que vivimos. Yo pienso que todo es válido si sabes equilibrar.
—¿Cómo se compagina el primitivismo del flamenco con la búsqueda de nuevas armonías?
—Pues con una mano agarrando la tradición y con la otra rascando, buscando. Es muy importante no perderse de la tradición porque ahí es donde está la esencia, el mensaje, la base. Sobre ella sí puedes ir a cualquier sitio y escapar, pero sin dejar nunca esa raíz porque, en definitiva, la identidad, el olor y el sabor del flamenco están ahí.
A los 14 años, Paco de Lucía, ganó el Concurso Internacional de Arte Flamenco de Jerez de la Frontera. «El más excepcional de los tocaores presentes», escribió D. E. Pohren. Paco de Lucía opina que «las críticas casi nunca sirven porque tú eres tu propio crítico. Si has tocado mal y la crítica es buena, o viceversa, le pierdes el respeto al crítico. En un porcentaje bajísimo la crítica puede ser constructiva, aunque sea mala. Cuando yo tenía diecisiete años el New York Times me puso verde, pero me impresionó por las verdades que decía. Normalmente, o hacen críticas muy líricas y muy bonitas, pero nada más, o hablan bien de mí y ni siquiera explican el por qué. En Japón es donde son más serios, científicos y rigurosos».
A pesar de los elogios a Paco solo le estimula la lucha e intuye que la buena voluntad del público adormece. Sigue trabajando. De los catorce a los diecisiete años graba tres elepés a dúo con Ricardo Modrego y se integra en un grupo que viaja por Europa compuesto por Camarón de La Isla, Juan El Lebrijano, Matilde Coral, Paco Cepero, El Farruco... En él permanece siete años. Los espectáculos son improvisados, muy emotivos y tiene la oportunidad de tocar solo.
—¿Qué lugar ocupa el flamenco dentro de la cultura europea?
—Yo creo que el flamenco es la cultura más importante que tenemos en España y me atrevo a decir que en Europa. Es una música increíble, tiene una gran fuerza emotiva y un ritmo y una emoción que muy pocos folclores europeos poseen. El flamenco representa la cultura de nuestro país aunque a muchos les moleste esa globalización porque es andaluz y el vasco, el gallego o el catalán no tienen nada que ver con él. Imagino que no les gusta que les conozcan fuera de aquí por el flamenco pero Andalucía es una parte muy importante de España.
En 1967 graba La guitarra fabulosa de Paco de Lucía. Todavía se advierte la influencia de Ricardo y Mario Escudero pero dos años después en Fantasía flamenca aparece el acento extraterrestre, la calma en la melancolía, la solemnidad deliciosa y esa experiencia precoz que caracterizan a los grandes músicos. Pero Paco tiene también el maravilloso privilegio de saber adornarse con nada y cuando lo analizan, lo admiran, lo devoran y el mundo trata de convertir lo accidental en categoría, él aparenta ser tan discreto que su discreción se parece al desdén. La verdad es que preferiría ser espectador y no protagonista porque su condición natural dice, «es la de espectador pero las circunstancias o la carrera que elegí me han puesto en el papel de protagonista y me ha sido difícil sobrellevarlo».
—¿Cree que ‘Francisco Sánchez’ sea en realidad ‘Paco de Lucía’?
—El Paco de Lucía esencia, el músico, el que sienta en un escenario, sí es Francisco Sánchez. Luego está el Paco de Lucía personaje que es quien lleva la careta y está condicionado por muchas cosas, no es el músico puro. Fuera del escenario hay que hacer concesiones, ir a televisión, hacer entrevistas y poner cara agradable para que no piensen que eres un sieso. Yo he tratado de que “Paco de Lucía” y “Francisco Sánchez” estén lo más cerca posible aunque a veces no pueda evitar lo otro.
—¿El éxito consiste en ‘comerle el coco’ al público?
—El artista lo que quiere es ser comprendido, comunicar y demostrar que está en posesión de una verdad. No sé hasta qué punto quieres “comerle el coco” al público pero... sí, hay algo de eso. Tal vez el éxito sea “comer el coco”.
—¿Cuanto más se accede a la mayoría menos se es uno mismo?
—Sí, pero un artista debe ser fiel a sí mismo, gustarse y creérselo porque así lo refleja automáticamente y llega a todos. Dicen que para ser universal tienes que ser de tu pueblo. Yo creo que si solo piensas en lo que puede gustar a los demás te vuelves loco, te pierdes.
—¿Le preocupa el fracaso?
—Mucho. No sé si es por vanidad o por necesidad de afecto, o por las dos cosas...
—¿Tiene usted complejos?
—Quizá el no tener estudios académicos. Esto no lo he confesado nunca, pero a veces me da un poco de envidia veros a la gente de la “cultura” [el entrecomillado es mío] hablando entre ellos…
—Seguramente están hablando de usted.
—Ja, ja, ja… Pues están perdiendo el tiempo.
—«El dinero es símbolo del cumplimiento del deber, la señal de que uno ofreció al mundo lo que éste deseaba tener», decía Bertolt Brecht.
—Vivir en sociedad y dentro de un sistema es como un juego donde el dinero supone ganar la partida; te lo dan a cambio de hacer algo que gusta a todos. En el caso de los artistas es el reconocimiento de que tu trabajo es válido, solo eso. Me imagino que el que gana un manipulador no debe dar la misma sensación. Hay que saber valorar el dinero porque es fácil caer en la trampa de seguir queriendo acumular a pesar de tener más del que puedes gastar. Ahí empieza a ser insano y peligroso.
Antaño, alrededor de un artista se hacía la conspiración del silencio, hoy se hace la conspiración del estruendo. Por eso, Paco de Lucía, practica el submarinismo a pulmón libre y emerge borracho de gloria solo por haberse superado a sí mismo. Es un romántico seguidor del Real Madrid y, tal vez para olvidar los disgustos de los malos resultados, juega al futbolín. También se permite el inocente lujo de la superstición porque hace unos años «en un hotel de Oporto un periquito se coló en mi habitación. Me hice su amigo, lo amaestré, se me posaba en el hombro, en la guitarra; yo le hablaba, se me ponía en la mano, le daba de comer. Yo tenía idea de que el periquito da mal bajío, luego alguien me dijo que dan mala suerte. Cuando tomé el avión, empecé a pensar en el bicho y me dio miedo de verdad”.
—¿Vuelve el Diablo, gracias a Dios?
—Yo tengo una vida intensa en la que un día nunca es igual a otro, cambio constantemente de decorado, y a veces se me hace insoportable y aburrido. Me imagino esa gente aguantando una vida gris, levantándose a diario a la misma hora y yendo a un trabajo que además no les gusta, y claro, inventan fantasías y necesitan creérselas. Si el Demonio es válido ¡pues viva el Demonio! con tal de que esa gente no se muera de asco y se los coman las moscas. Pero bueno, el que sea o no efectivo es otro cantar.
Otro tipo de duende es el que graba en 1972 El duende flamenco de Paco de Lucía. Un año después Fuente y caudal, de gran éxito popular. En 1975 su obra ya tiene el doble mérito de una hermosa apariencia y un significado profundo, actúa en el Teatro Real de Madrid donde toca para “todos los públicos”.
—¿Usted ha acercado el flamenco a los roqueros?
—Sí, asisten muchos jóvenes a mis conciertos. El flamenco es una música de élite y a mis conciertos va mucha gente que a lo mejor no les gusta el flamenco y vienen por otras razones: por la técnica guitarrística, por el ritmo, por curiosidad o yo qué sé por qué. Quizá es que me hice popular dentro del flamenco y eso no era lo corriente, sí entre los aficionados pero no en la masa.
—¿Qué opina de la música de fusión?
—La fusión puede dar resultado aunque yo no creo en ella. En mis trabajos con Larry Coryell, John McLaughlin o Al Dimeola la música no era ni flamenco ni jazz, era una fusión de músicos más que de músicas.
—¿Cuál es su definición de la música?
—Yo no sé definirla porque no soy un músico de escuelas, yo he encontrado y vivo en la música a través de una percepción intuitiva.
Paco de Lucía también se ha apareado con ritmos latinoamericanos y, con los clásicos, dio a luz a Falla y a un personal Concierto de Aranjuez:
—Parte de la expresividad de la música española está centrada en el ritmo y la melodía. Yo toco el Concierto de Aranjuez tal como viene en la partitura pero nunca lo oí tocado a ritmo y ahí es donde quería hacer mi aportación.
—Fruto de esa unión con la sensibilidad ha tenido 19 discos, 19 difíciles partos, siempre dolorosos y siempre nuevos.
—Yo no hago un disco si no hay algo nuevo en él. Pero siempre tengo la misma sensación: que no me gusta y que no lo pondré más en mi tocadiscos.
El perfeccionismo es el defecto de su aparente coraza, y una calidad superlativa el germen de su perdición. Su ansiedad por aprender es constante, solo lo aplacó, en el año 1989, una úlcera de duodeno que aún lo tiene bajo tratamiento. Son gajes del oficio.
—Es la única manera de seguir adelante porque cuando te quedas parado el tren se va sin tí y ahí te quedaste.
En permanente aceleración, de algún modo ha conseguido que su depresión sea su expresión:
—Ya estoy acostumbrado a la depresión desde hace años y sé convivir con ella.
Pensando que este hermoso mundo no merecía su suicidio y que el suicidio es un poco ridículo, siempre elige el único desenlace posible. Tocar la guitarra, sobre todo la flamenca, equivale a transpirar. Su obra es un sudor.
—¿Persigue a la musa y le deja un remite?
—Siempre creí que la musa llegaba cuando ella quería y es mentira, llega trabajando. Cuando estás inspirado parece que las ideas fluyen mejor pero hay que coger la guitarra a diario y garabatear un papel a ver si sale algo. Hago mil, luego los repaso y si sale un trazo que me gusta intento elaborar una falseta o una idea.
—¿El artista es artista mientras trabaja?
—Lo de “profesión: artista” cada día me lo creo menos. No me gustan las etiquetas, el que toque la guitarra no me adjudica un título porque a la hora de trabajar soy un trabajador. Básicamente todos somos iguales hagamos lo que hagamos, solo cambian nuestras circunstancias, puede haber ciclistas que sean artistas y cantaores con alma de deportistas. El arte es inherente al ser humano y puede demostrarlo sin saber cantar, pintar, tocar o escribir y hay muchos que ejercen de artistas y no lo serán jamás. Hay quienes son artistas y además trabajan en una actividad artística y aunque no tengan técnica saben por qué hacen lo que hacen y cómo lo hacen, cantaores de esos que gritan y que de pronto les sale un grito con calidad y sentimiento de genios, o toreros como Rafael de Paula o un Curro Romero, por ejemplo, que sin tener una técnica depurada son muy artistas.
Paco de Lucía también sabe que la necesidad de expresarse en público es una secreción que solo tiene excusa si nos viene de nacimiento y no puede curarse. Pero Paco a veces se siente como un superviviente de sí mismo agarrado a una tabla de seis cuerdas en medio de un océano y cuando dice que siempre está pensando en el último disco «porque al final es lo que va a quedar» da la impresión de que tocar es la mejor forma que conoce de soportarse. Solo hay un camino para seguir adelante: «siendo injusto contigo mismo». Afortunadamente no padece de insomnio pero últimamente duerme menos «y me da rabia porque el sueño lo cura todo».
Dice que jamás ha pretendido ser el primero, ni correr más deprisa que los demás, sino, sencillamente, hacer su camino a pie, sin recurrir al autoestop, aún cuando le salpiquen los coches de lujo.
—El tiempo es un factor en tu contra; te haces mayor, pierdes energías, tu imaginación se gasta y, sobre todo, los estímulos son cada vez menos. Ahora únicamente me mueve mantener el prestigio conseguido. Solo te mantiene la ilusión de encontrar a un muchacho en el sitio más raro del mundo que te dice que escuchando tus discos su vida cambió y aprendió a tocar la guitarra por ti.
Así es el relato del hombre que quería ser invisible o, como escribió Cocteau: «Yo he querido ser otro, y puesto que el poeta, el pintor o el torero tienen el mismo enemigo, el público, me asemejo a aquel Manolete del que he dicho en un poema: “Otro fue, otro en su título de nobleza”».

































