El Marrón Más Caro del Mundo
Homenaje al periodista por Gabriel Pozo Felguera

'El abuelo de Tico'

Comunicación - Gabriel Pozo - Martes, 6 de Julio de 2021
Gabriel Pozo Felguera, uno de sus alumnos más aventajados, firma uno de los homenajes más hermosos dedicados al gran periodista Tico Medina.
Tumba del abuelo de Tico Medina.
G.P.
Tumba del abuelo de Tico Medina.

Debí conocer a Tico Medina hacia 1980-81. Él era periodista encumbrado, de los que había media docena en España y nos servían de modelo ideal a quienes deseábamos ser juntaletras.  Mi primera impresión casi fue de rendirle pleitesía. Yo maletilla veinteañero, él ya casi cincuentón y con muchos capotazos en todos los ruedos.

Era yo becario de dirección en la unidad de producción número 4 de TVE, en Prado del Rey, bajo las órdenes de José Joaquín Gordillo. Fuimos nada menos que nueve personas a hacerle un reportaje al despacho de Don Escolástico. Creo que para el programa 300 Millones o Zarabanda

Era yo becario de dirección en la unidad de producción número 4 de TVE, en Prado del Rey, bajo las órdenes de José Joaquín Gordillo. Fuimos nada menos que nueve personas a hacerle un reportaje al despacho de Don Escolástico. Creo que para el programa 300 Millones o Zarabanda.

No volví a verle hasta el verano de 1982. Él seguía en la cumbre de la fama y yo repetía de becario de periodismo. Esta vez en el periódico Ideal de Granada. Su amigo Melchorito, el director local, tenía por costumbre encargarnos entrevistas de todos los granaínos triunfadores que regresaban a veranear a su tierra. Y me tocó a mí aquel año.

En mi vida he pasado mayor vergüenza por lo que me ocurrió tras la entrevista. Un fallo de principiante que me enseñó para siempre: acudí a grabarle con un magnetófono enorme, que era más radiocasete de la música de mi hermana que otra cosa. Por entonces todavía no habían inventado las minigrabadoras. Salí todo contento, pero el aparetejo no había grabado absolutamente nada. Sólo me faltó llorar.

Conseguí contactar con Tico. El hombre me tranquilizó y me dijo que eso era buen augurio. A todo periodista le había pasado alguna vez. Por su boca conocí el refrán de que “a la mejor puta se le escapa un pedo”.  No había ocasión para repetirla, por lo que me autorizó a que la recompusiera con lo que recordara. Y así lo hice sin revelarle a Melchorito que su puta principiante se había tirado un pedo al entrevistar a su amigo Tico.

A los pocos días, tras publicarse, me envió un tarjetón suyo lleno de alabanzas por la capacidad de síntesis y la calidad de mi trabajo. Por entonces yo aún conservaba muy buena memoria. Aquello me sirvió para no fiarme nunca más de las grabadoras y tomar notas de manera paralela. Todo gracias al patinazo con Tico

A los pocos días, tras publicarse, me envió un tarjetón suyo lleno de alabanzas por la capacidad de síntesis y la calidad de mi trabajo. Por entonces yo aún conservaba muy buena memoria. Aquello me sirvió para no fiarme nunca más de las grabadoras y tomar notas de manera paralela. Todo gracias al patinazo con Tico.

Reconozco que a partir de entonces, muy de tarde en tarde, recurrí a su agenda para que me sacara de algún apuro. O me ayudara a conseguir algún dato de la gente importante de Madrid. Fue para mí un honor que Tico siguiera cogiendo el teléfono a un periodista de pueblo cada vez que le necesité. A la inversa sólo me necesitó un par de veces, ya cuando él estaba prácticamente parapetado en el burladero viendo los toros de paso.

Mucho antes, le llamé para peguntarle algo sobre la cueva de la Carihuela de su pueblo, Píñar. Y mira por dónde, iba a estar allí aquel día de mi visita. Me invitó a comer unas chuletas en una venta que había a la entrada de Píñar. El becario atendía absorto las historias que contaba sobre su pueblo, la sierra… y lo que sufrió su abuela cuando le mataron el marido en la guerra del 36. La recordaba siempre enlutada, callada, rezando o llorando. Sin saber ni siquiera cómo ni dónde había muerto. Tico, el niño chiquitín de la Píñar del hambre, siempre tuvo aquella espina clavada de no saber nada de su abuelo materno y recordar la amargura crónica de su abuela.

Muy próxima a aquella ocasión volvimos a vernos, esta vez en Granada. Me presentó a su amigo Pepe, al que apodaban cariñosamente como Pepe el Tractorista. Era ingeniero agrícola, propietario, rico de su pueblo, y su familia también las había pasado putas durante la guerra civil. Le mataron a algunos de los suyos y otros saltaron Sierra Harana para presentarse en zona nacional al comandante José María Nestares. Así salvaron la vida.

Reconocí perfectamente a Pepe 'el Tractorista' cuando poco tiempo después fue elegido miembro del Consejo Rector de la Caja Rural de Granada. El mismo al que sus propios compañeros traicionaron para echarlo de la Caja pocos años más tarde

Reconocí perfectamente a Pepe el Tractorista cuando poco tiempo después fue elegido miembro del Consejo Rector de la Caja Rural de Granada. El mismo al que sus propios compañeros traicionaron para echarlo de la Caja pocos años más tarde. Porque para entonces ya comenzaba a barajarse su nombre para ser un pez gordo en el PP. De hecho, Pepe el Tractorista comenzó una carrera fulgurante en el PP que le llevó al Senado, a la Delegación del Gobierno en Andalucía y a la Alcaldía de Granada entre 2003 y 2016. Hasta que sus propios compañeros de trinchera lo arrojaron a la jaula de los leones. Y ahí sigue intentando salir entero.

Mi relación con Tico Medina se incrementó cuando Pepe, ya como alcalde de Granada, le nombró Cronista Oficial de la Ciudad. Yo ya había dejado el periodismo activo y me dedicaba más a la gestión de una obra social, investigación y publicaciones históricas. Me llamaba para pedirme algún que otro dato de tipo histórico o etnográfico, sobre todo para colaboraciones suyas en Canal Sur o la COPE. Se me ocurrió retarle si era capaz de retomar  la tradición de Cándido Ortiz de Villajos, y otros, de escribir (y publicar) cada año la crónica de la ciudad. Me dijo claramente que eso no era lo suyo, seguiría con sus recuerdos personales, reflexiones, cuentos de abuelo y otras milongas. Eso de ser cronista de la ciudad era una pollada inútil. Y que había aceptado el cargo a título honorífico sólo por venir de su amigo Pepe, el Tractorista.

La última vez que hablé con Tico fue en septiembre pasado. Estaba preocupado por su salud y medio recluido por el Covid. Pero le di una de las mayores alegrías de su vida: encontré la tumba de su abuelo materno y conseguí reconstruir la historia que él desconocía

La última vez que hablé con Tico fue en septiembre pasado. Estaba preocupado por su salud y medio recluido por el Covid. Pero le di una de las mayores alegrías de su vida: encontré la tumba de su abuelo materno y conseguí reconstruir la historia que él desconocía. El hombre era sargento de la Guardia Civil en julio de 1936; fue abatido en los Dientes de la Vieja (Sierra de Huétor) por la columna Maroto, republicanos que venían de Guadix a tomar El Fargue. Está enterrado en Huétor Santillán junto a otros dos compañeros beneméritos.

Le envié la foto de la sepultura que le puso el Ayuntamiento del pueblo unos cuantos años más tarde. Ni Tico ni su familia sabían nada. Mi noticia le llenó de alegría. Quedamos en que haríamos una excursión a la zona donde mataron a su abuelo y al cementerio de Huétor Santillán a llevarle unas flores. Sería cuando mejorase y aflojara el tema de la pandemia.

Hace pocos meses empecé a echar en falta sus comentarios en la COPE y sus colaboraciones en prensa. Nunca pensé que, tan de improviso, se iba a hacer realidad la última frase que me escribió al recibir la foto de la sepultura de su abuelo: “No sabes la alegría que me has dado. Ya puedo morir en paz”.