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Tame Impala se enfrentan a la insoportable levedad de la fama

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Jueves, 5 de Marzo de 2020
Tame Impala – The Slow Rush

No cabe duda de que Tame Impala son uno de los grupos esenciales de la última década. No solo debido a la incuestionable calidad de su música (Lonerism es uno de los discos de rock más importantes de lo que va de milenio, y el número de himnos que han editado es admirable), sino también porque en su evolución han encabezado, capturado e incluso comentado explícitamente la transición hacia el poptimismo y la demolición de los prejuicios contra el mainstream del público indie. ¿Cómo, si no, interpretar una frase como “I know you don't think it's right/I know that you think it's fake/Maybe fake's what I like”, en “Brand New Person, Same Old Mistakes”? De hecho, he de confesar que mi propia transición hacia un gusto más abierto no estaba aún no del todo madura en ese momento: descarté Currents (2015) como una oportunidad perdida y un festival de sonidos horteras y desagradables hasta que, pasado un tiempo, el bajo de “The Less I Know, The Better derritió cualquier posible resistencia.

Han pasado muchas cosas desde aquel álbum, y en muchos sentidos el mundo del pop es casi irreconocible. Resultan por ello comprensibles las dudas mostradas por Kevin Parker (único miembro del proyecto en el estudio), que podemos calificar sin exagerar demasiado de crisis de identidad. Cuando hace casi un año se anunció oficialmente que el nuevo disco estaba en camino, se esperaba un lanzamiento veraniego, que coincidiera con la temporada de festivales en los que el grupo iba a ser cabeza de cartel. Esta era la idea, en efecto, pero el lanzamiento se retrasó y Parker asumió la responsabilidad de esta demora: seguía trabajando en el álbum con la obsesividad que le caracteriza. En octubre supimos que febrero era la fecha definitiva, y también que el primer single lanzado, “Patience”, finalmente no estaría  en el tracklist, mientras que “Borderline” aparecería en una versión modificada. Dudas, dudas, dudas.

Pero han pasado los meses, ya tenemos aquí el disco y parece que Parker ha optado por incrementar aún más la explicitud, convirtiendo el producto final en un comentario sobre el propio proceso de grabación. Ya desde el título y la portada, el álbum se presenta como una reflexión sobre el paso (y el peso) del tiempo, sobre cómo el contraste entre las expectativas y la realidad afectan a nuestra percepción del mismo, sobre la prisa y la calma. El primer corte, “One More Year”, ya nos comparte muchas de las ansiedades de Parker: “Cause what we did one day on a whim/Has slowly become all we do”. La crisis de la mediana edad se ha adelantado: el australiano tiene que pasar el duelo por todas las vidas que ya no vivirá, ahora que su sueño de ser músico profesional se ha hecho realidad, y este disco será el documento donde se recoja el proceso.

La receta de Parker para superar dicha crisis no es particularmente original: rechazar la nostalgia como una trampa facilona (“Lost In Yesterday”), aceptar que la fama y el reconocimiento son pasajeros, más cuando en la música pop están asociados a la juventud (“It Might Be Time”), confiar en el amor como lo único que puede engañarnos para creer en un “para siempre” (“Instant Destiny”) y, en último término, recordar por qué tomó las decisiones que lo han traído aquí (“I did it for love/I did it for fun/[…]I did it for fame/But never for money”) y encontrar momentos de pausa para “recordar quién es” (“One More Hour”)

La receta de Parker para superar dicha crisis no es particularmente original: rechazar la nostalgia como una trampa facilona (“Lost In Yesterday”), aceptar que la fama y el reconocimiento son pasajeros, más cuando en la música pop están asociados a la juventud (“It Might Be Time”), confiar en el amor como lo único que puede engañarnos para creer en un “para siempre” (“Instant Destiny”) y, en último término, recordar por qué tomó las decisiones que lo han traído aquí (“I did it for love/I did it for fun/[…]I did it for fame/But never for money”) y encontrar momentos de pausa para “recordar quién es” (“One More Hour”). Desde luego, resulta difícil acusarlo de falsedad, como sucediera con Currents: la honestidad es la bandera de este álbum, casi hasta llegar al sonrojo del tópico.

Pero tengo dificultad para conectar con toda esta desarmada franqueza. No puedo evitar sentir que toda la honestidad del mundo sobre sus dudas y preocupaciones no puede salvar la infinita distancia abierta entre Parker y yo (y la mayor parte de su público) por el privilegio. Cuando el problema que se plantea es la falta de un ancla que dé sentido y ate a la tierra en medio de la vorágine de la fama y las giras y las soluciones que sugiere son, alternativamente, seguir en la rueda “solo un año más” o proponer matrimonio a su pareja “para causar algo permanente/solo para saber que podemos” (“Instant Destiny”), me resulta bastante difícil no poner los ojos en blanco. Esta desconexión se agudiza por la forma de cantar de Parker: el falsete es omnipresente en el álbum y no ayuda a dar convicción al ejercicio de desnudez emocional del australiano.

Pero encontramos momentos de reflexión que sí funcionan: la balada “On Track” consigue transmitir la ansiedad que acompaña a cualquier trabajo creativo cuando las fechas de entrega se retrasan y la sensación de fracaso se adueña de tus días, y también la forma de vencer ese agobio poniendo todo en perspectiva (“But strictly speaking, I'm still on track/So tell everyone I'll be alright/Cause strictly speaking, I've got my whole life”). “Posthumous Forgiveness” por su parte trata sobre la relación de Parker con su padre, ya fallecido y con quien apenas tenía contacto: la idealización infantil, las mentiras descubiertas años más tarde, la incapacidad de pedir perdón, y finalmente, en una segunda parte instrumentalmente mucho más dulce, la empatía, el “perdón póstumo” y el dolor permanente de no poder volver a hablar con él. Una de las canciones más ambiciosas de su carrera.

No se puede decir, sin embargo, que esa ambición sea extensible a todas las composiciones: “Breathe Deeper”, “Tomorrow’s Dust” o “Is It True” son temas aburridos y poco trabajados, pese a que la producción sea, como de costumbre, excelente. El sonido sintético de Currents evoluciona aquí hacia una fijación con la música disco que deja auténticas perlas, como la magnífica “It Might Be Time” (se echan de menos más baterías como estas, que recuerdan a Lonerism), pero que demasiado a menudo no se aplica sobre material suficientemente inspirado. Hay de hecho una tendencia al outro excesivamente largo y poco ocurrente, señal inequívoca de que el filtro de lo que merece entrar en el disco y lo que es mejor que no salga del estudio no está bien ajustado. ¿Cómo explicar si no la inclusión de “Glimmer” con sus dos minutos sin dirección o sentido?

Al final, queda la sensación de que el perfeccionismo de Kevin Parker no se ha hecho extensivo al proceso de escritura de las canciones, de que su honestidad queda camuflada por un falsete demasiado etéreo, de que el tiempo, en efecto, pasa y pesa para todos, también para este proyecto. Por primera vez desde su salto a la fama, parece que es el mundo el que le lleva la delantera a Tame Impala, y no al revés. Al menos nos dejan unas cuantas líneas de bajo irresistibles; quién sabe, tal vez en unos años esto sea más memorable que un disco perfecto.

Puntuación: 6.6/10

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

Investigador en formación, trabaja en la Universidad de Granada. Le interesa hacer ciencia social comprometida, por lo que estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Además, milita en colectivos de la ciudad. En sus ratos libres, escribe sobre música pop. (Osuna, 1992).