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Sobre verdad y mentira en sentido moral

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 17 de Septiembre de 2017
Kumi Yamashita, Profile (1994).
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Kumi Yamashita, Profile (1994).

'No es necesario ni deseable que alguien tome partido por mí. Al contrario, una dosis de curiosidad, como la que nos inspira una planta extraña, acompañada de una resistencia irónica, me parecería una posición incomparablemente más inteligente en relación con mi persona'. Friedrich Nietzsche, carta a Carl Fuchs, 29 de julio de 1888.

Verdad, qué gran palabra, y mentira, qué insidioso término. De cara a la galería todos nos enorgullecemos de decir siempre, bueno, casi siempre, la verdad. Y de cara a la galería, todos nos enfurecemos, cual gato al que le pisan el rabo, cuando nos acusan de mentir. Pero todos mentimos, todos engañamos, todos disimulamos, aunque a veces sí que decimos la verdad, que casualmente es cuando no nos suelen creer. Más allá de ese blanco y negro que se pretende al dibujar una frontera clara entre la verdad y la mentira en sentido moral, una buena y otra mala, la realidad nos sitúa en un torbellino de grises en la que todo es más confuso. Lo que no es mala cosa, si aceptamos la fragilidad de la realidad, y la pluralidad de perspectivas y sentidos que conforman el significado de ser humanos, con la dificultad de tener que comunicarnos los unos con los otros para convivir.

La fragilidad y el desdibujamiento de la frontera entre verdad y mentira, no implica que toda verdad, o toda mentira, sean igualmente aceptables. Hay verdades que queman, no a ti, a personas que quieres, y debemos pensar muy bien si con ese deber moral tan ortodoxo que nos pretenden imponer de decir la verdad a cualquier precio, merece la pena, si con ello causas daño

La fragilidad y el desdibujamiento de la frontera entre verdad y mentira, no implica que toda verdad, o toda mentira, sean igualmente aceptables. Hay verdades que queman, no a ti, a personas que quieres, y debemos pensar muy bien si con ese deber moral tan ortodoxo que nos pretenden imponer de decir la verdad a cualquier precio, merece la pena, si con ello causas daño. Hay mentiras, que por mucho que se pretendan justificar, son intolerables. Como las de esos políticos capaces de prometer cualquier cosa con tal de alcanzar el poder, que en realidad es la  única regla moral que respetan, y se aprovechan de la memoria de pez que tenemos a la hora de juzgar los asuntos públicos, olvidando que esos mismos políticos rara vez han cumplido lo que prometen, más bien hacen todo lo contrario.

Deconstruir el contexto en el que utilizamos la verdad y la mentira puede ayudarnos a lo más importante, a dilucidar cuando una mentira o una verdad, pueden ser beneficiosas o perjudiciales, más allá del problema de interpretar su exactitud con los hechos a los que se refiere.

Comencemos por aclarar a qué nos estamos refiriendo al hablar de verdad. La verdad podemos definirla, en sentido actual, como la concordancia entre el decir y el ser, entre lo que afirmamos que ha sucedido y la realidad que pretende describir; por ejemplo, es verdad que estoy escribiendo este articulo mientras escucho a Manolo Tena, y una obra en el piso superior me está produciendo un terrible dolor de cabeza. Esta es una verdad bastante inocua, si mintiera y dijera que me encuentro cómodamente instalado en una terraza con vistas a un mar coloreado de verde esmeralda, que me inspira, a nadie le importaría que fuese o no verdad, sino el contenido de este texto. Pensemos en algo más complejo; tienes una relación con una persona a la que quieres mucho y quieres construir tu vida en su compañía, pero el deseo y la tentación viven en el piso de al lado, y una nebulosa noche resulta que eres infiel. Qué hacer en ese caso, contar arrepentido la verdad de lo sucedido la noche anterior, o sobrellevar la culpa de ese suceso. Está claro que lo ideal es no ponerse en esa situación, pero salvo esos hipócritas que pretenden ser santos, ninguno lo somos. Todo depende del tipo de relación que lleves, pero si decir la verdad implica una crueldad integral porque haces un daño terrible que destruye lo que tanto esfuerzo por ambos habéis logrado, o si solamente dices la verdad para aliviar esa conciencia de pecado que tan insidiosamente nos han colado las religiones absolutistas, la solución no es tan sencilla. Eso no obvia la crueldad de esa gente que hace de la mentira en sus relaciones una forma de vida, supeditando su propio placer y beneficio al uso de la mentira.

 Vayamos más allá, haced un experimento; al levantaros mañana, prometed que diréis la verdad a toda persona con la que os encontréis; pareja, familiares, amigos, jefes, compañeros de trabajo, etc. Al terminar la noche, si no os habéis separado de vuestra pareja, enemistado con medio mundo, o no os han dado una paliza, en verdad, podréis empezar a creer en los milagros.

Deconstruir el contexto en el que utilizamos la verdad y la mentira puede ayudarnos a lo más importante, a dilucidar cuando una mentira o una verdad, pueden ser beneficiosas o perjudiciales, más allá del problema de interpretar su exactitud con los hechos a los que se refiere

Kant, apóstol del dogmatismo en esta cuestión, lo tenía claro; en un texto cuyo título ya es una declaración de intenciones, Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía: “El ser veraz (sincero) en todas las declaraciones es, pues, un sagrado mandamiento de la razón, incondicionalmente exigido y no limitado por conveniencia ninguna”. Imaginemos que vivimos en un régimen totalitario que se sirve del terror para gobernar, estilo nazi, un antiguo conocido que cometió el error de estar en una manifestación contra ese régimen se refugia en nuestra casa, ya que nadie sospecha de nosotros, que no hacemos política. Vienen a buscarlo, si seguimos el precepto de Kant, deberíamos entregarlo, si aparece por allí la dictatorial policía del régimen, sabiendo que lo torturarían y quizá lo matarían. Es un ejemplo extremo, y hay muchas graduaciones de ejemplos similares que no serían tan sangrantes, pero nos ayuda a entender el problema. La conclusión es que ser honrado y veraz es un deber, sí, pero si no contamos con aplicar el contexto concreto de cada caso, podemos terminar convertidos en monstruos de esa verdad entendida en términos absolutos. Al igual que si utilizamos la mentira únicamente para nuestros propios y egoístas fines.

Desgraciadamente, no hay mejor ejemplo para describir ese tipo de mentiras tan dañinas, en contraste con las mentiras que servirían para proteger a ese refugiado que ha buscado protección en nuestra casa, que la de algunos políticos, tan entregados al poder que hacen de la mentira un arte de prestidigitación. Ese tipo de político que busca obtener, aunque sea por mínimo margen, una mayoría a través de la mera seducción, el halago indiscriminado, las promesas tan vacías como el lenguaje que usan para no decir nada pretendiendo decir todo, con el fin de alcanzar su meta, el poder. Lo que haga con él una vez obtenido, tan solo tendrá un núcleo innegociable, mantenerlo a toda costa.  Onfray expresa su desprecio hacia esa manera de entender la política: Mentira dirigida al pueblo, al adversario, pero también mentira sobre uno mismo; se ocultan las propias zonas sombrías, se borran las molestas huellas del trayecto, los fracasos, las blasfemias, las tomas de posición tajantes en función de la verdad del momento. Los proyectos políticos que presentan estos personajes no están en función de sus hechos o de su ideología, ya que básicamente les interesa el poder por el poder, sino en función de lo que un gabinete de comunicación les insta a realizar como el mejor producto vendible en una contienda electoral. La política se convierte así de las más decentes de las actividades humanas en la más inmunda de las vergüenzas para una vida común.

Ese tipo de político que busca obtener, aunque sea por mínimo margen, una mayoría a través de la mera seducción, el halago indiscriminado, las promesas tan vacías como el lenguaje que usan para no decir nada pretendiendo decir todo, con el fin de alcanzar su meta, el poder

Ni la verdad ni la mentira son absolutas, lo que no implica caer en un relativismo que convierta el uso de las mismas en una indignidad, al presentarlas como útiles únicamente para nosotros mismos, para nuestro egoísmo, olvidando esa complejidad y pluralidad inherente a los seres humanos. Como ejemplo, tenemos esos seres despreciables para los que la verdad o mentira son solo instrumentos de su crueldad y de su indiferencia, como aquellos que denigran el dolor de las victimas masacradas por la barbarie totalitarista y ciega de regímenes como el nazi o el franquista, interpelando el relativismo de la historia.

En realidad, la definición formal de verdad como coherencia entre lo que uno piensa, dice o hace, podría encajar con la de sinceridad, pero la verdad es algo más complejo, es aletheia, es desocultamiento; al igual que un foco de luz  ilumina un objeto para permitirnos ver parte del mismo, a su vez otras partes quedan en la sombra, y si moviéramos ese foco de la verdad a otras partes antes oscurecidas, ahora desveladas, otras partes, a su vez, quedarían ahora en las sombras de la verdad. Captar toda la verdad implicaría ver todo el conjunto a la vez, todas las luces encendidas de un  universo que se nos escapa, como ese agua de lluvia tan anhelada, que pretendemos retener entre los huecos de nuestras manos. Asumir el tiempo móvil del perspectivismo en la búsqueda de la verdad parece ser la única opción que nos queda, evitando a aquellos que pretenden abusar del mismo, para negar verdades marcadas a fuego en nuestra historia global o personal. La verdad y la mentira son asuntos muy serios, complejos, como nuestra realidad y nuestro mundo, pensemos un poco en ello en cada ocasión en la que nuestros hechos, nuestros pensamientos, no coincidan con nuestro decir, y siempre pongamos por delante no nuestro egoísmo, sino el interés general, evitemos hacer daño por hacer daño, y evitemos mentir para nuestro único provecho.

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”