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La revuelta de los 'cayetanos' y la libertad de pensamiento

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 24 de Mayo de 2020
TVE
'Librepensamiento: doctrina que reclama para la razón individual independencia absoluta de todo criterio sobrenatural'. Real Academia Española

'La libertad es el derecho de hacer todo lo que las leyes permiten, de modo que si un ciudadano pudiera hacer lo que las leyes prohíben, ya no habría libertad, pues los demás tendrían igualmente esta facultad'. Montesquieu, Del espíritu de las leyes

En el batiburrillo en el que hemos convertido nuestra convivencia pública, más cercano al chascarrillo pretencioso de barra de bar, que al debate sereno y racional que debería producirse en un parlamento, por poner un ejemplo utópico, una de las confusiones que más chirrían es atribuirse el copyright de librepensador por ir contracorriente; da igual que sea contra el gobierno bolivariano que pretende encerrarnos en casa para establecer una dictadura comunista, estalinista, castrista, o similar, no porque haya un virus, que sí que va por libre, matando y enfermando a millones de personas en el mundo, ya sea porque librepensar consiste en denunciar que todo es parte de una conspiración, aparte de la del gobierno, o en connivencia; de los chinos para que el mandarín sustituya al inglés en la actual obsesión por tener un B1 o B2, de las antenas del 5G como causa del coronavirus(las del 3G y las del 4G serían culpables de otras enfermedades, pero no sabemos cuáles), de los ateos que desean que los católicos practicantes no vayan a misa, o de la yihad islámica que pretende reconquistar Al-Ándalus aprovechando que nos van a pillar desprevenidos a todos, aglomerados en terrazas de bar cuando los horarios lo permitan, y también cuando no, que para eso somos librepensadores.

Entre aquellos grupúsculos sociales que recientemente han descubierto la importancia del librepensamiento, se encuentran las clases acomodadas del barrio de Salamanca en Madrid, y sus correligionarios en otras ciudades, como Granada. Contagiados por las recién descubiertas virtudes de la libertad, salen a aglomerarse a las calles, golpeando farolas con palos de golf, entrechocando añejos cubiertos de plata entre sí, o descubriendo el útil uso de cacerolas, convenientemente pulidas por el servicio doméstico

Entre aquellos grupúsculos sociales que recientemente han descubierto la importancia del librepensamiento, se encuentran las clases acomodadas del barrio de Salamanca en Madrid, y sus correligionarios en otras ciudades, como Granada. Contagiados por las recién descubiertas virtudes de la libertad, salen a aglomerarse a las calles, golpeando farolas con palos de golf, entrechocando añejos cubiertos de plata entre sí, o descubriendo el útil uso de cacerolas, convenientemente pulidas por el servicio doméstico, para protestar contra el gobierno, porque el respeto a las leyes que nos protegen del virus, no está por encima de la libertad de hacer lo que a uno le dé la gana, que para eso uno es un librepensador. Especialmente ellos, que por algo siempre han tenido el pedigrí de gente de bien, amantes de la patria, y salvadores de los valores eternos de la bandera, a lo que se une ahora convertirse en adalides de la libertad, frente a aquellos que pretenden impedirles contagiar o ser contagiados. Gobierno, al que acusan de ser criminal por no confinarnos cuando había menos contagio, y a su vez, de   ser criminal por querer confinarnos cuando hay mucho más contagio. A ver si nos aclaramos, un poco.

Es desolador moralmente ver imágenes en Madrid de estas protestas, como podría ser en esas otras ciudades contagiadas por la necedad, donde los que menos tienen que perder, pase lo que pase, los privilegiados, salen envueltos en una bandera que debería ser de todos, y no utilizarse para diseminar el odio, mientras vemos colas ingentes de gente, silenciosas, guardando la distancia para evitar contagios, sin ninguna bandera enarbolada más que la que simbolizan sus rostros asolados por el hambre y la desesperación, esperando una sencilla bolsa de comida. Si una de esas personas del barrio de Salamanca  en Madrid o de las que se manifiestan en Puerta Real en Granada, tuvieran algo de dignidad, una pizca de la que demuestran tener estas personas, recordarían estas imágenes y se volverían a sus casas en silencio y avergonzados. Nadie desea, vivimos en una democracia robusta por mucho que a algunos les cueste reconocerlo, quitarles su derecho a protestar todos los días del año si así lo consideran conveniente, pero poner en peligro el sacrificio que hemos hecho, y el alto precio que muchos han pagado, en salud o trabajo, debería ser suficiente para que al menos respetaran en sus protestas las leyes que nos protegen a todos.

Ningún argumento, por muy fundamentado que se encuentre, por muchas fuentes fiables y verificables que lo apoyen, puede contradecir su profunda convicción de que hay una conspiración de una malvada internacional de izquierda que les quiere arrebatar sus legítimos derechos y libertades de hacer lo que les venga en gana

El principal reducto del nuevo librepensamiento, a pesar del empuje por arrebatarles el trono de los cayetanos aglomerados con cacerolas, en las calles propias de la gente de bien, sigue siendo las redes sociales; Twitter se  ha convertido en el epicentro del odio, seguido de cerca por Facebook o WhatsApp. Nada hay más contradictorio que erigirse en adalid de la libertad de pensamiento cuando contribuyes,consciente o inconscientemente, a proclamar bulos por los cuatro costados, pero ser contradictorio es ejercer la libertad de pensamiento, o eso parece creer esta nueva hornada de librepensadores. La libertad parece haberse vuelto excusa para todo, especialmente para dispersar con alegría cualquier mentira. De repente, estos amantes de la libertad se han vuelto tan perspectivitas como Nietzsche, y retorciendo su visión filosófica, vienen a decir que la verdad es cuestión de creencia, de perspectiva, y ellos tienen todo el derecho a defender la suya, por mucho que la ciencia, la razón o la lógica evidencien su falsedad. Ningún argumento, por muy fundamentado que se encuentre, por muchas fuentes fiables y verificables que lo apoyen, puede contradecir su profunda convicción de que hay una conspiración de una malvada internacional de izquierda que les quiere arrebatar sus legítimos derechos y libertades de hacer lo que les venga en gana. Esperamos que cuando haya una vacuna, y se dictamine lo imperioso de vacunar a toda la población, no vengan a decir que están violando su sacrosanta libertad de contagiar y ser contagiados.

Algunos, cuando las pruebas son evidentes y quedan expuestos al ridículo, rectifican, lo que no garantiza en absoluto que no recaigan nuevamente, cuando encuentren cualquier barbaridad que les sirva para calumniar al adversario. Las tácticas de estos nuevos librepensadores varían, según hayan seguido una escuela u otra, pero en dos cosas coinciden, fácilmente comprobables, si dedicas cinco minutos a analizar los comentarios a cualquier artículo o noticia que no siga la corriente de la paranoia conspirativa; por un lado, el insulto como arma para amedrentar a cualquiera que argumente. Se trata de descalificar y denigrar a la persona, no el argumento, tratando de minar la credibilidad, e intimidar cualquier respuesta a través de la descalificación o amenaza más zafia. Por otro lado, el uso de esos bulos que con tanta facilidad pululan, a veces de una ignorancia pasmosa, en otros casos más elaborados, envueltos en medias verdades o tergiversando los datos. De esta manera, ya no hay que molestarse por la farragosa tarea de buscar argumentos racionales, coherentes, y comprobables empíricamente, que contrapongan una opinión a otra, ya que tienen a su disposición todo un arsenal de bulos tan extendidos como el coronavirus, como inefable argumento de autoridad.

De esta manera, ya no hay que molestarse por la farragosa tarea de buscar argumentos racionales, coherentes, y comprobables empíricamente, que contrapongan una opinión a otra, ya que tienen a su disposición todo un arsenal de bulos tan extendidos como el coronavirus, como inefable argumento de autoridad

En plena Ilustración, en el siglo XVIII, un puñado de intelectuales,gente de letras y de la emergente ciencia, se arrogaron con orgullo ese título, con una sencilla premisa; pensar con libertad es dejar que la razón, la lógica, el conocimiento científico, con el sano acompañamiento de un poco de coherencia ética, guíen primero tu pensamiento, luego tus actos. A todo pensamiento que no pasará ese filtro se le aplicaba el calificativo de sobrenatural, de ser causado por la superstición. La madurez de nuestra especie, o eso esperaban en el Siglo de las luces, vendría por nuestra capacidad de iluminar las sombras de ese oscurantismo que tanto daño nos ha hecho. Si en aquella época no eran muchos lo que con orgullo podían arrogarse el título de librepensador, hoy día, tampoco en rigor podríamos aplicar correctamente ese adjetivo a esa capa de privilegiados, más preocupada por enarbolar banderas con las que golpear al que piense diferente, por no ceder un ápice de sus rentas y riquezas, indiferentes mientras se manifiestan a la miseria que pasea a su lado, como la de una mujer buscando desesperada comida en un cubo de basura, que pensar en todos aquellos que han sufrido y van a sufrir mucho más.

De ahí, lo paradójico, lo estrambótica que se ha vuelto la situación, pues son aquellos que emplean la irracionalidad, la superstición y la ignorancia como bandera, el odio y no la tolerancia, los que se arrogan con orgullo ese título de librepensadores, de adalides de la libertad. Pareciera que ser un cretino se ha convertido en el principal ingrediente del librepensamiento en el siglo XXI.

Al contrario de lo que estos nuevos, y sorprendentes librepensadores del siglo XXI creen, la libertad de pensamiento no consiste en creer lo que a uno le da la gana, y dejar que los prejuicios que tenemos dictaminen nuestra forma de pensar, o nuestros actos, ni tampoco consiste en decir la primera barbaridad que a uno se le ocurra, o mentir, porque esa mentira es la verdad que deseáramos creer.

Carecen de criterio propio, cegados por la adrenalina de un falso patriotismo que no cree en lo que debería ser la verdadera patria; cuidar la salud y el bienestar de todas las personas. No tener criterio propio es tan sencillo como dejar que otros piensen por ti, tenerlo, tan complicado como pensar por uno mismo. Al contrario de lo que estos nuevos, y sorprendentes librepensadores del siglo XXI creen, la libertad de pensamiento no consiste en creer lo que a uno le da la gana, y dejar que los prejuicios que tenemos dictaminen nuestra forma de pensar, o nuestros actos, ni tampoco consiste en decir la primera barbaridad que a uno se le ocurra, o mentir, porque esa mentira es la verdad que deseáramos creer.

Ser una persona libre, pensar en libertad, implica el nada sencillo esfuerzo de liberarse de prejuicios, por causa del color de piel o procedencia, por la cultura en la que nacemos, por las supersticiones, por las religiones, y por otras tantas cosas que nos lastran. La libertad también es un conocimiento que hemos de adquirir, y aprender a emplear, pues el aprendizaje de la libertad, si somos honestos, nos irá cambiando, irá moldeando cualquier dogmatismo aprendido, nos enseñara tolerancia con la libertad ajena, y ante todo nos enseñará a ser personas abiertas, plurales, pues ser libre no es confirmar lo que uno creía en un principio que era la verdad, es contrastarla duramente, dispuestos a cambiar de opinión, a escuchar argumentos, mientras tengan coherencia y se encuentren guiados por la razón, y a aceptarlos, provisionalmente, mientras no encontremos evidencias que los contradigan.  Y desde luego, ser libre, en ningún caso, implica poner en riesgo la libertad ajena, y menos aún su salud. Al igual que uno no puede ir a la velocidad que le dé la gana en la carretera, tampoco en medio de una pandemia pueden saltarse las normas que nos protegen, especialmente a aquellos mucho más vulnerables a la enfermedad, y con mucho más que perder.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”