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'La paradoja del sufrimiento'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 4 de Septiembre de 2022
'El sufrimiento', de Patricia Boneo.
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'El sufrimiento', de Patricia Boneo.
'Es un gran mal no poder sufrir mal alguno; es menester sufrir para sufrir menos'. Anacarsis (filósofo escita, siglos VI-V a. C)

'Vivir con las propias pasiones es también vivir con los propios sufrimientos, que son su contrapeso, su correctivo y su compensación'. Albert Camus, Carnets.

Las sociedades occidentales del bienestar, más allá de crisis endémicas del sistema o de desgarradoras guerras causadas por la estupidez humana, tienden a huir del sufrimiento. Tendemos a barrer el sufrimiento debajo de la alfombra de nuestra opulenta vida. Al igual que atiborramos de opiáceos a la población para evitar el más mínimo malestar físico (causando crisis sanitarias por adicción y por fallecimientos por sobredosis, de paso) tratamos a las personas que sufren como si tuvieran una enfermedad y hubiera que esconderlas. La depresión, que una parte mucho más significativa de la población de lo que creemos sufre, es tratada prioritariamente a través de la química, y a aquellos que la padecen como enfermos convertidos en parias.  Los que alguna vez en su vida se han visto cerca de ese abismo no suelen hablar de ello, pues provoca dos efectos; o bien te tratan con la condescendencia del opulento que no comprende cómo puede existir gente pobre, o bien como enfermos que pudieran contagiar su rara enfermedad a aquellos sanos, incapaces de entender el sufrimiento que es la base de la depresión.

La paradoja, de la que ya nos hablaba Anacarsis hace más de dos mil quinientos años, es que nuestra huida del sufrimiento nos causa más mal que bien, sea escondiéndolo, sea a través del consumo de placeres banales, o de cualquiera de las mil maneras que desde niños nos enseñan para no mostrarlo

La paradoja, de la que ya nos hablaba Anacarsis hace más de dos mil quinientos años, es que nuestra huida del sufrimiento nos causa más mal que bien, sea escondiéndolo, sea a través del consumo de placeres banales, o de cualquiera de las mil maneras que desde niños nos enseñan para no mostrarlo. No lo evita, sino que profundiza las heridas de ese mal y las enquista. Solo aceptar que es parte de nosotros, y su inevitabilidad, nos permitirá sobrevivir. No indemnes, pues eso es imposible, pero sí más completos, al no desechar una parte esencial de lo que construye nuestro yo. Aquél que busca el sufrimiento por melancolía, aburrimiento o por llamar la atención, no deja de ser un imbécil con mucho tiempo libre, pero aquellos que inesperadamente se encuentran atrapados por la angustia, vital o existencial, que te deja sin respiración, o bien encuentran en el proceso la humildad que les permite aceptar su situación, o se ven devorados por un mal que los carcome.

Y si dejan que el mal carcoma su corazón, al creer que la insensibilidad les hará sufrir menos, los transformará en alguien irreconocible, pues el sufrimiento propio que se enquista atropella la empatía hacia el sufrimiento ajen

Y si dejan que el mal carcoma su corazón, al creer que la insensibilidad les hará sufrir menos, los transformará en alguien irreconocible, pues el sufrimiento propio que se enquista atropella la empatía hacia el sufrimiento ajeno. Hay un principio básico de la ética del derecho democrático que es incomprendido en nuestras sociedades, y es la garantía procesal que permite que alguna vez algún culpable se libre del castigo, pero es que como decía Blackstone, escritor inglés del siglo XVIII, preferible es que diez culpables escapen a que un inocente sufra. Nuestra huida del sufrimiento propio tiende, al calcinar nuestra empatía por los demás, a causar que los inocentes que nos rodean sufran.

Solo aquél tan egoísta como para únicamente ver las penalidades propias, podría creer que con unas meras frases de ánimo algo podría cambiar

El valor de aceptar el sufrimiento propio, la angustia, la depresión, no es algo tan sencillo como la empatía vacía de la sociedad de las banalidades nos hace creer. Solo aquél tan egoísta como para únicamente ver las penalidades propias, podría creer que con unas meras frases de ánimo algo podría cambiar. El apoyo a las personas que sufren, de aquellas que los aman, debe ser más parecido a la sombra silenciosa que un árbol nos ofrece en el más caluroso día del verano. Una presencia sólida, sin ruido, que permita que aquél que padece se apoye según su ritmo, su deseo, cuándo y cómo lo necesite, y no a través de una molestia presencia que causa más agobio que alivio.

Tememos tanto sufrir por la pérdida de un ser amado, de nuestra salud, de nuestro bienestar, o si nos ponemos banales por la derrota de nuestro equipo de futbol favorito, que el sufrimiento es mayor en la espera, que la realidad cuando se presenta

El temor al sufrimiento, por la vergüenza que nos da padecerlo y que se nos note, es peor que el sufrimiento en sí. Epicuro aliviaba los temores a la muerte con una sencilla proclama; cuando ella llega tú ya no estás y cuando tu éstas ella no. Con el sufrimiento en general nos suele suceder lo mismo. Tememos tanto sufrir por la pérdida de un ser amado, de nuestra salud, de nuestro bienestar, o si nos ponemos banales por la derrota de nuestro equipo de futbol favorito, que el sufrimiento es mayor en la espera, que la realidad cuando se presenta. Otra de las paradojas del sufrimiento es la diferente vara de medir que utilizamos cuando somos causantes del sufrimiento ajeno o cuando otros nos lo causan. Tendemos a minimizar el que causamos y a su vez engrandecemos el que nos causan. Una pérdida de perspectiva patética, aunque natural en el egocentrismo humano.

La huella de aquellos lugares donde hemos amado permanece profundamente en nosotros, al igual que aquellos donde hemos sufrido

La huella de aquellos lugares donde hemos amado permanece profundamente en nosotros, al igual que aquellos donde hemos sufrido. Ambas formas de padecer dejan una huella profunda en nuestros recuerdos. Con el tiempo recordamos haber amado menos, o haber sufrido menos, de lo que en verdad sucedió, pero esa es una de las pocas ventajas de ser criaturas al albur del tiempo. Todo lo desgasta, todo lo corroe, lo bueno, pero también lo malo. Al final del camino esas huellas del sufrimiento son como las arrugas que adornan nuestro rostro, más dignas de caricias que de pesar: ¿Cómo lamentarnos por aquello que nos ha hecho sentir vivos entre tanto erial vital por el que caminamos? No nos conocemos hasta que hemos amado y perdido lo amado, y no aprendemos el valor de algo hasta que sufrimos su perdida. Es una experiencia tan inevitable como necesaria. Si miras al abismo éste te devuelve la mirada, suspiraba Nietzsche, si huyes del sufrimiento, este terminará siempre por alcanzarte.

El filósofo Lou Marinoff delimita en cinco las reacciones tipo a la hora de abordar el sufrimiento: guardarlo para uno mismo, huir de él, transferirlo a otra persona, terminarlo en uno mismo, y por último, transformarlo en algo útil. La primera opción es una de las peores; nos han enseñado que lo mejor es padecer en silencio, ¿por qué molestar a los demás con el sufrimiento propio? sea por orgullo o vergüenza es un error común.  No debería ser así. Guardarlo para uno mismo es tonto. No te hace más fuerte, te hace más débil. Te empequeñece, no te engrandece. Si todo te lo guardas rara vez encontrarás la solución. Compartirlo con quien merece tu confianza, indagar en las causas y tratarlas, en una opción infinitamente más recomendable. Decía Voltaire que todos sufrimos, pero el hablar nos alivia.

Huir del dolor, causado por nosotros mismos, el ajeno es otra cosa, es casi tan estúpido como tratar de sufrirlo en soledad

Huir del dolor, causado por nosotros mismos, el ajeno es otra cosa, es casi tan estúpido como tratar de sufrirlo en soledad. Huimos del dolor a través de fármacos, estupefacientes o alcohol, pero como dice la sabiduría popular, las penas no se ahogan, aprenden a nadar. No podemos huir de nuestra sombra, y no podemos huir del sufrimiento que nos acompaña. Otra estrategia común suele ser tratar de transferir el sufrimiento a alguien ajeno. Ya que nosotros padecemos, por qué no tratar de hacer sufrir a los demás. Como si eso fuera a acabar con nuestro sufrimiento. Es una espiral bastante más común de lo que parece y causante de muchos de los males que sufrimos. Destruimos vidas ajenas al ser incapaces de lidiar con aquello que nos hace sufrir tanto. Pensamos que devolver mal por mal, discriminada o indiscriminadamente, mejorará algo, nos dará alivio. Nunca sucede.

Más positivo es aprender de las enseñanzas de estoicos, cínicos o epicúreos, que entre tantos otros nos han mostrado que el sufrimiento interior, el manejo de nuestras emociones y pasiones que lo han causado, está en nuestra mano, y por tanto en ellas se encuentra encontrar la mejor manera de superarlo. Se necesita reflexión, paciencia y la práctica de la virtud de conocerse a uno mismo, y aceptarse, como vía para conocer a los demás y aceptarlos. No es sencillo, pero la recompensa de leer las enseñanzas de estos filósofos es infinitamente mayor que seguir las tonterías de cuatro niñatos que se llaman a sí mismo influencers, o algo parecido.

Transformar el sufrimiento propio en algo útil, en una enseñanza para aliviar el sufrimiento de los demás, o como poco aprender a reconocerlo y respetarlo, es la opción más recomendable

Transformar el sufrimiento propio en algo útil, en una enseñanza para aliviar el sufrimiento de los demás, o como poco aprender a reconocerlo y respetarlo, es la opción más recomendable. Sin duda la más complicada, pero el placer de ver una sonrisa que enjuague un torrente de lágrimas causadas por el sufrimiento es una de las virtudes más hermosas que podemos practicar. Las religiones elogian el sufrimiento como el camino al paraíso, aunque en la mayor parte de las ocasiones lo único que hacen es servir al status quo y tratar de acallar la voz de los humillados y los que sufren. Grave error aceptar esa máxima del Talmud de que si Dios te ama te hará sufrir. Ni Dios, ni dioses, ni seres que te amen de verdad tienen ninguna excusa para hacerte sufrir. Si esos dioses o esas personas te aman de verdad te ofrecerán soporte ante la adversidad, ni más ni menos.

Albert Camus en sus diarios nos ofrece una epicúrea reflexión sobre el sufrimiento: El consuelo de este mundo es que no hay sufrimientos permanentes. Desaparece un dolor y renace una alegría. Todos se equilibran. Este mundo está compensado. No tratemos de evadir los sufrimientos inevitables, al igual que hemos de eludir los evitables. Y recibamos con anhelo las alegrías que nos esperan en el camino y dulcifican los momentos agrios de nuestra vida.

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”