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'Al otro lado del muro'

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 3 de Diciembre de 2021
RTVE.es

Entrar en prisión como voluntario de la ONG Solidarios Para el Desarrollo es un verdadero privilegio porque me permite conocer otras realidades y añadir matices a mi paleta de colores de la vida. Hace unos días tuve la oportunidad de intercambiar opiniones con una veintena de reclusos sobre sus reivindicaciones como internos de la prisión. No pedían piscina cubierta, ni campos de tenis, ni siquiera un gimnasio en condiciones como mucha gente desconocedora de la vida carcelaria creería porque asumen donde se encuentran y sus limitaciones, pero sí se lamentaban por cuestiones como añadir libros en otros idiomas a la biblioteca para cubrir las necesidades de los extranjeros, permitirles contar con una calefacción en la celda para aguantar el gélido invierno granadino, agilizar trámites después de haberse aceptado sus instancias o añadir actividades a sus interminables y aburridas jornadas.

Poco hay que hacer ahí dentro y la mayoría de los reclusos intentan buscar la forma de completar su día para no tener que pensar demasiado. Algunos acumulan condenas muy largas y otros se van en pocos meses; hay presos profesionales, de esos que salen con la convicción de que no tardarán en volver y, en cambio, algunos permanecen cohibidos durante toda su estancia porque jamás imaginaron encontrarse en tal situación

Es cierto. Poco hay que hacer ahí dentro y la mayoría de los reclusos intentan buscar la forma de completar su día para no tener que pensar demasiado. Algunos acumulan condenas muy largas y otros se van en pocos meses; hay presos profesionales, de esos que salen con la convicción de que no tardarán en volver y, en cambio, algunos permanecen cohibidos durante toda su estancia porque jamás imaginaron encontrarse en tal situación. Hay gente que ha matado, que ha violado, que ha abusado sexual o físicamente, que ha robado, que ha estafado, que ha engañado… e incluso hay algunos que son inocentes y están cumpliendo la condena de los verdaderos culpables, o personas que creyeron que su delito no era susceptible de llevarle a  prisión, por desconocimiento, por ignorancia o por incultura y tuvieron que acostumbrarse a ver las concertinas sobre los muros.

Realmente, pensándolo con detenimiento, los problemas a los que se enfrentan esos reclusos tras los barrotes son los mismos que nos topamos los demás en el exterior: burocracia excesiva para cualquier trámite, desprotección de la parte más vulnerable de la sociedad, poca empatía a veces de quienes toman las decisiones… Eso sí, hay que añadirle el plus de estar encerrado en un espacio limitado, con personas desconocidas y lejos de los seres queridos, que multiplica exponencialmente las emociones de culpabilidad, amargura, impotencia, soledad y enfado.

Podría pensarse que los delincuentes menos peligrosos o menos graves están en los módulos de respeto o semirespeto, pero no es así, a veces incluso es al revés

En el centro penitenciario de Albolote, donde hay mil plazas, la población se acerca a los mil quinientos distribuidos en los módulos de respeto o semirespeto, donde deben cumplir las normas a rajatabla y el resto, en los que no hay un orden tan estricto. Podría pensarse que los delincuentes menos peligrosos o menos graves están en los módulos de respeto o semirespeto, pero no es así, a veces incluso es al revés.

Recuerdo especialmente el caso de un interno al que conocí fuera y dentro. Con dieciocho años utilizó una tarjeta de crédito que alguien interesadamente le dejó y le animó a comprar con ella. Gastó setenta euros y resultó ser falsa. Le pillaron, por supuesto. Después nunca volvió a tener contacto con ese hombre y se ganó el respeto de su jefe en el bar donde trabajaba, pero cuando ya tenía veinticinco años la Justicia le reclamó por considerarle el jefe de una banda de estafadores y acabaron echándole siete años. Entró en prisión esquelético, fumando como un carretero y hecho un flan porque jamás había tenido contacto con ningún interno. Unos años después había engordado más de diez kilos y todavía estaba delgado, había dejado de fumar y se dedicaba a hacer ejercicio y prepararse para salir. Tardó cinco años en conseguirlo. También conocí a alguien que acabó con la vida de sus dos hijos y cuando había finalizado su condena e iba a salir seguía tan triste y culpable como al entrar.

Por supuesto que hay educadores, psicólogos y otros profesionales, pero el volumen de ocupación es tan alto que apenas tienen contacto con ellos. Sin un seguimiento concienzudo es imposible ayudarles a la reinserción

La prisión puede destruirte o impulsarte hacia el exterior, pero mi experiencia me dice que no depende tanto de lo que dentro de ella se ofrece como de la actitud individual de cada interno. Por supuesto que hay educadores, psicólogos y otros profesionales, pero el volumen de ocupación es tan alto que apenas tienen contacto con ellos. Sin un seguimiento concienzudo es imposible ayudarles a la reinserción. Por desgracia, escuchamos a los políticos hablar de esa palabra como si fuera el verdadero fin que se persigue dentro de una cárcel, pero es tan cierto como que se han puesto todos los medios sanitarios para acabar con esta pandemia dichosa.

La reinserción requiere de motivación, de trabajo, de herramientas para los profesionales y, sobre todo, de financiación. Es comprensible que, ante la cantidad de reclusos en las prisiones de todo el país, sea muy difícil destinar a ellos lo necesario para que acaben reintegrándose en la sociedad a la que dañaron, pero reducir los delitos es un objetivo demasiado goloso como para obviarlo

La reinserción requiere de motivación, de trabajo, de herramientas para los profesionales y, sobre todo, de financiación. Es comprensible que, ante la cantidad de reclusos en las prisiones de todo el país, sea muy difícil destinar a ellos lo necesario para que acaben reintegrándose en la sociedad a la que dañaron, pero reducir los delitos es un objetivo demasiado goloso como para obviarlo. Tal vez, solo tal vez, sea porque en realidad no hay una verdadera intención de reinserción sino más bien un deseo de aparentarlo para quedar bien ante la sociedad, con lo cual se abre una grieta que ofrecer una apertura al revanchismo. De hecho, no es inusual escuchar a tertulianos de televisión, a articulistas e incluso a políticos hablar de la importancia de que los presos paguen las penas completas, sin reducciones, para aliviar el dolor de las víctimas, algo que va frontalmente en contra de la reinserción.

He conocido presos que no deberían haber entrado, otros que cuesta imaginarlos fuera y algunos más que da miedo hacerlo y mi conclusión es que no existen los asesinos sino personas que asesinan, ni los violadores, sino aquellos que violan, ni los ladrones, sino gente que roba… y entiendo las reticencias de las víctimas de algún delito o de sus familiares a admitir la rehabilitación de aquellos que tanto daño les causaron, pero especialmente por ellos y por evitar que otros lo vuelvan a sufrir deberíamos de dar una oportunidad real a la reinserción, con medios, con herramientas, con profesionales y con dinero suficiente para que sea una realidad. Llevamos decenas de años padeciendo las consecuencias de una política penitenciaria que no incide en ello, tiempo suficiente como para dotar a las prisiones de todo lo necesario para acometerlo y así poder comparar ambos resultados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).