Tu ropa tiene aún mucha vida

Una música para cada ocasión

Blog - El camino equivocado - Guillermo Ortega - Jueves, 30 de Junio de 2016
Curtis Mayfield.
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Curtis Mayfield.

Situémonos: cafetería del Hotel Kenia, en Pradollano, Sierra Nevada, Granada, Andalucía, España, (lo que queda de) la Europa comunitaria, etcétera. Tomando un cafelito después de comer, sentado en uno de sus muy confortables sillones. Es verano y fuera hace calor, aunque desde luego mucho menos que el que se padece 30 kilómetros más abajo. Estar a más de dos mil metros de altura es lo que tiene.

La primera reflexión está clara: se está a gusto, pero se estaría mucho más en otro contexto. Situémonos de nuevo: el mismo lugar, pero en invierno, con diez bajo cero en el exterior, pero tú bastante más calentito en el mismo sillón, a eso de las seis de la tarde, bebiendo no un café sino una copa de coñac. Del bueno, si es viable. Viendo, desde esa privilegiada atalaya, cómo van entrando al hotel los que han pasado la jornada esquiando. Exhaustos, casi todos; doloridos y hasta lesionados, unos cuantos. A ti eso de la nieve te importa una higa, has preferido un opíparo almuerzo y ese copazo que, te dices una y otra vez hasta que te convences, te has merecido porque tú eres tú y te lo mereces todo.

Ahora bien: ¿qué música pega ahí? ¿Puede sonar de fondo cualquier cosa? En absoluto, ni hablar, claro que no, faltaría más. De hecho, una música inapropiada, digamos un Kenny G de la vida, estropearía la situación con total seguridad. Bueno, es que Kenny G tiene la dudosa cualidad de echarlo todo a perder en cuanto suena por un altavoz, pero esa es otra historia. A lo que voy es a que ahí procede una música íntima, cálida, envolvente, placentera, sedosa, elegante, con clase. Se me ocurren The man and his music, de Sam Cooke; What´s goin’ on, de Marvin Gaye; o New world order, de Curtis Mayfield. Oh, qué felicidad, chiquillo.

Porque hay una música para cada momento, eso de poner canciones a tontas y a locas es impropio de las almas sensibles. No es que sea partidario de la pena de muerte para quienes por sistema escogen mal, porque con la edad me estoy volviendo de un tolerante y un respetuoso que ya ni me reconozco, pero una deportación a una isla inhóspita y con mal clima no les vendría mal.

No sé a ustedes pero a mí me pasa. Estoy en un sitio y mi cabeza piensa automáticamente en lo que le conviene. Por ejemplo, bajo un cañizo en una playa de arena fina y mar turquesa, con calor no sofocante y buenos líquidos para avituallarse, a mí me pide el cuerpo reggae clásico, en plan The Heptones, The Melodians o Junior Murvin. Pero que la cosa no se desmande y degenere en dancehall, ragga y otras vertientes más modernas del género, que tienden a ponerme de los nervios.

Ya apenas ocurre, pero antes, cuando era estudiante y eso, salía mucho por las noches. Y me resultaba imprescindible calentar el ambiente cenando algo contundente en casa (ya se sabe, hay que crear una película protectora en el estómago para tolerar luego mejor el alcohol) y tomándome a renglón seguido una copilla para hacerme el cuerpo y ganar la calle con el ánimo necesario. Mientras tanto debía sonar música enérgica, con guitarras contundentes y melodías nítidas. No me valía el ska punkarra de Kortatu, que desde luego se agradecería a mi regreso, ni el garaje o la distorsión, que ya encontraría en los bares. Era más partidario del power pop de The Records, The Plimsouls o, en una onda más puretona, The Smithereens.

¿Y qué ocurre en las fiestas, qué debe sonar ahí? Pues depende de quiénes sean los invitados, hay fiestas y fiestas. Hace un par de años me lo pasé pipa en una boda en Ámsterdam donde triunfaron Blur, Pulp y David Bowie, pero también he gozado en saraos donde se optó por una línea más disco (Tina Charles, Anita Baker, Boney M) o hasta por el petardeo de Scissor Sisters o Abba. En todo caso, conviene que predomine el ritmo acelerado, que no haya más baladas de las necesarias, que se olviden todos del I will survive de Gloria Gaynor, porque ya está muy visto, y que se prescinda por completo de las sevillanas. Rocieras, corraleras o del tipo que sean. No.

Sin embargo, en según qué bodas pueden molar las rumbitas. Con mesura y moderación, naturalmente, tienen la capacidad de generar buen rollo. Me refiero a Peret, Rumba Tres, Los Chichos o Los Chunguitos, en ningún momento a Siempre Así. Ese popurrí suyo en el que hablan de que un novio postinero ha enamorado a no sé quién y que luego enlaza con el Me va me va, me saca indefectiblemente de la pista de baile. Una amiga va más allá y confiesa que en esos casos siente la tentación de recuperar el sobre con el dinero que regaló a los contrayentes. Muy juiciosa.

Ahora bien: ¿a qué recurrir en momentos de depresión, soledad o abandono? Confieso desde aquí, y esto es algo que muy poca gente sabe, que la única vez que pasó por mi cabeza (muy fugazmente) la idea de suicidarme, debía tener 20 años o así y me sacó del berenjenal un tema de Prefab Sprout, grupo al que ni entonces ni ahora he prestado demasiada atención. Supongo que sonaba por casualidad y hacerle caso me mereció la pena más que seguir pensando idioteces.

Pero a lo que iba es a esto: ¿las situaciones tristes deben acompañarse de canciones que también lo son, o por el contrario es mejor que suene de fondo algo que contribuya a animarte?

Citando a los clásicos, copio textualmente lo que escribió Guillermo Ortega en un añejo artículo de prensa en el que anunciaba un concierto de Tindersticks en Málaga: “Está atardeciendo y el cielo se ha puesto gris. Tu chico/a se va calle abajo después de haberte dicho que lo vuestro se ha acabado. Por la mañana, tu jefe te ha dicho que de lo del aumento, nada. Llegas a casa y oyes discutir a tus padres. Afuera ha empezado a lloviznar. No te pide el cuerpo escuchar a los Ramones, ¿verdad que no?”

¿No te pide el cuerpo escuchar a los Ramones? ¿Y por qué no, vamos a ver? Esos sujetos malencarados te pueden sacar del apuro, no lo dudes. Igual sacar la cabeza del hoyo te trae más cuenta que revolcarte en tu desazón. Eso es como al jovenzuelo al que le acaba de dejar su chica por otro. Escuchar una y otra vez Is she really going out with him? de Joe Jackson no es, desde luego, la mejor terapia. Tampoco aconsejo, ya que estamos didácticos, I still have that other girl in my head, de Elvis Costello y Burt Bacharach. ¿Qué tal si pruebas, querido, con Sentirse bien, de Los Mestizos? ¿O con Enjoy yourself en versión de The Specials?

La lista es interminable. Para las deprimentes (y a menudo resacosas)  tardes dominicales del ayer, venían bien las baladas de aire lejanamente country de Chris Isaak, como Blue spanish sky, o algún tema igualmente lento pero que te hiciera ver que la existencia, a pesar de todo, tenía algún aliciente, como Angie de los Rolling Stones, El lunes por la mañana, siempre temible, se puede amenizar con algo vigoroso de James Brown o con The The y su estimulante píldora Perfect. Y si el sueño es casi imposible de vencer, siempre se puede recurrir a voces huracanadas, como la de Aretha Franklin, para que te sacudan la modorra.

Y así sucesivamente, no es cuestión de facilitar desde aquí una lista cerrada, sino únicamente de deslizar algunas sugerencias. Cada uno que se aplique el cuento según su criterio, pero que no olvide (cuidado, viene el momento cursi) que la música es la banda sonora de nuestra vida. Así que (ahora viene el zafio) no la cague usted, por favor.

PD: Sé que nadie me ha echado de menos, pero por si acaso aprovecho para excusar mi presencia en este blog durante las últimas semanas. Mi trabajo (porque yo me gano la vida, ¿saben?) requería toda mi concentración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Guillermo Ortega

Guillermo Ortega Lupiáñez (Algeciras, 1966) es licenciado en Periodismo. Empezó a trabajar en 1990 en el desaparecido Diario 16 y después pasó a Europa Sur y Granada Hoy. También lo hizo durante un breve periodo en la Ser y colaboró en El Mundo, Ideal y ABC. Durante algo más de un año fue columnista en Granadaimedia. Ha sido encargado de prensa en los grupos municipales de UPyD y Ciudadanos en Granada y ahora trabaja en prensa del PP. Ha publicado cuatro libros: Cuentos de Rock (2008), Los Cadáveres Exquisitos (2012), Horas Contadas (2014) y La vida sí que es una pelea (2016).