Fleet Foxes nos transmiten su amor por la música en su disco más rockero

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 7 de Octubre de 2020
Fleet Foxes – 'Shore'
Portada de 'Shore', de  Fleet Foxes.
IndeGranada
Portada de 'Shore', de Fleet Foxes.

Que Fleet Foxes saquen disco siempre es buena noticia, entre otras cosas por lo poco habitual. El grupo de indie folk de Seattle solo tenía tres álbumes de estudio hasta ahora, y entre el magistral Helplessness Blues (2011) y el monumental Crack-Up (2017) transcurrieron nada menos que seis años. Ya cuando lanzaron este último, uno de mis favoritos de aquel año, fueron bien documentadas las dificultades que había tenido el líder de la formación, Robin Pecknold, para enfrentarse al éxito, las expectativas propias y ajenas y sus contradicciones y obsesiones. Su perfeccionismo en lo musical era extensivo al ámbito personal, lo que condujo a rupturas amorosas y a un profundo distanciamiento del resto de integrantes del grupo (especialmente su amigo desde la infancia, Skyler Skjelset). Emprendió entonces un viaje de búsqueda personal, espiritual e intelectual (en un momento se matriculó en la universidad de Columbia) que culminó en un disco denso, complejo y catártico sobre abrirse al mundo y evitar el solipsismo al que el perfeccionismo antes mencionado le empujaba. Pero precisamente es esa meticulosidad la que le ha permitido crear obras tan ambiciosas en lo musical y en lo conceptual con resultados brillantes. Así que hemos tenido que aceptar que Fleet Foxes no es un grupo prolífico, que pueden desaparecer unos años, pero esperamos a cambio ese gusto impoluto y esas armonías perfectas que les caracterizan.

Así pues, el anuncio con un solo día de antelación de que llegaba este nuevo álbum, Shore, fue triplemente satisfactorio: primero por tener nueva música, segundo por tenerla “tan pronto” para sus estándares, y tercero porque junto a él llegaba el anuncio de ¡más música del grupo en 2021! Todo parece indicar que, a raíz del confinamiento, algo ha cambiado en la forma de hacer música de Pecknold, quien ha dicho expresamente que no quería dejar que pasara tanto tiempo entre un disco y otro. Porque hay que decir que aunque lleve el nombre del grupo, este es básicamente un proyecto de su líder, si bien no exactamente en solitario. Se trata de un disco profundamente colaborativo, en el que por primera vez aparecen voces solistas distintas a la de Pecknold (¡nada menos que en la primera canción, la preciosa “Wading in Waist High Water”, entonada por Uwade Akhere!), y en el que según él mismo cuenta ha querido dejar de mirar hacia adentro para mirar más al mundo exterior, a los otros. En concordancia con ese espíritu, el grupo al completo ya está trabajando en otras nueve canciones para agregarlas a este cancionero el año que viene.

'Shore' es el disco más optimista de Fleet Foxes con diferencia. No podría haber sido más adecuado lanzarlo en el equinoccio de otoño: escuchar este álbum es el equivalente musical de sentarse a absorber el calor ligero y suave del veranillo de San Miguel desde un acantilado tras una larga caminata

¿Qué hay entonces de este Shore? La idea era que fuera el reverso de Crack-Up; para evitar repetirse, Pecknold quería conseguir un tono completamente diferente: más cálido y luminoso, “una celebración de la vida ante la evidencia de la muerte”. Bueno, misión cumplida. Shore es el disco más optimista de Fleet Foxes con diferencia. No podría haber sido más adecuado lanzarlo en el equinoccio de otoño: escuchar este álbum es el equivalente musical de sentarse a absorber el calor ligero y suave del veranillo de San Miguel desde un acantilado tras una larga caminata. De hecho, esta escena se describe de forma casi literal en la preciosa “For a Week or Two”, mientras un sencillo piano se entrelaza con unas armonías vocales deliciosas. En momentos como este, Shore se asemeja más a Fleet Foxes (2008), su rústico y bucólico debut, que al último LP, tan complejo y tempestuoso.

Pero la diferencia precisamente es que desde aquel debut han pasado doce años y dos discos en los que ha explorado su propia psique incansablemente. Así, estas escenas campestres no son ya bucólicas e idealizadas, no son alegorías: son recuerdos reales, instantes de comunión con la naturaleza que son un premio tras toda esa indagación psicológica. Es en este sentido que Shore es complementario a Crack-Up: es el descanso después de una dura escalada. Pero sería errado pensar que todo el LP suena tan tranquilo como “For a Week or Two” o la también sobresaliente “Featherweight”. De hecho, este es también el LP más rockero de la banda de Seattle. Canciones como “Can I Believe You?”, que se construye sobre un sencillo riff de guitarra y tiene un clímax instrumental antes del estribillo digno de The Band, o “Jara”, un homenaje al cantautor chileno Víctor Jara en el que la batería y el bajo están en primer plano, muestran una cara casi desconocida en el grupo. En la misma línea, “Maestranza” resulta casi hasta bailable, mientras que “Young Man's Game” es divertida y ligera, una irónica autocrítica a la seriedad mortal de sus anteriores trabajos (“I've been solving for the meaning of life/No one tried before and likely I'm right”).

Lo que sí que está ausente es la complejidad compositiva y la angustia existencial de algo como “Third of May/Ōdaigahara” o “I Am All That I Need/Arroyo Seco/Thumbprint Scar”. Salvo quizás la inquietante “Quiet Air/Gioia”, que capta en su tensión instrumental la amenaza invisible del cambio climático, no hay grandes transiciones, giros de guion o yuxtaposiciones sorprendentes y catárticas. Y este es quizás el único defecto de Shore. No contiene canciones malas, pero tampoco hay casi ninguna que alcance el nivel de las mejores composiciones de su discografía. Los momentos más brillantes son sin duda los que se centran en celebrar el poder de la música, como “Thymia”, que explora lo que supone para él contar con esta vía de expresión de sus sentimientos de forma tranquila, reflexiva y esperanzada, casi como si fuera una oración. En “Sunblind”, Pecknold promete honrar el legado de decenas de artistas ya fallecidos a los que admira (Elliott Smith, Judee Sill, Arthur Russell, Bill Withers, John Prine, David Berman...) “retomando todas las pistas que dejaron” y creando música tan inspiradora como la suya.

Los momentos más brillantes son sin duda los que se centran en celebrar el poder de la música, como “Thymia”, que explora lo que supone para él contar con esta vía de expresión de sus sentimientos de forma tranquila, reflexiva y esperanzada, casi como si fuera una oración

“Cradling Mother, Cradling Woman” cumple esa promesa inicial, con unos arreglos orquestales que la acercan al sonido de la era de Helplessness Blues. De hecho, hay una similitud en el tono con la última canción de aquel álbum, “Grown Ocean”. Me da la sensación de que este disco es el cumplimiento del sueño que narraba Pecknold en esa canción, o más bien una transformación del mismo: la paz y tranquilidad que lleva persiguiendo tanto tiempo no pueden ser una meta, como las imaginaba entonces; de lo que se trata es de vivir el camino con gozo y sin ansiedades, y la música se convierte aquí en una herramienta para ello, en lugar de ser un rompecabezas a resolver para llegar a otra parte. No en vano, la canción empieza con un sample de los Beach Boys creando las legendarias armonías vocales de Pet Sounds, el mayor monumento al poder de la música jamás creado. Creo que por eso, después de esta gran explosión, el disco se cierra con un epílogo, “Shore”, que no lo deja todo bien atado, sino que se abre al futuro, a sus inevitables turbulencias (anunciadas por esas disonancias sobre la voz robotizada de Pecknold), pero desde la paz momentánea de quien ha alcanzado un nuevo punto de vista, una nueva cima.

Ciertamente Shore es una nueva cima, la cuarta de una discografía impecable, aunque tal vez la menos alta de ellas. Me alegro sin duda de que Robin Pecknold se encuentre mejor a nivel personal y de que se sienta más libre de lanzar música sin pasar por el obsesivo proceso de revisión que le ha paralizado con anterioridad. Pero es verdad que, inevitablemente, este parece ser el disco de Fleet Foxes en el que menos hay en juego. Es cálido, es luminoso, es agradable, pero no te cambia la vida. Y, oye, eso también está bien. A veces es sano disfrutar del triunfo en lugar de buscarse inmediatamente un nuevo reto. Sobre todo si con ello nos permite disfrutar también a los demás, que es lo que ha conseguido con Shore.

Puntuación: 8/10

Si quieres escucharlo, pincha en el siguiente enlace: Fleet Foxes – Shore

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

Investigador en formación, trabaja en la Universidad de Granada. Le interesa hacer ciencia social comprometida, por lo que estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Además, milita en colectivos de la ciudad. En sus ratos libres, escribe sobre música pop. (Osuna, 1992).