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El debate de la tolerancia

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 27 de Agosto de 2017
Juan Genovés, 'Brecha', 2012.
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Juan Genovés, 'Brecha', 2012.

'Lo más ridículo que hay en el mundo es querer discutir, contrariar, condenar o castigar los gustos de cada hombre, si no están de acuerdo con las leyes o convenciones sociales del país en el que vive'. Marqués de Sade, Justina o los infortunios de la virtud.

'Tu éxito en la vida depende de tu ternura con el joven, tu compasión con el anciano, tu simpatía con el necesitado y tolerancia con el débil y fuerte. Porque te tocará ser todos ellos'. George Carver.

Atrapados y confundidos entre la costumbre, lo correcto, que nuestras sociedades convierten en ley casi divina, y la necesidad de ejercer el libre albedrío, la libertad para elegir seguir tus pasiones, tus deseos, nuestra vida no deja de convertirse en uno de esos dramas que nunca parecen pasar de moda, se viva en la época que se viva. Cierto, que algo hemos avanzado históricamente en tolerancia, aunque depende, y mucho, de la zona geopolítica en la que hayas tenido la suerte de nacer. Desde que nacemos nos enseñan a controlar nuestras pasiones, en el mejor de los casos, en el peor, a obligarlas a desaparecer, como si fueran esos vecinos molestos que siempre se ponen a hacer obras a las ocho de la mañana en tu día de descanso. Pero, al igual que esos vecinos, cuyas obras volverán tarde o temprano, esas pasiones siempre van a hacer ruido en el fondo de tu mente, y aprisionarlas, sin encontrar espacios para liberarlas, para moldearlas, que no destruirlas, suele terminar por convertirlas en la peor de tus pesadillas, más aún que los dichosos vecinos.

No todo impulso es sano, no toda pasión es fuente de vida. Algunos impulsos están más cerca de tánatos que de eros, algunas pasiones nos enferman en lugar de liberarnos, pero confundir aquello que forma parte de la naturaleza humana, en su infinita pluralidad y libertad, con la pieza del puzle humano que sobra y hay que eliminar, es tan destructivo como no aprender a querernos tal y como somos; libres e imperfectos, como esas pasiones y esos impulsos que forman parte de nosotros. La libertad, en tanto facultad para elegir un comportamiento en lugar de otro, un futuro en lugar de otro, es tal, si en verdad uno es plenamente consciente de lo que hay en juego, si puede comparar opciones, calcular, y elegir que quiere ser.

La intolerancia se manifiesta de manera muy curiosa en el odio a lo diferente que impregna la naturaleza humana

Tener poca perspectiva, o poco sentido de la historia, es pretender que todo lo que socialmente se considera inmoral o incorrecto, o poco apropiado, en un momento histórico concreto, o en nuestra época contemporánea, en una cultura concreta, es improcedente. Múltiples ejemplos históricos tenemos de ello; el más moderado en sus costumbres hoy día podría ser visto como un peligroso libertino en la época victoriana. La intolerancia se manifiesta de manera muy curiosa en el odio a lo diferente que impregna la naturaleza humana. Un cristiano fundamentalista, o bajando el listón, cierto tipo de conservador demócrata, critica con razón el maltrato y el desprecio a la mujer, que se produce en algunos países que practican el islam, sin embargo, se declararan escandalizados por que una pareja de lesbianas, o de homosexuales, puedan mostrar su amor y su cariño en público. Una cosa es permitirles que en su casa hagan lo que quieran, otra diferente que nos ofendan a los demás con sus muestras de cariño, así de cretinos se muestran en sus argumentos. Esa estúpida paradoja y ese pensamiento tan troglodita se da más veces de las que creemos en nuestras demócratas y tolerantes sociedades, donde lo que no es mayoritario, lo que es diferente, nos ofende. Jules Lemaître, literato francés, ya nos lo decía: La tolerancia es una virtud difícil; nuestro primer impulso, y aun el segundo, es odiar a todos los que no piensan como nosotros.

Y ahí parece estar la clave de la cuestión; la rapidez con la que nos ofenden los que no tienen nuestra religión, o los que la tienen, pero en una versión ligeramente diferente. Qué velozmente nos irritan los que no son de nuestro credo político, o lo son, pero en una versión ligeramente diferente. Qué fácilmente nos ofenden los que viven la sexualidad de una manera diferente, o de la misma, pero ligeramente diferente. Con qué ligereza nos ofenden los que no tienen el mismo sentido del humor que nosotros, o lo tienen, pero ligeramente diferente. Qué raudos somos en sentirnos ofendidos por los que no visten como nosotros, o lo hacen, pero de una manera ligeramente diferente. Todos somos demócratas, todos somos tolerantes, todos luchamos contra el fanatismo, pero qué fácilmente nos ofende todo lo que hacen los demás, que es diferente, o ligeramente diferente, a nuestros gustos, creencias, sentimientos, pasiones, o siendo sinceros, estúpidos prejuicios que dependen de en qué época has nacido, dónde te has criado y qué valores te han enseñado. Lejos de nuestros corazones quedan esas lúcidas palabras del malogrado ilustrado francés, y revolucionario, Chamfort: Goza y haz gozar, sin dañarte a ti, o a los demás. A esto, se reduce, creo yo, toda la moral.

No ser consciente de lo peligroso que es juzgar los comportamientos de los demás en base a costumbres, que son eso, costumbres, basadas o no, en interpretaciones de una religión, es la fuente de muchos de los males que aquejan a nuestras sociedades

No ser consciente de lo peligroso que es juzgar los comportamientos de los demás en base a costumbres, que son eso, costumbres, basadas o no, en interpretaciones de una religión, es la fuente de muchos de los males que aquejan a nuestras sociedades. Desde luego, son culpables las fundamentalistas e intolerantes por su naturaleza política y religiosa, pero sucede con demasiada frecuencia en las sociedades plurales, abiertas y democráticas, que se enorgullecen de ello, y sin embargo, demasiadas veces saltan las costuras de esos principios. Un ejemplo, que es más sencillo de visualizar, son los prejuicios que provienen del uso de la sexualidad; desde las bárbaras prácticas de sociedades totalitarias que persiguen y castigan, hasta con la muerte, a quienes viven libremente cómo sienten esa sexualidad, basándose en interpretaciones de sus religiones, a nuestras más tolerantes sociedades, que, a pesar de todo, siguen llenas de prejuicios, y donde siempre ponemos un pero a la libertad de cada uno de vivir, sentir, amar, o tener sexo de la manera que deseen. Si no hacen daño a nadie, qué tenemos que decir los demás sobre ello.

Un ejemplo más complicado, y más difícil de asumir, y lo estamos viendo estos días de pesadumbre por el atentado terrorista en nuestro país, tan sacudido durante décadas por barbaries terroristas sin sentido, se etiqueten como se etiqueten; es cuando esos principios de libertad y tolerancia se ponen a prueba por fanáticos asesinos, que no solo pretenden inundarnos de dolor, con su salvajismo y desprecio a la vida humana, sino que lo que pretenden es poner a prueba esos valores que nos definen como colectivo, como sociedad, como personas; libertad, pluralidad, respeto, dignidad. Buscan no tanto hacernos daño, como despertar nuestra rabia, volver lo racional en irracional, lo tolerante en intolerante; en el fondo, lo más triste es no darnos cuenta que quieren que seamos como ellos.

Lo triste de dejarse llevar por esa rabia, esa ira, además de convertirnos en aquello que rechazamos, es que si dejamos que la violencia que corona esos sentimientos se desborde, al final, no le importa quién sea la victima de esa violencia

Razones para la ira, las hay, cómo no va a haberlas. Nadie que tenga un mínimo de empatía, nadie a quien le quede una pizca de humanidad no puede sino estremecerse, y sentir dolor, impotencia, rabia. Pero, esos sentimientos, por fuertes que sean, no podemos dejar que se abran paso ante otros sentimientos, y ante otros valores, que son los que deben definirnos como personas y como sociedad. Porque lo triste, de dejarse llevar por esa rabia, esa ira, además de convertirnos en aquello que rechazamos, es que si dejamos que la violencia que corona esos sentimientos se desborde, al final, no le importa quién sea la victima de esa violencia, lo que busca es alguien a quien culpar y castigar, sin importar que sea justo o no. Lo hemos visto con esos mensajes de odio, de personas aparentemente tolerantes, a gente que practica el islam, por el hecho de que es la religión que invocan los fanáticos asesinos, y como decía el pensador francés René Girard: La violencia insatisfecha busca y acaba siempre por encontrar una víctima de recambio. Sustituye de repente la criatura que excitaba su furor por otra que carece de todo título especial para atraer las iras del violento, salvo el hecho de que es vulnerable y está al alcance de su mano.

¿Vamos a permitir que nos conviertan en lo que ellos son? O vamos a plantar cara, orgullosos de blandir la principal arma que tenemos, la tolerancia, que acompaña a nuestra libertad, respondiendo con lo que sí que nos define y somos. Y esa batalla no la podemos perder o, pase lo que pase, habrán ganado.

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”