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El desagradecido oficio del sofista

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 4 de Septiembre de 2016
'A la muerte de Sócrates', de J. L. David (1787).
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'A la muerte de Sócrates', de J. L. David (1787).

"El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, de las que no son en cuanto no son".

Protágoras de Abdera (480 a.C-410 a.C.) 'Acerca de la verdad'.

Si nos remontamos atrás en el tiempo, aproximadamente unos dos mil quinientos años, pocas profesiones encontraríamos con tan mala fama como la de aquellos que ejercían de sofista. Pero tal y como deberíamos hacer con todas aquellas descalificaciones generales que se hacen sobre alguien o sobre algo, no estaría mal ser un poco precavidos, hurgar entre la paja de los prejuicios y analizar qué hay realmente de cierto, o no, en esa mala fama. Quizá, si ejercemos el sano ejercicio de aprender a pensar críticamente por nosotros mismos, en lugar de dejarnos arrastrar por las críticas de los demás, aprendamos un poquito sobre el noble arte de practicar la moderación a la hora de juzgar. Y quizá, a cambio obtengamos un poquito de lo mismo sobre los prejuicios ajenos que nos afectan. Con un ápice de suerte, entre unos y otros, consigamos vivir en una sociedad más tolerante y más sabia. Pero, como la letra con ejemplos entra, nada mejor que comenzar por el que ahora nos ocupa, analizar quienes eran realmente esos tipos cuya mala fama ha perdurado más de dos milenios, y ver si era para tanto o no.

Si hoy día buscamos sofisma en cualquier diccionario veremos que el significado, heredado de esa mala fama, viene a definirlo como aquel razonamiento, aparentemente válido pero incorrecto, desarrollado con la intención de engañar. Y hoy día señalar a alguien como sofista es acusarlo de charlatán, siempre usado como adjetivo peyorativo. En realidad, etimológicamente el significado de sofista no podría estar más lejos, pues procede del termino sophistés, que no es sino aquella persona que sobresale en el desempeño de un arte.  Los sofistas aparecen en la Grecia del siglo V a.C., donde se ha producido una transformación esencial que afectaría el destino no sólo de la propia civilización griega, sino de nuestra cultura y nuestras sociedades tal y como hoy día las conocemos. Nace la democracia, nace el concepto de ciudadanía, y con ambos nace una necesidad, la del hombre común cuyo destino no está simplemente en manos de tiranos o aristócratas, sino que puede ejercer la política, participar en el destino de su ciudad, y ser decisivo en la gestión del presente y del futuro de sus conciudadanos. Pero para ello ese ciudadano ha de aprender a hacer valer su propia agudeza crítica, a razonar y a interpretar la realidad que le circunda (vamos, extrapolando generosamente, que ha de aprender Ciudadanía, esa materia tan denostada por nuestro gobierno conservador y que no quiere ver ni en pintura en los planes de estudio). Ya no se trata de que unos pocos puedan acceder a la sabiduría, como con los filósofos que les precedieron, sino que todos puedan estar preparados para vivir en este nuevo mundo con sus nuevas reglas. Vivir activamente en democracia implica participar en las asambleas, tomar la palabra en ellas y ser capaces de trasmitir tus opiniones y certezas con la suficiente elocuencia para atraer el reconocimiento de los demás y aunar adeptos a tu causa. Hacen falta pues nuevos conocimientos en materias como la gramática, la lexicografía, la sintáctica, la literatura, la historia, es decir aprender el arte de la elocuencia. Y de esa necesidad surgieron los maestros, filósofos dispuestos a enseñar todas estas materias a los ciudadanos interesados en participar en la vida pública de la ciudad, es decir, surgieron los sofistas.

Fueron criticados por algunos sectores porque los consideraban mercenarios de la sabiduría, ¡se atrevieron a cobrar por enseñar estas materias! Y hecho sorprendente, eran lo suficientemente valorados como para que se ganaran dignamente la vida. Lo que dice mucho de una sociedad como la de la Grecia clásica que valoraba la cultura lo suficientemente como para aceptar y entender que la gente que ayuda a practicarla necesita comer para vivir. Por esa época otro ilustre sabio como Confucio hizo lo mismo en la antigua China. Ya vemos que el prejuicio hacía los creadores y los divulgadores de la cultura se ha mantenido intacto a lo largo de los siglos. Hoy día todo el mundo quiere disfrutar de la cultura, pero nadie quiere pagar por ella, y no digamos pensar en retribuir justamente a los que la hacen posible. Volviendo a los sofistas, también se atrevieron a hacer algo, que, en su época, como en la nuestra levanta ampollas, entender que la divulgación era algo esencial, y que la sabiduría, como la política, no podía quedar en manos de unos pocos, sino que era un derecho que debía estar al alcance de todos. 

Dos sofistas destacaron sobre el resto, Protágoras y Gorgias, contemporáneos de Sócrates, al que algunos historiadores de la filosofía, por cierto, consideran no muy alejado del movimiento de la sofística, aunque es cierto que no cobraba por sus enseñanzas. Protágoras fue muy apreciado por Pericles, destacado estadista, y uno de los principales promotores de la democracia ateniense. Protágoras, como otros tantos filósofos de la época, bueno, y de casi cualquier época, terminó por ser acusado por elementos reaccionarios y conservadores de impío, y obligado al exilio si no quería terminar como Sócrates bebiendo cicuta, y sus libros terminaron quemados, claro. Si quisiéramos resumir en tres breves puntos las claves de su pensamiento serían; En primer lugar; sobre cada argumento es posible hacer dos discursos, ambos correctos, ninguno de los cuales puede ser pensado dogmáticamente como la verdad absoluta (pero de ellos debe preferirse el que tiene mayor utilidad). O sea, ¡no seas dogmático! Y busca la máxima utilidad para el máximo de gente. En segundo lugar; Sobre los dioses, no es posible decidir que existen o no existen, ni cuál es su esencia, a esto en verdad se oponen dos obstáculos: por un lado, el hecho de que los dioses no poseen realidad empírica, y por el otro, que nuestra vida es breve y no debemos perder el tiempo en tales problemas. Vamos, deja de perder el tiempo en tonterías y disfruta un poco de tu breve vida que al fin y al cabo a todos nos quedan dos o tres telediarios (de los de antes, no de los maratonianos de ahora). En tercer lugar; El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, de las que no son en cuanto no son. En fin, que dejémonos de sandeces sobre lo que existe y lo que no, y reconozcamos que el mundo es interpretable y nosotros somos sus intérpretes.

Gorgias nació en Sicilia, que recordemos era parte de la Magna Grecia, tierra de colonias griegas. Coetáneo de Protágoras escribió un curioso texto Elogio de Helena, que sería una especie de apología feminista del mítico personaje de La Ilíada, pues disculpaba al personaje, contra la tradición, de toda culpa por haber abandonado al sieso de su marido Menelao e irse con el interesante Paris.  Y en cuanto a filosofía venía a decir; a) nada es, b) si alguna cosa fuera no sería cognoscible, c) si fuese cognoscible, no sería expresable. Que básicamente, aparte de tocar un poco las narices porque sí, viene a expresar algo que muchas filosofías postmodernas y filosofías de la ciencia han puesto de manifiesto, la enorme dificultad de un conocimiento real y absoluto del mundo, más nos vale aceptar la relatividad del conocimiento, y la intraducibilidad e incompatibilidad entre teorías que nos lo explican.

Otros sofistas de la época o poco posteriores hicieron interesantes aportaciones; Pródico se dedicó a estudiar los sutiles pero importantes cambios de significados causados por el uso de los sinónimos en el sentido de los discursos.  Hipias, era un sabelotodo, de esos que se hubieran llevado Saber y Ganar de calle, y además puso en valor la importancia del trabajo manual, el mismo destacaba como zapatero, algo inusual para un sabio de la época. Antifón destacó por sus habilidades matemáticas. Pero lo más importante en el movimiento de los sofistas es que introdujeron en sus debates el problema de la legitimidad y de los cambios en las leyes que regían las Polis griegas. Por un lado, era insostenible mantener el origen divino de las leyes, por otro habían de enfrentarse al desconcierto y el caos de las diferentes leyes que regían las Ciudades Estado griegas, las Polis. Lo importante fue que gracias a ellos se consideraron las leyes como producto de los seres humanos y por tanto susceptibles de ser mejoradas y transformadas para mejorar la convivencia de la sociedad civil. Algunos destacados sofistas iniciaron la búsqueda de una ley natural que pudiera descubrirse a través de un análisis racional y crítico de la naturaleza humana y que pudiera superar el caos de leyes positivas diferentes vigentes en cada polis. Nuestros amigos Hipias y Antifón, entre otros, denunciaron el odio y la desigualdad de estas leyes particulares y apelaron a una ley de solidaridad universal que uniera bajo una ley única a los hombres y mujeres de todas las naciones y razas. Cierto es que otros sofistas como Critias y Trasímaco abogaron, como antecedentes del fascismo, por el derecho del más fuerte a gobernar.

Mucho más se podría decir acerca de este movimiento, pues en ellos no encontramos una doctrina, sino una enorme variedad de ellas, pero todas enlazadas en un hilo común, el hombre como protagonista absoluto de su destino, y por tanto de la historia, ya no había que dejar nuestro futuro en manos de los invisibles hilos del destino, como títeres guiados por entidades invisibles y por sus intérpretes y sus profetas. Introdujeron a su vez una riqueza hasta entonces desconocida en el análisis de los problemas derivados de nuestra convivencia en sociedad, e impulsaron el valor y la riqueza del conocimiento por sí mismo. Su capacidad de luchar contra todo tipo de dogmatismo atravesaría la historia como una ola y dejaría huella, reapareciendo su legado en diferentes pensadores a lo largo de los siglos.

¿A qué se debe su mala fama pues? En parte a los desaforados ataques de Platón y Aristóteles, aunque estos iban dirigidos más a la generación posterior de sofistas, y sobre todo a que la historia como bien sabemos la escriben los ganadores, y lo que nos ha quedado es la imagen peyorativa de ellos descrita en los diálogos platónicos en los que ejercen como adversarios de Sócrates (en muchos de ellos en realidad utilizando Platón el prestigio de la figura de su maestro para introducir sus propias ideas). Lo cierto es que Sócrates no estaba tan lejos de sus compañeros sofistas y que otras fuentes, como la del conservador Aristófanes, le describían como maestro del arte sofístico, y sin duda, muchas de las inquietudes eran compartidas.

A cada uno nos toca decidir por nosotros mismos a quién creer, a la tradición que durante más de dos mil años los ha vituperado o a nuestra propia capacidad para escarbar un poco más en esa capa de prejuicios y elaborar nuestra propia percepción. No debería ser tan difícil y en el mejor de los casos puede que aprendamos a hacerlo también sobre otros muchos prejuicios contemporáneos, como las diferentes formas de machismo o intolerancia hacía el otro, que lastran nuestra convivencia hoy día. En nuestras manos está, tan sólo hace falta dejar de mirar a otro lado tan cómodamente y decidir hacer algo.

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”