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Que viene el lobo

Blog - La buena vida - Ana Vega - Viernes, 20 de Mayo de 2016
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Ferrater Mora, en su Diccionario de Neurociencia, define la emoción como una reacción conductual y subjetiva producida por una información que puede provenir del mundo exterior o del mundo interno, como por ejemplo un recuerdo o cualquier circunstancia que la memoria haga presente.

Las emociones son respuestas adaptativas, como nos recuerda el autor; con ellas “la naturaleza ha encontrado un mecanismo sabio, eficiente y capaz de mantener a todos los seres vivo unos frente a otros”.Todas tienen una función, incluso las negativas como el miedo; nos motivan para alcanzar o mantenernos cerca de lo que nos provoca bienestar y evitar o alejarnos de los estímulos dañinos.

Aunque cada uno de nosotros puede experimentar una emoción como el miedo de una forma particular que dependerá de nuestra experiencia de vida, del aprendizaje y de nuestro propio carácter; la función de esta emoción será universal, el miedo tiene una función de supervivencia.

Es un estado emocional negativo que nos advierte que se aproxima un daño físico o psíquico y también implica una cierta inseguridad respecto a nuestra capacidad para soportar esas situaciones de amenaza. Se suele activar en tres situaciones principalmente

  • Ante lo imprevisible o novedoso de las circunstancias en que nos encontramos.
  • Cuando tenemos la sensación de que hemos perdido el control de la situación o no estamos capacitados para gestionarla.
  • Al anticipar que podemos sufrir un dolor o una pérdida de algo o alguien.

El miedo provoca en nosotros una serie de cambios a nivel fisiológico, bioquímicos y de percepción de los acontecimientos que nos preparan para huir y alejarnos del peligro. Respuesta necesaria y adaptativa al medio que nos protege. El problema es que se nos ha enseñado a evitar o  suprimir el miedo y el resto de emociones negativas olvidando que, bien gestionadas, suponen el salvavidas de nuestra especie. Admitir nuestros miedos no debería generar vergüenza o culpa, sino el primer paso para entender cómo surgen y que podemos cambiar para que no nos paralicen.

Es necesario diferenciar el miedo de la ansiedad; porque el miedo hace referencia a una emoción producida por un peligro presente, inminente y está directamente ligado a aquello que lo genera. La ansiedad se refiere a una anticipación, a un peligro futuro, indefinido e imprevisible; más que a un estímulo o situación real se refiere a la representación mental que hacemos de lo que tememos o queremos evitar a toda costa.

La causa del miedo puede ser cualquier estímulo que consideremos amenazante o la pérdida o ausencia de algo que nos proporcione seguridad; sentirlo nos ayuda a estar preparados para sobrellevar situaciones difíciles.  El miedo a no tener capacidad de hacer algo antes de haberlo intentado, a no tener recursos en un futuro o a perder los apoyos de las personas que nos acompañan, no nos permiten actuar y disfrutar de lo que tenemos con los que nos acompañan hoy. Sentir miedo es natural en determinadas circunstancias; adelantarnos en el futuro, recreando situaciones que podrían darse y que no queremos que ocurran, no lo es. Y lo peor es que los cambios fisiológicos y bioquímicos mantenidos en el tiempo que provocan la elucubración son tan lesivos para nuestro sistema inmunológico como el riesgo real.

De las situaciones pasadas, no debemos tener miedo sino extraer de ellas el aprendizaje que nos proporcionan por si hubiera que volver a afrontarlas; de las situaciones futuras no tenemos el control ni la certeza de que vayan a ser tales.   Recordemos que un estado afectivo negativo, lleva a un pensamiento pesimista y éste a un estado afectivo más negativo todavía en una espiral sin fin.

Licenciada en Filosofía. Experta en Género e Igualdad de Oportunidades y especializada en temas de Inteligencia Emocional. Con su blog, La buena vida, no pretende revelarnos nada extraordinario. Tan solo, abrirnos los ojos un poquito más y mostrarnos que la vida puede ser más llevadera.