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Errores que enseñan

Blog - La buena vida - Ana Vega - Sábado, 7 de Mayo de 2016
P.V.M.

Blaise Pascal decía que “el que teme sufrir ya sufre por lo que teme”. No somos perfectos y el intentar serlo puede paralizarnos e impedir que hagamos muchas cosas que deseamos por miedo a fallar o a no hacerlo a la perfección; demasiada autoexigencia puede acarrear que nos quedemos sin saber si habríamos sido capaces o cómo sería nuestra vida de haberlo intentado.

El temor a hacer algo mal nos empuja a no hacerlo; o algo igualmente nefasto para nuestra autoestima, castigarnos por cada error cometido y no olvidarlos nunca sino ir sumando uno a otros y recordarnos con frecuencias todos los fracasos obtenidos.

Solo desde la aceptación de nuestras limitaciones y el reconocimiento de nosotros mismos como algo sumamente valioso independiente de los logros cosechados; seres válidos en sí y por sí al margen de errores y aciertos podremos sentirnos bien y perder el temor a intentarlo.

Para ello, tendremos que acercarnos a lo que llamamos errores con otra visión, como algo de lo que aprender y extraer conclusiones que nos ayuden a crecer y progresar. Nadie es capaz de predecir el futuro, por ello fundamentalmente aprendemos por ensayo-error para ir aproximándonos poco a poco al resultado deseado en todo lo que nos propongamos. Iremos corrigiendo el itinerario en función de nuestros errores y , si no los aceptamos como parte del aprendizaje, difícilmente  nos acercaremos a cualquier nueva situación, ya que lo nuevo comporta siempre un porcentaje de errores en su gestión. Nadie nace aprendido.

Llegados este punto, se hace necesario interiorizar la idea de que los errores nada tienen que ver con nuestra valía, sino simplemente con una forma correcta o incorrecta de afrontar una tarea.

¿Cuántas veces hemos asociado una ocasión perdida con el gran error de nuestra vida? Algo que hacemos o dejamos de hacer condiciona nuestro día a día y nos hace recrearnos en el qué habría sido de nosotros si…. La clave para superar este pensamiento es caer en la cuenta de que la seguridad de que aquello fue un error la tenemos tiempo después de que la decisión en sí fuera tomada, a posteriori; a la vista de los resultados y consecuencias de la misma.

Recuerda que cuando tomaste esa decisión de la que ahora pareces arrepentirte, la tomaste porque era la mejor las opciones posibles según el análisis de la información con la que en ese momento contabas; solo el paso del tiempo hizo evidente que no era la opción que más te convenía o beneficios te reportaría. Pero olvidamos lo evidente, en ese tiempo que pasa tú has ido acumulando nuevos conocimientos; ni las circunstancias, ni la información , ni el punto de partida para tu reflexión sobre lo adecuado o no de la elección son ya los mismos.

Las ‘gafas’ que el conocimiento de los resultados obtenidos cambian tu interpretación de la realidad y de lo ocurrido, pero es sucede ahora y la decisión fue tomada en un tiempo anterior cuando aún no tenía esas ‘gafas’.

Con esto no estamos apuntando que no seamos responsables de nuestras decisiones, todo lo contrario y, precisamente. porque lo somos, debemos ser consecuentes con los mismos y asumir sus consecuencias. Por eso, para que los costes a asumir sean siempre los mínimos, deberíamos practicar y jugar a predecir a corto y largo plazo cuales serían las consecuencias de cualquier acto o decisión que consideremos importantes. Esto es, coger papel y lápiz y apuntar los pros y los contras que nuestra decisión nos acarrearía; reflexionar sobre si las consecuencias positivas superan y/o compensan  las negativas y, por último, pensar alternativas que paliarían estas para minimizar costes personales.

Si aún habiendo tomado la mejor de las opciones posibles según mis necesidades, conocimiento de la situación y alternativas disponibles, el tiempo nos muestra que nos equivocamos, no deberíamos recriminárnoslo ni infringirnos más castigo que el que ya estemos pagando con las consecuencias negativas que hayan derivado de aquella elección.

Perdonémoslo y pronunciemos mentalmente ideas que refuercen nuestra valía como “hago lo mejor que puedo en cada momento con el conocimiento del que dispongo” o “en el momento de elegir, hago lo que mi conocimiento de la situación y mis necesidades me permiten” o cualquier otra afirmación que nos sirva para recordar que somos seres valiosos independientemente de los logros obtenidos.

Imagen de Ana Vega

Licenciada en Filosofía. Experta en Género e Igualdad de Oportunidades y especializada en temas de Inteligencia Emocional. Con su blog, La buena vida, no pretende revelarnos nada extraordinario. Tan solo, abrirnos los ojos un poquito más y mostrarnos que la vida puede ser más llevadera.