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Las causas, el azar y la necesidad

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 28 de Agosto de 2016
El Jardín de las Delicias (El Bosco).
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El Jardín de las Delicias (El Bosco).

Toda acción tiene consecuencias. Toda omisión tiene consecuencias. Toda decisión tiene consecuencias. Toda indecisión tiene consecuencias. Y toda consecuencia tiene causas. ¿O no?

A causa de (…). Rellenemos el espacio entre paréntesis con cualquier cosa relacionada con cualquier campo de nuestra vida; personal, profesional, familiar, o con aspectos de cualquier disciplina social, científica o política. Y ahí encontraremos todas las explicaciones o justificaciones de cualquier acontecimiento natural o no. La búsqueda inabarcable de causas que nos den una razón de porqué suceden las cosas que nos afectan. El Santo Grial de la vida y de la ciencia. Establecer las causas de todo lo que sucede. El eterno debate de la necesidad contrapuesta al azar; que un efecto nació por una causa, y que una causa siempre tendrá una consecuencia que devenga de ella. Todo ello encadenado de manera inapelable. En ciencias naturales, aparentemente, es la base de la creencia popular en su fiabilidad. Aunque rara vez ciencias como la física actual recurren a ella, o no al menos de la manera en la que el sentido común esperaría que hiciera. La psicología, la sociología y la politología, por nombrar algunas respetables disciplinas que poseen suficiente patina de mérito científico, y cuyos expertos copan las tertulias radiofónicas o televisivas que adormecen nuestro entretenimiento, no dejan de dar causas que nos explican todo lo que le pasa a nuestra sociedad o a nuestras vidas. Los periódicos deportivos nos muestran ceñudos análisis de especialistas en deportes que explican racionalmente la causa debido a la cual ese balón entró o no entró. Al otro lado de la balanza, tenemos la recurrente causa de echar la culpa al azar, a pesar del pánico que eso provoca en las ciencias o en las disciplinas necesitadas de reputación predictiva para sobrevivir (politólogos, psicólogos, o analistas de la actualidad, por ejemplo), que prefieren no mentar al diablo que se encuentra en la letra pequeña de nuestras vidas, o sea el azar, eso que llamamos suerte, acompañada de los siempre elocuentes adjetivos; bendita, maldita o condenada.

Dada esta situación, lo más sencillo sería dar por terminado este texto con un breve aforismo que dijera algo más o menos parecido a esto: Lo que no es casualidad, es causalidad, tampoco hay que darle más vueltas. Vale, pero, como los seres humanos tendemos a complicarnos por defecto, y darle vueltas a todo, y no conformarnos con la explicación de que las cosas simplemente pasan. Y tampoco voy a quejarme, pues de ese picor producido al no quedarse conformes, nació la filosofía, escarbaremos un poco más en qué hay detrás de esa noción de causa a la que tanto recurrimos en nuestra vida, con razón o sin ella, aunque sea por mera causa de pasar el rato.

Si empezáramos por lo académico, en lo que a la filosofía se refiere, dos figuras emergen en la tradición, Aristóteles y David Hume. Para el estagirita, la clave del conocimiento de la realidad se encuentra en el análisis de las causas, que viene a indicarnos la búsqueda del por qué, que es lo que distingue el pensamiento científico del común. La realidad estaría constituida por materia y forma, que son quienes aportan además las dos primeras causas; la material y la formal. A esas dos habría que añadirles la eficiente y la finalLa material nos indica de qué está hecha la cosa, por ejemplo, el mármol de una estatua. La formal, el modelo o causa inmanente que subyace, por ejemplo, la figura del dios Hermes en la estatua. La causa eficiente el motor o agente, por ejemplo, los golpes del cincel que le dieron forma. Y por último la causa final, la razón o finalidad de la cosa, en la estatua del dios Hermes sería la ganancia económica del escultor, o su deseo de gloria o el éxtasis religioso, o una conjunción de todas ellas.  La formal, motor de cambio, es la más importante de todas.

El filósofo británico David Hume, que vivió en el siglo XVIII, época de esplendor de la filosofía natural, que no es otra cosa que la semilla que daría lugar al nacimiento de las ciencias empíricas (física, química, biología) desconfía de aquello que solemos entender como causa. Liga la explicación no a que no seamos capaces de deducir que B es consecuencia de A. Sino a que tendemos a relacionar A con B a partir de la relación de contigüidad espacio temporal, asumiendo que B deriva de A. Pero que un hecho suceda a otro, necesita de algo más que de una mera relación espacio temporal entre ellos. Necesita de la necesidad universal. De que siempre B siga a A. No podemos basarnos únicamente en la lógica o la mera experiencia para justificar esa necesidad.  Una cosa es que de mil veces empíricamente observado un fenómeno esperemos que se produzca, y otra que necesaria y universalmente de hecho se vaya a producir mil y una vez. Russell lo explicaba muy bien con su ejemplo del pavo inductivista. El enjaulado, pero bien alimentado animal, se basaba en su observación para llegar a la conclusión de que todos los días a las 6 de la mañana el granjero se ocupaba de proporcionarle alimento, y así había sucedido durante incontables días. El pavo científico nos lo encontrábamos todos los días apuntando en su libreta la hora a la que el granjero le servía su sabroso alimento. Observó que lloviera, hiciera sol, frío o calor, siempre le llevaban la comida a la misma hora. Hasta que llegó el día de acción de gracias y el dedo del granjero le señaló, por azar o por ser el más confiado o el que estaba más rellenito, para ser el plato principal del banquete familiar ese día. Y se acabó el pobre pavo inductivista y su conclusión inductiva y empírica de que aquel día a la hora de siempre le llevarían la comida. La ciencia empírica pronto aprendió a sobrevivir de la renuncia a la necesidad universal en base al cálculo probabilístico, que tantas ciencias de uno u otro tipo alimenta. Pero analizar sus virtudes y sus pecados es plato para otro día.

Si dejamos aparte el debate de qué es ciencia y en qué sentido depende de la causalidad, y en qué sentido ésta nos da certezas, y volvemos los ojos a nuestro comportamiento vital, podemos observar como nuestra obsesión con las causas permanece indemne, lo que en ciencia estrictamente hablando tiene su aquél, pero en la vida, las certezas de las cadenas causales son tan ilusas como las promesas hechas al calor de nuestro primer beso. Atrapados entre el antecedente y el consecuente, encadenados en una interminable cadena de acciones , hacemos las cosas sepultados por la inercia de creer que nuestro siguiente paso es inevitable, y así caemos una y otra vez en esa mentira que llamamos causalidad, ese mito que nos obliga a hacer las cosas únicamente porque adoramos la idea de “necesidad”, sin percibir que estamos condenados a ser libres, que no hay causa en nuestras acciones que no esté contaminada por el azar y el caos que gobiernan nuestra existencia, y aún mejor, por la voluntad individual o colectiva que puede cambiar cualquier aparente necesidad. O al menos, en el peor de los casos, que influyen al igual que esa concatenada red causal que nos lleva a pretender creer que podemos predecir todo lo que nos va a pasar. La voluntad, guiada por las pasiones y las razones, o las razones guiadas por pasiones o las pasiones excusadas por razones, es capaz de negar cualquier cadena con la que cualquier red causal nos haya creído atrapar.

Peor aún es cuando esa obsesión nos invita a predecir y juzgar a las personas. Cuando decimos que no entendemos el comportamiento de una persona, no queremos decir que desconozcamos que causas lo provocan, sino que no creemos que sean motivo suficiente para ese comportamiento. Claro que, si causa y efecto siempre tuvieran un motivo racional y lógico, no estaríamos hablando de seres humanos, tan imperfectos como somos, tan irracionales a veces, tan emocionales. Es el costoso precio de ser tan impredecibles, lo que siempre nos pone al borde de la genialidad o del abismo, pero sin ese caminar entre filos, probablemente no sólo no avanzaríamos en nuestra vida, o en nuestro conocimiento, sino que correríamos el riesgo de perecer en una catástrofe cósmica, no por destruir el medio ambiente, o una guerra atómica o biológica, que también, sino debido al colosal aburrimiento que nos invadiría.

No hay idea más dañina que la de destino, que nos somete a las cadenas causales que encierran todo lo que debe ser dejado en libertad si en verdad queremos vivir libres. Nos enseñan a ser esclavos del orden, e ingenuamente asociamos la belleza al orden. Soñamos con dioses que den sentido a nuestras vidas, que las ordenen, soñamos con lazos causales que expliquen el dolor o el placer de cada instante, el amor o el odio que sentimos, pero la belleza, no depende del sueño del orden y el sentido, que pretendemos imponer a un Universo gobernado por el caos y el azar, al menos en cuanto a muchos de los asuntos humanos se refiere. La verdadera naturaleza de la belleza es aceptar que no todo en la vida es causalidad, que la casualidad es la que gobierna ciegamente nuestras vidas en muchos de sus momentos, y que lo único que nos queda es agarrarnos al timón en medio de la tormenta, disfrutar de las salvajes acometidas de las olas, de cada segundo que nos mantenemos firmes en el timón, mientras cada acometida está más cerca de soltarnos y arrastrarnos al mar y despojarnos de cualquier sueño de control que creamos tener, jodido, sí, pero, ¡Qué belleza hay en esa lucha! 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”