Artículo de Opinión

'El Olimpo del amor perdido'

Ciudadanía - Federico Zurita - Lunes, 9 de Marzo de 2026
En tiempos de guerra y desolación, Federico Zurita nos ofrece una crónica sobre el desamor. Un cambio de registro que te sorprenderá.
Nubarrones.
vía freepik
Nubarrones.

Corría 1983 y en un concierto, ya histórico Luis Eduardo Aute presentó una recopilación de su obra. El concierto se tituló “Entre amigos” y los trovadores invitados fueron Joan Manuel Serrat, Teddy Bautista y de la nueva trova cubana, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez.

Cuando le tocó el turno a Pablo Milanés, Aute dijo que éste era el autor de una de las tres canciones de amor más bellas que él conocía. 

Una de ellas dijo, es “Ne me quitte pas” de Jacques Brel, otra es “Yesterday” de Paul McCartney y la otra es Para vivir de Pablo Milanés.

Para vivir es un llanto escrito desde la tristeza y la impotencia de tener que admitir una situación: uno de los amantes es consciente de que el otro ha dejado de quererlo y así tiene que asumirlo. No hay culpables, no hay por tanto reproches, pero hay dolor y desolación. Es precisamente el que lo sufre, el que le dice al otro: “Que no bastaba que en mis fracasos yo me refugiara en ti Y ahora ves, lo que pasó al fin nació Al pasar de los años el tremendo cansancio que provoco ya en ti. Y aunque es penoso, lo tienes que decir”.

Yesterday es una balada sencilla tanto en sus acordes como en su lírica. 

No hay una explicación de por qué ella se fue, y esa ausencia de motivos desconcierta.

(“¿Por qué tuvo que irse?

no lo sé”)

En su sobriedad hay una melancolía honda por un pasado que ya no volverá.

Creo que en ese Olimpo de los poemas de amor cantados más bellos, tendría que estar también “Óleo de mujer con sombrero” de Silvio Rodríguez

(“Se ha perdido

esta bella locura

su breve cintura

debajo de mí.

Se ha perdido

mi forma de amar.

Se ha perdido

mi huella en su mar”) y

Les feuilles mortes

(“Las hojas muertas

se recogen con pala,

los recuerdos y lamentos también”) de Jacques Prévert con la sublime interpretación de Yves Montand.

Con todas esas, yo incluiría un tango, Los mareados (“No volveremos a vernos más Hoy vas a entrar en mi pasado En el pasado de mi vida Tres cosas lleva mi alma herida Amor, pesar, dolor").

En Los mareados late la aceptación de la derrota: la de un amor que se apaga y una despedida inevitable.

Los amantes saben que no volverán a verse.

Yo personalmente, me quedo con la versión de Mercedes Sosa aunque ella no sea cantante de tangos.

Y añadiría también dos canciones del mismo Aute, la intimista De alguna manera (“de alguna manera

tendré que olvidarte,

por mucho que quiera,

no es fácil ya sabes,

me faltan las fuerzas,

ha sido muy tarde,

y nada más”) y la magistral Siento que te estoy perdiendo, un lamento sobrio recitado desde la asunción de la incapacidad y la imposibilidad de detener lo que se sospecha que está pasando (“¿Qué fue lo que pasó?

¿Dónde estuvo el error que no pude impedir?

Aunque sé que no es fácil decir la verdad,  no la digas jamás… no quisiera saber cuando sueles llorar, en qué brazos estás”).

Desde luego, que Ne me quitte pas se merece por derecho propio estar en ese Olimpo.  La canción es un poema profundo, escrito desde el  gemido de la ruptura que se intenta desesperadamente evitar.

Corrían los 50 de los existencialistas franceses, los 50 de los neorrealistas italianos, los 50 de los espléndidos narradores españoles.

Ne me quitte pas (no me dejes) es una súplica escrita en el pleno derrumbe del universo de dos amantes. Es una imploración rayana en la humillación, en la que el que implora ofrece imposibles:

“no me dejes, no me dejes,

yo te ofreceré

perlas de lluvia

venidas de países

donde no llueve…

te cubriré el cuerpo de luz….

inventaré palabras que solo tú comprenderás”.

El final es una renuncia total a la dignidad: “déjame volverme la sombra de tu sombra, la sombra de tu mano, la sombra de tu perro”.

Ver a Jacques Brel interpretar ese tema emociona, porque Brel era además actor. Y acompaña ese poema tan desgarrador con una puesta en escena magníficamente teatral. Llega a llorar mientras mendiga el ne me quitte pas.

Y a finales de esos fecundos 50, en París, en los cabarets de la Rive Gauche, Brel conoce a Suzanne Gabriello a la que en esos ambientes llaman “Zizou”.

Y entre Brel y “Zizou” surgió una tórrida historia de amor con las inevitables rupturas seguidas de las “reconciliaciones tiernas de los grandes amores”  que diría García Márquez.

El amor clandestino duró cinco años.

Y fue el drama final en el que todo eso acabó, el que inspiró esa chanson. “Zizou” quedó encinta, y Brel fue incapaz de “romper amarras” con su mujer.  Le faltó el valor. Brel fue incapaz de abandonar a su mujer -  Thérèse Michielsen, Miche-y madre de sus tres hijos.

La ruptura con “Zizou” como la de todas las historias de amor que son verdaderas, acabó en una dolorosa degradación. En este caso Brel no reconociendo la paternidad y “Zizou” amenazándolo con demandarlo en los tribunales.

Finalmente, a Brel le pasó lo que al Raskolnikov de “Crimen y castigo”: no contó con que su propia conciencia le pesaría como una losa.  La pesadumbre por la culpa y la decepción de sí mismo, acompañó a Brel hasta el final.

Y acabaría reconociendo que Ne me quitte pas “más que una canción de amor es un himno a la cobardía”. Le quedó mucho pesar, desde luego, pero lo que peor le quedó fue la certeza de que fue su cobardía la que le impidió obrar como moralmente debía. Parece que eso fue lo que le demolió la autoestima.

En todos esos poemas late la desolación por los paraísos perdidos. En realidad los únicos paraísos que existen.

Federico Zurita Martínez, profesor del Departamento Genética. Facultad de Ciencias de la UGR.