Obituario

'Juan Pérez Raya. Geografía de una amistad'

Ciudadanía - Martín Blanco - Martes, 24 de Febrero de 2026
Elegía al amigo inolvidable, por Martín Blanco.
Juan Pérez, en una imagen del álbum del autor.
Juan Pérez, en una imagen del álbum del autor.

“No perdono a la muerte enamorada” — Miguel Hernández

Cuando, en el paso silencioso de la vida, volvemos la vista atrás, descubrimos que casi todo lo importante ha sido una forma de amor.

Nos hemos enamorado de ideas, como quien se aferra a una luz que indica el camino.

Nos hemos enamorado de amistades y de personas: mujeres, hombres, niños, cada uno con su manera de estar en el mundo y de ser lo que son.

Nos hemos enamorado de ciudades y de países, de calles concretas y de paisajes que ya no sabemos si existen tal como los recordamos.

Nos hemos enamorado también del trabajo, del pan y del vino, de la conversación compartida, incluso de las pérdidas, que dejan huella y enseñan.

Nos hemos enamorado, en fin, de la lucha, de las luchas, de las que se ganan y de las que se pierden, de las que se hacen en silencio y de las que no admiten descanso. De las que ni siquiera se inician.

Al final, la vida no es otra cosa que un largo aprendizaje del querer. Cada uno ama como sabe, como puede y, muchas veces, como le dejan.

En ese querer -a veces torpe, a veces obstinado-, Juan siempre se nos presentó como alguien del que era inevitable enamorarse, por su brillo propio, sostenido, que no necesitaba imponerse para ser reconocido.

En Juan tomaron cuerpo las ideas que defendimos, la amistad que celebramos, el trabajo que respetamos, la conversación que compartimos y la lucha que nunca abandonamos.

Juan fue, ante todo, un amigo leal y generoso. De esos que no miden, que no calculan, que no se reservan.

Un amigo que estaba -sencillamente, estaba- en los días claros y en los días difíciles, en la celebración y en el cansancio, en la risa y en el silencio. La fidelidad no era en él una virtud declamada, sino una forma natural de estar en la vida.

Tuvo también el valor sereno de quien no rehúye la lucha. Valentía frente a la adversidad, pero también -y quizá, sobre todo- valentía para sostener principios, para no traicionarse, para defender un sentido propio de la justicia, aunque ello tuviera un coste.

En ese sentido fue faro sin aspavientos, combatiente sin épica impostada. Juan fue una persona que siempre se movilizó y luchó; sin garantías de victoria, pero sin renunciar nunca a pelear.

Ahí estuvo, donde muchos dudaron o se replegaron. En la batalla colectiva, dura, sostenida en la calle, en la prensa y en la conciencia, con los pocos. Nos expresó a todos con su manera de estar: firme, constante, convencido de que hay causas que merecen ser defendidas incluso en la derrota.

Amó la conversación como se ama una casa común. La sobremesa compartida y discontinua, la palabra que va y viene, la inteligencia despierta, la lucidez tranquila. 

Juan sabía escuchar y sabía decir; sabía enlazar ideas, recuerdos y afectos con una naturalidad de territorio compartido y de sentido común propio. En torno a una mesa -con pan, con cerveza, con tiempo- fue dejando una huella que hoy reconocemos con nitidez.

Fue trabajador incansable y emprendedor creativo. Probó caminos, ensayó proyectos, algunos viables, otros improbables, todos honestos en su intención

Fue trabajador incansable y emprendedor creativo. Probó caminos, ensayó proyectos, algunos viables, otros improbables, todos honestos en su intención. Trabajó con la mezcla justa de imaginación y esfuerzo, implicando a los demás no por imposición, sino por contagio. En ese hacer constante había una forma de responsabilidad que no buscaba reconocimiento, pero generaba confianza.

Y, por encima de todo, fue compañero de vida.

Presencia firme en los momentos de alegría y sostén discreto en los más duros.

Compañero de luchas y de batallas, coraza protectora de amistades e ideales, siempre dispuesto a dar un paso al frente cuando hacía falta, sin ruido, sin gesto heroico, con la naturalidad de quien entiende que cuidar también es una forma de combatir.

La amistad que comenzó con aquel muchacho que quería hacer felices a los niños llevándolos al circo, a las cabalgatas de reyes, haciéndose él mismo un niño, no se rompió nunca.

Al contrario, se fue haciendo más densa, más profunda, más verdadera con el paso del tiempo.

Una vida compartida, tejida de gestos pequeños, de rituales que se repiten, de recuerdos que hoy se agolpan porque saben que ya no habrá nuevos.

Amigo inolvidable. 

De los que no se van del todo, porque permanecen en lo que hemos sido capaces de amar gracias a ellos.

Juan; te hemos querido y te queremos.

Por Martín Blanco

Leída en su despedida el 17 de febrero de 2026