Campaña Diputación 8M.
CINCO SIGLOS DE NIÑOS EXPÓSITOS

Cien mil granadinos “hijos de nadie”

Ciudadanía - Gabriel Pozo Felguera - Domingo, 8 de Marzo de 2026
En este magnífico reportaje, Gabriel Pozo Felguera explica con detalle la historia de los niños abandonados, de los apellidos Expósito, de la Inclusa y de los tornos donde dejaban a los bebés, en un triste pasaje de España que, en Granada, de las provincia con mayor número de ellos, se extendió desde finales del siglo XV hasta bien entrado el XX.
Hueco cegado del torno o cajón de la Inclusa (muro del Hospital Real), donde fueron abandonados miles de niños a partir de 1753.
Hueco cegado del torno o cajón de la Inclusa (muro del Hospital Real), donde fueron abandonados miles de niños a partir de 1753.
  • Granada ha sido de las provincias españolas con mayor índice de niños abandonados en los cajones de la Inclusa; por eso abunda el apellido Expósito

  • Todavía existen vestigios del torno para dejar niños no deseados en el Hospital Real, que funcionó entre 1753 y mediado el siglo XX

He puesto 100.000 a ojo de buen cubero, basándome en varios indicios. Pero seguramente fueron muchos más los niños expósitos, los bebés abandonados por sus padres en Granada desde que empezó la era cristiana a finales del siglo XV. Granada fue de las provincias con mayor porcentaje de niños abandonados. Hasta mediado del XVIII eran las iglesias y conventos los que recibían en sus tornos o sus puertas una lluvia de hijos rechazados o que no podían ser criados por sus padres. A partir de 1753 fue el Estado el que abrió la primera casa-cuna, la Inclusa del Hospicio, para recogerlos. La mortalidad entre los niños abandonados era terrible, superior al 80%. Pero siempre era mejor dejarlos para que la providencia dispusiera de ellos que arrojarlos a la basura para que se los comieran los perros o echarlos a las acequias, algo muy común por estas tierras. Esas fueron las costumbres que imperaron en Granada, y en buena parte de España, hasta hace menos de un siglo. Todavía está visible en el muro del Hospital Real el arco de ladrillo que enmarcaba el torno en el que se abandonaba a los niños no deseados a diario. Granada es una de las provincias en las que más abunda el apellido Expósito. Vestigio de una época que afortunadamente ya pasó.

Las tornas han cambiado en las últimas décadas: ahora se buscan niños para prohijar. Hoy no es noticia que un matrimonio granadino viaje a China, Rusia o Vietnam a adoptar a un recién nacido. Tampoco que una madre soltera deje a su bebé en la Maternidad para que lo tutele la administración y lo adopte una familia. Lo que sí es noticia es que ocurran de vez en cuando hechos al estilo de siglos pasados: un bebé en un contenedor de basuras o semienterrado a las afueras. En este aspecto, nuestra sociedad ha cambiado poco en comparación con el medievo.

La otra alternativa que existía ─ésta muy extendida en Granada─ para deshacerse de un hijo no deseado era arrojarlo a los ríos y acequias de Granada

Hasta tiempos relativamente recientes era costumbre deshacerse de los hijos no deseados o llegados en malos momentos económicos. Toda Europa estaba plagada ya al principio de la edad moderna de cajones, tornos, buzones o zaguanes donde se depositaban los bebés no deseados. Obviamente, estaban situados en conventos, monasterios, iglesias o catedrales. Porque en aquella oscura época se le endosaba a la Iglesia el deber de sacar adelante a los recién nacidos que no se querían o no se podían criar por sus progenitores.

Esta modalidad de infanticidio estuvo muy presente en Granada hasta bien entrado el siglo XX

De no ser por la Iglesia u órdenes monacales, el destino del “exceso” de familia era abandonarlos en el campo para que dieran cuenta las alimañas o dejarlos en cualquier ventana, portal o escalera de una casa poderosa. A ver si había suerte y la familia pudiente se hacía cargo de él. Pero lo habitual era que muy frecuentemente los perros callejeros los devorasen. La otra alternativa que existía ─ésta muy extendida en Granada─ para deshacerse de un hijo no deseado era arrojarlo a los ríos y acequias de Granada. Esta modalidad de infanticidio estuvo muy presente en Granada hasta bien entrado el siglo XX. En la prensa hay bastantes referencias a niños muertos hallados por los hortelanos en los ramales de la Acequia Gorda.

Ilustración de unas monjas del XVII recogiendo a un bebé depositado en el torno de su convento. Debajo, monjas de la Caridad alimentándolos.

Que apareciera un niño en la puerta de una iglesia o un torno de convento no era motivo para que las autoridades iniciaran una investigación buscando a los padres. Se asumía que aquel niño pasaba de ser hijo de alguien a ser hijo de todos

Todo lo anterior referido a época cristiana, ya que no conocemos cómo fue la práctica en la era musulmana de esta tierra. La legislación a partir de los Reyes Católicos perseguía el infanticidio, pero la realidad es que estaba asumido socialmente el hecho de deshacerse de los niños no queridos nada más nacer. Eso sí, había que quitárselos de encima sin que se supiera la identidad de los progenitores. Que apareciera un niño en la puerta de una iglesia o un torno de convento no era motivo para que las autoridades iniciaran una investigación buscando a los padres. Se asumía que aquel niño pasaba de ser hijo de alguien a ser hijo de todos. Y entre todos había que intentar sacarlo adelante.

Aunque el “todos” se circunscribía a la comunidad religiosa o iglesia a la que se le endosaba. O a la inclusa de la Corona si el hecho ocurría en una ciudad grande que la tuviera

Aunque el “todos” se circunscribía a la comunidad religiosa o iglesia a la que se le endosaba. O a la inclusa de la Corona si el hecho ocurría en una ciudad grande que la tuviera. Ahí empezaba el contador de la vida para los cientos de niños que eran abandonados cada año en Granada. Un contador que solía pararse muy pronto para 8 de cada 10, porque la mortalidad para los niños abandonados era de ese porcentaje tan elevado.

Abandonados por miseria y honor

Entre principios del siglo XVI y mediado el XVIII hubo repartidos por Granada alrededor de una veintena de tornos en iglesias y conventos en los que se depositaba a los hijos no deseados. Monjes y monjas procuraban criarlos lo mejor que podían o buscarles alguna familia protectora. Algo similar ocurría en las iglesias. Incluso en la primera sacristía de la Catedral hubo habilitada una oquedad para entregar a bebés; aquel habitáculo desapareció en el incendio de 1746 y, cuando fue reconstruida, en 1765 no se dejó abierto porque las normas habían cambiado. Como muchos niños de los entregados llegaban fallecidos o fallecían en días posteriores no es de extrañar que los conventos tuvieran sus cementerios llenos de pequeñas tumbas; no procedían de monjas que profesaron embarazadas o fueron preñadas en secreto por los curas.

Las causas del abundante abandono de neófitos se pueden resumir en dos: la miseria y el honor

Las causas del abundante abandono de neófitos se pueden resumir en dos: la miseria y el honor. Las familias eran verdaderas máquinas de procrear niños en siglos pasados; más cuanto mayor era su pobreza y su analfabetismo. Los porcentajes de mortalidad infantil eran enormes; había mujeres que se pasaban sus vidas pariendo, más de una docena de hijos de media, para que llegaran a la madurez como mucho la mitad de ellos. En zonas de pobreza y rurales, como eran el Reino de Granada y Galicia, los porcentajes de abandono de niños eran los más altos de todo el país. Se notaba que los años de malas cosechas o escasez era cuando se disparaba su abandono.

El abandono de menores fue un pecado social colectivo hasta bien entrado el siglo XX

En cuanto a la ilegitimidad, buena parte de los niños que iban a las inclusas afectaban a muchachas solteras de buenas familias, cuyos progenitores querían evitar la mancha sobre sus apellidos. En casos de jóvenes de pueblos ocurría algo parecido: escondían su embarazo para no estar en boca de sus vecinos, hasta que un día emprendían viaje a la capital para deshacerse de los bebés. También entraban en los tornos bastantes niños procedentes de mujeres que se quedaban embarazadas mientras ejercían la prostitución. El abandono de menores fue un pecado social colectivo hasta bien entrado el siglo XX.

Nada más recoger a un expósito en los tornos se sospechaba su procedencia

Nada más recoger a un expósito en los tornos se sospechaba su procedencia. Un porcentaje alto ya era depositado muerto o moribundo. Los de padres más pobres eran dejados desnudos o liados en un trapo, incluso todavía con restos de cordón umbilical. En cambio, los procedentes de “buenas familias” iban acompañados de una canastilla con un pequeño ajuar de ropas, e incluso en algún caso con un poco de dinero para iniciar su alimentación.

Aparece la Inclusa en 1753

La forma de criar a los expósitos de la época en conventos e iglesias permanece en la nebulosa de la historia. No así lo ocurrido a partir de 1753, cuando los ilustrados de los gobiernos del Marqués de la Ensenada decidieron hacerse cargo desde el Estado de ese problema tan extendido. Crearon los Reales Hospicios con una concepción muy diferente, desde el punto de vista de la secularización de la misericordia; en Granada existía desde principios del XVI el Patio de los Inocentes como una sección del Hospital Real, pero con capacidad muy limitada. Querían retirar de las calles la enorme masa de vagabundos y niños desamparados para intentar reintroducirlos en la sociedad de manera que fuesen productivos y útiles.

Fueron muchísimas las mujeres de barrios pobres de Granada que prestaron sus pechos y sus casas para criar expósitos de la Inclusa; en el periodo 1753-1800, el Hospicio recurrió a 14.922 mujeres para que criaran a los abandonados

Los ilustradores trataron de hacer verdaderas casas de amparo en las que primero se intentaría superar los primeros meses de lactancia (recuérdese que el 80% de los niños que entraban no llegaron a superar el primer mes de vida). Los afortunados que sobrevivían pasaban a un segundo estadio: se les entregaba a un ama de cría externa para que intentara sacarlos adelante. Solían ser mujeres también pobres que amamantaban a hijos propios o se les habían muerto al poco de nacer. Con ellas permanecían hasta cumplir los tres años y medio. A cada ama de cría se les pagaba de media 16 reales al mes durante el periodo de lactancia y después se les rebajaba a 11 reales/mes en el periodo de destete. En esos tres años y medio también había un porcentaje alto de fallecimientos, sobre todo si el ama de cría estaba sacando adelante a un hijo propio de manera paralela. Fueron muchísimas las mujeres de barrios pobres de Granada que prestaron sus pechos y sus casas para criar expósitos de la Inclusa; en el periodo 1753-1800, el Hospicio recurrió a 14.922 mujeres para que criaran a los abandonados. Era un trabajo con el que colaboraban al sostenimiento de sus economías familiares.

Sólo el 2% de los abandonados por padres conocidos solían ser recuperados años más tarde, cuando la situación económica familiar había mejorado

Una vez devueltos los niños al Hospicio, al cumplir 3,5 años, empezaba el periodo de instrucción. En el Hospicio había una media de cinco madres (hermanas de la Caridad) que les enseñaban lo más básico para sus vidas futuras. Aquellas monjas eran al mismo tiempo sus madres y sus maestras. Se pasaban las vidas en un internado donde jugaban y asistían a la escuela.

Todos ellos eran ofrecidos en adopción. Un porcentaje elevado se los quedaban las mismas amas de cría que se hicieron cargo de ellos tres años y medio atrás. Algunos tenían la suerte de ser adoptados por matrimonios con capacidad económica. Sólo el 2% de los abandonados por padres conocidos solían ser recuperados años más tarde, cuando la situación económica familiar había mejorado. Incluso algún que otro lo reclamaron hermanos mayores.

Grabado de Gustavo Doré de una pareja alejándose del torno de una inclusa tras dejar a su bebé.

Los de la Inclusa eran separados por sexos al cumplir los seis años. Las niñas pasaban al Real Colegio de la Concepción

Los de la Inclusa eran separados por sexos al cumplir los seis años. Las niñas pasaban al Real Colegio de la Concepción (un anejo del Beaterio de Santa María Egipciaca). Ahí eran formadas en tareas propias del hogar, para que al cumplir doce-catorce años pudieran ser colocadas como sirvientas, casarse o profesar como monjas en conventos. En cuanto a los varones, un porcentaje pasaba al Seminario de la Providencia para formarse hasta los catorce años. Los que mostraban aptitudes religiosas podían quedarse como auxiliares de conventos e iglesias; nunca el seminario aceptó para clérigos a niños de padres desconocidos. Incluso cuando estudiaban en él se les vestía con ropas diferentes.

Su destino era engrosar la delincuencia o la prostitución en el caso de algunas niñas

El grueso de niños expósitos era formado en los talleres que solía haber en la Inclusa, de alpargatería, cordelería, carpintería, música, pintura, etc. Eso en los tiempos que funcionaron, porque no siempre fue así. Eran “liberados” a la calle al cumplir los 16 años y en muchos casos no tenían oficio ni beneficio al que dedicarse. Su destino era engrosar la delincuencia o la prostitución en el caso de algunas niñas. Hubo bastantes artesanos y comerciantes que colaboraron en la formación externa de niños de la Inclusa; salían cada día a aprender a sus talleres o a sus tiendas. Con el tiempo consiguieron hacer de ellos unos buenos profesionales e incluso acabaron adoptándolos como herederos. Algún taller del Hospicio ─como el de marquetería y taracea que montó el maestro Molero─ fue la base de los mejores ebanistas de Granada durante todo el siglo XX.

La caja pública o torno del Hospital Real

La reunificación de todos los tornos de conventos e iglesias a partir de 1753 dejó como único lugar de entrega de niños a la caja o torno del Hospital Real, la Inclusa. Lo construyeron en el muro Sur, el que miraba a la explanada del Triunfo, casi enfrente del Convento de Capuchinos. Consistía en un arco de ladrillo de mediano tamaño, con una piedra en forma de brocal de aljibe. En medio había un cajón de madera que funcionaba como un torno de convento. Quien estaba dentro no podía ver al de fuera. Al lado había una cuerda que conectaba con una campanilla en el interior. Por dentro, y anejo al edificio original del Real Hospital, fueron construidas instalaciones para ampliar dormitorios, lavandería, comedor y talleres de la Inclusa.

Quien decidía abandonar allí a su hijo sólo tenía que depositarlo en el torno y hacer sonar la campana

Quien decidía abandonar allí a su hijo sólo tenía que depositarlo en el torno y hacer sonar la campana. Dentro había una persona encargada de recoger al niño lo antes posible. Aunque el muro del Hospital Real ha sufrido muchas modificaciones y la calle Ancha de Capuchinos ha sido elevada de cota, todavía sigue estando visible el arco original de ladrillo. Su interior fue cegado en la década de los años cincuenta del siglo pasado, cuando fueron demolidas las instalaciones anexas y habilitado el solar como jardín.

Muro del Hospital Real visto desde la calle Divina Pastora, años cuarenta. A la derecha se ven las construcciones de la antigua Plaza de Toros del Triunfo.
Instalaciones de la Inclusa y tendedero, pegadas al edificio del Hospital Real, en el año 1943.
Ilustración de un abandono en el torno que hubo en el muro del Hospital Real. L. RUIZ RODRÍGUEZ.
Hospicio en 1977, ya con la Inclusa demolida y en fase de construcción del jardín y acabado de la verja exterior.
Vista actual del muro rebajado que rodeaba el Hospicio y ubicación del antiguo torno.

Al ser un descampado diáfano y al lado del camino de Pulianas, había cierta reticencia, con lo cual solían seguir apareciendo niños abandonados en puertas de iglesias e incluso sobre los altares

Quienes abandonaban a sus hijos lo hacían preferentemente en horas nocturnas, para preservar su anonimato. El lugar estaba considerado por entonces muy a las afueras de la ciudad. No obstante, al ser un descampado diáfano y al lado del camino de Pulianas, había cierta reticencia, con lo cual solían seguir apareciendo niños abandonados en puertas de iglesias e incluso sobre los altares (por entonces todos los edificios religiosos estaban abiertos al público). Esa actitud hizo que la junta que dirigía el Hospicio buscase algún sitio dentro del casco urbano más recóndito y ajeno a las miradas. En 1775 decidieron comprar una casa en la calle Elvira; fue la llamada Casa Cuna, en el ensanche que hay muy cerca de la iglesia de San Andrés. Esta casa estuvo funcionando como anexo de la Inclusa del Hospicio Real hasta el año 1811. En este año, por iniciativa de los franceses, fue creada una junta de señoras notables que se encargaron de actuar como una especie de rectoras o consejo del Hospicio. También de acopiar donativos para mejorar la atención a los niños.

Placeta del Postigo de la Cuna-Pozo Ayrón, con acceso por la calle Azacayas, donde estaba el cajón de la Casa-Cuna para dejar a los expósitos.

La existencia de la Inclusa en la demarcación de la Parroquia de San Ildefonso y de la Casa Cuna en la de San Andrés es el motivo de que en ellas fue donde se dieron la inmensa mayoría de bautismos de los niños. Los libros de San Andrés están perdidos, no así los de San Ildefonso, donde en doce tomos aparte se registran los centenares de bautizados en los años en que estuvo en funcionamiento.

Doce libros del archivo parroquial de San Ildefonso guardan el listado de miles de niños expósitos bautizados allí entre 1753 y 1960.

A la inmensa mayoría de niños sin padres conocidos, hijos de nadie como se decía por entonces, se les apellidaba como Expósito. Viene a significar expuesto, dejado en público, abandonado

A la inmensa mayoría de niños sin padres conocidos, hijos de nadie como se decía por entonces, se les apellidaba como Expósito. Viene a significar expuesto, dejado en público, abandonado. Llevar ese apellido era un estigma en el pasado: no conocía de dónde se procedía, carente de algo tan importante como la nobleza del apellido. Pero, además, también el nacido expósito trasmitía el baldón a sus descendientes. Ese apellido se consideró en lastre en la mayoría de casos, pues no sólo la Iglesia les vetaba para ser sacerdotes, también se les alejó durante mucho tiempo de los estudios universitarios y de cargos importantes. Por ejemplo, en la Universidad de Granada sólo llegó a licenciarse un muchacho con el apellido Expósito en segundo lugar (en 1884). Otro ejemplo: en el Congreso y Senado no aparece ningún prócer con ese apellido hasta bien entrado el siglo XXI.

Por eso procuraron buscar fórmulas que alejaran el sambenito de no tener padres conocidos. Los apellidaban Fulano Delaiglesia, Dejesús, Diosdado, etc

De aquella marginación ya fueron conscientes los frailes y curas de siglos pasados. Por eso procuraron buscar fórmulas que alejaran el sambenito de no tener padres conocidos. Los apellidaban Fulano Delaiglesia, Dejesús, Diosdado, etc. Existen sus correspondencias en otras lenguas del Estado: Deulofeu (Dioslohizo), Trobat (hallado), Daigrexa (Delaiglesia), Kutxaga (de la caja, del torno), etc. O los apellidaban con el santoral del día. Los legisladores del siglo XIX adoptaron la solución de que a los expósitos prohijados se le pusiera como primer apellido el del ama de cría e incluso los de un matrimonio si lo adoptaban directamente de la Inclusa. De ahí que muchísimos Expósito de bautismo después llevaran otros apellidos cambiados.

Mapas del INE con la frecuencia del apellido Expósito en primer lugar, por provincias y por municipios. Los Expósito abundan en Andalucía, Extremadura, Tenerife y Galicia.

La zona de Andalucía y concretamente Granada son de los territorios donde actualmente existe mayor porcentaje de gente que lleva uno o dos apellidos Expósito

En este aspecto, la zona de Andalucía y concretamente Granada son de los territorios donde actualmente existe mayor porcentaje de gente que lleva uno o dos apellidos Expósito. Eso no quiere decir que ellos fueran abandonados, pero lo arrastran de sus antepasados. Las estadísticas del INE nos dicen que Granada es de las que tienen mayor porcentaje, con una media provincial del 1,16 por millar de habitantes. Traducido a números, hay 1.258 granadinos que llevan Expósito como primer apellido, 1.488 el segundo y 10 que lo llevan repetido.

En el Cementerio de Granada hay 139 difuntos enterrados que llevaron Expósito como primer apellido y algo más de 200 con el segundo

El apellido Expósito figura en el ranking número 132 de más abundante entre la población española; o lo que es lo mismo, en España hay algo más de 34.000 personas con Expósito de primer apellido y 37.078 como segundo. 382 llevan los dos. [Las provincias con más apellidos Expósito son Jaén, 5,14 por mil; Lugo, 2,53; Córdoba, 2,10; y Badajoz, 1,3. En cuanto a poblaciones de Granada provincia, los datos destacables son los siguientes: Bérchules, 11,4; Lecrín, 7,92; Guadix, 6,46; Jerez, 6,11; La Zubia, 1,35; Granada capital, 0,85 por millar de vecinos].

Otros ejemplos: en el Cementerio de Granada hay 139 difuntos enterrados que llevaron Expósito como primer apellido y algo más de 200 con el segundo. Y en la guía telefónica correspondiente a los años 1987-88 tenían teléfono a su nombre 54 personas de la capital con el primer apellido Expósito.

26.210 abandonados en el siglo XVIII

No es de extrañar esa abundancia ─todavía─ del apellido Expósito en Granada. Las cifras muy detalladas que se conservan en el Archivo Histórico de la Diputación Provincial aseguran que durante todo el siglo XVIII fueron abandonados en el distrito del Obispado de Granada un total de 26.210 recién nacidos, a una media de 262,1 por año[i]. Dos terceras partes procedían de la capital y el otro tercio de pueblos, con especial abundancia en los costeros. No se daba discriminación entre sexos a la hora de abandonar pequeños, lo que primaba era quitarse una boca de en medio. Fuese hembra o varón.

Tenemos un ejemplo subjetivo que lo facilitó una monja de la Caridad que estuvo toda su vida encargada de la caja de la Inclusa. Se llamaba Blasa Sáinz; falleció el 18 de septiembre de 1929, tras 57 años oyendo sonar la campanilla todos los días

Los gráficos del XVIII demuestran dos cosas: que los años de malas cosechas o desastres naturales se disparaban los abandonos; la segunda, que la explosión demográfica que se experimentó en el tercio final de ese siglo también fue acompañada de un aumento de abandonos: hubo años (1796, 1799) en que se superaron los 400 abandonos/año. El año 1800 se registraron 440 abandonos. Teniendo en cuenta que los niños bautizados aquel año apenas superaron los 4.000, la conclusión es fácil: aproximadamente uno de cada diez niños nacidos acabó en el torno de la Inclusa del Hospital Real o en el de la Casa Cuna de la Calle Elvira.

El convulso siglo XIX continuó la tendencia alcista en Granada, pues la población se multiplicaba exponencialmente. Tenemos un ejemplo subjetivo que lo facilitó una monja de la Caridad que estuvo toda su vida encargada de la caja de la Inclusa. Se llamaba Blasa Sáinz; falleció el 18 de septiembre de 1929, tras 57 años oyendo sonar la campanilla todos los días. Decía la prensa en su nota necrológica que recibió en sus manos nada menos que 40.000 niños abandonados entre 1872 y 1929. Es decir, la brutal media de 701,7 niños por año.

Noticia de El Defensor sobre la muerte de la responsable de recoger a los expósitos durante más de medio siglo.

En algunos de aquellos estadillos resulta sobrecogedor comprobar cómo la mayoría eran depositados ya muertos o fallecían a las pocas horas

Esa cifra de la monja es bastante creíble. Otro ejemplo. En 1841 era habitual que se publicara en la prensa provincial el movimiento demográfico, también el de entradas y salidas a la Inclusa, la Cárcel, hospitales, etc. Pues bien, en varios días del mes de septiembre de aquel año era habitual que aparecieran 2, 3 y hasta 4 niños abandonados en la Casa-Cuna a diario. En algunos de aquellos estadillos resulta sobrecogedor comprobar cómo la mayoría eran depositados ya muertos o fallecían a las pocas horas. Los dos ejemplos que siguen, de la primera semana de septiembre de 1841, son lamentables: entraron 3 y 4, respectivamente, y fallecieron 2 y 3.

Recorte de un periódico local de los días 2 y 4 de septiembre de 1841 en que figura el número de niños abandonados esos días.

La expresión hijos de nadie, sacada de contexto, la puso de moda un político gallego al final del reinado de Isabel II

Desde tiempo inmemorial a los niños expósitos se les humilló llamándoles hijos de nadie. Era de los peores insultos que se podía proferir contra un español de siglos pasados, cuando se mataba por defender el abolengo del apellido. Se entendía que era como decirles que eran unos hijos de puta. La expresión hijos de nadie, sacada de contexto, la puso de moda un político gallego al final del reinado de Isabel II. Ocurrió en 1864 y continuó activa unos años más tarde para ofender a los políticos de la bancada contraria y, sobre todo, a los periodistas críticos con la gestión de los miembros del gobierno. La ocurrencia la escupió Cándido Manuel Rodríguez de la Flor; aquel bocazas fue diputado por varias provincias entre 1843 y 1872, incluso fue ministro de Gobernación. El final de su vida política lo acabó en las filas del Carlismo.

Deplorable situación de la Inclusa en el XIX

Las condiciones de la Inclusa del Hospital Real debían ser tan deplorables en la segunda mitad del XIX que alarmaron incluso al capellán destinado a atender al colectivo de dementes, ancianos, pobres y expósitos allí acogidos. En la memoria que redactó el director del Hospital Real correspondiente a 1887 se quejaba de no poder hacer un balance de las enseñanzas en artes y oficios que se daban “porque las condiciones del local a duras penas dan para más que contener tan numerosa población de acogidos”. Hubo que renunciar a establecer un gimnasio higiénico, así como a la ampliación de talleres. Se tuvieron que contentar con las enseñanzas que existían. No hubo más remedio que sacar a jóvenes a aprender oficios en cualquier taller externo o centro de trabajo que los aceptara como aprendices. Todo apunta a una masificación excesiva del Hospicio.

El escándalo por el tema del Hospital y por la actitud del gobernador levantó una ola de solidaridad en toda España. Pero los asilados apenas mejoraron su situación

En cénit llegó en el verano de 1894, el cura Francisco Moreno Cortés dirigió tres extensas cartas al periódico La Alianza en las que ponía a bajar de un burro la atención que la Diputación prestaba en el Hospital Real a los niños, a los ancianos y a los dementes. Decía que era pésima la situación de los trabajadores, había “centenares de niños muertos de hambre, los dementes desnudos, todos los asilados de una administración desastrosa”. Tan alarmante revelación no sentó nada bien a las autoridades del momento. El gobernador civil era el almirante Federico Loyporri, del Partido Liberal; decidió encarcelar al cura y al director del periódico. Además de imponerles sendas multas de 1.500 pesetas. El escándalo por el tema del Hospital y por la actitud del gobernador levantó una ola de solidaridad en toda España. Pero los asilados apenas mejoraron su situación.

De vez en cuando surgía algún alma caritativa que con su donación contribuía a mejorar las necesidades de los niños. Porque para los políticos este tema no era un tema de atención prioritaria

De vez en cuando surgía algún alma caritativa que con su donación contribuía a mejorar las necesidades de los niños. Porque para los políticos este tema no era un tema de atención prioritaria. Este fue el caso de una dama de la junta de señoras, Gracia Carvajal, que falleció sin descendencia directa en 1918 y dejó su herencia de 150.000 pesetas para que les comprasen ropas, utensilios y herramientas para que aprendieran oficios. Sirvió para un respiro de varios años.

1930, situación insostenible del Hospicio

El catedrático de Pediatría Rafael García-Duarte (1894-1936) ocupaba un cargo de responsabilidad en la asistencia sanitaria de Granada en el año 1930. En esa fecha elaboró un informe muy crítico sobre el estado de Hospicio y la Inclusa, que seguía estando ubicado en el edificio del Hospital Real y con métodos y sistemas de atención de dos siglos atrás.

Lo describía como un lugar en el que había cierto orden, pero estaba lleno de privaciones, desatenciones, repleto de atropellos oficiales.

Lo describía como un lugar en el que había cierto orden, pero estaba lleno de privaciones, desatenciones, repleto de atropellos oficiales. Y nadie se quejaba de aquella “nefasta institución”. Por entonces continuaba dependiendo de la Diputación provincial. Pero se había llegado a una situación en que los jóvenes incluseros se empezaban a rebelar contra la madrastra que les ahogaba. Esta institución dedicaba un dineral a su manutención, pero lo hacía sin criterio y de manera desorganizada. Los resultados eran nefastos: la mortalidad se mantenía todavía por encima del 60% de los que llegaban; el colectivo era pasto de infecciones contagiosas de tracoma, tiñas y piodermatitis.

Las causas del abandono de los bebés habían cambiado notablemente con relación a siglos anteriores

Las causas del abandono de los bebés habían cambiado notablemente con relación a siglos anteriores. En 1930 calculaba este pediatra que el 30% de los asilados tenían padre y madre conocidos; el 60% tenían vivo a uno de los progenitores; sólo del 10% se podía considerar verdaderamente abandonados sin que se supiera quiénes eran sus padres.

En cuanto a su formación y ocupación, el informe criticaba la ausencia de planes para prepararlos de cara a su futuro laboral, una vez salieran del Hospicio. Se temía que la mayoría irían a engrosar el contingente de ociosos, delincuentes, vagabundos y/o prostitutas

En cuanto a su formación y ocupación, el informe criticaba la ausencia de planes para prepararlos de cara a su futuro laboral, una vez salieran del Hospicio. Se temía que la mayoría irían a engrosar el contingente de ociosos, delincuentes, vagabundos y/o prostitutas. Por eso entendía que era tirar el dinero mantener el Hospicio en esa situación, propia del siglo XVIII. Los avances de la puericultura europea no habían pasado por allí. La solución no consistía sólo en hacer un edificio más moderno ni aumentar la comida ni vestirles mejor. Lo que ya se estaba haciendo en Europa (también en Madrid y Barcelona) era abolir los hospicios. En su lugar había que ayudar a la madre-hijo que era la raíz del problema, creando instituciones de acogida para las mujeres embarazadas, sin medios, antes de que se vieran obligadas a “tirar” a los bebés o a dejarlos en una inclusa. También fomentando la adopción. Después, educar a esos niños, hacerlos hombres cultos y provechosos. En suma, proponía que el Estado se convirtiera en un verdadero padre y no en el padrastro que venía siendo desde el siglo XVIII. Había que arrebatar el Hospicio a la burocracia oficial.

Rafael García-Duarte, tras la campaña que emprendió, fue llamado por los partidos de izquierdas, en los que militó. Ocupó concejalías, fue diputado y otros cargos institucionales. Hasta que en 1934 decidió apartarse de la política, un tanto desencantado. Tras el golpe de estado de julio de 1936, alguien se la tenía guardada y lo envió a fusilar a las tapias del cementerio.

El reciente final de la inclusa

A partir de la guerra civil de 1936-39 se dio un cambio radical en cuanto al abandono de niños en la inclusa. A pesar de la complicada situación de hambre y elevado número de huérfanos por padres muertos en la contienda, ya no se registraban tantos abandonos como hasta la II República. Otra novedad que se constató fue el cambio de abandono anónimo a la cesión identificada. Esto significaba que muchas madres solteras, progenitores enfermos o matrimonios pobres cedían a sus hijos a la Inclusa porque no tenían medios para sacarlos adelante. Conllevaba en la mayoría de casos aparejado el compromiso de recuperarlos cuando su situación mejorase.

Ya no aparecían en la mayoría de los casos con los apellidos Expósito, sino con los reales de los padres o los dos de la madre. Incluso de los abuelos

La primera consecuencia de aquellos niños cedidos fue que en los libros de bautismo de la parroquia de San Ildefonso, también en el registro civil, ya no aparecían en la mayoría de los casos con los apellidos Expósito, sino con los reales de los padres o los dos de la madre. Incluso de los abuelos.

Una de las amas de cría cuidando de varios lactantes en una sala de la Inclusa aneja al Hospital Real, en los años cuarenta. DIPUTACIÓN.
Escuela de niños en el crucero alto del Hospital Real, en 1943. DIPUTACIÓN.
Las niñas, separadas de los varones a partir de los seis años, aprendían a coser en las galerías del Patio del Emperador del Hospicio. DIPUTACIÓN.
Niñas en un taller de bordado de la Inclusa, arregladas durante una visita de autoridades, en 1943. DIPUTACIÓN.

Pero la situación administrativa y económica del Hospicio de Inocentes había cambiado poco con relación al siglo XIX. En el año 1943, siendo presidente de la Diputación el falangista Antonio Robles Jiménez, elevó una moción al gobierno de Madrid pidiendo auxilio para acabar con aquel submundo de miseria (Ver: De Real Hospital de los Reyes Católicos a "antro de muerte y cubil de alimañas").

La campanilla de aviso apenas funcionaba en horas nocturnas en la calle Ancha de Capuchinos. El hueco fue cegado con ladrillos

El atrasado sistema de acogida y formación de niños expósitos de Granada se tambaleó. Pareció entrar en un proceso de cuenta atrás para levantar un moderno orfelinato provincial a las afueras de Granada. De todas formas, la Inclusa todavía siguió funcionando a medio gas durante unos cuantos años más. Aunque a partir de la década de los 40 los niños ya no eran abandonados en el torno del Hospital Real; se procuraba que alguna persona intermediara para entrarlo por la puerta principal del edificio. La campanilla de aviso apenas funcionaba en horas nocturnas en la calle Ancha de Capuchinos. El hueco fue cegado con ladrillos.

La última niña bautizada en la iglesia de San Ildefonso procedente de la Inclusa del Hospital Real fue en enero de 1960

La última niña bautizada en la iglesia de San Ildefonso procedente de la Inclusa del Hospital Real fue en enero de 1960. En el archivo parroquial del distrito Inclusa se conservan doce libros específicos que contienen los nombres de todos los niños depositados en el cajón de la calle Ancha de Capuchinos entre 1753 y 1960.

Se cerraba un negrísimo periodo en la historia social de España con cifras escalofriantes

Se cerraba un negrísimo periodo en la historia social de España con cifras escalofriantes. Sólo en Madrid se calcula que fueron abandonados unos 650.000 bebés entre los siglos XVI hasta principios del XX, con una media de un millar algunos años. Granada no le fue a la zaga. Así es que la cifra de 100.000 granadinos para un periodo similar no resulta nada exagerada. Incluso podría quedarse bastante corta.

Quedan hoy con vida varios centenares de granadinos que conocen, aunque sólo sea de oídas, los terribles padecimientos. Y seguramente también algunos de ellos los sufrieron en carnes propias.

Notas al pie de página:


[i] Cifras tomadas del libro Marginación y pobreza en Granada en el siglo XVIII, de María del Prado Fuente Galán. Editorial UGR. 2000.

El tratamiento y mejora de imágenes es obra de Luis Ruiz Rodríguez.