Los siete sabios y el saber vivir

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 21 de Enero de 2018
Los siete sabios de Grecia.
Los siete sabios de Grecia.

'Sabiendo, calla'. Solón

'Odia el hablar rápido'. Bías

'Ser ávido de escuchar y no de hablar'. Cleóbulo

'Que tu lengua no corra por delante de tu pensamiento'. Quilón

Es difícil imaginar en estos tiempos en los que vamos con tanta prisa a cualquier lugar, sabiendo bien donde vamos, pero sin estar muy seguros de a dónde nos dirigimos, tiempos sin pausa donde la vida transcurre al sino de un rígido cronometro que determina nuestros actos y movimientos, con la misma rigidez que un reloj controla el mecanismo de sus agujas, que hubo un tiempo, perdido en la nebulosa niebla que entremezcla el mito y la historia, donde se consideraba sabio a aquellos que ponían por delante la reflexión a la acción, la pausa a la prisa, el conocer antes de juzgar; la sabiduría del saber vivir. Eran los albores de la civilización occidental, nacida en esos rincones al albur del Mediterráneo, cruce de caminos de florecientes culturas, que entre guerra y guerra, eran capaces de intercambiar costumbres, conocimientos, ciencia y filosofía. De esa mestiza mezcolanza nacieron las polis griegas donde aquellos sabios, hace ya más de dos mil setecientos años, creyeron que era hora, no solo de sobrevivir, sino de aprender a vivir, una enseñanza que los contemporáneos, parece, hemos olvidado, agobiados por tanto apresuramiento.

En algunos privilegiados rincones pegados al mar Mediterráneo aún quedan restos, en las costumbres, en los caracteres, de esta virtud que dio lugar al nacimiento de esa sabiduría que empezó a preocuparse por saber vivir, por preguntarse esos porqué que cuestionan aquellos rumbos que nos marcan, y siempre desechamos por, curiosamente, falta de tiempo, por debilidad, porque hemos aprendido a obedecer sin cuestionar, o por qué no decirlo, por miedo a encontrar la respuesta a esas cuestiones

El divulgador y ensayista italiano Luciano De Crescenzo vincula el nacimiento de esa antigua sabiduría a un verbo del griego clásico, intraducible sin recurrir a oraciones complejas; agorazein: podría traducirse por ir a la plaza a ver qué se dice, no se trata de hacerlo con un fin concreto, tal y como parece que hoy día hacemos cualquier cosa, se va a olfatear, puede uno comprar algo, husmear simplemente, encontrarse con amigos y charlar con ellos, conocer gente, oír noticias. El escritor italiano en su análisis filológico indica como el participio de ese verbo, agorazonta, describe la peculiar manera de pasear de aquel que práctica el agorazein, el que avanza  caminando con lentitud, nunca yendo a un destino por el camino recto o más corto. En algunos privilegiados rincones pegados al mar Mediterráneo aún quedan restos, en las costumbres, en los caracteres, de esta virtud que dio lugar al nacimiento de esa sabiduría que empezó a preocuparse por saber vivir, por preguntarse esos porqué que cuestionan aquellos rumbos que nos marcan, y siempre desechamos por, curiosamente, falta de tiempo, por debilidad, porque hemos aprendido a obedecer sin cuestionar, o por qué no decirlo, por miedo a encontrar la respuesta a esas cuestiones.

Antes de Sócrates, antes de Platón y Aristóteles, en la tradición griega, hay múltiples referencias a los siete sabios de Grecia, así los llamaban, aunque para ser sinceros los historiadores, qué raro, no se pusieron de acuerdo y las referencias son de hasta 22 nombres. Para aquellos con extrema curiosidad, o con deseos de encontrar nombres originales para sus mascotas, son: Tales, Pítaco, Bías, Solón, Cleóbulo, Quilón, Periandro, Misón, Aristodemo, Epiménides, Leofanto, Pitágoras, Anacarsis, Epicarmo, Acusilao, Orfeo, Pisístrato, Ferécides, Hermioneo, Laso, Pánfilo y Anaxágoras. Tan solo en los cuatro primeros nombres hay acuerdo en tanto a su pertenencia al Olimpo de los siete sabios originales, quién sabe. Lo que si resulta común, de esos sabios más antiguos, especulando, por lo poco que ha perdurado de sus enseñanzas, es que todos compartían esa pausa, esa contención a la hora de proclamar sus verdades sobre la vida. Hoy día nos creemos muy listos por haber inventados los memes que te encuentras en Facebook o en el WhatsApp de turno todos los días, que no dejan de ser refranes, algunos adaptados de la sabiduría popular, otros adaptaciones de estupideces actuales, cuando si alguien merece el crédito de dicha invención eran estos lacónicos sabios; Crescenzo ironiza acerca de cómo a pesar de no existir los medios de comunicación, ni las redes sociales, añado yo, la popularidad de estas máximas se extendió por todas las polis y colonias griegas; algunas aún perduran, más o menos modificadas, hoy día, aunque les hacemos poco caso, a pesar de su miles de año de existencia; algunas otras merece la pena haberlas dejado atrás, salvo que seas un cavernícola retrogrado, como “toma esposa entre tus semejantes”, de Cleóbulo, otras hubieran merecido mejor suerte como “trata con las personas convenientes”, que en su sentido original nos aconseja que nos juntemos con aquellos que son mejores que nosotros, pues así saldremos ganando. Si muchos de nuestros políticos, o responsables de dirección en las empresas o similares, olvidaran sus miedos a parecer poco inteligentes, tampoco vamos a llamarles tontos, y buscaran rodearse de talento, sin el temor a que eso les minusvalorara, en lugar de rodearse de aquellos que consideran menos listos, no vamos tampoco a llamarles tontos, o aquellos sumisos, que es una cualidad que no casa mucho con el talento, quizá, las cosas en el mundo podrían ir un poco mejor.

A través de las canciones, los poemas, las narraciones, las enseñanzas de estos primigenios sabios se fueron haciendo cada vez más populares, pues en ellas se encontraban esos consejos morales, que ayudaban a saber cómo vivir. Qué hubiera pensado Quilón de nuestros tiempos cuando se popularizo su máxima: es sobre la piedra donde se prueba el oro, pero es sobre el oro donde se prueba al hombre, si hoy día hasta nuestra dignidad se vende con facilidad, siempre que encontremos un comprador dispuesto.

Uno de los más queridos en la época fue Pítaco de Metilene; algunas de las citas que han permanecido en nuestra memoria histórica, a pesar de la bárbara resistencia a la memoria del conocimiento en nuestra ancestral cultura son: “Lo que vas a hacer no lo digas”, una llamada de atención a esa verborrea que nos pierde tanto, en la vida, en los amores y  en la política. Otra digna de un meme de nuestra época, “es difícil ser buenos”, máxima que no por antigua es menos cierta. “Digna de confianza es la tierra, infiel el mar”; se ve que el pobre no era buen marinero, pero que más allá de avisos sobre tormentas marítimas, nos avisa de que más nos vale tener bien consolidados los cimientos cuando deseamos construir algo en nuestra vida, como una vida compartida con otra persona, antes de tomar la decisión. Y mi preferida, quizá porque sea la más complicada de todas estas máximas morales: “soporta el ser incordiado por tu vecino”. Que mal se nos sigue dando hoy día la tolerancia hacia el otro, sea nuestra pareja, nuestra familia, nuestros vecinos, nuestros compatriotas o aquellos que han tenido la fortuna o mala fortuna de nacer en una frontera trazada en un papel. Cuánto nos molesta todo lo que hacen los demás, y que poco nos preocupamos por aquello con lo que a su vez les molestamos, pero a no ser que uno desee convertirse en un misántropo ermitaño, que es una opción, habrá que aprender a soportar a los demás.

Que mal se nos sigue dando hoy día la tolerancia hacia el otro, sea nuestra pareja, nuestra familia, nuestros vecinos, nuestros compatriotas o aquellos que han tenido la fortuna o mala fortuna de nacer en una frontera trazada en un papel. Cuánto nos molesta todo lo que hacen los demás, y que poco nos preocupamos por aquello con lo que a su vez les molestamos, pero a no ser que uno desee convertirse en un misántropo ermitaño, que es una opción, habrá que aprender a soportar a los demás

Una leyenda de la época, tan poco verosímil como la Ilíada homérica, pero tan sabia como el épico poema homérico, sobre la condición y la naturaleza humana, narra el encuentro de los siete sabios en el oráculo de Delfos. Cada uno de ellos, alentado por el sumo sacerdote de los cultos apolíneos aportó una máxima que habría de inscribirse en sus muros; Quilón el famoso lema de la entrada: “Conócete a ti mismo”. Cleóbulo a la derecha optó por “optima es la medida”, a la izquierda, Periandro, que no debía estar muy de acuerdo con la proclama de Pítaco sobre los vecinos: “la cosa más bella del mundo es la tranquilidad”.  De manera tan modesta como su máxima, Solón decidió buscar un rincón mucho más escondido y escribió: “aprende a obedecer y aprenderás a mandar”. Ay, con tanto mandón suelto en nuestro contemporáneo mundo, se ve que debía haber buscado un mejor rincón. Tales que era probablemente más espabilado en marketing comunicativo decidió hacerlo en los muros exteriores para que al entrar por la vía principal todos los peregrinos vieran su escrito; “¡acuérdate de los amigos!”. No está claro si reclamaba que algún afortunado conocido se acordará de repartir algo de su suerte con él, o más probablemente que la mayor riqueza en la vida se mide por la calidad de las amistades que mantienes, y las amistades, como todo en la vida, necesitan su atención o terminan por desvanecerse más rápido que la salud o el dinero. “Devuelve el deposito”, fue la enigmática, o no tan enigmática, frase, que decidió legar a la posteridad Pítaco, ¿quién no se ha sentido agraviado alguna vez por un deposito o préstamo no devuelto?

El último, el más reticente a dejar algo escrito, fue Bías, al que los otros sabios admiraban, que les amonestaba diciéndoles que era mejor para todos que no escribiera nada, pero tal fue la lata que debieron darle que al final accedió: “La mayoría de los hombres es mala”.  Si existiera la transmigración de las almas uno creería que el filósofo griego se reencarnaría muchos siglos después en Hobbes, pero desde luego, algo de cara de tonto se les debió quedar a sus insistentes sabios colegas, y la inquietante sensación de que no deberían haberle insistido tanto a la hora de escribir algo.

Siete, veintidós o cualquier otro número, fueran los que fueran, las primeras manifestaciones de la sabiduría en la cultura occidental proceden de ese sentido común que nos legaron, sobre la vida, sobre cómo vivir, que tan poco común, es hoy día, quizá porque con tanta prisa, con tanto apresuramiento, con tantas cosas que hacer sin terminar de tener muy claro porqué hacerlas,  se nos obnubila la poca claridad de pensamiento que tenemos. Conjuguemos un poco más ese inadaptable verbo griego, agorazein,  salgamos a pasear sin rumbo, a meditar sin prisa sobre a dónde vamos y para qué, y puede que algo de esa antigua sabiduría sea encontrada. Quién sabe, cosas más extrañas han sucedido.

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”