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¿Sabemos lo que tenemos?

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 29 de Septiembre de 2017
Espectacular imagen de la Alhambra desde el Paseo de los Tristes.
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Espectacular imagen de la Alhambra desde el Paseo de los Tristes.

Hace algún tiempo una amiga granadina se quejaba de que mientras que en Sevilla cada inauguración era celebrada por sus vecinos, en Granada ocurría al revés, es decir, que buscábamos las objeciones a todo, como si no fuéramos capaces de valorarlo. El hecho es que con la puesta en marcha del metro, han llegado a mí un cúmulo de quejas vecinales: “No llega a mi pueblo”, “es muy caro”, “tarda demasiado en recorrer el trayecto”, “no es útil para una ciudad como Granada”, “eso no se puede considerar metro”. A muy pocos he escuchado alabar el hecho de que Granada ha entrado a formar parte del conjunto de privilegiadas provincias que tienen dicho medio de transporte, o que supone un avance para el transporte interurbano.

No creo que se trate de que no estimemos lo que tenemos, es que preferimos centrarnos en lo que nos hace incompletos

No creo que se trate de que no estimemos lo que tenemos, es que preferimos centrarnos en lo que nos hace incompletos. Un ejemplo está en nuestra costa. Las principales alabanzas que he escuchado en muchos años sobre las playas granadinas me han llegado siempre desde visitantes extranjeros. Ellos envidian el clima subtropical del litoral y sus pueblos pintorescos, como Almuñécar o Salobreña. Por el contrario, entre los habitantes de Granada son muy habituales los reproches sobre las piedras en la orilla del mar o la suciedad de algunas de ellas. Almuñécar cuenta con lugares como El Pozuelo, en el barrio de Taramay, un espacio idílico y relativamente aislado del centro donde la arena recubre toda la playa; pero es que hay en nuestra costa monumentos naturales rodeados de montaña como Cabria, Cantarriján, La Rijana, La Joya, donde es difícil no pasar un día inolvidable.

Granada es una provincia espectacular, envidiada por todo el país y criticada especialmente por quienes vivimos aquí. Y sin embargo, hace unos meses, un granadino se quedaba tan ancho al defender ante mí que sin la Alhambra, no tendría ningún encanto. ¿Cómo? La Alhambra por sí misma ya da sentido a la existencia de la ciudad, de eso no cabe duda, no solo porque sea el monumento más visitado del país sino porque sus imponentes muros vestidos con lamentos de otros tiempos nos evocan la forma en que vivían nuestros ancestros, pero no olvidemos que el Albaicín sigue siendo patrimonio de la humanidad, que las cuevas del Sacromonte salpican uno de los recorridos más pintorescos de la capital, con balcones que admiran la Alhambra hasta culminar en su Abadía, que las calles del Realejo exhalan aromas a incienso incluso cuando no es Semana Santa y que las reminiscencias árabes de la ciudad están aún presentes en pleno centro, en lugares como la Alcaicería. No se trata solo de las tapas o los innumerables comercios de ropa, sino también de que la riqueza del patrimonio la ha convertido en una de las más apreciadas de todo el país. Es un hecho objetivo como lo demuestran los datos de turismo que cada año crecen sin cesar.

¿Cuántas personas pueden presumir de poder disfrutar de la nieve de Sierra Nevada y el agua del mar a una hora de distancia? En principio, todos los granadinos y pocos más. Yo mismo he sido uno de esos privilegiados que se ha tirado en trineo envuelto en abrigos y al rato, ha cambiado el atuendo invernal por un bañador para meterse en el agua de una playa granadina.

Ni siquiera es necesario alejarse mucho de la capital para encontrar pueblos tan peculiares como Güéjar Sierra, Pinos Genil, Monachil, Alfacar, Nívar, Quéntar o Cumbres Verdes, en La Zubia.

La Alpujarra se ha convertido en los últimos años en lugar de peregrinación de extranjeros, muchos de los cuales acaban encontrando allí un lugar para vivir por sus condiciones específicas, de altitud, de desvinculación con la modernidad, incluso de espiritualidad. Pampaneira, Capileira, Bubión, Trevélez o el mismo Órgiva contribuyen a colocar a la provincia más cerca del cielo.

¿Y entonces por qué es tan habitual toparse con habitantes de esta provincia que solo ven las piedras de las playas, la lejanía de la sierra de Castril, las aglomeraciones en los accesos a Sierra Nevada, el calor asfixiante del verano o el frío intenso del invierno?

Después hay decenas de espacios más, aún por descubrir, en los que la magia fluye con el cauce de sus ríos, como Otívar, en plena sierra de la Almijara, donde las guías alemanas o inglesas promocionan expresamente la posibilidad de practicar el deporte aventura por medio de jornadas dedicadas a la escalada, el rafting y el barranquismo en la Junta de los ríos Verde y Negro, formando cascadas y piscinas naturales de aguas cristalinas en las que bañarse se convierte en una experiencia mística. Mientras tanto, muchos granadinos ni siquiera sabrían ubicar esta zona.

¿Cuántas ciudades que no son capital pueden presumir de tener una catedral? Guadix es una de ellas, una villa interior donde subir al barrio de las cuevas supone descubrir sugestivos rincones, coquetos, de gran belleza y singularidad.

Y algo más alejado de Granada, pero dentro del territorio, Castril despunta también a la sombra de su sierra, con edificios históricos y que ofrece la posibilidad de relajarse, que invita a la introspección, a casi 900 metros de altitud. Así lo consideraba el propio nobel de literatura portugués José Saramago, que compró una casa en pleno casco urbano.

Y tuvo que ser National Geographic quién destacó a Montefrío como uno de los municipios más bellos del mundo, con sus rocas y riscos calcáreos, con sus vestigios neolíticos, mientras los granadinos torcíamos el gesto de incredulidad ante la calificación emitida por la prestigiosa revista estadounidense.

¿Y entonces por qué es tan habitual toparse con habitantes de esta provincia que solo ven las piedras de las playas, la lejanía de la sierra de Castril, las aglomeraciones en los accesos a Sierra Nevada, el calor asfixiante del verano o el frío intenso del invierno?

Tal vez sea porque Granada es una gran desconocida para los propios granadinos, que preferimos veranear en playas de Almería o Cádiz, sin duda preciosas, antes que adentrarnos por nuestro propio territorio, ignorantes de la cantidad de posibilidades que ofrece. O quizás el motivo esté en ese carácter crítico que nos caracteriza y que nos impide valorar lo nuestro antes de levantar la alfombra para buscar concienzudamente la suciedad. Y cuidado, considero que la crítica es buena siempre que conlleve un movimiento para mejorar las cosas, pero no cuando muere en un lamento. Necesitamos equilibrar la balanza y despertar a las riquezas patrimoniales y naturales de una provincia única, llena de potencial, extraordinaria, que envidian todos aquellos que la conocen e infravaloramos los que la consideramos nuestra.

Tal vez haría falta que desde los colegios aprendiéramos a amar el asombroso lugar en el que nos ha tocado vivir y dejáramos de compararnos con quienes están deseando tener la mitad de lo que nosotros mismos ya disfrutamos. No sé si sabemos lo que tenemos o nuestro inconformismo nos ciega, pero tratar de mejorar el metro no es incompatible con valorar que por fin ha llegado.

 

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).