Un verano en el Parque de las Ciencias.

La increíble proeza de ser creíble

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 23 de Junio de 2019
'Les noces de Pierrette', de Pablo Picasso.
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'Les noces de Pierrette', de Pablo Picasso.
Sin ser coherente es imposible adquirir carácter, sin tener carácter es improbable que puedas llegar a ser coherente. Y sin tener carácter y sin ser coherente, es imposible que a su vez puedas adquirir credibilidad. Y sin coherencia, carácter y credibilidad es imposible creer en un político.

Pareciera a tenor del espectáculo al que estamos asistiendo estas últimas semanas con la constitución del Ayuntamiento de Granada, y algún otro, que en la más digna de las artes humanas, la política, la credibilidad es más un vicio a evitar, que una virtud a practicar. Tener credibilidad es tan sencillo como mantener la coherencia entre lo que uno dice que va a hacer, y lo que realmente hace. Sin ni siquiera meternos de lleno en el laberinto de practicar lo que uno realmente piensa, que a estas alturas cualquiera lo averigua en el caso de algunos políticos. Tampoco se trata de creer que el mundo es blanco o negro, porque no lo es, o que uno no tiene derecho a cambiar de parecer, de opinión, y por tanto corregirse a sí mismo y actuar de otra manera. La credibilidad no tiene que ver, tampoco, con ser coherente con un ideario dogmático, que te impide otra cosa que agarrarte a tus convicciones como si fueran un arma y golpear con ellas hasta la extenuación a cualquiera que no comulgue contigo.

En política, uno de los pilares básicos de un sistema democrático es la confianza en aquellos que elegimos como nuestros representantes; confianza en que el interés común esté por encima del personal, confianza en que serán sinceros en decirnos aquello que pueden hacer y aquello que no

No lo es, porque la política, en tanto la gestión de los asuntos comunes de la ciudadanía no puede ser ortodoxa, ni dogmática, por un motivo muy sencillo; los intereses de cada uno no siempre coinciden con los de la mayoría, y el balance entre proteger el espacio de libertad, para que cada cual pueda labrarse su propio destino, y proteger que todo el mundo tenga derecho a tener destino, digno, se basa en el dialogo, en la cesión, en el acuerdo. Entonces, ¿en qué consiste la credibilidad en política? Ser creíble no tiene que ver con ser inflexible, pues, sino con ser trasparente. Si uno le promete algo a quiénes les han pedido el voto, ha de explicar muy claramente porque no cumple con sus promesas. Si uno llega a algún acuerdo basado en programas, repartos de puestos de responsabilidad política, o lo que sea, ha de explicar concienzudamente a la ciudadanía porqué y para qué. En política, uno de los pilares básicos de un sistema democrático es la confianza en aquellos que elegimos como nuestros representantes; confianza en que el interés común esté por encima del personal, confianza en que serán sinceros en decirnos aquello que pueden hacer y aquello que no, explicando qué ha cambiado para que no se cumplan esas promesas. Y es asunto de aquellos que les votamos juzgar si merecen nuestra confianza o no, porque demuestren tener credibilidad o carecer de ella.

Y aquí, en esta hipocresía que emplean como bandera, es donde se encuentra precisamente la clave; pretenden que la gente acepte que un político les mienta para conseguir su voto, en una especie de juego macabro en el que uno se adhiere a un partido más allá de que sea capaz de mantener la coherencia y la credibilidad, procurando que ésta entre en suspenso, como si la política fuera un ejercicio de ficción y no afectara profundamente la vida de las personas. O quizá sea eso lo que pretenden, desprestigiar el valor de la coherencia y la credibilidad en la política, pues de ese todos los políticos son iguales, en ese injusto barro, es donde esperan sacar ventaja, desmotivando a aquellos que creen que la política ha de tener credibilidad, que un político ha de tener coherencia, y por tanto demostrar carácter, yendo siempre de frente con la verdad y la honestidad por bandera. Una bandera mucho más importante que cualquier otra, por muy grande que sea, por muy colorida que sea, que se esgrima.

No solo en la política se necesita tener carácter, también en la vida se necesita tener personalidad, y algo esencial, aceptar que en la vida, y más aún en la política, actuar conforme a un código ético que regule tu comportamiento por encima de intereses egoístas, es imprescindible

No solo en la política se necesita tener carácter, también en la vida se necesita tener personalidad, y algo esencial, aceptar que en la vida, y más aún en la política, actuar conforme a un código ético que regule tu comportamiento por encima de intereses egoístas, es imprescindible. Si una persona es incoherente y no tiene credibilidad en la vida, es imposible que pueda serlo en la política. Y si es incoherente en la política, es improbable que no sea incoherente en su vida. Ser coherente en la vida necesita del hábil arte de la construcción del carácter. Sin ser coherente es imposible adquirir carácter, sin tener carácter es improbable que puedas llegar a ser coherente. Y sin tener carácter y sin ser coherente, es imposible que a su vez puedas adquirir credibilidad. ¿Es posible una vida buena sin alguna de estas dos virtudes que conforman el hábito de crear una personalidad y carácter propio? No. Habría que comenzar por lo obvio; una vida buena no es lo mismo que una buena vida. Todos conocemos a personas que llevan una buena vida, o al menos así lo entienden ellos; satisfechos de poseer bienes materiales, que les sobran, orgullosos de tener poder, por el mero hecho de sentirse superiores o satisfacer su ego. Puede que incluso mueras satisfecho, indiferente al legado que has dejado en tu vida, sin ser querido, más que por aquellos que se han aprovechado de las migajas que te han mendigado, en bienes materiales, o en poder.

En la vida, te muevas en lo personal; con amigos, familia, parejas o amantes, en el trabajo, o en la política, la coherencia moral no es algo baladí, que haya que relativizar o adaptar, como si los principios fueran una prenda más de ropa con la que te presentas al mundo. Ser flexible y comprensivo con los valores morales de otros, no significa que los tuyos los hayas de cambiar a conveniencia, al menos si en verdad demuestras tener personalidad, que implica tener carácter, y que se manifiesta en la coherencia con la que digas aquello que piensas, y hagas aquello que dices, y que permite esa increíble proeza de ser creíble en el siglo XXI. Puedes evolucionar, y debes, también moralmente, si tus convicciones evolucionan a través de la criba de la racionalidad y la experiencia, ambas maestras de la vida, pero siempre con la coherencia como bandera, con la credibilidad como virtud, y con tu personalidad como muestra de que has adquirido tu propio carácter moral.

La racionalidad, una de cuyas principales características es la coherencia, es un elemento imprescindible para dotar de credibilidad a la forja de nuestro carácter moral, no es tampoco una herramienta que podamos emplear cuando nos convenga, y desechar cuando no

Bien diferente a esa buena vida de la que hemos hablado, es haber tenido una vida buena, una vida en que la ética en tu comportamiento con los demás no tenga la misma importancia que un caramelo de menta con el que pretendes tener buen aliento antes de dar un beso. La racionalidad, una de cuyas principales características es la coherencia, es un elemento imprescindible para dotar de credibilidad a la forja de nuestro carácter moral, no es tampoco una herramienta que podamos emplear cuando nos convenga, y desechar cuando no. Es un filtro crítico, que nos permite no encerrarnos en un egocentrismo moral, y en palabras, algo petulantes, pero no menos ciertas, del filósofo de la moral australiano Peter Singer: adoptar el punto de vista del universo. Es decir, entérate de que no estás solo en este mundo, que tus acciones afectan a las personas, para bien o para mal, y que las acciones de los demás te afectan igualmente a ti. Por tanto, es deseable, importante y necesario, en este escenario de la vida en el que todos convivimos, que tu comportamiento moral no sea errático, que cuando digas algo, lo pienses, y si encima haces lo que dices que vas a hacer, aún mejor. Aunque solo fuera porque tu vida, también sería más sencilla si los que la rodean actuasen de tal increíble manera, y pudieras creerles.

El espectáculo de incoherencia moral, de falta de deber cívico, de irresponsabilidad política, al que estamos asistiendo en el Ayuntamiento de Granada, provoca efectos lamentables; perdida de gobernabilidad, falta de un programa político, priorizar el cargo por encima de aquello que se quiera hacer para mejorar la vida de la gente, y otros tantos desastres políticos que probablemente viviremos en una ciudad que necesita de todo, menos de esto. Aun así, no es a medio o largo plazo el principal problema, sino la pérdida de credibilidad de la política, con la natural desafección de la gente que no entiende nada, y la pérdida de credibilidad de la propia ciudad, pues si aquellos que la lideran la pierden, todos la perdemos. 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”