Un verano en el Parque de las Ciencias.

¿Fiesta de la Cruz sin alcohol?

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 6 de Mayo de 2016
Dos ciudadanos observan una Cruz el pasado día 3 de mayo.
P.V.M.
Dos ciudadanos observan una Cruz el pasado día 3 de mayo.

Como El Independiente de Granada es una isla de objetividad y permisividad en este cada vez más angosto mundo del periodismo, sé que me puedo tomar la libertad de aludir a otros diarios para analizar la actualidad. Y es que Ideal vuelve a recuperar un tema recurrente después de la Fiesta de la Cruz para alertar a la población de que “El botellón vuelve a las Cruces diez años después” y en el desarrollo de la noticia incluso describe la indignación de los vecinos del Albaicín que están dispuestos a no participar más en la elaboración de cruces a causa de los destrozos que supuestamente provocaron jóvenes procedentes de dicho botellón. Asimismo, Granada Hoy no sólo califica de éxito la fiesta sino que añade que las cruces se han abonado a él “sobre todo las que contaban con barra o bares y restaurantes cercanos”.

Hace 15 años, cuando llegué a Granada, muchos amigos me hablaron de la fiesta de la Cruz como la mejor de todo el año porque se extendía a cualquier rincón de la ciudad. Para un vasco, acostumbrado a disfrutar de todas las fiestas en el centro de pueblos y ciudades porque en Euskadi no hay recintos feriales, la verdad es que eso de salir de casa y toparte de frente con el ambiente es algo a lo que estamos acostumbrados una vez al año. De hecho, permítanme que, pese a sentirme granadino, siga sorprendiéndome al ver que muchos días de Corpus nadie percibe que la capital está de fiesta porque la mayoría de la gente y los actos se desarrollan en el recinto ferial. Así que reconozco que cuando viví por primera vez el Día de la Cruz me fascinó el poder pasar todo el día en la calle, conociendo a visitantes llegados desde toda España e incluso el resto de Europa para conocer una tradición que no tenía parangón en el país.

A los pocos años, el partido en el gobierno granadino se hizo eco de las críticas de los vecinos que consideraban que en esos días un macrobotellón había usurpado la ciudad; así que tomó la decisión de prohibir beber alcohol en las calles a principios de mayo. Las multas eran astronómicas y en ese primer año sin barras junto a las Cruces, los policías locales se tomaron tan a pecho lo de hacer cumplir la norma que incluso impidieron a los transeúntes beber refrescos, no fuera a ser que enmascararan algo más. Lo que me pareció más curioso es que la mayoría de la gente de mi entorno aplaudía esa prohibición, vecinos, colegas periodistas, amigos… Yo me preguntaba qué opinión tendrían todos ellos si les arrojaran de golpe en San Fermín, donde una ciudad similar en tamaño y habitantes a Granada acoge a cerca de un millón de personas a lo largo de una semana, que abarrotan las calles, duermen a cualquier hora del día tirados en sus parques o plazas y agotan las existencias de alcohol de bares, tiendas y negocios para generan unos ingresos tan impresionantes que nadie se plantea cuestionar su continuidad. Y es cierto que el ruido, para aquellos que viven en el centro de Pamplona, es excesivo, pero todo el mundo asume que se trata de una excepción. De hecho, han convertido los inconvenientes en ventajas; por ejemplo, aquellos que no pueden aguantar el ruido, cogen vacaciones, se marchan de la ciudad y alquilan una semana el piso por un precio muy jugoso. Algo similar a lo que sucede en San Sebastián o Bilbao durante la Semana Grande o en Vitoria en las fiestas de la Blanca. No he escuchado que las quejas de los vecinos pongan en peligro la fiesta en sí o se planteen prohibir el consumo de alcohol en la calle por ello.

Dicho veto ha servido para que dejen de fletarse aviones ocasionales desde Alemania a Granada especialmente para estos días, un objetivo muy perseguido por autoridades y vecinos, que se llevaban las manos a la cabeza cuando se enteraban de que estos jóvenes germanos venían a la Fiesta de la Cruz, según ellos, exclusivamente a emborracharse.

Claro que los bares, restaurantes y pubs estaban encantados porque parece ser que cuando pagas 14 euros por un par de gyn tonic en lugar de comprar una botella de ginebra y otra de tónica por ese mismo precio no hay problema con el ruido en las terrazas.

No puedo entender que exijamos a nuestros jóvenes que dejen de beber alcohol cuando nosotros vivimos cada fiesta en torno a él; que les castiguemos porque nos estorban sin darles ninguna alternativa y que arremetamos con su manera de actuar cuando no hacen más que seguir la estela de los adultos cercanos.

Me da por pensar que en realidad nos da igual que esos chicos beban tanto alcohol que lleguen a desmayarse y que lo que realmente nos preocupa es que nos molesten con sus ruidos, su forma de divertirse; al fin y al cabo, todos tenemos claro que esos vándalos inmersos en el botellón son siempre los hijos de otros, por supuesto, ambas generaciones, a nuestro entender, educadas sin valores, con poca educación y sentido del respeto; y claro está, nunca se trata de nuestros pequeños, más responsables y correctos.

¿Alguien conoce alguna fiesta en España donde el alcohol no esté presente? Ya lo decía Granada Hoy, que las cruces con más ambiente han sido las que estaban junto a un bar o un restaurante. ¿Qué ocurre? ¿Qué ahí no hay problema? ¿O es que lo que da realmente miedo es la juventud incontrolada?

Tal vez deberíamos empezar a ofrecer alternativas al botellón, y entender que hasta que un adulto no sepa vivir una fiesta sin alcohol no puede pretender que lo hagan sus hijos.

Y por eso es obvio que, pese a que durante unos años el Día de la Cruz en Granada se había convertido en una fiesta libre de alcohol en la calle por la férrea vigilancia policial y las multas astronómicas, pasado el tiempo, cuando la tensión se relaja, de nuevo todo vuelve a su ser y los jóvenes retoman la calle para hacer su propia fiesta alrededor del ron o la ginebra.

Es hora de dejar de centrar nuestra energía en criticar a los participantes de esos botellones del Día de la Cruz que sólo hacen lo mismo que nosotros a otra escala y de empezar a buscar soluciones dando los padres el primer ejemplo; la prohibición ya ha demostrado su inutilidad, empecemos a ofrecer propuestas atractivas. O tal vez simplemente debemos asumir que por unos días la fiesta se ha de apoderar de toda la ciudad y rendirnos como hicieron en Pamplona para convertir a San Fermín en una fiesta única y muy apreciada por todos los navarros.

 

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).