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'Candelabro y Hesse Kassel: ¿influencia o imitación?'

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 21 de Enero de 2026
Los chilenos Candelabro te invitan a su última cena.
Los chilenos Candelabro te invitan a su última cena.

En el último año y pico, una de las cosas que más me ha llamado la atención al escuchar nuevos grupos de rock ha sido la cantidad de veces en que la primera comparación que se venía a la cabeza (a mí o a quien me lo recomendaba) era Black Country, New Road. Quienes me lean de hace tiempo saben de mi devoción por el sexteto británico, aunque su último álbum no me entusiasmara tanto como los anteriores. No obstante, este nivel de ubicuidad no deja de ser llamativo. Desde Ugly hasta Maruja, desde English Teacher hasta Man/Woman/Chainsaw, pasando por The Orchestra (For Now): la lista de grupos que los tienen como referente evidente, bebiendo de una o varias etapas de su trayectoria, es interminable. Y aunque abunden especialmente en Reino Unido, su tierra natal, empezamos a tener ejemplos en otros países, también en el mundo hispanohablante, como es el caso de los madrileños .bd..

Lo que están haciendo estos nuevos grupos va mucho más allá, con una colisión y reformulación de subgéneros pertenecientes a diferentes tradiciones y diferentes décadas que ha expandido las posibilidades sonoras y compositivas de la música de guitarras

En realidad, es algo bastante comprensible: hacía mucho tiempo que no había un movimiento de renovación sonora en el rock del calado del que la escena Windmill ha desatado. Los grandes discos del rock de los 2010 fueron obra, o bien de artistas y grupos veteranos que se reinventaron, o bien de otros que supieron recontextualizar o refinar sonidos previos; lo que están haciendo estos nuevos grupos va mucho más allá, con una colisión y reformulación de subgéneros pertenecientes a diferentes tradiciones y diferentes décadas que ha expandido las posibilidades sonoras y compositivas de la música de guitarras. Y es cierto que, de entre los tres grandes grupos pioneros de la escena Windmill, el estilo de los de Cambridge es seguramente el más accesible y reproducible, mientras que el prog-jazz de los ya separados black midi, tan técnico y tendente a la filigrana, y el kraut-post-rock de Squid, tan volcado en los desarrollos y las texturas, se prestan menos a una emulación exitosa. No en vano, Ants From Up There fue recibido desde el principio como el disco más importante del rock de la década: comprobar su influencia no es más que confirmar la justeza de esos primeros juicios.

Los santiaguinos Hesse Kassel. Foto de Kiara Hurtado.

Escuchar a ambas bandas me parece un buen ejercicio para reflexionar sobre la diferencia entre la influencia y la imitación, entre la mera reproducción de un sonido, que puede llevar a que este se vuelva estéril, y la incorporación de un ethos que puede hacer que florezcan nuevas propuestas

Así pues, cada vez encontramos más grupos con lineups multitudinarios, a menudo con una formación musical académica, cuyo sonido, articulado por una sensibilidad decididamente art-rock, está lleno de arreglos complejos y requiebros compositivos constantes, y que emplean vientos (en especial el saxofón) y a veces cuerdas como partes básicas de su repertorio y no como meros adornos puntuales. En particular, mi amigo Antonio fue el primero que, sabiendo de mi afición por BC,NR, me preguntó qué me parecían los grupos chilenos que estaban reproduciendo estas coordenadas. De este modo descubrí a Hesse Kassel y Candelabro, dos grupos que dieron muchísimo que hablar en 2025 no solo en su país, sino a nivel internacional. Y lo cierto es que escuchar a ambas bandas me parece un buen ejercicio para reflexionar sobre la diferencia entre la influencia y la imitación, entre la mera reproducción de un sonido, que puede llevar a que este se vuelva estéril, y la incorporación de un ethos que puede hacer que florezcan nuevas propuestas.

Empezando por La Brea, el álbum debut de Hesse Kassel, reconozco que, por más que lo he intentado, no he sido capaz de creerme su propuesta: en todo momento, la sombra de sus similitudes tan cercanas con otras bandas me ha impedido apreciarlo por sí mismo

Empezando por La Brea, el álbum debut de Hesse Kassel, reconozco que, por más que lo he intentado, no he sido capaz de creerme su propuesta: en todo momento, la sombra de sus similitudes tan cercanas con otras bandas me ha impedido apreciarlo por sí mismo. En especial, la canción inicial y single, “Postparto”, se me atragantó desde el principio. A nivel instrumental, es evidente su deuda con el post-punk severo y volátil de “Science Fair” o “Sunglasses”; pero lo que es realmente difícil de digerir son las letras y la voz de Renatto Olivares. Su forma de declamar le debe muchísimo a Isaac Wood (el momento en que empieza a repetir “ser dueña de casa, amar…” recuerda poderosamente al “I’m more than adequate…” del exlíder de los Black Country), mientras que el estilo lírico parece ser una emulación algo pobre de la forma de construir narradores despreciables que tiene Geordie Greep. Y esto anticipa otro de mis problemas con el LP: al igual que me sucedió con el álbum en solitario del que fuera cantante de black midi, la constante performance de la masculinidad tóxica a lo largo de casi hora y veinte, acompañada además aquí de una lírica bastante ripiosa, me desconecta por completo.

La combinación de estos factores provoca que, aunque otras canciones no me generen ese rechazo instintivo, nunca pueda disfrutarlas de verdad. “Anova” es realmente bonita, pero es evidente que toma como referencia los momentos más alegres y corales de Ants From Up There. La larguísima “Moussa” empieza con una guitarra que suena muy similar a la de “Track X”, mientras que la última sección, que empieza en torno al minuto 10, se basa en una guitarra calcada a la de “Bread Song”. En la instrumentación y la forma de cantar de “En tiempo muerto” detecto el mismo tipo de melancolía que en “Haldern”. Y así con todo. Incluso canciones que quizás le deben menos a los de Cambridge tienen ecos de otras bandas que, al notarlos, me hacen pensar que, pese a su evidente talento, este sexteto santiaguino no es capaz de aportar su propia voz: el estilo más sucio y caótico de “A. Latur”, con ese saxofón incendiario, remite a Maruja, mientras que las explosiones de ruido repetidas del final de “Yo La Tengo” recuerdan a Swans.

Sus guitarras distorsionadas, su batería simple e imponente, su piano imperioso y sus saxofones eufóricos subrayan la potencia de ese estribillo gritado a pleno pulmón por Ávila y Javiera Donoso: “¡Desalambrar,/sentir las voces!”

En último término, pues, la forma en que Hesse Kassel se acercan al legado de sus referentes es más bien improductiva; cosa que, en mi opinión, no es tan cierta de sus paisanos Candelabro. Este septeto de la capital del país sudamericano se formó alrededor del letrista y cantante Matías Ávila. Debutaron en 2023 con Ahora o nunca, y aunque ya hubo gente que los comparó entonces con BC,NR, ha sido en su segundo álbum donde estos paralelismos se han vuelto inevitables. Deseo, carne y voluntad es un disco conceptual de una ambición vertiginosa, que trenza las vivencias personales de Ávila (en particular el cáncer que ha padecido su padre) con la historia política de Chile a través de la imaginería católica. Esta combinación queda clara ya en “Domingo de Ramos”, la segunda canción del tracklist y también la más inmediata. Sus guitarras distorsionadas, su batería simple e imponente, su piano imperioso y sus saxofones eufóricos subrayan la potencia de ese estribillo gritado a pleno pulmón por Ávila y Javiera Donoso: “¡Desalambrar,/sentir las voces!”. Aquí el eco de Víctor Jara, y con él de toda una tradición estética y política, es evidente; más aún cuando, al final de la canción, una voz exclama: “¡Viva Chile!”.

El grupo va profundizando poco a poco en este imaginario. “Prisión de carne” explora la fragilidad y belleza del cuerpo humano sobre un instrumental jazz rock, mientras que “Haz de mí” es una plegaria para que dicho cuerpo sostenga la vida y, quizás, trascienda la muerte; al final de esta canción

El grupo va profundizando poco a poco en este imaginario. “Prisión de carne” explora la fragilidad y belleza del cuerpo humano sobre un instrumental jazz rock, mientras que “Haz de mí” es una plegaria para que dicho cuerpo sostenga la vida y, quizás, trascienda la muerte; al final de esta canción y en “Tumba” es donde mejor se puede percibir la influencia del folklore latinoamericano en el sonido del álbum. “Ángel”, por su parte, reimagina una oración muy popular en Latinoamérica (“Ángel de mi guarda, dulce compañía/no me desampares ni de noche ni de día”) convirtiéndola en un himno construido sobre las líneas de saxofón minimalistas que ha hecho famosas Lewis Evans. Con “Pecado”, las letras de Ávila empiezan a plantearse esas preguntas incómodas que acompañan inevitablemente a la fe: ¿por qué sufren tantas personas, en especial aquellas a las que Cristo señaló como favoritas de Dios, los pobres? La banda, siguiendo el frenético ritmo del klezmer (como ya hicieran BC,NR en la intro y la outro de su primer álbum), encuentra a Dios “perdido en una calle de Estación Central”, el barrio de la capital chilena donde la especulación inmobiliaria ha creado unos “guetos verticales” cuyos apartamentos de 30m2 simbolizan a la vez la gentrificación y la precariedad de la vida urbana en el Chile neoliberal.

Una consigna aún más poderosa hoy, cuando José Antonio Kast está a punto de asumir la presidencia del país, que cuando se lanzó el álbum, semanas antes de las elecciones

En “Tierra maldita”, siguen apareciendo estas dudas ante la evidencia de la injusticia: esta vez, al hablar de los incendios de 2024 en Valparaíso, que afectaron más a los sectores más pobres de la población, que viven en los cerros de la ciudad en asentamientos informales. Aquí, sin embargo, al igual que en lo musical coexisten lo bello y lo estridente, en lo lírico conviven la duda que emerge ante tal devastación y esa inextinguible esperanza que alimenta la fe (“Y yo me niego a creer/que esta tierra está maldita”). A continuación, en la esencial “Fracaso”, se pone el foco en esta determinación, a través del que quizás sea el lema central del álbum: “entre todo este fracaso/habrá que levantarse a construir/habrá que levantarse a trabajar/por algo mejor”. Una consigna aún más poderosa hoy, cuando José Antonio Kast está a punto de asumir la presidencia del país, que cuando se lanzó el álbum, semanas antes de las elecciones.

Toda la narrativa culmina en la monumental “Cáliz”, una especie de “Basketball Shoes” iluminada por el Espíritu Santo. En ella, entre samples de escritores y filósofos chilenos como Humberto Maturana, Gabriela Mistral o Alberto Uribe hablando sobre la fe y la resurrección de los cuerpos, Matías Ávila completa el retrato de su crisis: su cuerpo se convierte, como por transubstanciación, en un puente hacia la divinidad, al ser a un tiempo depositario de todo lo que él es y vehículo hacia lo que hay más allá. Así, sostenido sobre este cuerpo que es humano y es divino, se atreve a enfrentar a la divinidad de tú a tú: “Sin reparo/le diré a Dios:/soy yo quien pregunta,/soy yo quien responde esta vez”. Este ejercicio de introspección espiritual usando el catolicismo como lenguaje de referencia es lo que se echaba en falta en LUX, donde la estética acababa pesando más que la sustancia. Después de tanta intensidad, “José (créditos)”, un precioso homenaje al hermano de Matías, nos sirve para aterrizar con suavidad, despidiendo el álbum en clave sanadora.

Pero es que esa es la clave: a pesar de los evidentes ecos de la banda británica, hay aquí tantas cosas tan específicas, tan únicas, que nos desplazamos de la copia al homenaje, de la imitación a la inspiración

En conjunto, pues, Deseo, carne y voluntad parece el disco que habrían hecho Black Country, New Road si hubiesen crecido en Chile y leído mucha teología de la liberación. Pero es que esa es la clave: a pesar de los evidentes ecos de la banda británica, hay aquí tantas cosas tan específicas, tan únicas, que nos desplazamos de la copia al homenaje, de la imitación a la inspiración. Al fin y al cabo, ellos mismos señalan que les deben tanto a Niños del Cerro como a BC,NR; es solo que a mis oídos extranjeros esta influencia no es tan evidente. El único momento en el que me aparece esa incómoda sensación de falta de originalidad es en “Liebre”, de nuevo porque Ávila se pone a declamar de una forma demasiado similar a la de Wood, y con una letra que cae en ciertos clichés (ese momento en que concatena “lo tangible y lo voluble y lo volátil” y después “lo prosaico y lo proteico”). Pero incluso aquí hay algo genuino: en varios puntos de su speech, Matías cita o parafrasea a poetas chilenos como Pablo Neruda y Vicente Huidobro. Porque, como sabemos, en el arte está todo inventado: la originalidad está en combinar de nuevas maneras lo que han hecho otres. Esperemos que la influencia de BC,NR se note así, como un ingrediente esencial de nuevos estilos, y no como un mero sonido a imitar hasta la saciedad

 

 

 

 

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

(Osuna, 1992) Ursaonense de nacimiento, granaíno de toda la vida. Doctor por la Universidad de Granada, estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Aficionado a la música desde la adolescencia, siempre está investigando nuevos grupos y sonidos. Contacto: jesus.martinez.sevilla@gmail.com