Nueva reordenación del transporte público en la capital.

El camino equivocado (y 5)

Blog - El camino equivocado - Guillermo Ortega - Domingo, 11 de Diciembre de 2016
Con la entrega de hoy que, advertimos, no tiene desperdicio, concluye la publicación de 'El camino equivocado', la inédita novela corta de Guillermo Ortega que, en cinco capítulos, te hemos ofrecemos en una experiencia con pocos precedentes. La ilustración de este capítulo, como la de toda la serie, es de la gran artista María Bullón. No te lo pierdas.
María Bullón
Las andanzas del grupo de amigos en el Madrid de 1985 llegan hoy a su fin, en un capítulo extraordinario que desvela la causa del nombre de la novela y del blog de su autor, Guillermo Ortega.

Ese día se nos presentaban delante de las narices dos conciertos. Estamos por tanto, como habrá averiguado el lector -de haberlo a estas alturas, aunque lo más probable es que haya abandonado este tostón a las primeras de cambio- en la encrucijada mencionada muchas páginas atrás, en ese cruce de caminos en el que tomé el equivocado. O no, que con estas cosas nunca se sabe.

Esa noche, decía, La dama se esconde tocaba en no sé qué sala, podría ser la Universal, mientras que en otra lo hacía Kortatu. Decididamente, el grupo de Fermín Muguruza nos gustaba muchísimo más. De hecho, de los otros fulanos sólo conocíamos una canción, 'Amenazas', que no sonaba del todo mal pero que tampoco era para tirar cohetes.

La elección, en circunstancias normales, habría sido fácil: Kortatu nos gusta, La dama esa ni fu ni fa. Pues a Kortatu y no se hable más. Pero la vida no es siempre lineal, como se sabe. O, sin necesidad de ponerse intenso, las reglas tienen excepciones. La de esa noche estaba basada en un rumor que llevaba tiempo corriendo por ahí y que nosotros, por casualidad, habíamos oído en la facultad. Digo por casualidad porque no es que nos pasáramos el día allí, precisamente.

El rumor apuntaba a que varias organizaciones radicales del País Vasco iban a aprovechar la actuación para armarla. Las letras de Kortatu tenían un marcado acento político y sus músicos no ocultaban sus simpatías por el mundo abertzale, cosa que nosotros pasábamos por alto porque ni  la condena a la violencia separatista era tan generalizada -aunque, obviamente, rechazábamos el terrorismo- ni atendíamos demasiado a esas cosas; nos gustaban más sus canciones anfetamínicas que hablaban de emborracharse y montar una buena juerga, del tipo “todo este sábado me lo voy a pasar, privando en mi casa hasta reventar. Ya estoy harto, no quiero salir más. Siempre lo mismo, mierda de ciudad”, que cantábamos a voz en grito y rematábamos con gritos estentóreos con los que pretendíamos que nuestro mensaje fuera escuchado por cuanta más gente mejor. Por cierto, la copla no era de Kortatu, era una versión. Pero es lo de menos.

Reconozco que fui yo el que más objeciones puso a ir a ver a Kortatu. Probablemente sería miedo puro y duro a verme envuelto en una bronca

Reconozco que fui yo el que más objeciones puso a ir a ver a Kortatu. Probablemente sería miedo puro y duro a verme envuelto en una bronca, o a que de pronto aparecieran los maderos y sin comerlo ni beberlo me llevara varios porrazos. Y, en un arranque de sinceridad inusual -quiero decir que podía haber recurrido a subterfugios, diciendo que el sonido en esa sala era lamentable, que Kortatu ya estaban de capa caída, que aquello iba a estar hasta arriba de gente...- confesé abiertamente mi escasez de valentía. Para mi sorpresa, Cana contestó diciendo que compartía por completo mi punto de vista. Puchón, más combativo, peleó un poquito por su opción pero terminó sucumbiendo ante la mayoría.

Por lo que me llegó después, las previsiones se cumplieron y en la actuación de Kortatu hubo ciertos incidentes. Las hostilidades las iniciaron algunos radicales que había en la sala, que aprovecharon la coartada subversiva que les ofrecía el grupo para reivindicar la libertad de los etarras presos, el fin del supuesto fascismo gubernamental, de las presuntas torturas policiales y de de ese tipo de cosas. Curiosamente, los más alborotadores no eran vascos, lo cual hasta habría tenido su explicación -que no su justificación, lo uno no implica lo otro- sino madrileños, gallegos o andaluces que, de forma difícil de entender, simpatizaban con la causa abertzale.

Cierto es que, por entonces, el mundo etarra tenía una serie de apoyos que a estas alturas resultan incomprensibles. Un cierto número de gente seguía teniendo a sus militantes por unos románticos que luchaban contra la opresión y la tiranía del Estado español, que les imponía su gobierno y, de paso, les castigaba con su brutalidad. En España, y desde luego fuera de ella, abundaban los que comparaban la lucha con la que en su día mantuvieron David y Goliath. No se me olvida un mejicano que estuvo una vez hablándome del “pequeño país” que los vascos querían defender, un trozo de tierra que, a su juicio, los españoles debían dejar desarrollarse en paz, a su bola, fieles a sus tradiciones.

Los argumentos, así expuestos, parecían hasta convincentes. Lo que pasa es que ese romántico David, luego, se dedicaba a poner bombas en grandes superficies o le pegaba un tiro en la nuca a un pobre guardia civil extremeño, destinado contra su voluntad a un pueblo navarro. Pensaría ese idealista, quizás, que esas acciones le ayudaban en su batalla contra el poderoso Goliath, pero yo sostuve, ya por entonces, que el que mata pierde toda la razón que pudiera tener. Con el tiempo, casi todos se han convencido de que  ese David no tiene nada de romántico y sí mucho de sanguinario. La gente decente odia a ese David. Como debería odiar a Mark Knopfler, aunque esa es otra historia.

El caso es que en el concierto de Kortatu se armó, pero de eso nos enteramos días después, porque a esa misma hora actuaban La dama se esconde y allí, leyendo de izquierda a derecha, nos encontrábamos Puchón, Cana y yo. Puchón, con una cara de palo con la que nos recordaba continuamente que estaba allí obligado. Cana, tratando de contemporizar. Y yo, que empezaba a sentirme culpable de antemano por haber embarcado a mis amigos en una aventura tan arriesgada, intentando aportar el toque optimista, con comentarios del tipo: “Coño, igual están bien, vamos a darles una oportunidad. Y si no, pues bueno, nos tomamos unos whiskys y punto, que tampoco nos ha salido tan cara la cosa”.

Poco, muy poco tiempo tardé en tragarme mis palabras. Al cabo de un par de temas ya me di cuenta de que eso no podía tragarse ni con el mejor whisky de malta

Poco, muy poco tiempo tardé en tragarme mis palabras. Al cabo de un par de temas ya me di cuenta de que eso no podía tragarse ni con el mejor whisky de malta. Allí arriba, en primer término, había dos tipos sosos a más no poder, los protagonistas de la velada. Porque La dama se esconde era un dúo. Uno empuñaba una guitarra acústica y el otro, si no recuerdo mal, un bajo. Igual detrás de ellos había algunos músicos de acompañamiento, pero su papel, en cualquier caso, era tan mínimo que ni siquiera estoy seguro de que existieran. Puede ser que el resto del trabajo lo hiciera una caja de ritmo o alguna maquinita similar.

Empezaron con un tema movidito y yo, que perseveraba en mi objetivo de animar a mis compañeros de fatiga, moví la pierna izquierda visiblemente. Hombre, no era la cosa como para ponerse a bailar, desde luego, pero con el gesto quería indicar que al menos allí había marchita. Yo miraba alternativamente a Puchón y a Cana y hasta les sonreía, pero mis desesperados intentos por transmitir optimismo caían en saco roto. Puchón cada vez se parecía más a una mantis religiosa que acaba de enterarse de que a su hijo le han quedado cuatro para septiembre. Cana, al menos, me devolvía la mirada y, positivo que es uno, hasta creía captar en ella un poco de consuelo. “Tranquilo, tío, estoy contigo en esto”, parecía decirme.

Cinco o diez minutos después, tiré la toalla, convencido ya para los restos de que estaba viendo en directo a unos gilipollas sin remedio, a unos tíos sin sangre en las venas en cuyas cabezas Johnny Thunders hubiera estrellado su guitarra eléctrica sin dudarlo ni un segundo. Allí no había actitud por ningún lado. Si acaso, la actitud lamentable del pusilánime crónico. El cantante-guitarrista era de los de la escuela susurrante y el bajista se pasaba todo el rato mirando al suelo. Para mí que no se movieron ni un centímetro  en todo el tiempo, que estaban allí como anclados, o quizás temiendo que si daban un par de pasitos iban a sudar y luego las camisas iban a oler un poco. Terminaba un tema, siempre más soporífero que el anterior, y el que cantaba hacía un esfuerzo adicional y se dirigía al respetable para decir, con voz casi inaudible: “Gracias. Ahora vamos a hacer otra canción y... a ver qué pasa”. Eran la desgana personificada, lo más opuesto al espíritu rocanrolero que había visto jamás.

Ante tamaño despropósito, se imponían soluciones de urgencia. La primera que se me ocurrió, lógico, fue dirigirme al ambigú y, tras desechar la idea de tomar un trago de cicuta, pedir algo bien cargado. Cana y Puchón no tardaron ni medio segundo en secundarme y al cabo de un rato ya estábamos acomodados en la barra, hablando de nuestras cosas y ajenos al espectáculo -es un decir- que había a pocos metros de nuestras narices.

El por qué no nos salimos antes de que acabara aquel martirio no lo podría explicar. Quizás, como personas proclives a ver los vasos llenos, esperábamos que se obrara un milagro y que esos sinvergüenzas que anidaban en el escenario se arrancaran a tocar algo decente. Eso no ocurrió, por supuesto. Siguieron allí un ratazo, jaleados por un reducido número de fans que hasta aplaudió cuando los muchachos se atrevieron a hacer un bis y tuvieron que dejarlo a medias porque, ay, no recordaban la letra de una antigua canción de otro grupo que tuvieron antes, que se llamaba Agrimensor K. Que el nombrecito se las trae, ya que estamos.

Aunque también es posible que nos quedáramos por el simple gusto de acumular información para después poderles dar por todos lados, para, a la salida del concierto, vomitar toda nuestra rabia acumulada en forma de epítetos irreproducibles en papel.

Fue lo que sucedió nada más abandonar el local, de hecho. Los tres íbamos en silencio, retorciéndonos las meninges para extraer el comentario más hiriente. De ese tácito pulso salió vencedor Puchón, sin ningún género de dudas A él se le ocurrió la primera frase-resumen. Con marcado acento gallego, midiendo los tiempos y como gustándose en el desarrollo, Puchón dijo lo siguiente:

-SI TUVIERA QUE HACER MAÑANA UNA CRÓNICA DE ESTE CONCIERTO, LA TITULARÍA ‘LOS HIJOS DE PUTA’

Así.

Con voz de trueno.

Y claro, los demás nos vimos obligados a asentir y no buscamos más porque nos dimos cuenta de que la sentencia era simplemente insuperable.

Casi todos aquellos conciertos fueron en nuestro primer año de carrera. Después, mis amigos gallegos decidieron que ya no querían seguir estudiando Periodismo. Sus visitas a casa, que ya de por sí eran habituales porque les podía la morriña, se hicieron cada vez más frecuentes y el poco tiempo que pasaban en Madrid andaban renuentes a salir, sobre todo Cana. Cierto es que a lo largo de ese curso hubo alguna que otra salida divertida, y que dio mucho juego la incorporación al grupo de Richard, amigo suyo desde la infancia y un tipo absolutamente loco y genial del que convendría escribir un capítulo aparte. Pero nuestros encuentros se fueron espaciando y llegó un momento en el que se marcharon de Madrid y de mi presente.

Sólo volví a verlos una vez más. Fue en verano 1992, en unos días de vacaciones que pasé en su tierra. Cana trabajaba en las joyerías de su padre y le dedicaba menos tiempo a la música. Puchón estaba estudiando Derecho y seguía sufriendo algo parecido a la ansiedad si no se compraba uno o más discos a la semana. Fue tan entrañable como casi todos los reencuentros, aunque, como también suele suceder en esos casos, nos dejó la frustración de lo efímero. Con el paso del tiempo constatas que la vida fundamentalmente consiste en dejar cosas atrás: objetos, hogares, personas y recuerdos. Así, hasta que te das cuenta de que es la vida misma la que tienes detrás.

No tengo ni idea de qué habrá sido de ellos desde entonces. Hasta es posible que la muerte, que es muy perra, se los haya llevado. Aunque prefiero pensar que en todo este tiempo les habrán pasado un montón de cosas buenas, que habrán sabido superar los malos tragos, que sigan pensando, como yo, que todo aquello fue inolvidable -incluso la noche de La dama se esconde, que ya es decir- y que de alguna manera yo siga yendo con ellos como ellos van conmigo, como parte de mi equipaje sentimental.

 

Si te has perdido alguno de los cuatro capítulos anteriores o quieres volver a disfrutarlos:

 

Guillermo Ortega Lupiáñez (Algeciras, 1966) es licenciado en Periodismo. Empezó a trabajar en 1990 en el desaparecido Diario 16 y después pasó a Europa Sur y Granada Hoy. También lo hizo durante un breve periodo en la Ser y colaboró en El Mundo, Ideal y ABC. Durante algo más de un año fue columnista en Granadaimedia. Ha sido encargado de prensa en los grupos municipales de UPyD y Ciudadanos en Granada y ahora trabaja en prensa del PP. Ha publicado cuatro libros: Cuentos de Rock (2008), Los Cadáveres Exquisitos (2012), Horas Contadas (2014) y La vida sí que es una pelea (2016).