La estatua de la libertad de expresión

En tiempos del alcalde Álvarez del Manzano la Puerta del Sol madrileña fue escenario de un curioso referéndum. Se animaba a los madrileños a “participar democráticamente” en la elección del lugar donde una estatua sería ubicada. La gente, encantada con la idea, pensó en votar con enorme reflexión y comentó que estaba muy bien que se tuviera en cuenta la opinión del pueblo para cosas así. Probablemente la mayoría de estas personas, una vez ejercido su derecho a creer que la proposición era una buena idea, llegaron a sus casas convencidos de que los ciudadanos cada vez tienen más peso y que la democracia, con sus ideales de participación e igualdad, es un gran invento. Luego se dispusieron a cenar. Conectaron la tele y eligieron entre la amplia oferta de programas clónicos, creyendo de nuevo, con gran ingenuidad, que viven en un mundo que garantiza la libertad. Si me apuran, incluso alguno de ellos, telefoneó a ese popular espacio televisivo —previo pago de un euro por minuto— para seguir ejerciendo su derecho al voto y decidir si el culo respingón es más bonito que el culo redondo. ¡Todo un ejercicio participativo!
Al día siguiente, en el curro, el jefe, que es un “gran liberal” y respeta los distintos puntos de vista, reunió a toda la plantilla para elegir entre una máquina de café o una de cocacola que la empresa iba a instalar «lo más pronto posible». Por supuesto, a la hora de comer, ese mismo ciudadano que ejerció su derecho al voto para ubicar una estatua, un culo o una máquina, también pudo elegir entre las distintas posibilidades de un menú que, definitivamente, satisfizo sus necesidades democráticas.
Ilmarinen, el Martillador Eterno de la mitología finlandesa. Imagen de Robert Stigell.
Y es que vivimos dentro de un eterno menú, ahí están las opciones, y uno elige... pero, no nos engañemos, elegimos dentro de un marco, y ¡cuidado! no debemos salirnos de él porque corremos el riesgo de ser unos “disconformes” (curiosa palabra a la que me adscribo) y entrar en el reino de los estigmatizados que sacan las cosas de quicio y no son “realistas” (otro vocablo curioso).
La libertad de expresión, dentro de este contexto, es otra gran mentira. Podemos expresarnos siempre y cuando no se toquen ciertos puntos —véase personas o poderes—, y está claro que salta a la picota, lo que interesa y quien interesa en cada momento. A la ciudadanía se le reserva un papel absolutamente pasivo y unidireccional en el que tiene que tragar lo que se le ofrece y no tiene medios para hacerse oír o para exigir un conocimiento más profundo de lo que sucede. Además existe un espejismo colectivo por el que todos estamos convencidos de que las cosas son como deben ser y no hay posibilidad alguna de cambio. Se ha aniquilado toda inquietud, y ya se sabe que la inquietud lleva a la acción y la acción produce hechos. Todo ello en un contexto tecnológico en el que más que nunca se podría conseguir una transparencia y una participación reales, pero no es así. Ya se encargan de ello algunos políticos, periodistas, empresarios y medios de “comunicación” que consiguieron que el nazi pederasta Donald Trump obtuviese setenta y siete millones de votos que lo han legitimado para secuestrar al presidente de una nación soberana violando el Derecho internacional y juzgarlo con todas las garantías de que será condenado por el magistrado Hairstyle (el Peinado de allí).
Trump pasará a la historia universal de la infamia, pero no sus mamporreros locales, los Ayuso, Feijóo o Abascal que hoy andan intelectualmente atareados con sus regalos de Reyes: libros para colorear y complicados puzles de cuatro piezas.
Hitler utilizó la excusa de proteger a la población de etnia alemana en la región de los Sudetes para anexionar Checoslovaquia. ¿Ocurrirá lo mismo en España donde, según el INE, hay unos 75.000 norteamericanos y varios McDonald’s?
Yo no quiero migajas, no quiero elegir dónde ubicar una estatua, un culo o una máquina: yo quiero todo el pastel.
































