Artículo de opinión

'Himnos de ayer'

Política - Álvaro Salvador - Domingo, 4 de Enero de 2026
Álvaro Salvador nos ofrece un artículo que te recomendamos. Para leer y compartir.
Caminantes en una calle de Granada.
M. Rodríguez archivo
Caminantes en una calle de Granada.

Hay melodías y letras que uno no olvida nunca porque están grabadas a fuego en el interior de nuestra vida emocional. Por ejemplo, las canciones que en la infancia nos cantaba nuestra madre o nuestra hermana o las criadas y las niñeras: “El cordón de mi corpiño, mi niño/ que no lo puedo cortar…/ ¡Ay, sol y luna/ ¡Ay, luna y cielo! ¿Dónde estuviste anoche que mis ojos no te vieron?” o “Ay, pena, penita, pena, pena/ pena de mi corazón…” o “Por el camino verde/ camino verde que va a la ermita…” o “Mariquilla bonita, graciosa chiquita/ tienes mi querer…” y “Corazón, corazón/ no me quieras matar/ corazón…” Canciones para después de una guerra que, por más que luego vinieran el rey Elvis, los Fab Four, Los Ángeles, Los Brincos, etc., nunca se olvidaron, porque forman parte de nuestra educación sentimental.

Pero no solamente fueron esos sonidos, más o menos frívolos, más o menos sentimentales, que un niño difícilmente podría entender. Hubo otras armonías y otras letras que sedujeron nuestros oídos, día tras día al entrar al colegio de la Inmaculada Concepción de los Hermanos Maristas, al formar en el patio para saludar a la “sagrada bandera”, y más tarde en el patio interior del Instituto Padre Suárez repitiendo una ceremonia parecida, armonías y letras que tampoco podemos olvidar. Quizá porque esas canciones o himnos estaban muy bien pensadas, muy bien elaboradas, compuestas musicalmente y estructuradas en unas letras escritas por varios poetas notables: “Cara al sol con la camisa nueva/ que tú bordaste en rojo ayer/ me hallará la muerte si me lleva/ y no te vuelvo a ver…// Volverán banderas victoriosas/ al paso alegre de la paz/ y traerán prendidas cinco rosas/ las flechas de mi haz…” Tampoco entendíamos gran cosa e intentábamos interpretar con las informaciones confusas que nos proporcionaban los mayores: la guerra contra los rusos comunistas que habían invadido nuestro país, como un siglo antes la invadieron los franceses, por eso cantábamos a menudo: “Cara al sol con la camisa nueva/ que tú llevaste, rojo, ayer..” o bien “Impasible el alemán” en vez de “Impasible el ademán…”

Éramos cachorros de las clases medias que el franquismo engatusó en nombre de Dios y de una prosperidad que parecía venir de Alemania y de Italia, muchos de cuyos integrantes habían sido republicanos en su origen y luego conversos de los discursos fascistas, sobre todo cuando éstos quedaron victoriosos de una guerra muy sangrienta. Y en nuestro interior, cada vez que suena la Marcha Real del Himno Nacional, nosotros tenemos letra, una letra escrita también por un poeta y es inevitable que cuando las muchedumbres murmuran “Lolo, lolo/ lololo, lolo, lolo, lolo lololooo…” a nosotros nos salte la letra que tantas veces cantamos durante tantos años: “¡Arriba, España/ alzad los brazos hijos del pueblo español/ que vuelve a resurgir./ Gloria a la patria/ que supo seguir/ sobre el azul del mar/ el caminar del sol…!

Fue muy difícil sustituir aquellas músicas y aquellas letras, aquellos brazos alzados sin ningún convencimiento, por los puños cerrados de la solidaridad y la rabia, cuando aprendimos las nuevas canciones que sentíamos mucho más cerca de nuestra concepción del mundo

No sé lo que le costó a nuestros padres y abuelos abandonar sus antiguos valores democráticos y republicanos y plegarse a la dictadura, en un ejercicio más de supervivencia que de decepción o fervor religioso. Supongo que mucho esfuerzo, a veces teñido de un rojo que no estaba precisamente bordado en las camisas. Pero lo que sí puedo contar es lo que nos costó a las primeras generaciones de posguerra, abandonar estas consignas, desterrarlas de nuestra memoria emocional, cuando fuimos conscientes de lo que era la realidad de nuestro país y de cuál era la verdadera historia de aquella guerra heredada. Fue un camino difícil y tortuoso, lleno de renuncias familiares, de conflictos y huidas, de contradicciones. Un camino que algunas veces, y en algunos casos, nos llevó a la desorientación y al dogmatismo. Fue muy difícil sustituir aquellas músicas y aquellas letras, aquellos brazos alzados sin ningún convencimiento, por los puños cerrados de la solidaridad y la rabia, cuando aprendimos las nuevas canciones que sentíamos mucho más cerca de nuestra concepción del mundo: “¡Arriba parias de la tierra/ en pie famélica legión/ atruena la razón en marcha/ es el fin de la opresión…!”

Con el tiempo, uno entiende la importancia que tienen los sentimientos y cómo permanecen las consignas de cualquier tipo –amoroso, político, religioso o moral– que se mezclan con aquellos en las edades en que nos formamos como personas y futuros ciudadanos. ¡Y qué esfuerzo tremendo necesitamos más tarde para conciliar esos sentimientos con la razón que impone la realidad diaria! 

Desde la atalaya de la vejez no deja de producirme más ternura que indignación, el sonido de esos muchachos de hoy en día, nuestros nietos, que balbucean estos himnos sin saber lo que dicen, sin conocer el auténtico y terrible valor de esas viejas letras. Como dijo Cicerón “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”.

Álvaro Salvador