Buenos juntaletras

Blog - El camino equivocado - Guillermo Ortega - Jueves, 26 de Mayo de 2016
Kiko Veneno.
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Kiko Veneno.

La verdad es que me da un poco igual que me tachen de negativo, de ser excesivamente crítico. No me voy a poner a gruñir, a pillarme un berrinche de niño chico y a decir, con los brazos cruzados y a punto de hacer pucheros, que eso no es justo. Si me da igual es porque sé que eso no es verdad; a veces puedo ser positivo y hasta adulador. 

Suelto lo anterior porque, tan dispuesto estoy a hablar de sujetos que escriben cosas incomprensibles, caen una y otra vez en los ripios más deplorables (ya saben, en rimar coche con noche y hasta con reproche) o en esa práctica tan extendida en el nuevo pop que consiste en poner una palabra detrás de otra y esperar a que aquello termine en un cadáver exquisito, lo cual casi nunca ocurre, como a hacerlo sobre gente que sabe hacer letras de canciones. Una actividad complicada que hay quienes elevan a la categoría de arte.

No sabría dar una definición exacta de una buena letra, pero me parece que estará en el buen camino el/la artista que trate de contar una historia en tres o cuatro minutos, que es lo que hicieron en su día maestros como León, Quintero y Quiroga, por citar a los tres más conocidos. Hay gente que no me cree, pero cuando digo que Ojos verdes es una de mis canciones favoritas en español, hablo absolutamente en serio. Esos señores te montaban en un palmo de terreno una novela de las tochas, pero con la particularidad de que además te la resumían en cuatro o cinco párrafos. Cuando en Tatuaje se canta eso de “entre dos copas de aguardiente sobre el manchado mostrador”, uno puede imaginarse perfectamente qué clase de garito era aquél. Y como ése, miles de ejemplos. 

“Pero eso no es rock”, dirán los fatigas. Vale, vale, haced el favor de no empujar que no es para ponerse así. Que no empujéis, digo, o la tenemos. En el género que nos ocupa,  becerros míos, también hay personas capaces de articular una buena narración en unas pocas estrofas. En eso coincidiremos casi todos, pero otra cosa es decidir quiénes tienen ese don y quiénes no lo han visto ni de lejos, ¿verdad?

Pues como esto es, en definitiva, cuestión de gustos, diré que mi favorito se llama Josele Santiago. Tanto en su primera etapa al frente de Los Enemigos, con discos sembrados de historias costumbristas (Florinda, Complejo), himnos etílicos (Afición) o coñas marineras con coartada erótica (Qué bien me lo paso), como después, en la misma banda, cuando se puso serio, trascendental, a veces hasta existencialista y sombrío. Podría mencionar varias joyas de ese segundo periodo, pero, por citar sólo dos, me quedaré con En el jergón (que por otra parte tiene una melodía arrebatadora) o Septiembre. Y como el talento no se le ha ido a pesar de que en su día llegó a pasarse mucho, pero mucho mucho, el hombre ha seguido obsequiándonos con joyas del calado de Fractales, donde habla de un amigo esquizofrénico y es difícil que no se te pongan los pelos de punta. 

Es como si los estuviera oyendo. Mis amigos granadinos empiezan a poner el grito en el cielo porque haya optado por Josele en detrimento de José Ignacio Lapido. Haya paz, queridos, ya estoy hablando de él. No por dorarle la píldora sino porque es de justicia. En canciones y en artículos, el líder de 091 ha demostrado juntar letras con evidente lucidez. Me encanta el alegato pacifista de Escenas de guerra y disfruto de su prosa cuando se pone en modo Alegría de la Huerta (La vida qué mala es), pero si me tengo que quedar con una estrofa, es esa que dice: “Pero no busques muy dentro de mí porque allí encontrarás un corazón destrozado y preguntas sin contestar. Mejor que busques si hay luz de luna entre las sombras, porque ya sabes que sin duda alguna allí estaré”. Para quienes no lo sepan que en Granada serán poquitos, pertenece a La torre de la Vela. 

¿Quién tendría que venir ahora, señores puristas? ¿Antonio Vega, quizás? Pues no trato de establecer una clasificación (aunque ya he dicho quién es mi favorito), pero obviamente ha hecho méritos para aparecer. Desordenada habitación es fantástica y Atrás sigue transmitiendo, treinta y tantos años después, la rabia juvenil con la que fue escrita. Es cierto que primero con Nacha Pop y después ya sin su apoyo, el hombre mostró una tendencia a lo mejor demasiado acusada a escribir sobre la física y la astronomía, y esas son cosas de las que la mayoría no entendemos. Pero qué demonios, si eran sus aficiones tenía derecho a hacerlo.

Antonio Vega era más de dar retazos y pistas que de contar historias, un territorio en el que se resolvieron muy bien Gabinete Caligari. Al calor del amor en un bar es una muestra evidente de eso. La escuchas y pareces estar viendo al camarero que está “leyendo el As con avidez”. Aunque tampoco les faltaba lirismo, y quien lo dude puede remontarse hasta Cuatro rosas o El arte de amar. 

Evidentemente, Sabino Méndez tiene que estar en esta recopilación. Tan claro es eso como que Loquillo no hubiera llegado a la cima sin su respaldo. El elepé El ritmo del garaje está repleto de letras encantadoras, empezando por la que lleva el nombre del disco, siguiendo por María (la rabia juvenil, otra vez) y terminando por una de las obras cumbres del rock en nuestro idioma, Cadillac solitario. Un temazo que aguantará varias generaciones, no lo dude nadie.

“¿A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga? Yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré”. El autor de ese pedazo de himno (algunos dirán que gay, otros que simplemente reivindicativo de la libertad individual) se llama Nacho Canut y ha dejado esa  y otras muchas perlas en los repertorios de Alaska y Los Pegamoides, Alaska y Dinarama o Fangoria. Lo que mejor le sale es el toque hedonista, como en Dramas y comedias o en Por qué a mí me cuesta tanto. Sabe darle un tono muy sencillo a cosas que son más profundas de lo que parecen. 

En sus inicios, la Orquesta Mondragón se dejó ayudar por plumas ilustres, como Eduardo Haro Ibars o Luis Antonio de Villena. Así salieron cosas del calado de Viaje con nosotros. Sumándose a la excursión, cantaba Gurruchaga, uno podría encontrar “atractivos monstruos que le sonreirán, y disfrute, del gusto que da, y disfrute de la amistad de sirenas y de serpientes de mar”. A lo que luego añadía, para hacer la cosa aún más sugerente, que con su troupe “viaja el sueño y la novedad, la alegría, la sorpresa y el carnaval. Todos juntos iremos allá, todos juntos. Quien compra nuestro billete, compra la felicidad”. 

Ya reconocí, y lo repito ahora, que en su momento me gustaron El último de la fila. En sus dos primeros discos había letras con mucha garra, como la de Querida Milagros, y fragmentos de los que se te agarran al corazón, como esa de Insurrección donde Manolo García, cuando aún era un hombre cabal, hacía la siguiente confesión: “Barras de bar, vertederos de amor, os enseñé mi trocito peor”. Por qué les daría después por escribir sobre burros amarrados a la puerta de un baile es algo que escapa a mi comprensión.

Aunque para frase extraordinaria la de Kiko Veneno en Lobo López: “Tengo que decirle que la echo de menos. Lo he dejado todo, por no hacerle daño soy un lobo bueno. No puedes negarme tu frasco de amor. He entrenado duro, ahora estoy dispuesto a comerte mejor”. Hay que ser muy bueno, pero que muy bueno, para parir algo así. 

Siniestro Total tiene en sus filas a una de las mentes más preclaras del rock patrio, Julián Hernández. Si no han leído su libro ¿Hay vida inteligente en el Rock and Roll?, ya están tardando en hacerlo. En el terreno musical, su mejor aportación fue probablemente Bailaré sobre tu tumba, tema en el que el grupo le deseaba varios tipos de muerte, a cual más terrible, a un ser al que no mencionaban, como tampoco la causa de tamaña inquina. ¿Para qué, qué falta hacía?

Luego están, por supuesto, esas soflamas bestiales de Def con Dos, algunas con mensaje realmente lúcido, aunque más que con las de contenido político y/o social, me quedo con otras más zafias (Coprpofagia) o, en cierto modo, filosóficas (Pánico a una muerte ridícula). En cualquier caso, casi todas sus letras esconden un sentido del humor lacerante y cáustico, pero también agudo. Y eso se agradece, en el mismo sentido que la audacia y la osadía de ciertas cosas Albert Pla, que por otra parte es un tipo al que se le va la pinza más de la cuenta y que musicalmente no soporto.

En su estilo, amargadito y abucáncano, hay que reconocer que Corcobado es a veces brillante. El malogrado Sergio Algora dejó para el recuerdo  jirones de su particular poesía, de una belleza rara y distinta, cuando estaba en Niño Gusano. Fernando Alfaro ha dado en la tecla más de una vez. En Fuerte, por ejemplo, o en Mis huesos son para ti, aunque cuando desveló que la compuso mientras comía aceitunas se me vino el mundo a los pies. Y podrá discutirse si son más o menos payasetes, pero la Agüita amarilla de los Toreros Muertos es una genialidad.

Por ir terminando: hace bien poco, cuando estuve parado, escuchaba desde primera hora en Radio 3 más pop-rock nacional de ahora mismo del que los médicos aconsejan y no estoy dispuesto a salvar de la quema a casi ninguno de esos cantamañanas (el juego de palabras me ha salido sin querer pero lo dejo), aunque concedo que me han gustado versos sueltos del Sr. Chinarro, que por lo menos tiene las narices de rimar frecuencia con Valencia, y en su momento sentí algo parecido a un estremecimiento cuando oí eso de “santos que yo te pinte, demonios se tienen que volver”. Me dijeron mucho después que Los Planetas le robaron el verso a no sé qué oscuro poeta. Sea verdad o mentira, el caso es que me dio rabia, porque para algo suyo que me gustaba…

Se me quedan algunos en el tintero, lo sé y lo lamento, porque es síntoma de que mi memoria no es lo que era. Pero digo lo mismo que la semana anterior: este blog aspira a ser interactivo y abierto a opiniones y sugerencias. Ahora bien, si vais a empezar con Calamaro, Sabina y Bunbury, no prometo contestaros con delicadeza. 

 
Imagen de Guillermo Ortega

Guillermo Ortega Lupiáñez (Algeciras, 1966) es licenciado en Periodismo. Empezó a trabajar en 1990 en el desaparecido Diario 16 y después pasó a Europa Sur y Granada Hoy. También lo hizo durante un breve periodo en la Ser y colaboró en El Mundo, Ideal y ABC. Durante algo más de un año fue columnista en Granadaimedia. Ha sido encargado de prensa en los grupos municipales de UPyD y Ciudadanos en Granada y ahora trabaja en prensa del PP. Ha publicado cuatro libros: Cuentos de Rock (2008), Los Cadáveres Exquisitos (2012), Horas Contadas (2014) y La vida sí que es una pelea (2016).