Derecho a vivir, derecho a morir

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 7 de Abril de 2017
Ramón Sampedro.
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Ramón Sampedro.

Nunca olvidaré la llamada de mi hermano para comunicarme que mi madre se moría. Aunque tenía problemas respiratorios desde hacía algunos años, lo cierto es que no esperábamos un final tan precipitado. Había pasado las últimas dos semanas en el hospital y los médicos dijeron que se había recrudecido su insuficiencia respiratoria pero no consideraron que estaba grave. De hecho, le dieron el alta, con el apoyo de una botella de oxígeno. Esa misma noche, mi madre se ahogaba, así que tuvieron que volver a ingresarla. Al día siguiente nos enteramos de la trágica noticia: le quedaba muy poco tiempo de vida.

Cuando mis hermanos y yo llegamos al hospital, el médico nos explicó que tenía una fibrosis pulmonar, que se le habían acartonado estos órganos y que era irreversible, que esto ya estaba afectando al resto de órganos y todos ellos acabarían colapsando. Había una oportunidad que le hubiera permitido vivir un par de meses más: atada a oxígeno, con diálisis, visitas continuadas al hospital y muchos dolores; la otra opción era no interceder y dejarla ir tranquila, sin dolor, sedada hasta que falleciera, lo cual ocurriría en cuestión de horas.

Algunos pensarán que permití que se acelerara su muerte, yo, sin embargo, siento que evité que se alargara una vida que había llegado a su fin, con un nivel de sufrimiento para ella superior al humanamente soportable

Seguramente si me hubieran dicho años antes que me tendría que enfrentar a esta determinación hubiera respondido que había elegido tenerla junto a mí el mayor tiempo posible. No fue así. Ninguno de los 4 hermanos dudamos en tomar una decisión de la que nunca me he arrepentido. Algunos pensarán que permití que se acelerara su muerte, yo, sin embargo, siento que evité que se alargara una vida que había llegado a su fin, con un nivel de sufrimiento para ella superior al humanamente soportable.

Podría decir que la adopté por mi madre, porque es cierto, aunque el principal motivo fue que no estaba dispuesto a ver cómo ella se iba reduciendo día a día, siendo testigo de cómo su luz se apagaba en mitad de dolores y entrando y saliendo continuamente del hospital.

El suicidio asistido el pasado 2 de abril de José Antonio Arrabal, el electricista abulense de 58 años que residía en Alcobendas ha vuelto a encender la mecha de la regularización de la eutanasia. Este hombre tomó una combinación de medicamentos letal comprada por Internet para liberarse de un cuerpo que había contraído Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) diagnosticada en 2015, una enfermedad que acabaría convirtiéndolo en un vegetal antes de morir. Este hombre grabó un vídeo en el que explicaba que ya no podía vestirse, ni comer, ni moverse solo y que había elegido acabar con su vida cuando todavía tenía movilidad en la mano derecha y capacidad para sorber líquidos con el fin de no causar un problema penal ni a su mujer ni a sus 2 hijos, que se vieron obligados a marcharse de casa mientras él contaba a cámara: “Me parece indignante que una persona tenga que morir sola y en la clandestinidad”. El caso es que si hubiera sido ayudado por ellos, éstos habrían incurrido en un delito tipificado en el artículo 143 del Código Penal por cooperación con “actos necesarios” para cometer un suicidio.

La alternativa que le hubiera quedado a Arrabal era esperar a encontrarse en estado vegetal, cuando legalmente podrían haberle aplicado una sedación terminal, después de meses de padecimientos, de ser testigo mudo del dolor propio y el de sus allegados.

Ramón Sampedro fue el primero que mantuvo una dura lucha porque le ayudaran a morir, ya que estaba inmóvil de cabeza para abajo. Finalmente, con mucha inteligencia, consiguió que diferentes personas encadenaran una serie de actos sin conexión unos con otros que le permitieron acabar con su angustia: “Existe derecho a la vida, pero no obligación a vivir a cualquier precio”.

Podemos buscar excusas, justificaciones que nos den la razón sea cual sea nuestra postura, pero cuando lo vives tan cerca que el sufrimiento te cala hasta los huesos, entonces es posible que te replantees todas ellas

En Granada, Inmaculada Echevarria, una mujer de 51 años con distrofia muscular, consiguió en 2007 en el Hospital San Juan de Dios que los médicos accedieran a desconectar un ventilador mecánico al que estuvo enganchada durante 9 años, después de la autorización del Comité Ético de la Junta de Andalucía y del Consejo Consultivo. Además, su caso provocó la puesta en vigor de una ley de muerte digna en 2010 en esta comunidad que la hizo pionera en España.

Es obvio que todos tenemos derecho a la vida, a disfrutarla y que es necesario mejorar los cuidados paliativos tan deficientes que existen aún en muchas partes del país para que la calidad de vida de una persona terminal sea suficiente como para no querer morirse con terribles dolores.

La última encuesta de Metroscopia realizada en España sobre la eutanasia, de 2017, arroja datos muy significativos: el 84% de los encuestados apoya la regulación de la ayuda a morir, una cifra solo por debajo de la de Bélgica, Francia y Holanda.

El mayor temor de los que están en contra, muy lícito por cierto, es que las personas más vulnerables acaben siendo víctimas de la ley. No obstante, en la media docena de países donde está regulado: Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Colombia, Canadá y 5 estados de Estados Unidos, según los estudios realizados no ha ocurrido nada semejante. Es cuestión de acotar la legislación al respecto.

Otros, también contrarios, argumentan que “si hay tan pocos países donde está aprobado es porque el resto comprende que lo correcto es no hacerlo”. Algo muy similar a lo que se decía cuando se aceptó el matrimonio homosexual y sin embargo hoy en día, esta ley ha convertido a España en pionero y un ejemplo que sigue el resto de los países más avanzados del mundo.

Podemos buscar excusas, justificaciones que nos den la razón sea cual sea nuestra postura, pero cuando lo vives tan cerca que el sufrimiento te cala hasta los huesos, entonces es posible que te replantees todas ellas.

Creo que junto a mi hijo, nunca habrá nadie a quien quiera más de lo que aún amo a mi madre. No me arrepiento de haberle acortado su sufrimiento, con el que incluso los médicos estuvieron de acuerdo. El dolor de su muerte no se podrá comparar a nada que pueda vivir en el futuro, es un desgarro interior con el que debes aprender a seguir adelante, pero estoy en paz y satisfecho por saber que se fue rodeada de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de sus nueras, del cariño que todos le procesamos y el que nos dejó. Porque ella se fue, pero su amor nos acompañará a toda la familia hasta el resto de nuestros días.

 

 

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).