Recicla, para respirar un aire más limpio
Artículo por Juande Jerónimo

Donde habita el olvido

Implicados - Juande Jerónimo - Sábado, 8 de Septiembre de 2018
El periodista Juande Jerónimo ha pasado dos semanas en Bombay colaborando como voluntario en la ONG Cooperación Internacional. Nos cuenta sus vivencias y cómo ha marcado en su vida y el resto de voluntarios lo que han vivido en India.
Juande Jerónimo y los voluntarios granadinos llegaron a Bombay para colaborar con la iniciativa Football is Life.
Juande Jerónimo y los voluntarios granadinos llegaron a Bombay para colaborar con la iniciativa Football is Life.

Más de un año y medio de trámites y preparativos hasta que nos subimos a un avión en Málaga rumbo a Bombay. Desde que conocimos la iniciativa de Football is Life, un grupo de amigos supimos que íbamos a estar compartiendo parte de nuestra vida con los habitantes de los slum indios. Nos identificamos inmediatamente con ese proyecto.

Han sido meses en los que hemos ahorrado dinero y nos hemos preparado para estar a la altura de quienes necesitaban nuestra ayuda.

En el avión, con escala en Estambul, comentábamos las dimensiones de la que iba a ser nuestra ciudad durante dos semanas. Son 18 millones de personas, hay una mezcla intensa de religiones y castas, mueren diariamente 16 personas en los trenes por atropellos o asfixia, la pobreza se mezcla con los habitantes de uno de los llamados países emergentes... Un continente desconocido y, en muchos sentidos, ajeno a las coordinadas en las que nos movemos en occidente.

Nada más llegar nos esperaba Vivi, Vivian. Él y un amigo nos facilitaron un Uber que nos llevó tras una hora a las magníficas instalaciones que tienen los salesianos en el barrio de Matunga. Dos días antes habían llegado los voluntarios de Zaragoza. Para Perico Herráiz, coordinador del proyecto y responsable de Cooperación Internacional en Aragón, es el séptimo viaje a la India. Habían pasado pocos minutos de la siete de la mañana cuando descargábamos las maletas. Aguardamos en la puerta de la residencia hasta que apareció Perico. Nos dijo cuáles eran nuestras habitaciones y nos pidió un poco de paciencia porque algunos voluntarios estaban durmiendo... en nuestras camas. Así que entramos de lleno en los tiempos y ritmos de India. Nada sucede como estaba previsto, nada de lo que pasa responde a un esquema preconcebido, nada pasa porque sí.

"En el viaje de 45 minutos en autobús, que tantas veces íbamos a repetir, intentamos quedarnos con los detalles de lo que pasaba ante nuestros ojos...y nuestros oídos. El ruido. El intenso ruido de la ciudad. Todos los coches se ven en la obligación de usar su claxon. Todos. No exagero"

Con el tiempo necesario para una ducha, un desayuno servido por el genial Byron y un intercambio breve de saludos con los maños, nos subimos a un autobús. Pensábamos que sería un buen momento para descansar de un viaje de 13 horas... pero no compartían nuestra opinión los coordinadores del proyecto. Nos pusimos las zapatillas de deporte, la equipación con los logotipos de los patrocinadores y, sin rupias, nos fuimos detrás de Paco y Álvaro hacia un lugar llamado Govandi. En el viaje de 45 minutos en autobús, que tantas veces íbamos a repetir, intentamos quedarnos con los detalles de lo que pasaba ante nuestros ojos... y nuestro oídos. El ruido. El intenso ruido de la ciudad. Todos los coches se ven en la obligación de usar su claxon. Todos. No exagero. También los autobuses, y los rickshaw, y los camiones y las bicicletas. La sinfonía diaria de Bombay es una mezcla de todos esos sonidos. Así, con una humedad considerable, fuimos en un autobús que cualquier empresa occidental hubiera desechado hace 40 años hacia nuestro slum. Algunas preguntas sobre nuestra tarea nos la resumieron en un libro muy bien editado con ejercicios que tenían que hacer los chicos que íbamos a entrenar. Poco más sabían los coordinadores a esas horas. Y poco más nos dijeron en ese primer día.

Entrar en el slum es dar el primer paso. Has oído hablar de esos barrios pobres. Te han contado muchas cosas de la convivencia entre ratas y cuervos. Pero... no podría escribir nada mejor para describir el barrio que una palabra: estercolero. Allí convive la miseria con la porquería. El olor es nauseabundo. Y, cuando llueve, junto a tus tobillos flota todo tipo de basura. Orgánica e inorgánica. Y el hedor se convierte entonces en una puñalada que entra por la nariz y se instala en el estómago. Las calles no están asfaltadas. Y las cabras, gallinas, niños, adultos, enfermos, vehículos... conviven en un mismo espacio organizados por el ruido de las bocinas.

Avanzamos y comienza a aparecer los protagonistas de la historia: los niños. Muchos. Decenas. Todos perfectamente peinados y con uniforme. Sí. Esa reminiscencia de la ocupación británica permanece también en el slum de Govandi.



El periodista Juande Jerónimo con niños y niñas que participan en el proyecto.

Llegamos al colegio entre apretones de manos y sonrisas. Preguntas en indi y marathi que respondemos con cara de guiri. Pero ya comenzamos a intuir que esos niños van a marcar nuestros días en India... y cuando regresemos.

En el colegio hay un caos importante. Niños que entran y salen acompañados por sus hermanos o hermanas y por sus madres. Otros llegan solos. Las mujeres van vestidas con trajes de las mil y una noches. Espectacular. Son las diez de la mañana y aparecen criaturas de cuatro o cinco años con una tarjeta identificativa colgada del cuello como único seguro de vida. Otros salen. Otros regresan. Otros y otras nos miran con sorpresa y simpatía. Alguien insinúa que podrían estar insultándonos con toda paz... pero preferimos pensar que nos llevan esperando un tiempo y que tenemos que ayudarles.

A los pocos minutos aparece la responsable de una ONG india que tendría que haber avisado de nuestra presencia. Y es la encargada, este primer día, de organizar los grupos de niños y niñas para el entrenamiento en el patio del colegio. No hay pistas deportivas. Contamos con un pequeño pabellón por si llueve mucho. A estas horas el grupo de Granada ya sabe lo que es el monzón. Nos ha caído con fuerza en varios momentos. Nadie nos advierte de que en India la lluvia no avisa. Llueve. O mejor: el cielo se te cae. Tomamos nota para el resto de días: chubasquero y pack lunch. No lo olvidaremos para el futuro.

"Comienzan los entrenamientos siguiendo las instrucciones que nos dan en un manual. Dos horas. Descanso. Otras dos horas de entreno. Y vuelta a casa"

Comienzan los entrenamientos siguiendo las instrucciones que nos dan en un manual. Dos horas. Descanso. Otras dos horas de entreno. Y vuelta a casa. Procuramos hablar en inglés con niños que apenas conocen algunas palabras. Los voluntarios se adelantan a este problema utilizando el lenguaje universal de la mímica y llegan los primeros problemas... allí asentir es mover la cabeza de la misma manera que en occidente se mueve para decir que no acabo de entenderlo, verlo o comprenderlo.

En un momento dado, el coordinador me pide que avise a Nacho para que guarde los balones en la sala de profesores... Está en el otro extremo del colegio. Yo estoy empapado de la última broma del monzón y prefiero llamarlo a gritos. Mi sorpresa es mayúscula cuando un grupo de niños se pone junto a nosotros y bailan. Sí. Bailan sin motivo. Ante mi perplejidad me explican que “nachonacho” es algo así como “baila baila” en hindi. Y con eso me quedo.

"Es como descender a las profundidades de la miseria. Sin teorías"

Paco nos sugiere recorrer el slum para conocer en qué condiciones viven esos chicos y chicas. Allá vamos. Pasan 60 minutos... inolvidables. Es como descender a las profundidades de la miseria. Sin teorías. Es el gran paso: darse cuenta. Comprender que en dos metros cuadrados pueden hacer su “vida” muchas personas. Gente que parecen no saber cuál es su dignidad. Seres humanos olvidados. Hombres y mujeres que piensan que la Providencia les ha otorgado un papel y ellos no pueden ni deben cambiarlo. El asco se mezcla con la compasión. Llegamos a la montaña de basura donde se originó este barrio en el que viven medio millón de personas. Allí algunos vecinos salen a nuestro encuentro. Me llama la atención que los maños se resistan a dar la mano y ofrecen el puño a quienes les saludan. Pienso que debe ser una moda... pero es una cuestión higiénica. Los indios se limpian con la palma de la mano tras hacer sus necesidades... Y es comprensible que estos voluntarios experimentados prefieran no tener un contacto muy directo con esas manos. A partir de ese momento nosotros también comenzamos a hacer “punch” en lugar de dar la mano.

Con mucha educación nos preguntan esos vecinos sobre el objeto de nuestra visita. No piden nada. Sólo ofrecen amistad y afecto.

Regresamos al colegio con la certeza de que ese día no vamos a comer. Durante dos semanas fui dando mi comida en el autobús o a cualquier necesitado. Imposible comer en medio de tanta miseria.

Al regresar a Matunga Don Bosco las preguntas se suceden. Estamos muy cansados pero con la percepción de que tenemos que aprender rápido muchas cosas. Por ejemplo, el tabaco. No se puede fumar. Nunca. En ningún sitio. Es como pedir autorización para pincharse una dosis de heroína. Nada que negociar. A mis 45 años tengo que esconderme para calmar “el mono”. Y salir de las inmediaciones de los colegios para encender un cigarro. Huir. Son los mismos que mascan tabaco y lo escupen en tus narices o eructan sin pudor. Pero de tabaco nada... y de alcohol menos. Mucho menos. Por eso hay que beber la cerveza camuflada de refresco y, cuando no te pillan, en un parque público. En la residencia agua embotellada. Y sólo agua embotellada.

Al sentarme por fin en mi cama me pregunto dónde está el colchón. Sólo hay una tabla y unas sábanas. Estoy tan cansado que, después de colocar la ropa y el sinfín de medicinas que nos dieron en europa, caigo rendido. Rendido de cansancio y rindiendo pleitesía al ventilador que permite que duerma empapado de sudor y de monzón. Ya estamos en la India.

"El clima, el viaje y el olor habían hecho su tarea y mi estómago estaba destrozado. Llegué como pude al autobús y pensé que era un buen momento para estar en silencio. Rezar y esperar que el estómago no me causara muchos problemas en el slum"

El grupo de Granada entró pronto en la dinámica. No quedaban más opciones. O te mueves o te quedas en tierra. Después del primer paso viene una carrera contra reloj. Supimos que, además de Govandi, había otros lugares que atender: una cárcel de menores y un orfanato ¿Cuándo iremos? Pronto. De momento regresamos al colegio público de nuestro slum. El clima, el viaje y el olor habían hecho su tarea y mi estómago estaba destrozado. Llegué como pude al autobús y pensé que era un buen momento para estar en silencio. Rezar y esperar que el estómago no me causara muchos problemas en el slum. Al llegar tuve que sentarme. Miré como los voluntarios seguían jugando con los niños. A mi lado perros famélicos y ratas. Algunas mujeres con burka cuchicheaban a pocos metros. Mi estómago no daba tregua. Una hora, dos, tres... nada. Seguía mal. En uno de los respiros del monzón el “principal”, una especie de guarda de seguridad, salió del colegio y me trajo una bolsa llena de agua mineral. Me pidió que bebiera. Había sido la única persona que se dio cuenta de mi situación. Se gastó sus rupias en paliar un poco mi malestar... fue el samaritano que me enseñó que en la India iba a recibir mucho más de lo que estaba dando. Ese día cuando llegué al colegio no saludé a ese hombre. Estaba más pendiente de mi estómago y de los voluntarios... y fue él quien supo darme lo que necesitaba. No lo volví a ver. Cambiaron de “principal” al día siguiente.

Con el paso de las horas reclamábamos un poco de descanso... y en mi caso, eso se identifica con terraza, cerveza y tapas. Conceptos desconocidos en India. Así las cosas, Ignacio me sugirió que fuéramos a un parque a bebernos una cerveza y fumarnos un cigarro. Allá fuimos con toda la ilusión del mundo. Era lunes y estaba cerrada la joyería donde nos cambian los euros por rupias. Otro día más en la indigencia. Pero con buenos amigos a nuestro lado. Los voluntarios aragoneses han sido, sin duda, uno de los regalos más importantes que nos hemos traído de India.

Pasan los días. Conseguimos cambiar rupias. Nuestros bolsillos se llenan de billetes que, al cambio, apenas llegan a los 50 euros pero que, en esa ciudad, nos hacen pudientes.

Por las tardes, después de los entrenamientos, recorremos alguna tienda para buscar recuerdos que llenarán nuestras maletas... ya que la ropa pensamos en que su destino está escrito en India. No en una papelera (que no hay) si no en una institución benéfica.

Al poco tiempo de llegar a Govandi descubrimos que los niños están muy ilusionados con una palabra: selfie. Era la llave que abría la puerta a saturar el móvil de fotos. Nunca antes había estado tan lleno de sonrisas. Pablo y Pepillo, dos universitarios granadinos, vieron una oportunidad excelente de dejar un recuerdo de su estancia en ese colegio. Pocos días antes de regresar imprimieron las fotos y se las dedicaron a esos chicos y chicas que, -seguro-, las guardan como un gran tesoro. También los voluntarios granadinos tendrán entre sus objetos más preciados esas fotos con la firma de sus alumnos. 

Vivian apareció de nuevo en el colegio con un amigo. Es un enamorado del fútbol. No hay más que ver su Facebook. Nos fue de mucha utilidad ya que, entre nuestro inglés y su hindi… conseguimos hacernos entender. Pepillo fue mucho más allá y se aprendió un buen número de palabras, números, nombres en hindi y marathi. Que por intentarlo no quede. 

Después de varios días en Govandi llegó el momento de conocer otros lugares. En Matunga, el barrio donde está la residencia de los salesianos, tomamos un taxi que nos llevó hacia hindamata ambedkar, donde se encuentra el orfanato de san José. Una institución diocesana donde decenas de niños son acogidos para evitar, entre otras cosas, que se les extirpen los órganos y trafiquen con ellos. Suena muy dramático… como la vida en India para miles de niños. En ese orfanato una chica me dio a su hijo de dos años. Probablemente me confundió con uno de los sacerdotes o encargados. Tuve que avisar rápidamente a uno de ellos. Fue el que me advirtió de que la funda de móvil que llevaba se iba a fundir con el calor de Bombay. Así estaban las cosas…

"Ir al orfanato también significaba ir a la cárcel de menores. Allí trabaja una ONG católica con la que Cooperación Internacional colabora. Las medidas de seguridad dejan mucho que desear. Tan es así que llegué a preguntar si era una cárcel o una asociación"

Ir al orfanato también significaba ir a la cárcel de menores. Allí trabaja una ONG católica con la que Cooperación Internacional colabora. Las medidas de seguridad dejan mucho que desear. Tan es así que llegué a preguntar si era una cárcel o una asociación. Perico me sacó de dudas cuando me contó el caso de uno de los chicos que está internado por haber asesinado a su tío. Se excusaba con un argumento bastante duro: fue el hermano de su padre el que intentó venderlo a una mafia y no le quedó más remedio que cortar por lo sano. En esa cárcel también entrenamos con los reclusos. Un día nos dijeron que había un premio Nobel de la paz visitando esas instalaciones. Creció la expectación entre todos. Posteriormente descubrimos que era uno de los representantes de una de las instituciones turcas que hace unos años ganó el Nóbel. Ante esta situación abandonamos el barco y nos fuimos a casa. Nada de perder el tiempo en una foto. Junto a esa cárcel hay un gran mercado. Se trata de un centro comercial abierto en el que se vende de todo. Un mercadillo de pueblo pero de dimensiones astronómicas. No compramos nada allí pero paseamos con mucha atención por esos puestos de especies, ropa, fruta y todo lo que la imaginación oriental sea capaz de crear. Que es mucho. 

Los desplazamientos entre la cárcel de menores, el orfanato y la residencia de Matunga se hacen en taxi. Es más cómodo y más barato.

Gracias a la presencia de Miguel y Coral, -un matrimonio de Zaragoza de una empresa patrocinadora de la actividad-, se les ocurrió a los organizadores impartir clases de inglés en Govandi. Para ello acudieron a una ONG local que cedió un pequeño local en medio del slum. Allí nos desplazábamos en rickshaw por algo más de 50 céntimos. En la planta baja hay una guardería en la que los niños toman algo a media mañana. Y existe una planta superior con terraza muy socorrida para los fumadores. Otro dato a tener en cuenta es el wifi. En ese lugar pude hablar con mi madre después de convencer a mi hermana de que no le iba a costar dinero. Allí olvidas que estás hablando con granadinos y granadinas. 

Las clases de inglés debería haber seguido un guión. Los profesores de esa ONG se comprometieron a indicarnos cómo explicar inglés a los niños… pero es India. No hay planificación. Cuando aparecimos pensaron que nosotros sabíamos mejor cómo explicarles esta lengua y hablaban tranquilamente entre ellas mientras nosotros hacíamos lo que podíamos. Fue el lugar donde Jaime, estudiante de Medicina, más tiempo ha pasado. No por el wifi sino por su poco entusiasmo con el fútbol. 

Al regresar a la parada del autobús, los profes de inglés ya estaban de vuelta. Siempre se adelantaban a los entrenadores del colegio. 

"...y Asha Daam en Byculla. Ese nombre indio es mucho más conocido si leemos con atención el cartel de la entrada: misioneras de la caridad. Son las hijas espirituales de Santa Teresa de Calcuta. Y es el lugar más impresionante que hemos pisado en Bombay"

El slum, el orfanato, la cárcel de menores… y Asha Daam en Byculla. Ese nombre indio es mucho más conocido si leemos con atención el cartel de la entrada: misioneras de la caridad. Son las hijas espirituales de Santa Teresa de Calcuta. Y es el lugar más impresionante que hemos pisado en Bombay. Al llegar, tras recorrer un breve trayecto desde la estación de bomberos, nos recibió un furgón de la policía y un cadáver que salía de esa casa. Nos identificamos y fuimos a saludar a la superiora. Nos invitó a ayudar, a sonreír, a rezar… Impresiona ese letrero de la capilla “I thirst”, Estoy sediento. Es lo que oyó la Madre Teresa de labios de Jesús de Nazaret y es lo que le hizo cambiar su “cómoda” vida de religiosa de las irlandesas por servir a los más pobres de los pobres. En Asha Daam hay pabellones para niños, mujeres y hombres adultos. También las personas con enfermedades infecciosas tienen un lugar allí. No pocas veces coincidimos con una mujer a la que su marido le arrancó los ojos en la puerta del pabellón de las mujeres. Una mujer. Un ser humano horriblemente mutilado. Dos personas me llamaron la atención especialmente. Sor Lorenza que fue monja en varios países sudamericanos y que nos pidió que rezáramos por los cristianos perseguidos de India, sobre todo en las zonas rurales, y un jesuita que lleva en ese país 65 años y que se emocionó vivamente cuando Coral y otros mañicos le cantaron el himno a la Virgen del Pilar. Reconoció que muchas veces le había cantado a la Virgen en estos años esa canción, pero siempre para sus adentros. Y en ese hogar ¿qué hicimos? Pues… impresionarnos muchos. Nuestra colaboración se limitó a cortar el pelo a las ancianas, hablar con los niños y cantar. Sí. Cantamos. Y mucho. A los hombres, a los niños, a las mujeres, a las monjas… Se trataba de poner alegría en una casa llena de contrariedades. 

Y es la casa de Sabina. Una chica que tuvo el inolvidable detalle de preguntar, uno por uno, por todos los voluntarios del año pasado. Está en una cama paralizada por una lesión medular. Aprovechamos, como no podía ser de otra manera, para pedirle que rezara por nosotros. Le llevamos el último día un pequeño centro de flores y ella aseguró, como agradecimiento, que nos iba a dar todo lo que tenía: su capacidad de rezar. Y lo haría por cada uno hasta que se muriera. No salimos mal pagados. 

De lo que vivimos en el hogar de la Madre Teresa es testigo cada uno y Dios. Se hace muy difícil entender cómo puede una sociedad estar enferma hasta arrojar en un vertedero a recién nacidos por tener el síndrome de Down, por sufrir una parálisis cerebral o ser alvino. Los ancianos, los enfermos… los descartados tienen ahí su hogar. Imposible no acordarse del Papa Francisco y su grito a favor de esa gente. 

India tiene tesoros enormes como la generosidad de sus habitantes. Pero ha suspendido la asignatura de saber que son hijos y no siervos. Después de tantos años de presencia cristiana en ese país, queda mucho por hacer. Hay demasiados intereses de clase creados.  Precisamente es la Iglesia la que da respuesta a esas personas. Y nadie más. Por desgracia.

No es Bombay una ciudad turística. El día que fuimos a la puerta de la India hicimos una etapa del Camino de Santiago andando. Nos subimos en el tren para que los voluntarios pudieran asomar la cabeza al estilo indio e intentaran bajarse en marcha. Llegamos a la zona colonial mucho más limpia que el resto de la ciudad. Fotos en la puerta de la India. Lluvia. Visita al hotel Taj Mahal. Más lluvia. Y frenesí consumista. En pocas ocasiones habíamos comprado algunos detalles. Allí fue el txunami de las rupias: colgantes, pulseras, telas… La visita turística tuvo además como colofón el encuentro casual con unos sevillanos que habían ido a una boda. También están en India. 

Otro día pudimos ir a la famosa playa de Bombay que cantaba Mecano. Es una pocilga donde no se bañan ni los indios. Con eso queda dicho todo. Y en un hotel de ensueño nos tomamos “un algo” mientras la playa estaba a nuestros pies. Momento occidental en un mundo diferente. De allí andando al Burguer King. Fue en ese local donde encontramos un nuevo oficio. Algo diferente. Una chica estaba en la cola con la única misión de sonreírnos. Nos tomamos nuestra hamburguesa con carne de no se sabe qué. Luego carrera de rickshaw para llegar a la estación de tren.

"A los cinco años fue vendida a una mafia para la explotación sexual. Consiguió escaparse a los 18 años para vivir debajo de un puente. Literal. Poco después, y gracias a la ayuda de una congregación religiosa, se formó ya ahora es la encargada de Burguer King en Colaba"

No era la primera vez que acudíamos a uno de estos lugares. En Colaba, el barrio más exclusivo de Bombay, fuimos a una taberna irlandesa. Precios europeos y, en nuestro honor, sonó “Despacito” en un lugar donde, -milagros indios-, se podía fumar en un metro cuadrado donde no se metería un cerdo en europa. En ese centro comercial cenamos en otro Buguer King. Allí la encargada se sorprendió cuando vio a aparecer a tanto occidental vestido con esas camisetas de patrocinadores. Le contamos qué hacíamos en India y ella nos mostró un ejemplo vivo de superación. A los cinco años fue vendida a una mafia para la explotación sexual. Consiguió escaparse a los 18 años para vivir debajo de un puente. Literal. Poco después, y gracias a la ayuda de una congregación religiosa, se formó y ahora es la encargada de esa multinacional en Colaba. A nuestro lado unas chicas indias oían el relato conmocionadas. Una de ellas se animó a participar en la conversación y acabó visitando el hogar de Madre Teresa. A los pocos días se casaba. Y lo hizo mucho más consciente de cuál es la realidad de India. 

Una realidad multiforme. Ignacio me invitó un día a visitar un templo budista. Allá nos fuimos. Un momento inolvidable. Nos cubrimos las piernas con el chubasquero y saludamos al monje –priest- que nos trató con una amabilidad supina. El saludo es curioso: le das la mano y le tocas un pie. Así. Tal cual. Luego ofrenda de agua a una diosa o lo que sea y te ponen el lunar en la frente. El priest nos regaló esa suerte de rosario budista con más de cien cuentas mientras nos despedíamos entre abrazos y más promesas de oración. Ya habíamos visitado otros templos como el de Shiva donde los monjes van “como salidos del baño”, en expresión Miguel Angel, otro de los voluntarios zaragozanos. Tienen una toalla atada a la cintura… y pare usted de contar. Allí descalzos recorrimos las capillas con el deseo de que alguien nos dijera qué estaba sucediendo. Algunos, por curiosidad, compraron cocos y plátanos “presuntamente bendecidos”.

La visita a Dharavi, donde se grabó slumdog millonaire, también fue inolvidable. Nos acompañó un profesor de la escuela parroquial a recorrer ese inmenso suburbio. Allí comprobamos como el reciclaje se hace necesidad. Y cómo se explota a la gente. La zona más limpia era la cristiana. No podremos olvidar nunca a esas mujeres vistiendo una imagen de la Virgen con un sari en mitad de la calle. 

Un país donde haces amigos en el tren que te piden la dirección y prometen responder. Un sitio donde en el banco de una iglesia, -esperando el comienzo de la misa-, alguien te cuenta cómo necesita que reces por él y promete oraciones para ti. El país de los niños olvidados, del ruido y los olores dulzones y penetrantes. 

Es el tercer ejército del mundo. Es uno de los países con más proyección económica. Y es el sitio donde, el día que regresamos, decenas de niños rodearon el autobús para decirnos adiós. Niños que nos habían pedido minutos antes que no nos fuéramos… niños que te preguntaban si querías ser su padre…

"Allí hay agradecimiento. Hay generosidad. Hay futuro porque el individualismo no ha conseguido arraigar. Es verdad, están olvidados. Pero quizá en ese lugar, -donde habita el olvido-, siguen explicándonos con su silencio y su abandono que otro mundo es posible"

Allí hay agradecimiento. Hay generosidad. Hay futuro porque el individualismo no ha conseguido arraigar. Es verdad, están olvidados. Pero quizá en ese lugar, -donde habita el olvido-, siguen explicándonos con su silencio y su abandono que otro mundo es posible. Y que tenemos que construirlo entre todos. En India hay muchas cosas que no se pueden contar ni escribir. Es un país para vivirlo y para soñarlo. La patria de los que tienen un corazón grande y ganas de darlo. En esos caminos que llenan Bombai de ruido y de miseria… nos encontraremos. Mientras tanto hay que seguir trabajando en nuestro slum particular. También aquí hay mucho por hacer hasta conseguir que los niños sonrían como en India… el lugar donde penas y dichas no sean más que nombres, 

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; 

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 

Disuelto en niebla, ausencia, 

Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos; 

Donde habita el olvido.

Juande Jerónimo.

Periodista. Jefe de Informativos de la Cadena Cope en Granada.