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'CRÍTICA DE 'Caballos perdidos en la tormenta', DE EMILIO CALVO DE MORA

'Vida de fantasma'

Cultura - José Luis Martínez Clares - Miércoles, 1 de Julio de 2020
Una exquisita crítica de José Luis Martínez Clares, sobre el libro que acaba de publicar Emilio Calvo de Mora, 'Caballos perdidos en la tormenta', que dan ganas de devorar. Una loa a la buena literatura que te recomendamos.
Portada de 'Caballos perdidos en la tormenta', de Emilio Calvo de Mora.
Cypress
Portada de 'Caballos perdidos en la tormenta', de Emilio Calvo de Mora.

La facultad del fantasma. Era eso. Llevo años leyendo a Emilio Calvo de Mora cada mañana. Años acodándome en sus claves y acertijos, en sus rutinas de escuela y de barra y de amistad, en sus músicas y en sus desvelos (“siempre hay días en los que se prefiere no estar”), en su afán por escribir unas líneas a diario sin cejar en el empeño desde hace 5091 días (eso al menos indica el contador online que mide la magnitud de su empresa). La perseverancia bien pudiera ser el trazo primero de la poesía. La perseverancia por “recordarlo todo y a todo darle carta perenne de existencia”. 

Emilio Calvo de Mora.

Visitar El espejo de los sueños, su blog, se ha convertido en una costumbre irrenunciable, y, durante todo este tiempo, me he preguntado muchas veces con qué estímulos ceba su anzuelo Emilio Calvo de Mora para captar mi interés. Pero ha sido ahora, tras la lectura de Caballos perdidos en la tormenta (Cypress, 2020), cuando apenas atisbo una respuesta, cuando apenas descubro que todo podría reducirse a eso

Visitar El espejo de los sueños, su blog, se ha convertido en una costumbre irrenunciable, y, durante todo este tiempo, me he preguntado muchas veces con qué estímulos ceba su anzuelo Emilio Calvo de Mora para captar mi interés. Pero ha sido ahora, tras la lectura de Caballos perdidos en la tormenta (Cypress, 2020), cuando apenas atisbo una respuesta, cuando apenas descubro que todo podría reducirse a eso. Emilio Calvo de Mora escribe como uno de ellos. Como un fantasma quiero decir. Como un fantasma que conserva la plenitud de sus facultades. Así, se mueve por el texto sin ser percibido, nos conforta sin regalarnos su presencia del todo y escribe sobre nosotros, grandes desconocidos, con el tino de quien jamás ha dejado de mirarnos. Tal cual. Un fantasma sin brumas ni cadenas. Uno de esos que se sientan a nuestra mesa en silencio, agarrados al escalofrío de una emoción.

Pero no sólo la emoción. No. Aunque el amor sea “un ala que festeja el vuelo”. En los escritos de Emilio, hay también mucho oficio. Oficio del bueno. De ese que no se ve. Oficio de músico que se gana la vida desde antiguo a orillas de un Mississippi cordobés haciéndonos creer que las melodías nacen y se desarrollan y mueren y que, pese a todo, carecen de un patrón reconocible. Créanme. Los escritos de Emilio Calvo de Mora tienen, como el jazz que tanto ama, "el don de la fiebre y también la esencia de su bálsamo". Y cierta improvisación -añadiría yo- pues al jazz, a su ritmo anárquico, a su engañosa promesa de libertad, encomienda Emilio “su alquimia, su liturgia”. Por eso, lo imagino cada mañana agarrando el lápiz como quien agarra un saxo tenor para escribírnoslo todo de un tirón, casi sin corregirse, cosiendo su melodía de palabras al hilo de Ariadna que nos muestran los renglones desde la primera línea. Y así, con buena intención, sin querer queriendo, nos zarandea con su filigrana de herramientas, y nos viste y nos desviste a su capricho. Claro. Somos lectores y nos dejamos hacer. Y nos toca apencar y apechugar con ello. Ahora entiendo porque Emilio Calvo de Mora -el escritor, el melómano, el docente, el cinéfilo- confiesa que uno de sus vicios es la fragilidad humana.

"Me busco en las palabras y lo que encuentro es vértigo.- Andan los días persiguiéndose, implacables. Se oye un latir de algas a lo lejos. Afuera está la noche como una fuente honda y sin dueño. Dan ganas de buscar a Dios en las avenidas, en la periferia de la ciudad, en las afueras. Oigo la sangre con una ternura infinita. La oigo adentro circular como si buscase algo y no encontrase el rumbo preciso. Me busco en las palabras y lo que encuentro es vértigo. Vengo sin brida. Alegre, abierto, invisible vengo. Tendré que pararme a pensar y festejar la soledad y perderme". De Caballos perdidos en la tormenta, de Emilio Calvo de Mora.

Leyendo a este cordobés de Lucena que nació un primero de abril del 66 y fue “bautizado conforme al rito de la iglesia católica”, uno se siente como debía sentirse Walt Whitman cuando escribió “Yo soy multitud”. Porque de una forma inexplicable se diría que “somos todas las historias que nos han contado”

Leyendo a este cordobés de Lucena que nació un primero de abril del 66 y fue “bautizado conforme al rito de la iglesia católica”, uno se siente como debía sentirse Walt Whitman cuando escribió “Yo soy multitud”. Porque de una forma inexplicable se diría que “somos todas las historias que nos han contado”. Y Emilio nos ha contado unas cuantas en su libro. Tal vez las más cotidianas, aquellas que a todos nos suceden tan sólo porque le suceden a él. “No hay nada que esté a la altura de la ficción”.  Gracias a sus incógnitas, a sus argumentos, a las sombras de los peores días, he podido descubrir, por ejemplo, qué distancia exacta nos separa de los bárbaros, de los monstruos, o cuestionarme si, en algún momento, nos merecería la pena cambiar de bando y abominar de nuestros preceptos, o comprender que no fuimos humanos hasta que aprendimos a compadecernos de nuestros muertos. Gracias a Emilio Calvo de Mora, a sus poéticas del corazón y del otoño y del deslumbramiento, a su conferencia de pájaros, a su paganismo feliz, sé que leer es la única actividad en la que puedes desgajarte de tu residencia física e irte lejos, porque “viajar es un asunto que sucede dentro de la cabeza”. Eso me susurra K. al oído, que leer supone escapar de la tragedia porque, aunque no sepamos dónde estamos, “se tiene una certeza rotunda sobre donde no queremos estar”.

Emilio Calvo de Mora, que se define a sí mismo como un tipo incrédulo y sentimental, sostiene que el mejor tiempo es el que no necesita ser contado, y que -como en el título de uno de los mejores textos del libro- todo en la vida es un bache, un revés, un agujero. Y yo, cada vez que cierro sus Caballos perdidos en la tormenta y me sirvo una Alhambra, pienso que sería bueno que nuestros intelectualoides también lo leyeran, que lo leyeran tan sólo para recordar aquellos rasgos distintivos que siempre definieron la intelectualidad, o para aprender, llegado el caso, que todo "lo esencial es invisible si no lo ilumina la poesía".

Qué adorable oficio -este de fantasma- si no termina con cicuta”. Eso era. En eso consiste la poesía y su universalidad, la épica moderna de este nuevo siglo que pisamos. En escribir con el tino de quien jamás ha dejado de mirarnos. En escribir con la “tristeza inconsolable” de quien nos conforta sin regalarnos su presencia del todo. Aunque Emilio nos tenga siempre a mano, al otro lado de El espejo de los sueños, para compartir con él “la zozobra de las horas, el trémulo goteo de los días, el insostenible vértigo de las noches”.

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