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El Panderete de las Brujas que preside Granada fue escenario de una emboscada al Gran Capitán

Tumba de un rey ibero, refugio de brujas o mina de oro, el misterio que esconde el Monte Sombrero

Cultura - Gabriel Pozo Felguera - Domingo, 3 de Septiembre de 2017
El periodista y escritor Gabriel Pozo Felguera nos ofrece una apasionante historia sobre un lugar que forma parte del paisaje de Granada. No te lo pierdas.
El monte antes de ser Sombrerete. En este grabado de 1564 se ve a la izquierda, parte superior de la ciudad, el monte Sombrero cuando aún no estaba redondeado ni lo circunvalaba una carretera. El autor lo dibujó fuera de la Cerca de Don Gonzalo. Así debió verlo el Gran Capitán en su aventura anterior a 1492.
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El monte antes de ser Sombrerete. En este grabado de 1564 se ve a la izquierda, parte superior de la ciudad, el monte Sombrero cuando aún no estaba redondeado ni lo circunvalaba una carretera. El autor lo dibujó fuera de la Cerca de Don Gonzalo. Así debió verlo el Gran Capitán en su aventura anterior a 1492.
  • El Panderete de las Brujas que preside Granada fue escenario de una emboscada al Gran Capitán, quien prometió fundar allí una Cartuja

  • Las leyendas albaicineras y la literatura asocian el monte y la zona de la Golilla de Cartuja con escenarios de brujería y aquelarres

  • Las cavernas de su interior podrían ser el origen de un túmulo ibérico o restos de las minas abiertas en 1825

¿Qué misterio esconde el cerro Panderete de las Brujas o el Sombrerete o la Golilla de Cartuja? Con estos tres nombres es conocida la zona del raro montecillo que se enseñorea sobre Granada. Nadie hasta ahora ha dado explicaciones convincentes de su extraña silueta y su poder de atracción. En los últimos 500 años hay infinidad de referencias históricas y literarias acerca de los demonios y brujas que habitan en sus cuevas; del rey ibero que supuestamente está enterrado en su interior. Pero también de la fabulosa veta de oro que lo atraviesa. ¿Qué hay de cierto en todo ello?

El cerro Sombrerete lleva ese nombre porque parece un sombrero desde cualquier lugar de Granada. Se divisa prácticamente desde cualquier lugar elevado de la población. Pero también desde este montículo situado en la carretera de El Fargue se ve prácticamente toda la ciudad y la Alhambra. Hoy está deshecho y lleno de antenas de radio, desfigurado por la carretera que lo bordea y circunvala; también su parte alta ha sido deformada, de manera que la cazoleta que lo coronó ya ha sido destruida.



Panorámica actual. En esta foto se aprecian los restos de la Cartuja Vieja, abandonada en 1519 por las extrañas muertes de frailes y casos de brujería. Encima se ve el antiguo molino por el que entraba la acequia Aynadamar. Sobre él, el monte Sombrerete poblado de antenas (también aparecen algunas del monte de atrás).

Hace 500 años no estaba así. Era un montecillo redondeado que se parecía a un mirador sobre la ciudad y la vega. Los antiguos decían que era un monte artificial de época ibérica, construido para albergar en su interior el túmulo funerario de un jerifalte ibero. Desde luego, razones no les faltaban, con un oppidum ibérico a cuatro pasos e infinidad de necrópolis de esa época en sus alrededores.

La emboscada al Gran Capitán

Las primeras referencias históricas que tenemos acerca de aquel montículo datan de la conquista de Granada (1482-92). Los cronistas se copian unos a otros al relatar la aventura que tuvo en el lugar Gonzalo Fernández de Córdoba un mes de enero de año impreciso. El ilustre guerrero tuvo la ocurrencia de querer ver Granada y la Alhambra desde un lugar elevado; partió del campamento de El Gozco (Santa Fe actual) acompañado por dos escuderos. Su intención era llamar poco la atención. Bordeó la zona de la actual Pulianas y se encaminó monte arriba en dirección al montículo de referencia, entonces poblado de árboles en sus laderas. Pero tuvo la mala suerte de ser divisado por la guarnición nazarita que cuidaba la puerta de Fajalauza.

Varios soldados granadinos salieron a su encuentro y le plantearon batalla. El resultado de la desventaja del cristiano fue la muerte de sus dos escuderos, el alanceamiento de su montura y una situación sumamente embarazosa para Gonzalo Fernández de Córdoba, futuro Gran Capitán. Parapetado en una encina de la ladera del campo llamado Aynadamar (hoy pradera de la Golilla), tuvo la suerte de que tras sus pasos viniese otro grupo de cristianos al mando de Hernán Pérez del Pulgar. Finalmente, consiguieron repeler el ataque musulmán y ponerles en huida hacia su punto de partida dentro de la muralla.

Gonzalo Fernández de Córdoba subió a lo más alto del montecillo, desde donde divisó la ciudad amurallada, la infinidad de haciendas y huertos que se extendían por los pagos del Manflor, Ayndamar, Alcudia y Almanjáyar, todos regados con abundantes aguas de la acequia que venía desde la Fuente de las Lágrimas (Alfacar), a las que se iban sumando las de diversas minas horadadas en su recorrido. Sobre aquel presunto túmulo milenario, Fernández de Córdoba  prometió que en la ladera donde salvó la vida milagrosamente fundaría un convento y el lugar de su entierro. Obviamente, lo haría en el futuro si conseguían doblegar la resistencia nazarita.



Desde el Sombrerete. Esta foto está tomada desde la nueva carretera de El Fargue, recién abierta. En primer término se ve el albercón lleno de agua, el mirador (que subsiste todavía), el Colegio Máximo y la Cartuja. Se aprecia el barrio de San lázaro y, por encima de él, se insinúan dos grandes naves recién construidas por Cervezas Alhambra. También se ve una hilera de árboles que conducen hasta la estación del tren y el núcleo de casas del Beiro que la rodeaban (actual barriada de los Pajaritos). Esta foto debe ser posterior a 1925 y anterior a 1928 (fechas en que fueron levantadas las naves de Cervezas Alhambra y la plaza de toros, que no se aprecia todavía). Fuente: Archivo Fotográfico UGR.

Aquella decisión no gustó ni al Gran Capitán ni a sus descendientes, que se desligaron del patronazgo y buscaron la iglesia de San Jerónimo como panteón de su estirpe

Los cartujos del Paular tenían planeado instalarse en Granada desde mucho tiempo antes de su conquista. El momento les llegó en 1513 con la donación de amplios terrenos por parte del Gran Capitán, justo al pie del cerro de la Golilla, en su parte alta. Allí comenzaron la construcción de su Cartuja en 1514 bajo el patronazgo y con las aportaciones del ilustre capitán. Pero sólo un año después, cuando apenas llevaban levantadas unas cuantas celdas, ocurrieron extraños hechos que motivaron su abandono: algunos que han estudiado el asunto opinan que entendieron lo costoso que era levantar un edificio tan grande en lugar tan elevado y con tanta pendiente; otros, por el contrario, apuntan que su abandono estuvo motivado por el continuo hostigamiento de agricultores moriscos, hasta el punto que se produjeron varios asesinatos de monjes cartujos. También hablan de extraños casos de brujería y encantamientos en aquel oscuro periodo de comienzos del XVI.

Los cartujos continuaron viviendo en aquella primitiva Cartuja Vieja hasta 1519, fecha en que tomaron la decisión de construir su priorato en el lugar donde hoy se encuentra, casi un kilómetro más abajo y en tierra más llana. Aquella decisión no gustó ni al Gran Capitán ni a sus descendientes, que se desligaron del patronazgo y buscaron la iglesia de San Jerónimo como panteón de su estirpe.

La pradera de las brujas y la literatura

Las laderas situadas a partir de la muralla de Fajalauza estaban convertidas en praderas de evasión para los habitantes del Albayzín. Eran lugares para las romerías y lavado/tendido de ropas en los soleados días de primavera. Las minas de agua abiertas en el monte no paraban de manar agua, además de tener a mano el abundante caudal que venía desde Alfacar. Era lugar de mecedores colgados en los árboles y galanteos de mozuelos. Pero los cristianos dominadores de la parte baja de la ciudad veían con recelo aquellas concentraciones vecinales moriscas, especialmente de mujeres. Las consecuencias inmediatas eran culparlas de propiciar desgracias, males y enfermedades. Aquella fue una de las principales causas de que vieran brujas y aquelarres por todo el Albayzín; y, en 1526, fuese requerida la Inquisición para establecerse en Granada y perseguir la brujería. Por la sede de la Inquisición del convento de Santo Domingo primero y de la iglesia de Santiago, a partir de 1559, desfilaron bastantes mujeres del Albayzín acusadas de brujería. Pero en realidad eran simples jóvenes que buscaban poco más que amor por aquellas laderas de la Golilla. De los 146 autos de fe particulares de la Inquisición en el siglo XVII, 22 tuvieron como protagonistas a supuestas brujas “cazadas” en la Golilla de Cartuja.



En 1714. Este grabado de comienzos del siglo XVIII pertenece al dibujo hecho con motivo del viaje del General Small a Granada. Es una vista de Granada desde la Vega. En la parte superior izquierda aparece idealizado el caserío del Abayzín; en el extremo izquierdo, también dibujaron el monte de forma tumular.

Aquellos sambenitos dieron pie a la abundante literatura sobre brujas y diablos relacionados con el monte Sombrerete y la pradera de la Golilla

Aquellos sambenitos dieron pie a la abundante literatura sobre brujas y diablos relacionados con el monte Sombrerete y la pradera de la Golilla. Antonio Joaquín Afán de Ribera recogió varias veces referencias a dichos y cuentos tradicionales de los habitantes del Albayzín por la afición de estos vecinos a frecuentar aquellos pagos diabólicos. En su Espejo del Alma recoge el deseo de una joven de llamar al diablo con dos tejas desde el Panderete de las Brujas, en la Golilla de Cartuja.

J. Giménez Serrano fue asiduo colaborador del Seminario Pintoresco Español; su serie de artículos Añoranzas de Granada centró en el Cerro Panderete varios de sus relatos de brujería y diablos, tomados de la tradición oral albaicinera. En el número de 23 de julio de 1848 escribió sobre la fundación de la Cartuja (la Vieja y el traslado a la actual), así como de la escaramuza del Gran Capitán. Aprovechó para valorar que “la Golilla de Cartuja es, según el pueblo, morada de duendes y vestigios; cuentan los viejos del barrio vecino que allí se oyen los sábados el revolar de las brujas y el sonido de las panderas porque éste es el lugar de los conciliábulos”.



Colegio Máximo y su Sombrerete. La Compañía de Jesús, tras su regreso a España, levantó el Colegio Máximo en la zona de la Cartuja alta (década final del siglo XIX). Justo encima de esta  foto (hecha hacia 1920) se ve el contorno del Sombrerete, muy similar al típico catite andaluz.

Dos años después, el mismo autor y en el mismo semanario, recogió un cuento de tradición mozárabe para explicar la relación del monte con la brujería. Lo titulaba Las tres feas: había en el pueblo de Peligros tres hermanas extremadamente feas (las huérfanas Dolores, Angustias y Martirio, nombres que retratan la alegría granadina de la época); eran las únicas virtuosas de la población, pues el resto, tanto musulmanas como cristianas, convivían en continuo pecado. Un día, el diablo decidió destruir aquel pueblo tan pecador y organizó un terrible remolino. Sólo se salvaron tres pequeños barrios, en los que vivía cada una de las hermanas mencionadas. Y el diablo, una vez perpetrada su fechoría, fue a zamparse de cabeza en una cueva del interior del monte Sombrerete, “adonde van a verlo todas las brujas los sábados, donde suele aparecer en forma de un macho cabrío”.

Otro gran cuentista que recoge en sus escritos la tradición brujeril del Panderete es Rodrigo Amador de los Ríos. En La España Moderna, noviembre de 1910, publicó un delicioso relato para explicar el origen de las cuevas que esconde este montículo. Cuenta que un príncipe árabe del siglo XIII hizo una razzia por tierras de Castilla y regresó con la joven viuda de un alcaide y su hijo. El príncipe habitaba un palacio del pago Aynadamar rodeado de bellezas y riquezas, pero no conseguía atraerse el amor de la joven cautiva. La amenazó con acabar con la vida de su hijo si no se dejaba acceder a sus escondidos encantos. Por encima del palacio del príncipe había un montecillo, llamado el Panderete de las Brujas. Era sobradamente conocido por el árabe, pues de joven había descubierto su interior hueco; una pieza de caza, herida, se había ocultado en una de las cuevas. La siguió y penetró por una galería “donde había piedras hincadas en el suelo, hasta llegar a un recinto circular, abovedado y sin salida alguna, construido de lajas ennegrecidas, según pudo advertir a la luz de unas antorchas”. Allí estaba el animal herido y un esqueleto humano. Había piedras sin labrar a la manera de asientos y diversos objetos por el suelo. El príncipe decidió colocar una puerta de hierro y utilizar aquella cueva como mazmorra para sus enemigos. También allí encerró hasta su muerte a la cautiva cristiana por no dejarse enamorar.

El autor del relato aseguraba en 1910 que en el interior subsistía aquel misterioso recinto subterráneo.

¿Túmulo ibérico?

Rodrigo Amador de los Ríos sólo estaba reproduciendo las investigaciones del erudito Manuel Gómez-Moreno, a su vez recogidas de la tradición oral de los albaicineros, acerca del probable enterramiento de un potentado ibero. Gómez-Moreno, en su Guía de Granada de 1892, al referirse a esta lugar, escribió: “Más arriba extiéndese la meseta llamada Golilla de Cartuja y Panderete de las Brujas, al parecer cortada intencionadamente en sentido vertical por occidente y sur; sobre ella se alza un montecillo, de origen artificial a juzgar por su forma y disposición del terreno, que tal vez sea un túmulo céltico; todavía no ha sido explorado, más dicen las gentes de aquellas cercanías que en su interior hay una habitación con poyos para sentarse…”.



Guía de Gómez-Moreno. En 1892, el arqueólogo y erudito granadino incluyó esta ilustración sobre la Cartuja y el Sombrerete. También insinúa la cartuja vieja. Para esa fecha, el contorno del montículo ya aparece redondeado de manera artificial. Gómez-Moreno fue el primero en mencionar la posibilidad de que bajo ese montículo se esconda un túmulo “celtibérico”.

Podría ser cierto lo del túmulo ibero. El oppidum (el poblado) ibero sobre la parte alta del actual Albayzín da pie a pensarlo; la zona de los alrededores (Mirador de Rolando) y cercado de Cartuja contaron con varias necrópolis de época prerromana; esa misma ladera fue también muy utilizada por los romanos entre el siglo primero antes de Cristo y hasta el siglo V. Túmulos similares hay localizados en la zona de Víznar y Pinos Puente.

Lo que sí extraña sobremanera es la forma recortada del cerro. No se puede justificar porque  fuese recordado el talud cuando se abrió, ya en pleno siglo XX, este acceso a El Fargue, pues ilustraciones anteriores ya nos presentan el monte recortado

Pero como nunca ha sido estudiado su interior no es posible aventurar ninguna hipótesis solvente. Sí es cierto que existen varias penetraciones artificiales al cerrillo, algunas de ellas hoy cegadas, a las que iban a jugar los niños del barrio hasta no hace más de medio siglo. Los padres les advertían de los peligros de perderse por aquella oquedades o caer a un nivel más profundo.

Lo que parece menos cierto es que se trate de un montículo artificial, al menos en su base. La composición del terreno y su dureza no dan pie a ello. De tratarse de un antiguo túmulo ibero, habría sido construido horadando el monte hasta construir el habitáculo de enterramiento en su interior. Su parte más blanda, la superior, fue destruida al colocar las antenas.

Lo que sí extraña sobremanera es la forma recortada del cerro. No se puede justificar porque  fuese recordado el talud cuando se abrió, ya en pleno siglo XX, este acceso a El Fargue, pues ilustraciones anteriores ya nos presentan el monte recortado. El camino viejo de El Fargue había sido abierto por los franceses en 1811, pero las penalidades de las yuntas de mulas para subir por la empinada cuesta propiciaron que la dirección de la Fábrica de Pólvoras ya pensase hacia 1859 en abrir un acceso con menos pendiente; finalmente fue a partir de 1905 cuando se abrió la carretera serpenteante actual, para lo cual también se rompió la muralla a la altura de la fábrica de cerámica de Fajalauza. En esa misma época se construyó el sifón de la acequia Aynadamar antes de entrar al viejo molino del Maqués de Miravalle.

¿Una mina de oro?

El siglo XIX supuso un boom para los buscadores de oro en el conglomerado de la Alhambra. El más famoso sin duda fue el Barranco de la Campana, por encima de Cenes, y todo el Cerro del Sol, laderas de Jesús del Valle, Valparaíso, etc. Incluso algunas de esas impresionantes minas ya fueron explotadas por los romanos en el siglo II de nuestra era por el sistema de ruina montium. Con la llegada del XIX y la pérdida del oro americano, los granadinos se lanzaron a cribar el agua del Darro y horadar por todos los lugares susceptibles de contener el preciado mineral.

Con la llegada del XIX y la pérdida del oro americano, los granadinos se lanzaron a cribar el agua del Darro y horadar por todos los lugares susceptibles de contener el preciado mineral

También les tocó el turno a los cerros situados entre el Camino Viejo de El Fargue y la acequia Aynadamar. Todavía es visible el albercón situado en la Golilla de Cartuja y alguna de las minas horadadas para buscar oro, pero que arrojaron agua. El cerro Sombrerete obtuvo permiso para buscar oro en él, así como enfrente, por parte de tres mineros: se llamaron Juan Fernández, José Robles y Manuel Serrano; recibieron permiso del Gobernador de la provincia el 5 de agosto de 1825, con número de registro 737. Se les autorizó a hacer una mina en la zona. No conocemos los resultados, pero sí que estuvieron picando capas de zahorra en aquellos cerros durante unos cuantos años. ¿Fueron ellos quienes abrieron las minas bajo el Sombrerete, que después se han supuesto un túmulo ibero? La respuesta está por investigar.


Campus Universitario de Cartuja. Accesos recién urbanizados, con el monte Sombrerete al fondo. Sólo se ven construido el Colegio Máximo y la Facultad de Letras. La foto es de principios de los años setenta del siglo pasado.

Aquellos cortes verticales en la zahorra del Sombrerete, anteriores a la apertura de la carretera de Murcia, también podrían deberse a antiguas canteras de zahorra. Pudiera ser el mismo caso del enorme tajo abierto a espaldas del Haza Grande, por encima de la antigua Venta del Loro. Ese enorme cortado no existió hasta que en 1970 fue abierta una cantera de zahorra para construir la pista del Aeropuerto de Chauchina; durante más de un año las máquinas estuvieron extrayendo grava, hasta formar la base actual, donde existió un campo de fútbol de una comunidad religiosa. También se trataba de arenas auríferas, hoy sepultadas bajo la pista aeroportuaria.