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Suspendido en Transaminasas

Blog - Andres Cárdenas - Andrés Cárdenas - Sábado, 3 de Septiembre de 2016
Aquel cura era de los de temer. Te llamaba a final de los trimestres y te cagabas por las patas abajo. Tenía la frente estrecha, la papada ancha y unos ojos que te taladraban cuando te miraba  por encima de las gafas. Te llamaba a su despacho, te decía que te sentaras y al tiempo que leía tus notas rumiaba el castigo que te iba a poner, el hijoputa. “Veo que no progresas en Matemáticas, te tendrás que quedar los cuatro próximos fines de semanas sin salir”, te decía. Entonces tú te ciscabas por lo bajini en la madre que parió a Panete, que no sabías quién era Panete pero seguro que algo tenía que ver con aquel cura. Luego te decía que también andabas flojo en Geografía y Latín, por lo que el castigo se podía triplicar o cuatriplicar. Había compis que no salían en todo el curso a la calle por las dichosas notas. Así que cuando el cura te llamaba a tu despacho, en nuestras almas inocentes anidaba un temor terrible al castigo que nos esperaba. Era una sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario, que no es ni más ni menos que la definición del miedo. 
 
Por supuesto aquel miedo desapareció de mi vida cuando abandoné el seminario. Alguna vez siendo adulto se presentó en mis sueños  aquel cura diciéndome las notas, lo que me provocaba terribles pesadillas que me despertaban bañado en sudor. 
 
Ahora estoy en plena sesentena y, joder, ese miedo ha vuelto. Ahora quién me acojona es mi médico cuando me dice que vaya a verlo para ver cómo han salido los resultados de mis análisis. En los tres últimos suspendí en Colesterol, Glucosa y Transaminasas. Un desastre. Pero es que hace poco me dijo que el PSA había salido más alto de lo normal y me tenía que hacer unas pruebas para ver si tenía cáncer de próstata. Me cago en la puta. Alguna vez me he sentido como el enfermo aquel de la novela de Félix de Azúa que esperaba muerto de miedo a que el cirujano cesara de abanicarse con la radiografía y se dignara a decirle dónde anidaba su muerte y cuanto le quedaba de vida. Ahora no puedo evitar ver en mi médico observando mis análisis a aquel cura que leía detenidamente mis notas mientras pensaba en el castigo que me iba a poner. Y además de cagarme de miedo compruebo que mis temores no han cambiado tanto a lo largo de mi vida. Antes me suspendían en Matemáticas y Latín y ahora en Glucosa y Ácido Úrico. El mismo miedo cincuenta años después.