Un verano en el Parque de las Ciencias.

Sócrates, su ironía y la situación política

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 2 de Octubre de 2016
Obra de pintura hiperrealista 'San Martín', de Antonio Santin.
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Obra de pintura hiperrealista 'San Martín', de Antonio Santin.

'No prestar atención ni al mejor de los argumentos en contra de una decisión ya adoptada constituye una muestra evidente de un carácter enérgico. Ello incluye también una voluntad de llegar a la estupidez'.

Friedrich Nietzsche.

Se cuenta, quién sabe quién, que un día un alfarero le preguntó a Sócrates, al que el oráculo de Delfos consideraba el hombre más sabio de la época, qué hacer, si casarse con su prometida o no. Sócrates, que se pasó la totalidad de su vida intentando desmentir al oráculo desmontando la apariencia de saber de los grandes sabios del momento, hasta darse cuenta que a pesar de su negativa a considerarse merecedor de saber algo, al menos algo sabía; que no sabía. Y de ahí la piedra angular de su pensamiento, que, al ser arrojada al tranquilo lago de las aguas del saber, causó ondas que nos han llegado hasta hoy día; lo absurdo de considerar absoluto cualquier pensamiento doctrinal, y la necesidad de poner en duda todo, por principio. Ah, seguro que algún impaciente lector o lectora, quizá por encontrarse en el mismo dilema, siente curiosidad por saber que contestó, supuestamente, Sócrates, al dubitativo alfarero. Le vino a contestar, lo que creo que contestaría a cualquiera que hoy día le preguntara qué hacer, con quién estar, o qué postura apoyar en la caótica situación de parálisis política en la que nos encontramos, seas ciudadano que vota, seas afiliado a uno de los partidos políticos que están metidos de lleno en este lío, o seas, con mayor motivo en este caso, uno de los dirigentes atrapados en su laberinto; Hagas lo que hagas, te arrepentirás.

Todo el mundo, en la derecha, en la nueva derecha que es derecha, pero cool, o molona, para no escribir más anglicismos de los estrictamente necesarios, en la fragmentada vieja izquierda, y en la nueva, pero también fragmentada izquierda, que también es cool o molona como la nueva derecha, sabe que hacer. El problema es que todos están, estamos, tan seguros de nuestro camino, que todos tiramos por direcciones diferentes, con lo cual el viejo dicho que presuntamente dijo Sócrates está más vigente que nunca, porque pase lo que pase, y al final se decida lo que se decida, todos los demás pensaran que es un camino equivocado y pondrán piedras en el camino, como ya se ha venido haciendo preventivamente. Se ve que eso del diálogo como medio para solucionar problemas y disensiones ha quedado obsoleto ante las pedradas, aunque sean virtuales, de unos contra otros. Quién sabe si esto durará hasta que tan sólo quede uno en pie, o hasta que todos yazcan descerebrados, más aún, en el suelo, con el considerable hastío del resto de la sociedad que asiente perpleja a este espectáculo de equivocaciones compartidas. Sociedad, que seamos sinceros, más allá de que hay niveles y niveles de responsabilidad, y algunos tienen mucha, y otros muy poquita, no deja de ser también responsable de lo que está pasando. Y en la que podemos encontrar adhesiones y dogmatismos en muchas de sus posiciones tan estrictos como las de los máximos responsables, y si no lo creemos, basta con atender un poco a cualquier discusión política en el trabajo, en las comidas familiares o en los bares, donde todo se soluciona o se encona a medida que crece el número de consumiciones, todo hay que decirlo.

Y qué decir de los medios de comunicación, en su mayoría, no generalicemos, atrincherados en uno u otro lugar de la selva mediática y pretendiendo, especialmente con sus editoriales, con sus tertulianos, que parecen haber hecho la mili en Sálvame de luxe en lugar de en las facultades de periodismo,  con noticias y titulares tan manipulados, que sus creadores no deberían haber pasado de primero de carrera al suspender la asignatura de ética periodística, si existiera, tener la solución, exigiendo a unos y otros de los políticos lo que han de hacer, como si ellos hubieran sido los votados y no los políticos, y clamando lo injusto de la situación, aunque  nos den soluciones incompatibles entre sí, a un lado u otro de la selva mediática.

Lo que dado el contexto político que vivimos me recuerda otra irónica anécdota atribuida a Sócrates. Tras su juicio, acusado de impiedad religiosa y pervertir las creencias de los jóvenes (leyendo algunos editoriales periodísticos y sus derivas delirantes muy pronto veremos que a algún líder político le acusan de algo parecido) el irónico filósofo primero vaciló un poquito al tribunal, que por muy pocos votos le condenó a muerte, y al ser preguntado qué pena alternativa a la de muerte por cicuta dictada, él se pondría, dijo que en realidad lo que merecía era que el tribunal le diera un dinerito para mantenerse alimentado el resto de sus días, una paguita, como diría algún gaditano que conozco. Imagino que la pregunta se la harían pensando los ingenuos del tribunal que optaría por el exilio, como algunos compañeros y compañeras de algunos líderes políticos creían, con igual ingenuidad, que harían éstos al ponerles en la tesitura de suicidarse políticamente, mientras ellos observaban el harakiri desde la barrera para después recoger los restos del naufragio. Lo cierto es, que las palabras de Sócrates, al que reconozcamos que no le faltaba razón, aunque puede que las dijera en un momento ligeramente inoportuno, tocaron las narices al tribunal que terminó por confirmar su condena a muerte. Nuestro valiente, pero algo tocapelotas, y perdón por la expresión, filósofo, ya en su lecho de muerte tras beber la cicuta, oía los gritos desesperados de su mujer, Jantipa, que se quejaba amargamente de que le mataran injustamente, a lo que su marido le respondió, pero mujer, ¿es que acaso preferirías que me mataran con justicia? Puede que algo de resto de dignidad también quede a nuestra clase política y al igual que Sócrates, en caso de tener que inmolarse, prefieran que los condenen injustamente, que no por haber traicionado la justicia y coherencia de sus planteamientos políticos, y su deber con aquellos que representan, o deberían representar.

¿Qué nos queda en tiempos políticos tan convulsos si no es el arma de la ironía y del humor? que desdramatice asuntos que son ciertamente vitales, sí, pero que además necesitan de una profunda reflexión en primera persona del singular, que nos ponga a todos por igual, políticos y sociedad frente al espejo de nuestros actos, y nada mejor que la sonrisa descreída para lograr ese efecto. Necesitamos de una buena dosis diaria de ironía socrática que interrogue a los demás sobre todos esos asuntos de los que tan seguros de saber la respuesta están, que los desmenuce hasta desnudar la ignorancia y las dudas que en muchos casos esconde, pero, sobre todo, que la apliquemos a nuestras propias certezas, dogmas y argumentos irrebatibles, y que nos enseñen a pensar que puede que los demás también tengan un poco de razón. Y puede que evitemos, de esta manera, quedar en evidencia, como aquel rico magnate que, en un arrebato religioso, ante el escritor Mark Twain, proclamó su intención de ir a Tierra Santa, subir al Monte Sinaí y allí a voz en grito leer los diez mandamientos, a lo que el sabio, y también irónico escritor le espetó, y en vez de hacer eso, ¿por qué no se queda aquí y los pone en práctica?

Emile Cioran, filósofo del fracaso, hablaba de la necesidad de introducir la ironía en el sexo como antídoto al exceso de drama en el amor, y una de las corrientes pictóricas más inquietantes del siglo XX, el hiperrealismo, cuyos lienzos muestran una espeluznante familiaridad con la fotografía realista, pretende denunciar, a través de su arte, la cosificación de nuestra realidad cotidiana. No cabe duda que una sana ironía podría ejercer ambas labores en el atascado mundo de la política, desdramatizarlo, para así abrir paso a un diálogo y a una honestidad mayor, y denunciar el exceso de manipulación de la realidad política y la intención de convertirnos en espectadores sin seso de la dramatización del triste espectáculo en el que se ha convertido.

Rorty y Derrida, filósofos dispares, pero con algunos lazos comunes, señalan que la ironía al convertirse en hiperironía, no hace sino denunciar un hecho trascendental de los tiempos contemporáneos; no existe una verdad última, ni autoridad a la que recurrir, ni método para alcanzarla. Los conocimientos trascendentes (cambiemos ese término por dogmas políticos) no dejan de ser una reelaboración, a veces con trazos más delicados, a veces más gruesos, de conocimientos y estrategias del pasado, y por tanto, al emplear ese instrumento de la ironía se revela la ausencia de autoridad moral superior que decida fulminantemente quién tiene razón ( le pese lo que le pese a algún ex que anda por ahí) Qué nos queda entonces; la frágil, pero maravillosa mente inquieta de los seres humanos, que nos permite superar los instintos de arreglar nuestros problemas a pedradas, virtuales o reales, y sentarnos las horas que hagan falta a deliberar con medios transparentes y lo más democráticos posibles cuales son las verdades provisionales que guiarán nuestra convivencia en sociedad ( o en un partido político, que no deja de ser una micro sociedad reflejo de la que pretende representar, un poco distorsionado el reflejo, eso sí). Y para ello, tan sólo tenemos un instrumento válido, reciclémoslo lo necesario: más democracia. Y si a eso le añadimos transparencia en motivos, intenciones, hojas de ruta, personales y colectivas, proyectos de futuro para nuestro país, etc., quizá así nos hagan salir del bucle político y del hastío en que nos encontramos. Ironía y democracia, ¿quién puede oponerse a tan brillantes inventos humanos?

                                                            

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”