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Sin miedo a ser feliz

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 22 de Noviembre de 2019
Del teaser, 'Sin miedo', de David Casamayor y Nuria Garrido.
Youtube
Del teaser, 'Sin miedo', de David Casamayor y Nuria Garrido.

Pese a que algunos se empeñen en desviar la atención, lo cierto es que en lo que va de año más de cincuenta mujeres han muerto a manos de sus parejas, más de mil desde que en 2003 empezó a contabilizarse esa escalofriante cifra. Con ese motivo, David Casamayor y Nuria Garrido han estrenado un vídeo en Youtube en el que invitan a las mujeres a desprenderse del temor a sus agresores bajo el título de la canción «Sin miedo», con la participación de algunos personajes populares como Chelo García Cortés.

Más allá de estos loables intentos por contribuir a la causa de desterrar por fin del mundo una violencia basada en la preeminencia del hombre sobre la mujer, lo cierto es que miles de personas viven un infierno del que sigue siendo complicado huir

Más allá de estos loables intentos por contribuir a la causa de desterrar por fin del mundo una violencia basada en la preeminencia del hombre sobre la mujer, lo cierto es que miles de personas viven un infierno del que sigue siendo complicado huir.

En mis años de reportero descubrí a decenas de chicas demacradas por las huellas de una amargura continuada en su propio hogar. No obstante, Marta fue la que más me impactó porque su perfil no era el más frecuente. Tenía treinta y nueve años, era abogada y su esposo ostentaba un puesto destacado en un cuerpo policial. Me contó que conoció en un viaje de placer a su marido cuando solo tenía veintidós años y era el hombre más maravilloso del mundo, según sus propias palabras: dulce, simpático, extrovertido, dispuesto siempre a atender sus necesidades. Lo único sospechoso fue su cara cada vez que se vestía con un escote para salir, pero siempre lo justificaba con que tenía miedo de que alguien se metiera con ella y fue suficiente para que no encendiera las alarmas.

Una noche que los pequeños dormían, el marido llegó más enfadado que de costumbre, seguramente por el trabajo, y buscó excusas con ella para emprenderla a puñetazos. El pavor más absoluto se apoderó de ella, pensó que moriría, que no volvería a ver la luz del sol. Imploró de rodillas, pero no la escuchó. No necesitó ningún arma, sus manos y puños fueron suficientes para dejarla inconsciente. Al cerrar los ojos sintió que nunca los volvería a abrir

Solo dos meses después de la boda, un par de años después, comenzaron los problemas. Alejada de su familia porque se marchó a vivir a una ciudad distante de la suya, se encontró sola, de frente con la realidad. Primero, él se enfadó porque no estaba de acuerdo con el ascenso que le ofrecían a ella en su trabajo alegando que no tendría tiempo para el niño que venía en camino; más tarde, las contestaciones bruscas e incluso groseras y, cuando su pequeño tenía unos meses sufrió la primera paliza. Marta me explicó que las justificaciones posteriores eran tan exageradas y que su arrepentimiento parecía muy sincero y le creyó. Poco a poco, el periodo entre paliza y paliza fue mermando hasta que llegó un momento en el que se sentía tan cohibida que empezó a afectarle en el trabajo. Dejó de ser la profesional exitosa y segura de sí misma y con treinta y cinco años, su empresa decidió rescindirle el contrato. Para entonces ya tenían tres hijos y el marido consideró que lo más adecuado era que se encargara de ellos en lugar de tener contratada a una persona externa. Ella no se sentía capaz de tomar ninguna decisión, solo fue encerrándose cada vez más en su caparazón hasta que los malos tratos eran tan evidentes que sus propios hijos, en lugar de defenderla, empezaron a imitar al padre. El mayor, de once años, gritaba por cualquier cosa y se negaba a obedecerla y, después, el marido la culpaba de esos desplantes.

Aunque la mayoría de las veces los golpes se producían en ausencia de los hijos, lo cierto es que en algunas ocasiones ellos asistían perplejos al espectáculo.

Una noche que los pequeños dormían, el marido llegó más enfadado que de costumbre, seguramente por el trabajo, y buscó excusas con ella para emprenderla a puñetazos. El pavor más absoluto se apoderó de ella, pensó que moriría, que no volvería a ver la luz del sol. Imploró de rodillas, pero no la escuchó. No necesitó ningún arma, sus manos y puños fueron suficientes para dejarla inconsciente. Al cerrar los ojos sintió que nunca los volvería a abrir.

Despertó en la habitación de un hospital y lo primero que vio fue la cara de su agresor que ya no se mostraba arrepentido. Le decía que como contara algo no volvería a ver a sus hijos porque la mataría. Y ella sabía que era cierto, así que se inventó una historia rocambolesca que los profesionales médicos seguramente no creyeron, pero sirvió para que no lo encarcelaran.

Había pasado tanto miedo que ya no quedaba más en su interior. No le importaba morir, ni vivir, ni siquiera era capaz de pensar en sus hijos, más bien se consideraba un estorbo para ellos. Y de ahí pasó a odiarle y a verle como lo que era: su agresor. Llamó por teléfono a una íntima amiga de su vida anterior y tuvo la suerte de que ella, al escuchar su historia, se presentó en el hospital. Y fraguaron un plan de escape

Había pasado tanto miedo que ya no quedaba más en su interior. No le importaba morir, ni vivir, ni siquiera era capaz de pensar en sus hijos, más bien se consideraba un estorbo para ellos. Y de ahí pasó a odiarle y a verle como lo que era: su agresor. Llamó por teléfono a una íntima amiga de su vida anterior y tuvo la suerte de que ella, al escuchar su historia, se presentó en el hospital. Y fraguaron un plan de escape.

Cuando yo la conocí acababa de conseguir que su esposo fuera acusado de malos tratos y que sus hijos, a los que no vio en meses, pudieran volver a su lado. Se mostraba fuerte, segura de sí misma y había vuelto a trabajar. Todavía seguía sintiendo una punzada de temor al escuchar su nombre, pero había salido viva del infierno y eso la convertía en una valiente, en un ser renovado y, de nuevo, con ganas de reír.

Por desgracia, todas esas mujeres que han perdido la vida este año a manos de sus parejas no llegaron a superar ese temor. Y es necesario, porque cuando tienes al agresor metido en tu propia cama no hay otra opción que llenarte de valentía. Siempre he pensado que los valientes no son los que hacen algo arriesgado o peligroso porque les gusta, sino aquellos que son capaces de superar sus miedos y que pese a que estén aterrados, se enfrentan a ellos y salen adelante.

Hay muchos héroes anónimos, esos que escuchan golpes y gritos de una pareja junto a su vivienda y lejos de considerar que no es asunto suyo denuncian a la Policía, los que animan a sus amigas o familiares y siempre están ahí para ellas y esperan pacientes a que decidan pedir ayuda y muchos otros que evitan que estos verdugos acaben por sumar una víctima más a esta tragedia.

Sí, se ha reducido el número, hay muchas iniciativas como el vídeo musical de David Casamayor y Nuria Garrido que sirven de ayuda, muchas asociaciones que pelean en esta lucha, pero solo una muerte de este tipo de violencia tendría que ser suficiente para que todos nos echáramos a la calle a pedir toda la protección posible para ellas, todo nuestro apoyo, con el fin de que supieran que si dan el paso de denunciar el mundo se pondrá a su servicio. Hasta entonces, seguimos perdiendo la guerra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).